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domingo, 30 de agosto de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XXIX). LOS SERVICIOS MÁS DESTACADOS (1887-1891).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 24 de agosto de 2020, pág. 10.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


El 1º de enero de 1887 mandaba la Comandancia de la Guardia Civil de Cádiz el teniente coronel Melquiades Almagro Puig. Continuaba integrada por tres compañías de infantería, con cabeceras en Chiclana de la Frontera, Algeciras y Villamartín, así como por un escuadrón de caballería con jefatura en Puerto de Santa María.

Al frente de la Compañía de Algeciras proseguía el capitán José Enríquez Patiño, con sus tres líneas cuyos oficiales residían en San Roque, Tarifa y Alcalá de los Gazules. Como jefe de la primera de ellas proseguía el teniente Gerónimo Delgado García, del que dependían a su vez los puestos de San Roque, La Línea de la Concepción, Jimena de la Frontera, San Martín del Tesorillo y Bocaleones, este último sito en el término municipal de Castellar de la Frontera.

De la línea de Tarifa dependían los puestos de la residencia, Facinas y Algeciras, mientras que de la línea de Alcalá de los Gazules dependían los de la residencia, Algar y Los Barrios.

Como comandante del puesto de San Roque se encontraba recién destinado el sargento 2º Victoriano Castillo Martínez, quien pronto comenzaría a distinguirse y ser reiteradamente citado en los resúmenes de servicios destacados que publicaba semanalmente el boletín oficial del Cuerpo.

Así, en el correspondiente al 16 de febrero siguiente, se destacaba el servicio practicado por dicho sargento 2º, auxiliado del cabo 2º Rafael Gamito Herrera y del guardia civil José Cabañez. Se trataba de la captura, “después de una activa persecución”, de cuatro sujetos que habían sustraído varias pacas de paja en la casa del vecino de San Roque llamado Antonio Rodríguez.

En el boletín oficial publicado una semana más tarde se volvió a poner en valor otro servicio encabezado por el mentado comandante de puesto. “Después de infinitas pesquisas practicadas”, en unión del mentado cabo 2º Gamito, fue recuperada una caballería mayor que le había sido robada al vecino de San Roque llamado Francisco Clavijo. El autor, Pedro Montoya Cortés, fue detenido y puesto a disposición de la autoridad competente.

Transcurridos poco más de dos meses volvía a citarse al sargento 2º Castillo, publicándose en el boletín oficial del 8 de mayo siguiente, que había procedido a la detención de un sujeto llamado José Doblas Ramírez como presunto autor del robo sufrido por Leopoldo Blanco Obregón. Al sospechoso se le ocupó en el momento de la captura la cantidad de 106 pesetas y la autoridad judicial dispuso su inmediato ingreso en prisión. A este respecto hay que significar que el sueldo mensual de un guardia civil de 2ª clase en el año 1887 era de 71 pesetas.

Nuevamente el reiterado comandante del puesto de San Roque sería citado en los servicios destacados que publicó el boletín oficial del benemérito Instituto correspondiente al 1º de octubre siguiente. Con la fuerza a sus órdenes y en unión del vecindario, acudió presto a la extinción del incencio producido en una dehesa próxima a la población, consiguiendo su extinción, “después de muchos esfuerzos por espacio de algunas horas”.

Dicho sargento 2º continuaría cosechando nuevos éxitos policiales y protagonizando actos beneméritos durante su periodo de comandante del puesto de San Roque. Entre ellos destacaba el publicado en el boletín oficial, casi dos años después, de fecha 24 de julio de 1889. Mereció la felicitación con anotación en su hoja de servicios, del teniente general Tomás O’Ryan Vázquez, director general de la Guardia Civil.

Según se destacaba, el sargento 2º Castillo y el guardia 2º José Bueno Alaya, cooperando también el cabo 1º Vicente González y el guardia 2º Balbino Montes, habían capturado al “autor del robo de bastantes alhajas perpetrado en el cortijo de la Anaría a Mis Annie Ilyun, natural de Bombay (India Inglesa), habiendo además rescatado las mencionadas alhajas”. 

A este respecto hay que significar que ya por aquel entonces era habitual que las familias británicas más acaudaladas de la colonia de Gibraltar tuvieran una “segunda residencia” en el término municipal de San Roque, donde gozaban de unas comodidades y un esparcimiento de los que carecían en su reducido espacio urbano del Peñón.

El detenido se llamaba Juan Vilches Molina, natural de la localidad granadina de Salobreña, que junto a las joyas recuperadas fue puesto “a disposición del señor juez de instrucción del partido”, ubicado también en San Roque.

Justo un mes después, el boletín del 24 de agosto siguiente volvía a publicar un servicio relevante del puesto de San Roque. En esta ocasión estaría protagonizado por la pareja compuesta por los guardias 2º Juan Álvarez Tamame y Felipe Pérez Cuadro. 

Se encontraban de correría el día 9 de dicho mes por la Sierra del Arca cuando advirtieron que se estaba produciendo un incendio en las inmediaciones del cortijo denominado “Diente” (pudiera tratarse de Mesas del Diente sobre el que actualmente se asienta el “San Roque Club”). Su rápida intervención consiguió capturar “al autor del siniestro, que convicto y confeso pusieron a disposición de la autoridad competente en la tarde del referido día”.

En el boletín oficial de 1º de diciembre siguiente se publicaría el último servicio destacado del sargento 2º Castillo como comandante del puesto de San Roque. Auxiliado por el cabo José Calderón Casas, había procedido en la noche del 28 de octubre anterior a la detención de tres individuos que intentaban robar en casa del vecino José López Gavira. No pudo culminarse el delito al ser sorprendidos in fraganti, teniendo la pareja de guardias civiles “que sostener lucha para reducirlos a prisión”.

El director general del Cuerpo se enteró “con satisfacción de este servicio, dándoles las gracias en su nombre, con anotación en sus respectivas filiaciones, por el celo, actividad y arrojo que han demostrado en la práctica del mismo”.

Otro meritorio servicio policial que también tuvo mucha trascendencia en San Roque y fue objeto de publicación en el boletín oficial de 8 de agosto de 1891 fue el practicado por el mentado cabo Calderón y el de igual clase, llamado Valeriano Maqueda, auxiliados por el guardia Pérez Cuadro, citado anteriormente.

Habían procedido a la detención de tres paisanos llamados Francisco Ruiz, Miguel Jiménez y Juan López Fernández como presuntos autores del robo de 2.200 pesetas efectuado en una fábrica de harinas, “de la propiedad de los señores Blana y compañía”. Se pudo recuperar la cantidad de 675 pesetas que todavía tenían los capturados. El teniente general Luis Dabán Ramírez de Arellano, director general del Cuerpo, se enteró “con satisfacción de este servicio”.

En el boletín del 1º de noviembre siguiente se destacó el servicio encabezado por el teniente Delgado García que todavía continuaba al mando de la línea de San Roque. Auxiliado por el mentado cabo Calderón y fuerza a sus órdenes, capturó “después de tres días de persecución”, al paisano Luis Contreras Barrios, natural de la localidad gaditana de Bornos, “por ser uno de los autores del robo verificado en día 4 de Mayo, en el cortijo denominado del Regantío, término de Arcos de la Frontera”. Dicho sujeto fue puesto a disposición del juzgado de la referida población, “a los efectos de justicia”. 



miércoles, 26 de agosto de 2020

LOS GUARDIAS CIVILES DE LA BARROSA


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CÁDIZ", el 23 de agosto de 2020, pág. 28.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


El pasado 19 de julio relatábamos en DIARIO DE CÁDIZ la historia de la casa-cuartel de La Barrosa durante su periodo de pertenencia al Cuerpo de Carabineros. Hoy abordamos su vinculación con la Guardia Civil tras desaparecer aquél e integrarse sus efectivos y acuartelamientos en la Benemérita, como consecuencia de la entrada en vigor de la ley de 15 de marzo de 1940.

Si bien la construcción del edificio por ingenieros del Ejército en las proximidades de la Torre del Puerco data del año 1907, hay que significar que los carabineros venían vigilando la playa de La Barrosa desde hacía más de siete décadas. No en vano aquella era costa propicia a los alijos de contrabando.

A partir de enero de 1845 la estampa del carabinero convivió en el término municipal de Chiclana de la Frontera con la del guardia civil. A finales del año anterior habían llegado a Cádiz los primeros hombres del duque de Ahumada bajo el mando del primer capitán José María de Cisneros Lanuza.

El día 8 de dicho mes, Manuel Lassala Solera, brigadier del Ejército y jefe político de la provincia (figura antecesora del gobernador civil y del subdelegado del gobierno) había dirigido una extensa comunicación a los alcaldes de las localidades donde iban a ubicarse las primeras casas-cuarteles de la Benemérita.

Tras afirmar que “la Guardia Civil es el brazo de protección y seguridad que el Gobierno ofrece al hombre honrado, y lo es de persecución y de temor para el delincuente y de mal vivir”, describió su despliegue territorial. La seguridad ciudadana del extenso término municipal de Chiclana de la Frontera pasaba a ser responsabilidad de la 3ª Sección de la Compañía Provincial de Cádiz.

Su cabecera se ubicó en Medina Sidonia y en poco tiempo pasó a estar integrada por los puestos de la residencia, Chiclana de la Frontera, Conil de la Frontera, Vejer de la Frontera y Alcalá de los Gazules.

Los carabineros se dedicaban a prevenir y perseguir el contrabando mientras que los guardias civiles hacían lo mismo respecto al crimen y la delincuencia. La vigilancia de los primeros se centraba principalmente en la primera línea de costa sin desatender nunca la segunda, tierra adentro. Mientras tanto, el servicio de la Benemérita tenía por escenario principal los núcleos urbanos, las viviendas en despoblado y los caminos. 

La presencia de la Guardia Civil se hizo notar en Chiclana desde el primer momento alcanzando gran prestigio entre sus vecinos gracias a su acreditada eficacia. Testimonio fidedigno de ello dejó constancia, entre otros, “El Mentor del Guardia Civil”, bautizado a sí mismo como “periódico dedicado al Cuerpo”. 

Considerado el segundo antecedente histórico del actual boletín oficial del benemérito Instituto, publicó en su número 19, correspondiente al 16 de diciembre de 1855 uno de los servicios policiales que más trascendencia tuvo por aquel entonces en Chiclana.

En la madrugada del 1º de mes había aparecido asesinado en la puerta denominada del Águila, un vecino de la localidad, “anciano de más de sesenta años”. Los dos autores del crimen le habían robado el importe de una vaca que había vendido esa tarde. Enterado del suceso el cabo comandante del puesto de la Guardia Civil, Mateo Domínguez, salió inmediatamente de servicio acompañado de los guardias Antonio Lobo y Norberto de la Iglesia. Tras practicar “las oportunas averiguaciones consiguieron capturar a los asesinos que quedaron bajo el fallo de la ley”. La rápida resolución del crimen contribuyó a prestigiar aún más al Cuerpo.

Respecto a la Playa de La Barrosa, si bien era el escenario habitual de los carabineros, donde tenían por aquel entonces una “casilla”, situada al sur del actual hotel Gran Meliá Sancti Petri, también lo sería ocasionalmente de los guardias civiles.

Nuevamente “El Mentor del Guardia Civil” dejaría constancia de ello. Esta vez sería en el número 85 correspondiente al 1º de mayo de 1857. Era jefe de la fuerza en la provincia de Cádiz, constituida por 229 hombres de infantería y 43 de caballería, el primer capitán Benito Artalejo Garrido. Mandaba la línea de Medina Sidonia el teniente Antonio Menchaca Mateos, integrada entonces sólo por los puestos de la residencia, Alcalá y Chiclana.

Resultó que el 31 de marzo, el cabo 2º José Valentín Solís, comandante del puesto de Chiclana, tuvo conocimiento de que había naufragado frente a La Barrosa una barca portuguesa nombrada “San José”. Inmediatamente dispuso saliese para el lugar el guardia 1º José Rodríguez acompañado de los guardias 2º Francisco Ortega Núñez y Francisco Mulero. 

Al llegar se presentaron al “comandante de matrícula” que como autoridad naval había acudido también a la zona, ordenándoles éste que “patrullasen por la playa por si el agua arrojaba algunos efectos, lo que practicaron toda la noche, pudiendo sacar del agua cinco cadáveres”. Triste pero humanitario servicio.

Poco más de ocho décadas después los carabineros de La Barrosa se reconvirtieron por imperativo legal, en guardias civiles junto a su casa-cuartel de la Torre del Puerco. Tras un breve pero complejo periodo de integración, tanto en reorganización de unidades como de integración en escalafones, se dictó la Instrucción General número 3, de 20 de febrero de 1941.

Conforme a la misma el puesto de La Barrosa pasó a encuadrarse en la Sección de Chiclana, perteneciente a la 1ª Compañía de Chiclana, integrada en la 234ª Comandancia de Costas de Cádiz. La mayor parte de sus componentes, de teniente coronel a guardia 2º eran antiguos carabineros. Con el paso del tiempo todos serían guardias civiles desde su origen.

En 1965 su plantilla estaba compuesta por el sargento Fidencio Benavides Álvarez, el cabo Antonio Chaves Vázquez y los guardias 2º Andrés Calderón Bravo, Bartolomé Cañete Luque, Juan Colón Torres, Agustín Cordero Redondo, Ismael Retamosa Bernal, Agustín Riscardo Tabares y José Varela Campos.

Con motivo de una reorganización dispuesta por la Dirección General del Cuerpo, de fecha 14 de diciembre de 1979, se procedió a la supresión del Puesto de La Barrosa. La vigilancia de su demarcación de costa pasó a ser asumida por el puesto de Chiclana que inauguró nueva casa-cuartel al año siguiente y cuyos pabellones (viviendas) tendrían una habitabilidad que nunca conocieron los seis existentes en la de la Torre del Puerco, carentes de agua y luz eléctrica corrientes.

Durante los seis años siguientes fue utilizada como residencia estival por los guardias civiles y sus familias, debiendo hacerse cargo a cambio de su adecentamiento y mantenimiento. Era una forma muy modesta y exenta de toda comodidad, de veranear en La Barrosa, entonces nada asequible para su sueldo. 

El 27 de junio de 1986 el teniente coronel Antonio Pérez Mercadal, jefe de la 231ª Comandancia de Cádiz, hizo entrega formal del inmueble y sus 15.510 mô de solar al delegado provincial de Hacienda. La casa-cuartel de La Barrosa quedaba desafectada y pasaba a formar parte de la historia del benemérito Instituto.

Ahora, la reciente y muy recomendable novela de Miguel Gilaranz y la inauguración este verano del “Cuartel del Mar” por los empresarios José Manuel García y Cristina Lasvignes, han vuelto a poner en servicio el antiguo acuartelamiento que sigue luciendo en su fachada el letrero de “Todo por la Patria”.




viernes, 21 de agosto de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XXVIII). LOS SERVICIOS MÁS DESTACADOS (1884-1886).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 17 de agosto de 2020, pág. 10.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


Finalizada la semblanza del brigadier Miguel Guzmán Cumplido, relatada en los capítulos anteriores, regresamos a 1884 para continuar la abnegada y benemérita historia de la Guardia Civil en el término municipal de San Roque.

La Comandancia de Cádiz, cuya demarcación comprendía entonces toda la provincia, estaba mandada por el teniente coronel Pedro Mayor Giménez. Al frente de la Compañía de Algeciras se encontraba el capitán José Enríquez Patiño, de quien dependían las líneas (secciones) de San Roque, Tarifa y Alcalá de los Gazules. Éstas eran lideradas por los tenientes Manuel Peinado López y Federico Vinaza Rodríguez así como por el alférez Julián Sainz Culebra, respectivamente.

El boletín oficial del benemérito Instituto continuaba publicando las reseñas de los servicios más relevantes, tanto de carácter policial como humanitario. Así, en el de fecha 8 de septiembre se daba cuenta de que los guardias civiles del puesto de San Roque, Juan Martínez Gómez y Sebastián Pérez Pérez, habían detenido a Juan de Analla Pirano y Francisco Sánchez Vázquez, acusados del robo de dos caballerías menores. Éstas habían sido recuperadas y puestas a disposición de la autoridad competente en unión de los sospechosos. El teniente general Remigio Moltó Díaz-Berrio, director general del Cuerpo, felicitó a la fuerza actuante.

Tan sólo un mes después, el 8 de octubre, el boletín oficial volvía nuevamente a publicar otro reconocimiento de la máxima autoridad del benemérito Instituto a componentes del puesto de San Roque. En esta ocasión se trataban del cabo 1º Fernando Fernández Palacios, cabo 2º Vicente González Gómez y guardias civiles Blas Castaño Yesa y José Valderrama Medina. Habían procedido a la detención de una mujer llamada Ana Molina Domínguez, que se encontraba requisitoriada judicialmente como sospechosa de varios robos en domicilios, recuperándose algunas alhajas de valor.

Antes de finalizar el año se produjo relevo de oficiales en San Roque y el teniente Francisco Quevedo Obregón se hizo cargo del mando de esa unidad, distinguiéndose bien pronto en encabezar uno de los servicios más beneméritos que acontecieron en 1885 en el Campo de Gibraltar. 

El boletín oficial de 24 de junio de dicho año destacaba que el mentado oficial, con fuerza del puesto de San Roque a sus órdenes, “auxiliado por la de Carabineros y tropa de infantería inglesa de la guarnición de Gibraltar”, habían salvado a vida de doce de los quince tripulantes del “brik-barca” (embarcación de tres palos que tenía gran superficie vélica) llamado “Vendigalo”, de bandera francesa y matriculado en Burdeos. 

El naufragio del barco, algo desgraciadamente frecuente en el siglo XIX en aguas del Estrecho, había acontecido cerca del “punto denominado Torre-Nueva” de Guadiaro.  Aquella era una de las zonas de costa habituales para el alijo de géneros de contrabando procedentes de la colonia británica de Gibraltar, razón por la cual el Cuerpo de Carabineros del Reino tenía ubicado en sus proximidades un puesto.

Éste pertenecía a la Comandancia de Algeciras, la cual a raíz de las reales órdenes de 10 y 28 de enero de 1878 se había segregado de la de Cádiz al objeto de que el mando de toda las unidades tuviera fijada su residencia en el Campo de Gibraltar. Se encontraba entonces al frente el teniente coronel Ramón Marvá Mayer.

Respecto a la participación de las fuerzas militares inglesas hay que significar, que sin perjuicio de la irrenunciable posición española para recuperar la soberanía del Peñón, se autorizaba dicha colaboración humanitaria de auxilio a las víctimas en función de la magnitud de la tragedia. Tales ayudas siempre se agradecieron y reconocieron desde la parte española y ello honraba a las tropas británicas.

Dos meses más tarde, producido ya el relevo del teniente Quevedo que marchó para Tarifa, por el de mismo empleo, Gerónimo Delgado García, procedente a su vez de aquella localidad, volvería a felicitarse a los guardias civiles de San Roque. Esta vez el director general del Cuerpo era ya, por segunda vez, el teniente general Tomás García-Cervino López-Siguenza.

El boletín oficial de 24 de agosto destacaba que el teniente Delgado, con la  fuerza disponible del puesto, había contribuido a sofocar un voraz incendio que se había declarado en la era del vecino de San Roque llamado Manuel Vallejo. Tras cuatro horas de incesante trabajo consiguieron sofocarlo. 

En dicha extinción había participado también, al mando del alférez Miguel Andrades Girón, fuerza del escuadrón de caballería de la Comandancia de Cádiz,  que se encontraba en ese momento de servicio en el Campo de Gibraltar. 

La cabecera del escuadrón, cuyo jefe era el capitán Antonio Pastor Marras, se encontraba ubicada en El Puerto de Santa María y sus tres secciones estaban repartidas por Arcos de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y Jerez de la Frontera. Las dos primeras estaban mandadas por los tenientes Enrique López Millán y Ventura Maruri Ramos, correspondiendo la tercera al mentado alférez. Aunque la fuerza de caballería tenía su propia demarcación territorial a efectos de seguridad ciudadana, se desplazaban también a otras comarcas de la provincia cuando las necesidades del servicio lo demandaban. Coincidió que en esta ocasión estuvieran de refuerzo en el Campo de Gibraltar.  

El boletín de 24 de enero de 1886 publicaría un nuevo servicio benemérito de la Guardia Civil de San Roque. El ya citado cabo 1º Fernández Palacios, con fuerza del puesto a sus órdenes, consiguió rescatar de entre los escombros de una casa que se había derrumbado, al vecino Antonio Fernández Ocaña, “al cual condujeron en brazos al hospital de la Caridad, en dicha villa, donde se le facilitaron los auxilios que exigía su grave estado”.

Nuevamente el cabo 1º Fernández Palacios, como comandante del puesto de San Roque, volvería a encabezar otra felicitación del director general del Cuerpo. Publicada en el boletín oficial de 8 de abril siguiente, sería como consecuencia de la detención de un individuo llamado Juan Barea Ortega que había robado dos caballerías cargadas de azúcar, “cometido en despoblado y maltrato a su conductor”. Tanto dicho cabo 1º como el guardia 2º Gabriel Pérez Bujalance que le acompañaba como auxiliar de pareja, devolvieron los animales a su legítimo dueño.

Justo un mes después se destacaba en el boletín oficial del 8 de mayo, con “satisfacción" que tan activo comandante de puesto había procedido, “con fuerza a sus órdenes”, a la detención de José Núñez Garcés, como supuesto autor de la muerte dada a su convecino Francisco Vázquez. El sospechoso “ha sido capturado y puesto bajo el fallo de la ley, después de incansables pesquisas”.

Otro nuevo servicio dirigido por el cabo 1º Fernández Palacios y auxiliado por el cabo 2º Francisco Escot Benítez y el guardia civil Gabriel Peláez, sería esta vez objeto, no sólo de felicitación del director general, sino también de que la misma se anotase en sus respectivas hojas de servicio. Fue publicado en el boletín oficial de 16 de septiembre siguiente y dicho reconocimiento estuvo motivado por la captura y puesta a disposición de la autoridad competente, “después de muchas y activas pesquisas”, de varios individuos, “autores de los robos que se venían cometiendo en dicha demarcación, rescatando efectos y caballerías”.




martes, 18 de agosto de 2020

"CASA CUARTEL DE LA GUARDIA CIVIL. HISTORIA DE UN GUARDIA CIVIL"




Prólogo de Jesús Núñez a la novela "CASA CUARTEL DE LA GUARDIA CIVIL. HISTORIA DE UN GUARDIA CIVIL" de Miguel Gilaranz Martínez, págs. 9-14.

Editada y distribuida por AMAZON.

2ª Edición: Agosto 2020.

ISBN: 9781799186823

La novela puede adquirirse a través del siguiente enlace:




Sinopsis: "La novela está ambientada en los años cuarenta. El agente de la Guardia Civil Agustín Lucena cumple servicio en la Casa Cuartel de la Guardia Civil de la Torre del Puerco de Chiclana de la Frontera en Cádiz, un lugar alejado de la población, donde el Guardia, fiel a la "Cartilla del Duque de Ahumada" y motivado por su valor y espíritu de sacrificio, se adentrará en el corazón del Parque Natural de los Alcornocales para intentar detener al mayor contrabandista de la época; el "Sevillita". En paralelo, su hijo Santiago de doce años, se debate ante la duda de convertirse en un "polilla" y seguir los pasos de su padre como agente de la Benemérita."


     P R Ó L O G O

         Prologar una obra es siempre una responsabilidad. Y si encima uno no es el autor de la misma, es todavía mucha más responsabilidad la que se afronta y se asume.

Eso fue lo primero que pensé cuando Miguel Gilaranz, encontrándonos en la antigua casa-cuartel de la Guardia Civil en La Barrosa, escenario principal de esta historia, me propuso prologar su libro.

El segundo de mis pensamientos fue aquella parte del famoso verso de Pedro Calderón de la Barca, que además de poeta e insigne escritor de las letras españolas y universales también fue militar: “ni pedir ni rehusar”.

Hacía apenas unos minutos que acababa de conocer al autor de la obra y sin aviso previo ya me lo había solicitado. La Barrosa, Chiclana de la Frontera, Casa Cuartel, Guardia Civil, …, era imposible negarse a ello.

Y era imposible, primero por ser el jefe de la Comandancia donde se encontraba ubicado el antiguo Puesto de La Barrosa, levantado junto a la histórica Torre del Puerco. Y segundo, porque tras llevar más de tres décadas como historiador poniendo en valor a carabineros y guardias civiles, no podía dejar de hacerlo una vez más.

La casa-cuartel protagonista de esta obra se halla en el término municipal de Chiclana de la Frontera. Hace ya más de 175 años, concretamente un 8 de enero de 1845, el jefe político de la provincia de Cádiz, figura antecesora del gobernador civil y del subdelegado del gobierno, llamado Manuel Lassala Solera, escribía lo siguiente a los alcaldes de las localidades donde se iban a establecer los primeros puestos del benemérito Instituto creado por real decreto de 13 de mayo anterior: “La Guardia Civil es el brazo de protección y seguridad que el Gobierno ofrece al hombre honrado, y lo es de persecución y de temor para el delincuente y de mal vivir”.

Cuanta verdad encerraban aquellas premonitorias palabras. En ese mismo texto se describía el despliegue territorial de aquellos primeros puestos y las misiones iniciales a desempeñar. En la parte que afecta a la historia de nuestro libro, la 3ª Sección de la primera Compañía de la Guardia Civil que se estableció en la provincia de Cádiz, se instalaría en la localidad de Medina Sidonia. 

La primera misión encomendada fue extender la vigilancia hasta los pinares de Chiclana de la Frontera, que por aquel entonces cubrían la mayor parte del término municipal, así como continuarla hacia los de Conil de la Frontera y Vejer de la Frontera.

En poco tiempo dicha sección completó su despliegue territorial y quedó integrada por los puestos de Chiclana de la Frontera, Conil de la Frontera, Vejer de la Frontera, Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia.

Aquellos primeros guardias civiles, en espíritu de servicio y sacrificio, no diferían mucho de los protagonistas de la novela de Miguel Gilaranz. Eran hombres de condición modesta, forjados en una recia disciplina y un acendrado amor a la profesión. El honor, tal y como rezaba el artículo 1º de la “Cartilla del Guardia Civil”, era su principal divisa, razón por la cual debían conservarlo sin mancha, ya que una vez perdido no se recobraba jamás. 

Redactada por el propio Duque de Ahumada en la finca familiar de “El Rosalejo”, sita en el término municipal gaditano de Villamartín, se convirtió desde el mismo momento de su aprobación, por real orden de 20 de diciembre de 1845, en el mejor código deontológico que jamás haya podido tener una institución de seguridad pública.

Sin embargo, aquellos primeros guardias civiles no estaban solos en Chiclana de la Frontera como en cambio si lo estaban los de la novela, fiel reflejo del tiempo en que discurre su historia.

Compartían espacio con otro Instituto que también sería benemérito, el de Carabineros del Reino. Sucesores del Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, se había creado por real decreto de 9 de marzo de 1829, “para la seguridad y vigilancia de las costas y fronteras, hacer la guerra al contrabando, prevenir sus invasiones y reprimir a los contrabandistas, y para afianzar con respetable fuerza a favor de la industria y comercio nacionales, la protección y fomento que procuran las leyes de Aduanas”.

Es decir, que mientras los guardias civiles de Chiclana de la Frontera se dedicaban a velar por el orden y la ley, principalmente en materia de lo que hoy día se denomina seguridad ciudadana, los carabineros perseguían el contrabando que intentaba ser alijado en sus costas, siendo la playa de La Barrosa una de sus principales.

No obstante, ello no constituía inconveniente alguno para que llegado el momento, intercambiaran sus papeles, pues tal y como disponía la real orden de 4 de enero de 1845, “la Guardia Civil, en el curso ordinario de su servicio, debe perseguir con el mayor celo, vigilancia, actividad y sobre todo pureza, cuantos fraudes se cometan contra las Reales órdenes vigentes, relativas al contrabando.”

Y como la principal acción perversa del contrabandista para alcanzar impunemente su ilícito fin, era corromper a quien tenía la responsabilidad de perseguirle, se continuaba advirtiendo que “la menor sospecha de soborno” sería castigada “del modo más público, ejemplar y severo posible”.

Así que carabineros y guardias civiles, desde el principio, coincidieron más de una vez en la extensa playa de La Barrosa con ocasión de algún alijo de contrabando. Otra razón más por la que concurrieron en su orilla fue el carácter benemérito de ambos que en el caso de los hombres del Duque de Ahumada quedó registrado en la crónica relatada en el “Mentor del Guardia Civil”, antecesor histórico del actual boletín oficial del Cuerpo, correspondiente al 1º de mayo de 1857. 

Resultó que el 31 de marzo anterior, el cabo Solís, comandante de puesto de Chiclana de la Frontera, que podía haber sido perfectamente el cabo Chacón de la novela de Miguel Gilaranz, tuvo conocimiento de que había naufragado en la playa de La Barrosa una embarcación portuguesa llamada “San José”. 

Inmediatamente dispuso que el guardia Rodríguez, que también podía haber encarnado perfectamente el guardia Lucena, protagonista de esta obra, en unión de una pareja de servicio, acudiera a prestar auxilio en el escenario de la tragedia.

Presentados al comandante militar de matrícula, que como autoridad naval se había personado en lugar de los hechos, les ordenó que patrullasen por la playa por si la mar arrojaba algunos restos del naufragio. Y así fue, practicándolo durante toda la noche hasta el amanecer, pudiendo rescatar del agua cinco cadáveres de la infortunada tripulación.

La Ley de 15 de marzo de 1940 puso punto final al Cuerpo de Carabineros cuyo personal, funciones y acuartelamientos pasaron a ser asumidos por el de la Guardia Civil. De esta forma, la casa-cuartel de Carabineros en La Barrosa, construida en 1907, pasó a reconvertirse en la de la Guardia Civil, escenario principal de esta novela, 

 Mi más sincero agradecimiento a Miguel Gilaranz por dedicar esta obra, honesta, profunda y sencilla a aquellos guardias civiles que nos precedieron, así como mi mayor deseo de que quien disfrute con su lectura, conozca algo más sobre su vida y la de sus sufridas familias.


jueves, 13 de agosto de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XXVII). BRIGADIER MIGUEL GUZMÁN CUMPLIDO (1819-1895). Decimoctava y última parte.

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).



Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 10 de agosto de 2020, pág. 14.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.



El brigadier Miguel Guzmán Cumplido, tras una intensa vida militar de servicio activo durante 45 años, tanto en el Arma de Infantería como en el Cuerpo de la Guardia Civil, pasaría los últimos cinco lustros de su vida, a partir de 1880, en San Roque.

Como ya se expuso en el anterior capítulo las posibilidades de obtener entonces un nuevo destino como oficial general eran prácticamente imposibles. En la Metrópoli sólo existía la vacante de secretario de la Dirección General y en Ultramar la de subdirector de los Tercios de Cuba. Tras ocupar ésta durante casi seis años, Guzmán ya sabía que difícilmente lo obtendría.

Todavía habrían que transcurrir casi cuatro décadas más para que comenzara a aumentar el número de oficiales generales en la Guardia Civil. En 1880 la plantilla total del Cuerpo eran 16.102 hombres. En su casi práctica totalidad destinados en los 16 Tercios que encuadraban las 50 Comandancias que constituían las unidades territoriales de ámbito provincial. 

Por aquel entonces la organización del benemérito Instituto no tenía la complejidad actual y la plantilla de cuadros de mando de su dirección general era muy reducida. Estaba constituida tan sólo por 18 jefes y oficiales: 1 coronel, 4 tenientes coroneles, 2 comandantes, 9 capitanes, 1 teniente y 1 alférez. Las clases e individuos de tropa que realizaban la función de escribientes pertenecían al Tercio de Madrid.

Así que el brigadier Guzmán continuó “en situación de cuartel”, pendiente de asignación de destino, hasta que por real orden de 24 de diciembre de 1883 se dispuso su pase a la situación de reserva en el Estado Mayor General.

La ley de 14 de mayo anterior había fijado la edad de 66 años a los brigadieres para pasar obligatoriamente a dicha situación. Como Guzmán tenía 64 años lo solicitó voluntariamente. Ponía así fin al servicio activo. 

Además de las cuatro cruces de 1ª clase de la Real y Militar Orden de San Fernando citadas en capítulos anteriores le habían sido concedidas la medalla de la Batalla de Chiva (1837); la cruz (1852), la placa (1866) y la gran cruz (1874) de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo; la encomienda de la Orden de Isabel la Católica (1864); la cruz de 2ª clase del mérito militar blanca (1867); la cruz roja del mérito militar de 2ª clase (1869); la encomienda de la Real y Distinguida Orden de Carlos III (1871); la cruz de la Orden Civil de la Beneficencia (1872); la medalla de la Guerra Civil de 1873-1874 (1877); y la medalla conmemorativa de las campañas de Cuba con distintivo blanco (1877).

Su vida en San Roque transcurriría tranquilamente durante más de dos décadas, residiendo en su finca “El Almendral”, adquirida al regresar de Ultramar, así como en la casa sita en el número 9 de la calle San Felipe que compró posteriormente. En ésta fallecería sin dejar testamento el 18 de febrero de 1895 a los 75 años de edad como consecuencia de una dolencia cardiaca.

Gracias a la documentación aportada por José Manuel Sánchez Cote y Juan Antonio García Rojas, citados en el capítulo anterior, se ha podido acreditar que su defunción aconteció realmente en San Roque pues algún artículo biográfico e incluso alguna prensa de la época habían asegurado que había acontecido en Madrid lo cual no era cierto. 

El acta de defunción fue expedida en el registro civil por el juez municipal de San Roque, Enrique Cruz del Barco, siendo secretario suplente Francisco Pozo, tras comparecer y comunicar el fallecimiento de Guzmán, su sobrino Eduardo Shakery Rubín de Celis.

Al día siguiente, según hizo constar entonces Miguel Caballero de Luna, “cura castrense de la parroquia de Sta. Mª la Coronada”, se le dio “sepultura eclesiástica con entierro” en el cementerio de la ciudad. Era alcalde entonces Ignacio de Salas Infante. El sepelio debió congregar a los principales representantes de los diferentes estamentos de San Roque.

En la fecha de su fallecimiento estaba casada en segundas nupcias con Elena Palanca Cañas con quien tuvo siete hijos llamados María del Carmen, Carlos, María Dolores, María Rosario, Luis, Elena y Sofía.

Si bien no ha sido posible constatar por el momento ni la fecha de defunción de su primera esposa, Dorotea Shakery, ni la fecha del segundo enlace nupcial es muy probable que fuera durante su destino como coronel subinspector del 12º Tercio en Burgos. 

En ese periodo coincidió que el capitán general de dicho distrito militar, con residencia también en Burgos, sería su suegro, el mariscal de campo Carlos Palanca Gutiérrez. Su ayudante de campo era su hijo, el capitán de Caballería Carlos Palanca Cañas. Éste, que terminaría alcanzando el empleo de teniente general, resulta que estuvo a las órdenes de Guzmán en dos etapas diferentes: durante diversas acciones protagonizadas contra partidas carlistas en la provincia de Burgos y posteriormente en Cuba, siendo ya comandante, con ocasión de operaciones contra insurgentes.

Respecto a sus hijos del segundo matrimonio, María Dolores se casaría con José Moscardó Ituarte, que llegaría a alcanzar a título póstumo el empleo de capitán general, tras su fallecimiento en Madrid el 12 de abril de 1956.

Moscardó pasaría a la historia de la Guerra Civil española por dirigir la defensa del Alcázar de Toledo frente a las fuerzas republicanas hasta su liberación el 27 de septiembre de 1936 por la columna mandada por el bilaureado general gaditano José Enrique Varela Iglesias. 

Uno de los hijos de dicho matrimonio, llamado Luis, sería asesinado junto al deán de la catedral de Toledo y otros religiosos en una saca efectuada el 23 de agosto anterior. Semanas antes los sitiadores habían intentado forzar infructuosamente la rendición del alcázar presionando a Moscardó a cambio de la vida de su hijo Luis. Otro de sus vástagos llamado Carmelo, nieto por lo tanto también del brigadier Guzmán, y que estaba igualmente detenido, salvaría la vida gracias a un miliciano que al ver que era menor de edad lo apartó de la saca. Menos fortuna tuvo su hermano José, que sería fusilado en Barcelona, cuando la sublevación militar le sorprendió camino de los Juegos Olímpicos en Berlin.

Además de María Dolores otro de los hijos del brigadier Guzmán figura también en los libros de historia. Se trataba de Luis. Ocupó diversos cargos directivos en centros penitenciarios durante el último periodo de la monarquía de Alfonso XIII, la República, Guerra Civil y primera etapa del Franquismo. En la etapa republicana la dirigente comunista Dolores Ibarruri Gómez, “La Pasionaria”, que estuvo encarcelada en varias ocasiones, sería muy crítica con él en sus memorias cuando se encontraba al frente de la cárcel de mujeres, sita entonces en la madrileña calle de Quiñones.

La segunda esposa del brigadier Guzmán, Elena Palanca Cañas, fallecería en Madrid el 12 de febrero de 1944. Tras morir su esposo las propiedades de “El Almendral” y la casa de la calle San Felipe tuvieron diversos titulares no guardando sus actuales propietarios relación alguna.

Agradecimiento al coronel de Infantería José Luis Moscardó Morales-Vara de Rey, bisnieto del brigadier Miguel Guzmán Cumplido.