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martes, 1 de diciembre de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLIII). LOS BENEMÉRITOS CONDECORADOS (1927).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 30 de noviembre de 2020, pág. 16.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


En enero de 1924 se estaba instruyendo el expediente que acreditase los méritos contraidos por el guardia 1º Antonio Gallardo Galván y el guardia 2º Juan Sánchez Gómez, por salvar la vida a la menor Teresa Galán Ríos en el interior de un pozo de agua.

Tras tomarse declaración a cinco testigos se recibió una comunicación del juez de instrucción del partido judicial de San Roque. Fechada el 14 de enero había sido emitida por Antonio Argüelles Labarga, justo antes de cesar en el cargo al ser nombrado titular del juzgado de primera instancia del distrito de San Vicente, en Valencia. Su plaza padecería a lo largo de ese año una gran inestabilidad ya que sería sucesivamente ocupada por Luis Gil Mejuto, José Ruiz Delgado y José María Martín Clavería.

Resultó que el juez Argüelles tuvo conocimiento de la instrucción de dicho expediente como consecuencia del edicto publicado el 11 de enero en el boletín oficial de la provincia, en el que se solicitaba la comparecencia de testigos de lo sucedido.

Por tal motivo decidió remitir aquella información de interés conocida a través de las diligencias judiciales practicadas, habida cuenta que el suboficial José Sánchez Velasco, como comandante del puesto de San Roque había instruido el oportuno atestado.

El pozo tenía unos nueve metros de profundidad por otros tres de diámetro, alcanzando la altura del agua cerca de tres metros. 

Tras detallar como se habían arrojado los dos guardias civiles, “logrando tras grandes esfuerzos mantener a flote” a la chiquilla, y ser los tres extraídos con ayuda de unas cuerdas, concluyó que consideraba “el acto realizado por los Guardias Gallardo y Sánchez verdaderamente heroico en atención al riesgo inminente que sus vidas corrían al decidirse a realizar el acto que llevaron a cabo, y que era en aquellas circunstancias urgente e imprescindible para la vida de la joven Teresa, que sin ese acto de valor heroico y de sublime abnegación hubiera perecido ahogada, siendo por ello, a mi juicio, merecedores de pertenecer a la honrosa Orden civil de Beneficencia, ya que actos de tal naturaleza deben ser premiados y conocidos para que les sirva de legítimo orgullo a ellos y de estímulo a los demás”.

Incorporado al expediente tan trascendental informe, se continuó con su tramitación, tomándose declaración a más testigos, entre los que estaba el guardia 2º Cristóbal Gómez Gómez. Éste había sido quien acudió en el primer momento hacia el pozo junto a los dos encartados, participando activamente con otros compañeros en el rescate con ayuda de unas cuerdas.

El jefe de la Comandancia de Cádiz seguía siendo el teniente coronel Antonio Lozano Díaz. El nuevo jefe de la Compañía de Algeciras era el capitán Rafael Pando Pedrosa que había sustituido a Enrique Buscató Ventura tras su ascenso a comandante. El jefe de la línea (sección) de La Línea de la Concepción, de quien dependía el puesto de San Roque era el teniente Esteban Gómez Martín, que acababa de sustituir a Enrique Benito Gómez tras su ascenso a capitán.

Una vez concluido en el mes de septiembre el expediente cuya instrucción había sido ordenada por el gobernador civil, se remitió desde el ayuntamiento a diversas personas con responsabilidades de diferente tipo en la localidad. Entre éstas estaban el cura párroco, el comandante militar y el delegado gubernativo, al objeto de que emitieran su parecer. Gracias al investigador local Juan Antonio García Rojas se ha tenido acceso a esos informes y otra documentación de inestimable interés.

El comandante militar de San Roque era el coronel Carlos de Benito Rivera, jefe del Regimiento de Infantería Pavía núm. 48, en cuyo antiguo acuartelamiento está actualmente establecido el ayuntamiento. En su escrito de 19 de septiembre de 1924 calificaría el hecho como “un acto altamente humanitario y heroico realizado por los mencionados guardias creyéndoles derecho a dicha recompensa y acreedores por su comportamiento, exponiendo sus vidas en beneficio del prójimo como premio a su ejemplar comportamiento y como estímulo de sus compañeros y ciudadanos”.

El delegado gubernativo de San Roque era el capitán de Ingenieros Ricardo Pérez y Pérez de Eulate, cargo para el que había sido nombrado en resolución de día 27 de dicho mes, por la presidencia del Directorio Militar. 

En su informe de 5 de enero de 1925, tras examinar el expediente informó que ambos guardias civiles eran “acreedores a las más altas recompensas por sus admirables gestos, al exponer valerosamente la vida por salvar la de la joven”. 

Una vez dados todos los vistos buenos necesarios se procedió a remitir el expediente instruido al ministerio de la Gobernación, a cuyo frente se encontraba todavía como subsecretario y encargado del despacho, el teniente general Severiano Martínez Anido. 

Finalmente, por real orden de 25 de mayo siguiente, se concedió a los guardias civiles Gallardo y Sánchez, la cruz de 3ª clase de la Orden Civil de Beneficencia, con distintivo negro y blanco.

Siendo Santiago Muñoz Serrano alcalde de San Roque, se convocó el 12 de abril de 1926 una sesión de la comisión permanente. Durante la misma se dio lectura al oficio del teniente coronel jefe de la Comandancia de Cádiz, donde trasladaba la mentada orden de concesión. 

En consecuencia, se “acordó conceder a la Alcaldía un amplio voto de confianza para la adquisición de las insignias que en nombre de esta Ciudad serán regaladas a los beneméritos Guardias Civiles que con exposición de sus vidas salvaron la de un semejante y acordar lo procedente para darle la mayor solemnidad al acto de imposición de las citadas insignias”.

En sesión ordinaria celebrada el 18 de mayo siguiente, se acordó el gasto de 60 pesetas, importe de las dos condecoraciones, adquiriéndose en la Casa Delfín Celada, sita en el núm. 31 de la Calle Mayor en Madrid.

Sin embargo, la imposición finalmente solo se pudo realizar el 7 de abril de 1927 al guardia 2º Sánchez, ya que a fin de febrero anterior, el guardia 1º Gallardo había sido destinado a la Comandancia de Ceuta.

El acto fue realizado por el alcalde José Fernández López, cuya fotografía original que ilustra este artículo, sigue conservándose por su hija María Isabel Fernández Villalta.

El final de ambos guardias fue muy dispar. Gallardo pasó a retiro en noviembre de 1932 tras cumplir la edad reglamentaria, falleciendo el 23 de marzo de 1961 en Ceuta. 

Sánchez continuó en San Roque hasta fin de julio de 1932 que pasó a La Línea de la Concepción. Con motivo del ataque anarquista sufrido por la casa-cuartel de Casas Viejas en la noche del 10 de enero siguiente, donde resultaron muertos un sargento y un guardia así como otros dos más heridos, formó parte del contigente que acudió en su auxilio. Al destacarse sobresalientemente se le concedió la cruz de plata del mérito militar con distintivo rojo. 

Al inicio del proceso contra el capitán Manuel Rojas Feigenspan, del Cuerpo de Seguridad, declaró que le oyó ordenar a sus hombres disparar contra una docena de campesinos detenidos que resultaron muertos. Falleció de neumonía el 27 de octubre de 1934 en el hospital militar de Algeciras.

 


domingo, 29 de noviembre de 2020

Efemérides: 28 de Noviembre de 1814. Creación de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

Efemérides escrita por Jesús Núñez, e ilustrada con 5 dibujos a color de Fernando Rivero Díaz, para la Sección de Magacín de la Web de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares



Finalizada la Guerra de la Independencia fue creada hace 206 años por el Rey Fernando VII para premiar la constancia en el servicio de los oficiales de los cuerpos combatientes.


Curiosamente el propósito inicial del monarca era recompensar mediante la creación de una condecoración, a aquellos miembros de los ejércitos aliados extranjeros que se habían distinguido en la reciente contienda. Sin embargo, terminó convirtiéndose en la única Orden de nuestro sistema premial en la que solo pueden ingresar españoles.


En un principio, el monarca dispuso que se solicitara su parecer a Arthur Wellesley, general británico y duque de Ciudad Rodrigo y de Wellington, por ser el más caracterizado para ello, habida cuenta que había ejercido el mando de las tropas aliadas.


Recabado mediante carta de fecha 18 de mayo de 1814 por el teniente general Francisco Ramón de Eguía López de Letona, secretario de Estado y del despacho de la Guerra, fue contestado el 12 de junio siguiente. Propuso que bien pudiera recompensarse con la Orden de San Fernando, creada por Decreto de 11 de agosto de 1811, siendo necesario para ello suprimir el artículo relativo a los preceptivos informes que se requerían. Por otra parte aprovechó para sugerir que podrían añadirse algunos artículos nuevos, a fin de que se pudiera ingresar en dicha Orden después de 25 años de servicio, computándose dicha cifra en función de los periodos de tiempo prestados en campaña.


Remitido todo ello al Consejo Supremo de Guerra y Marina, y recabados otros informes, su dictamen fue contrario a que se pudiera premiar en la misma Orden el Valor y la Constancia. Así, con fecha 24 de octubre siguiente, se informó al rey, por una parte, que los oficiales de los ejércitos aliados que más se hubieran distinguido, podían ser recompensados con el distintivo de la Cruz de San Fernando. Y por otra parte, y con diferente reconocimiento, debería premiarse por su constancia militar a aquellos oficiales que sirvieran sin nota alguna los 25 años.


Finalmente, el 28 de noviembre de 1814, Fernando VII firmó su aprobación para la reforma de la Orden de San Fernando y la creación de la nueva Orden de San Hermenegildo.

 

El hecho de ponerse bajo dicha advocación se debió a la predilección del monarca por dicho santo, príncipe visigodo cuya reliquia depositada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial había sido recuperada de manos francesas tras sustraerla. Felipe II también había sentido gran devoción por su figura como mártir de la Iglesia al convertirse al catolicismo, siendo el promotor de su culto religioso como primer paso a su posterior canonización. Junto a San Fernando es uno de los patronos de la corona española.


El 19 de enero de 1815 se aprobaría el primer reglamento conjunto con la Real y Militar Orden de San Fernando. Su preámbulo era común a ambos, correspondiendo los 8 últimos artículos a la de San Hermenegildo.


Separadas posteriormente dichas Órdenes cada una siguió su propia reglamentación siendo aprobada por última vez la de San Hermenegildo, por Real Decreto de 4 de agosto de 2020.


Conforme al mismo, dicha Orden tiene por finalidad recompensar y distinguir a los caballeros y damas oficiales generales, oficiales y suboficiales del Ejército de Tierra, de la Armada, del Ejército del Aire, de los Cuerpos Comunes de las Fuerzas Armadas y del Cuerpo de la Guardia Civil, por su constancia en el servicio y la intachable conducta, a tenor de lo que establecen las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas. Sus categorías son Gran Cruz, Placa, Encomienda y Cruz.


jueves, 26 de noviembre de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLII). LA INSTRUCCIÓN DEL EXPEDIENTE BENEMÉRITO (1924).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 23 de noviembre de 2020, pág. 17.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


El 5 de diciembre de 1923 el teniente general Juan Zubia Bassecourt, considerado como uno de los mejores directores generales que ha tenido la Guardia Civil a lo largo de su historia, felicitó el benemérito servicio practicado por la fuerza del puesto de San Roque. Dispuso su anotación por “el arrojo y actividad demostrados”, en la “Hoja de hechos particulares y servicios especiales” del guardia 1º Antonio Gallardo Galván y del guardia 2º Juan Sánchez Gómez, así como la incoación del oportuno expediente para su ingreso en la Orden Civil de Beneficencia. 

Diez días después, sin perjuicio de lo anterior, el alcalde de San Roque, Manuel Rodríguez López, elevó al gobernador civil el oficio que el comandante del puesto de la Guardia Civil le había remitido dando cuenta del heroico salvamento de la menor caída en el pozo de agua.

Conforme al punto 3º del artículo 5º del real decreto de 29 de julio de 1910, podían ser recompensados con el ingreso en la “Orden civil de Beneficencia”, con el distintivo negro y blanco, aquellas personas que hubieran llevado a cabo un acto que mereciese la calificación de heroico.

El suboficial José Sánchez Velasco así lo había descrito 26 de noviembre anterior en su minucioso informe. Conforme a lo dispuesto en dicho real decreto, su concesión debía ser precedida de la correspondiente propuesta de la autoridad civil o militar de la región donde hubiese tenido lugar el acto humanitario.

Siendo parecer del alcalde que ambos guardias civiles eran acreedores a la mentada condecoración, lo trasladó al gobierno civil a tal efecto. Su titular en esa fecha lo era también del gobierno militar de la provincia. Se trataba del general de división Pedro Lozano González.

Como consecuencia del golpe de estado encabezado poco más de dos meses antes por el teniente general Miguel Primo de Rivera Orbaneja, habían sido cesados en sus cargos por real orden de 18 de septiembre, todos los gobernadores civiles de la nación. Entre ellos el de Cádiz, Bernardo Rengifo Tercero. 

Una circular de la Presidencia del Directorio Militar dictada tres días antes ya los había cesado en sus funciones, pasando a ser asumidas por los respectivos gobernadores militares. En el caso de nuestra provincia se dio además la circunstancia de que cuando el general Lozano pasó a la situación de primera reserva, al cumplir la edad reglamentaria el 22 de marzo de 1924 y cesó en su cargo castrense, un real decreto fechado el 12 de abril siguiente lo nombro gobernador civil de Cádiz.

Ordenada la instrucción del expediente “para justificar méritos contraidos” por ambos guardias civiles se publicó el correspondiente edicto en el boletín oficial de la provincia, invitándose a declarar en el mismo a quienes pudieran aportar testimonios de interés.

El guardia 1º Gallardo era natural del municipio sevillano de Montellano y tenía 45 años de edad, de los cuales llevaba veinte en el benemérito Instituto. Se había incorporado al puesto de San Roque en 1922 procedente del de Buceite, tras prestar servicio anteriormente en los de Setenil, Almoraima, Tesorillo, Facinas y Jimena de la Frontera, pertenecientes también a la Comandancia de Cádiz, así como en los de Gaucín y Jimena de Líbar, en la Comandancia de Málaga.

El guardia 2º Sánchez era natural de la localidad malagueña de Estepona y tenía 28 años de edad, llevando tan solo cuatro en el Cuerpo. También había sido destinado al puesto de San Roque en 1922, procedente en su caso del de Jimena de la Frontera.

La menor cuya vida habían salvado se llamaba María Teresa, natural de San Roque y tenía 14 años de edad. Era hija de José Galán Núñez y de María Ríos Benítez, nacidos también en dicha localidad. Sus padrinos habían sido José Ríos Pérez y María Benítez Naranjo.

Gracias a la documentación facilitada nuevamente por el investigador local Juan Antonio García Rojas se tiene constancia de las declaraciones prestadas por los testigos que comparecieron, a partir del 12 de enero de 1924, en la instrucción del expediente municipal. Dado que desde que se arrojaron los guardias civiles al pozo de 9 metros de profundidad para rescatar a la menor hasta que con ayuda de cuerdas los pudieron sacar, transcurrió una hora aproximadamente, acudieron al lugar numerosos vecinos de la barriada.

El primero en testificar fue Feliciano Barrero Hurtado, natural del municipio jienense de Baeza, de 46 años de edad, de profesión industrial y que residía en calle Herrería núm. 11, muy próxima a la casa-cuartel. Compareció ante el instructor, José Villanueva Serrano, alcalde accidental de San Roque, y el secretario especial nombrado a tal efecto, José Domingo de Mena. Manifestó que cuando llegó al lugar del suceso, los guardias “estaban arrojados al pozo luchando desesperadamente por sostenerse sobre las aguas y por evitar el hundimiento en ellas de la joven, a la que después de mucho tiempo, cerca de una hora, pasada en angustiosos y casi sobrehumanos esfuerzos consiguieron salvar, constituyendo el hecho a juicio del compareciente un acto de arrojo imponderable que le causa irreprimible admiración y que cree merece ser premiado por constituir verdadero heroísmo”.

El segundo testigo en comparecer el mismo día se trató de Manuel Olea Soto, natural de San Fernando, de 35 años de edad, de profesión jornalero y vecino de San Roque, plaza Concha núm. 5. Manifestó que vio a los los guardias arrojados al pozo, “cuyas circunstancias son peligrosísimas, por estar cubierto y casi cerrado por completo a la luz y tener las paredes lisas, luchando por salvar a una joven, y al segundo Guardia –Sánchéz- por salvar a la joven y al primer Guardia –Gallardo- que se ahogaba ya con aquella”.

El tercer testigo fue Francisco Valero Ortiz, natural de San Roque, de 40 años de edad, de profesión albañil y vecino de la localidad, calle Tintorero núm. 3. Reconoció que se acercó al “Huerto del Cura”, lugar del suceso, “atraído el ruido y aglomeración de las personas”. Declaró que los dos guardias “luchaban desesperadamente por sostener y amarrar con una cuerda” a la joven que “en estado agónico se revolvía impidiendo su salvamento y poniendo en peligro de perecer a sus salvadores”.

Los dos testigos siguientes fueron Victoriano Expósito Guillén, natural de Jaén, de 64 años de edad, pensionista y residente en calle San Nicolás, que declaró junto a Ángel Vázquez Rojas, natural de San Roque, de 42 años de edad, agricultor y vecino de la calle Herrería núm. 8. Ambos manifestaron que vieron dentro del pozo, “a los dos guardias pugnando por sostenerse y sostener a flote y extraer del agua a la joven Teresa Galán, lo que constituía esfuerzo imponderable por tener perdido el conocimiento aquella y estar casi desvanecido el guardia Gallardo, a cuyas dos personas sostenía el guardia Sánchez”. Éste, dado que afortunadamente existía un tubo adosado a la pared del pozo, pudo agarrarse con una mano mientras que con el otro brazo mantenía agarrados a su compañero y a la muchacha, hasta que le lanzaron la cuerda para atarse y ser izados a pulso.

(Continuará).

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLI). LA NIÑA SALVADA POR LA BENEMÉRITA (1923).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 16 de noviembre de 2020, pág. 8.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


Decir “Guardia Civil” es decir “Benemérita” y decir “Benemérita” es decir “Guardia Civil”. Y eso es tan claro y está tan profundamente arraigado en el pueblo español que hasta nuestra Real Academia de la Lengua, así lo recoge en su diccionario, edición tras edición.

El reconocimiento popular de tal condición proviene desde los tiempos fundacionales. En la provincia de Cádiz la primera vez que quedó constancia de la unión de ambas expresiones fue en una crónica publicada el 20 de enero de 1845 en el periódico “El Comercio”, cuando los hombres del duque de Ahumada no llevaban siquiera dos semanas prestando servicio en la capital gaditana.

El cronista, al relatar el honroso gesto de un piquete del nuevo Cuerpo que por primera vez había escoltado por las calles de Cádiz, la solemne comitiva de la “Bula de la Santa Cruzada”, lo describió como “un hecho que honra por muchos motivos a la benemérita Guardia Civil porque demuestra hasta que punto raya el pundonor y la delicadeza de sus individuos”.

El reconocimiento oficial a toda la Institución vendría más de ocho décadas después, cuando por real decreto de 4 de octubre de 1929 se concedió por Alfonso XIII, “la Gran Cruz de la Orden civil de Beneficencia, con distintivo negro y blanco, al Instituto de la Guardia Civil, por los innumerables actos y servicios abnegados, humanitarios y heroicos que los individuos pertenecientes al mismo han realizado con motivo de incendios, inundaciones y salvamento de náufragos.”

Dicha Orden era fruto de la refundición en una sola, por real decreto de 29 de julio de 1910, de las distinciones honoríficas denominadas “Cruz de Epidemias” y “Orden civil de Beneficencia”. A partir de entonces sería concedida con este último nombre y se destinaría a “premiar los méritos sobresalientes y notorios contraídos por actos heroicos, de virtud, abnegación o caridad, los servicios eminentes a la salud o tranquilidad pública y los beneficios trascendentales y positivos para la Humanidad, la vida, la honra o la fortuna de las personas”.

Establecidas varias categorías, les sería concedida en la de 3ª clase, con distintivo negro y blanco, a dos guardias civiles del puesto de San Roque por un benemérito hecho acaecido en la mañana del 25 de noviembre de 1923. Sus nombres pasarían a integrarse en el “Escalafón general de los Jefes, Oficiales, clases e individuos de la Guardia Civil, de la Orden civil de la Beneficencia”.

Para conocer los hechos acreedores a tan prestigiosa y hoy desaparecida condecoración, nada mejor que el parte emitido por el comandante de puesto, suboficial José Sánchez Velasco, informando de lo sucedido al “alcalde constitucional” de San Roque, Manuel Rodríguez López, que había sido nombrado para tal cargo el mes anterior. Es de justicia agradecer al investigador local Juan Antonio García Rojas haber facilitado copia del mismo.

Fechado el día siguiente, se daba cuenta de que sobre las nueve horas de la mañana anterior, cuando la esposa del guardia 2º Antonio Pastor Martínez, llamada María Castillero Cabrera, se encontraba poniendo a secar ropa en la parte posterior de la casa-cuartel (sita en el núm. 14 de la calle Herrería), escuchó un ruido que la sobresaltó. Había sonado como si algo hubiera caido dentro de un pozo situado a unos diez metros de distancia que habitualmente estaba cubierto por una tapa de madera. Al aproximarse observó que estaba destapado y había una persona en el fondo, sumergida en el agua.

Inmediatamente dio la voz de alarma acudiendo enseguida el guardia 1º Antonio Gallardo Galván y los guardias 2º Juan Sánchez Gómez y Cristóbal Gómez Gómez. El pozo tenía unos nueve metros de profundidad de los que tres estaban cubiertos de agua. 

Gallardo al asomarse observó por la ropa que se trataba de una mujer, “y sin mirar medios algunos de salvación para él, se arrojó al referido pozo”. Aquella se sabría posteriormente que se trataba de una chiquilla llamada Teresa Galán Ríos, de 14 años de edad, hija del vecino de San Roque, José Galán Núñez. La pobre, llena de nerviosismo y creyendo que se ahogaba sin remedio, no dejaba de agarrarse, sin solución de continuidad, a su salvador. Sin embargo, lo hacía de tal forma que ponía en peligro la vida de ambos.

Desde arriba, el guardia 2º Juan Sánchez, “visto esta situación tan peligrosa que corría sobre los dos”, no lo pensó más, “y sin mirar el peligro que por él pudiera correr se arrojó al referido pozo”. No sin gran esfuerzo comenzó a sostener a ambos, momento en el cual, alertados por lo que estaba sucediendo llegaron más componentes del puesto que en ese momento se hallaban en la casa-cuartel.

Se trataban del suboficial Sánchez Velasco, auxiliado del cabo Marcos López Orellana, el guardia 1º Lorenzo Rodríguez Vega y los guardias 2º Antonio Ruiz Sánchez y Manuel Sánchez Soto. También acudió con ellos el paisano Felipe Sánchez Gómez, hermano de uno de los que se habían lanzado al pozo.

Localizaron unas cuerdas cuyos extremos lanzaron al interior del pozo. El guardia 2º Juan Sánchez, “que aún no había perdido totalmente sus fuerzas”, pues había transcurrido un buen rato, pudo amarrarlos. La chiquilla apenas ya daba señales de vida, no siendo mucho mejor el estado del guardia 1º Gallardo, que había quedado exahusto intentando que ni aquella ni él, se hundieran.

No sin gran esfuerzo, primero izaron a Teresa, seguidamente a Gallardo y finalmente a Sánchez. La primera fue trasladada a casa de sus padres, próxima al acuartelamiento, mientras que los dos guardias se llevaron a sus respectivos pabellones para ser cuidados por sus familias.

Tanto la chiquilla como el guardia 1º primero consiguieron ser reanimados “por medio del procedimiento de refriegas en los músculos”. Llegado el medico titular de la localidad, todos fueron rápidamente atendidos. Tanto Gallardo como Sánchez fueron dados de baja médica para el servicio por prescripción facultativa, hasta su completo restablecimiento.

Una vez repuesta la chiquilla le preguntaron como era posible que hubiese caido al pozo. Relató entonces que al ir a sacar un cubo de agua y al tiempo de asomarse al agujero, le dio un mareo y cayó al interior del mismo.

El comandante de puesto finalizaba su informe afirmando que “el acto tan expontáneo realizado de poca premeditación y desprecio de su vida”, por ambos guardias, lo consideraba “de suma importancia, siendo objeto de mención honorífica por todos los vecinos que han tenido ocasión de presenciar e interesarse del proceder de la fuerza que ha intervenido con motivo del hecho ocurrido”. 

Del suceso, acaecido en el lugar conocido por el “Huerto del Cura”, se intruyó el correspondiente atestado que fue entregado en el juzgado de instrucción de San Roque. Su titular era Antonio Argüelles Labarga, quien dos décadas después se jubilaría con honores de magistrado del Tribunal Supremo, siendo presidente de la Audiencia Territorial de Valladolid.

La prensa de la época se hizó eco de lo acaecido. “El Noticiero Gaditano”, autodefinido como “Diario de información y de intervención política”, dirigido por Ignacio Chilia Giráldez, publicó una detallada crónica cuatro días después.

(Continuará).