Translate

domingo, 29 de noviembre de 2020

Efemérides: 28 de Noviembre de 1814. Creación de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

Efemérides escrita por Jesús Núñez, e ilustrada con 5 dibujos a color de Fernando Rivero Díaz, para la Sección de Magacín de la Web de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares



Finalizada la Guerra de la Independencia fue creada hace 206 años por el Rey Fernando VII para premiar la constancia en el servicio de los oficiales de los cuerpos combatientes.


Curiosamente el propósito inicial del monarca era recompensar mediante la creación de una condecoración, a aquellos miembros de los ejércitos aliados extranjeros que se habían distinguido en la reciente contienda. Sin embargo, terminó convirtiéndose en la única Orden de nuestro sistema premial en la que solo pueden ingresar españoles.


En un principio, el monarca dispuso que se solicitara su parecer a Arthur Wellesley, general británico y duque de Ciudad Rodrigo y de Wellington, por ser el más caracterizado para ello, habida cuenta que había ejercido el mando de las tropas aliadas.


Recabado mediante carta de fecha 18 de mayo de 1814 por el teniente general Francisco Ramón de Eguía López de Letona, secretario de Estado y del despacho de la Guerra, fue contestado el 12 de junio siguiente. Propuso que bien pudiera recompensarse con la Orden de San Fernando, creada por Decreto de 11 de agosto de 1811, siendo necesario para ello suprimir el artículo relativo a los preceptivos informes que se requerían. Por otra parte aprovechó para sugerir que podrían añadirse algunos artículos nuevos, a fin de que se pudiera ingresar en dicha Orden después de 25 años de servicio, computándose dicha cifra en función de los periodos de tiempo prestados en campaña.


Remitido todo ello al Consejo Supremo de Guerra y Marina, y recabados otros informes, su dictamen fue contrario a que se pudiera premiar en la misma Orden el Valor y la Constancia. Así, con fecha 24 de octubre siguiente, se informó al rey, por una parte, que los oficiales de los ejércitos aliados que más se hubieran distinguido, podían ser recompensados con el distintivo de la Cruz de San Fernando. Y por otra parte, y con diferente reconocimiento, debería premiarse por su constancia militar a aquellos oficiales que sirvieran sin nota alguna los 25 años.


Finalmente, el 28 de noviembre de 1814, Fernando VII firmó su aprobación para la reforma de la Orden de San Fernando y la creación de la nueva Orden de San Hermenegildo.

 

El hecho de ponerse bajo dicha advocación se debió a la predilección del monarca por dicho santo, príncipe visigodo cuya reliquia depositada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial había sido recuperada de manos francesas tras sustraerla. Felipe II también había sentido gran devoción por su figura como mártir de la Iglesia al convertirse al catolicismo, siendo el promotor de su culto religioso como primer paso a su posterior canonización. Junto a San Fernando es uno de los patronos de la corona española.


El 19 de enero de 1815 se aprobaría el primer reglamento conjunto con la Real y Militar Orden de San Fernando. Su preámbulo era común a ambos, correspondiendo los 8 últimos artículos a la de San Hermenegildo.


Separadas posteriormente dichas Órdenes cada una siguió su propia reglamentación siendo aprobada por última vez la de San Hermenegildo, por Real Decreto de 4 de agosto de 2020.


Conforme al mismo, dicha Orden tiene por finalidad recompensar y distinguir a los caballeros y damas oficiales generales, oficiales y suboficiales del Ejército de Tierra, de la Armada, del Ejército del Aire, de los Cuerpos Comunes de las Fuerzas Armadas y del Cuerpo de la Guardia Civil, por su constancia en el servicio y la intachable conducta, a tenor de lo que establecen las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas. Sus categorías son Gran Cruz, Placa, Encomienda y Cruz.


jueves, 26 de noviembre de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLII). LA INSTRUCCIÓN DEL EXPEDIENTE BENEMÉRITO (1924).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 23 de noviembre de 2020, pág. 17.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


El 5 de diciembre de 1923 el teniente general Juan Zubia Bassecourt, considerado como uno de los mejores directores generales que ha tenido la Guardia Civil a lo largo de su historia, felicitó el benemérito servicio practicado por la fuerza del puesto de San Roque. Dispuso su anotación por “el arrojo y actividad demostrados”, en la “Hoja de hechos particulares y servicios especiales” del guardia 1º Antonio Gallardo Galván y del guardia 2º Juan Sánchez Gómez, así como la incoación del oportuno expediente para su ingreso en la Orden Civil de Beneficencia. 

Diez días después, sin perjuicio de lo anterior, el alcalde de San Roque, Manuel Rodríguez López, elevó al gobernador civil el oficio que el comandante del puesto de la Guardia Civil le había remitido dando cuenta del heroico salvamento de la menor caída en el pozo de agua.

Conforme al punto 3º del artículo 5º del real decreto de 29 de julio de 1910, podían ser recompensados con el ingreso en la “Orden civil de Beneficencia”, con el distintivo negro y blanco, aquellas personas que hubieran llevado a cabo un acto que mereciese la calificación de heroico.

El suboficial José Sánchez Velasco así lo había descrito 26 de noviembre anterior en su minucioso informe. Conforme a lo dispuesto en dicho real decreto, su concesión debía ser precedida de la correspondiente propuesta de la autoridad civil o militar de la región donde hubiese tenido lugar el acto humanitario.

Siendo parecer del alcalde que ambos guardias civiles eran acreedores a la mentada condecoración, lo trasladó al gobierno civil a tal efecto. Su titular en esa fecha lo era también del gobierno militar de la provincia. Se trataba del general de división Pedro Lozano González.

Como consecuencia del golpe de estado encabezado poco más de dos meses antes por el teniente general Miguel Primo de Rivera Orbaneja, habían sido cesados en sus cargos por real orden de 18 de septiembre, todos los gobernadores civiles de la nación. Entre ellos el de Cádiz, Bernardo Rengifo Tercero. 

Una circular de la Presidencia del Directorio Militar dictada tres días antes ya los había cesado en sus funciones, pasando a ser asumidas por los respectivos gobernadores militares. En el caso de nuestra provincia se dio además la circunstancia de que cuando el general Lozano pasó a la situación de primera reserva, al cumplir la edad reglamentaria el 22 de marzo de 1924 y cesó en su cargo castrense, un real decreto fechado el 12 de abril siguiente lo nombro gobernador civil de Cádiz.

Ordenada la instrucción del expediente “para justificar méritos contraidos” por ambos guardias civiles se publicó el correspondiente edicto en el boletín oficial de la provincia, invitándose a declarar en el mismo a quienes pudieran aportar testimonios de interés.

El guardia 1º Gallardo era natural del municipio sevillano de Montellano y tenía 45 años de edad, de los cuales llevaba veinte en el benemérito Instituto. Se había incorporado al puesto de San Roque en 1922 procedente del de Buceite, tras prestar servicio anteriormente en los de Setenil, Almoraima, Tesorillo, Facinas y Jimena de la Frontera, pertenecientes también a la Comandancia de Cádiz, así como en los de Gaucín y Jimena de Líbar, en la Comandancia de Málaga.

El guardia 2º Sánchez era natural de la localidad malagueña de Estepona y tenía 28 años de edad, llevando tan solo cuatro en el Cuerpo. También había sido destinado al puesto de San Roque en 1922, procedente en su caso del de Jimena de la Frontera.

La menor cuya vida habían salvado se llamaba María Teresa, natural de San Roque y tenía 14 años de edad. Era hija de José Galán Núñez y de María Ríos Benítez, nacidos también en dicha localidad. Sus padrinos habían sido José Ríos Pérez y María Benítez Naranjo.

Gracias a la documentación facilitada nuevamente por el investigador local Juan Antonio García Rojas se tiene constancia de las declaraciones prestadas por los testigos que comparecieron, a partir del 12 de enero de 1924, en la instrucción del expediente municipal. Dado que desde que se arrojaron los guardias civiles al pozo de 9 metros de profundidad para rescatar a la menor hasta que con ayuda de cuerdas los pudieron sacar, transcurrió una hora aproximadamente, acudieron al lugar numerosos vecinos de la barriada.

El primero en testificar fue Feliciano Barrero Hurtado, natural del municipio jienense de Baeza, de 46 años de edad, de profesión industrial y que residía en calle Herrería núm. 11, muy próxima a la casa-cuartel. Compareció ante el instructor, José Villanueva Serrano, alcalde accidental de San Roque, y el secretario especial nombrado a tal efecto, José Domingo de Mena. Manifestó que cuando llegó al lugar del suceso, los guardias “estaban arrojados al pozo luchando desesperadamente por sostenerse sobre las aguas y por evitar el hundimiento en ellas de la joven, a la que después de mucho tiempo, cerca de una hora, pasada en angustiosos y casi sobrehumanos esfuerzos consiguieron salvar, constituyendo el hecho a juicio del compareciente un acto de arrojo imponderable que le causa irreprimible admiración y que cree merece ser premiado por constituir verdadero heroísmo”.

El segundo testigo en comparecer el mismo día se trató de Manuel Olea Soto, natural de San Fernando, de 35 años de edad, de profesión jornalero y vecino de San Roque, plaza Concha núm. 5. Manifestó que vio a los los guardias arrojados al pozo, “cuyas circunstancias son peligrosísimas, por estar cubierto y casi cerrado por completo a la luz y tener las paredes lisas, luchando por salvar a una joven, y al segundo Guardia –Sánchéz- por salvar a la joven y al primer Guardia –Gallardo- que se ahogaba ya con aquella”.

El tercer testigo fue Francisco Valero Ortiz, natural de San Roque, de 40 años de edad, de profesión albañil y vecino de la localidad, calle Tintorero núm. 3. Reconoció que se acercó al “Huerto del Cura”, lugar del suceso, “atraído el ruido y aglomeración de las personas”. Declaró que los dos guardias “luchaban desesperadamente por sostener y amarrar con una cuerda” a la joven que “en estado agónico se revolvía impidiendo su salvamento y poniendo en peligro de perecer a sus salvadores”.

Los dos testigos siguientes fueron Victoriano Expósito Guillén, natural de Jaén, de 64 años de edad, pensionista y residente en calle San Nicolás, que declaró junto a Ángel Vázquez Rojas, natural de San Roque, de 42 años de edad, agricultor y vecino de la calle Herrería núm. 8. Ambos manifestaron que vieron dentro del pozo, “a los dos guardias pugnando por sostenerse y sostener a flote y extraer del agua a la joven Teresa Galán, lo que constituía esfuerzo imponderable por tener perdido el conocimiento aquella y estar casi desvanecido el guardia Gallardo, a cuyas dos personas sostenía el guardia Sánchez”. Éste, dado que afortunadamente existía un tubo adosado a la pared del pozo, pudo agarrarse con una mano mientras que con el otro brazo mantenía agarrados a su compañero y a la muchacha, hasta que le lanzaron la cuerda para atarse y ser izados a pulso.

(Continuará).

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLI). LA NIÑA SALVADA POR LA BENEMÉRITA (1923).

CLXXV Aniversario “Cartilla del Guardia Civil” (1845-2020).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR", el 16 de noviembre de 2020, pág. 8.

El original contiene una fotografía en blanco y negro.


Decir “Guardia Civil” es decir “Benemérita” y decir “Benemérita” es decir “Guardia Civil”. Y eso es tan claro y está tan profundamente arraigado en el pueblo español que hasta nuestra Real Academia de la Lengua, así lo recoge en su diccionario, edición tras edición.

El reconocimiento popular de tal condición proviene desde los tiempos fundacionales. En la provincia de Cádiz la primera vez que quedó constancia de la unión de ambas expresiones fue en una crónica publicada el 20 de enero de 1845 en el periódico “El Comercio”, cuando los hombres del duque de Ahumada no llevaban siquiera dos semanas prestando servicio en la capital gaditana.

El cronista, al relatar el honroso gesto de un piquete del nuevo Cuerpo que por primera vez había escoltado por las calles de Cádiz, la solemne comitiva de la “Bula de la Santa Cruzada”, lo describió como “un hecho que honra por muchos motivos a la benemérita Guardia Civil porque demuestra hasta que punto raya el pundonor y la delicadeza de sus individuos”.

El reconocimiento oficial a toda la Institución vendría más de ocho décadas después, cuando por real decreto de 4 de octubre de 1929 se concedió por Alfonso XIII, “la Gran Cruz de la Orden civil de Beneficencia, con distintivo negro y blanco, al Instituto de la Guardia Civil, por los innumerables actos y servicios abnegados, humanitarios y heroicos que los individuos pertenecientes al mismo han realizado con motivo de incendios, inundaciones y salvamento de náufragos.”

Dicha Orden era fruto de la refundición en una sola, por real decreto de 29 de julio de 1910, de las distinciones honoríficas denominadas “Cruz de Epidemias” y “Orden civil de Beneficencia”. A partir de entonces sería concedida con este último nombre y se destinaría a “premiar los méritos sobresalientes y notorios contraídos por actos heroicos, de virtud, abnegación o caridad, los servicios eminentes a la salud o tranquilidad pública y los beneficios trascendentales y positivos para la Humanidad, la vida, la honra o la fortuna de las personas”.

Establecidas varias categorías, les sería concedida en la de 3ª clase, con distintivo negro y blanco, a dos guardias civiles del puesto de San Roque por un benemérito hecho acaecido en la mañana del 25 de noviembre de 1923. Sus nombres pasarían a integrarse en el “Escalafón general de los Jefes, Oficiales, clases e individuos de la Guardia Civil, de la Orden civil de la Beneficencia”.

Para conocer los hechos acreedores a tan prestigiosa y hoy desaparecida condecoración, nada mejor que el parte emitido por el comandante de puesto, suboficial José Sánchez Velasco, informando de lo sucedido al “alcalde constitucional” de San Roque, Manuel Rodríguez López, que había sido nombrado para tal cargo el mes anterior. Es de justicia agradecer al investigador local Juan Antonio García Rojas haber facilitado copia del mismo.

Fechado el día siguiente, se daba cuenta de que sobre las nueve horas de la mañana anterior, cuando la esposa del guardia 2º Antonio Pastor Martínez, llamada María Castillero Cabrera, se encontraba poniendo a secar ropa en la parte posterior de la casa-cuartel (sita en el núm. 14 de la calle Herrería), escuchó un ruido que la sobresaltó. Había sonado como si algo hubiera caido dentro de un pozo situado a unos diez metros de distancia que habitualmente estaba cubierto por una tapa de madera. Al aproximarse observó que estaba destapado y había una persona en el fondo, sumergida en el agua.

Inmediatamente dio la voz de alarma acudiendo enseguida el guardia 1º Antonio Gallardo Galván y los guardias 2º Juan Sánchez Gómez y Cristóbal Gómez Gómez. El pozo tenía unos nueve metros de profundidad de los que tres estaban cubiertos de agua. 

Gallardo al asomarse observó por la ropa que se trataba de una mujer, “y sin mirar medios algunos de salvación para él, se arrojó al referido pozo”. Aquella se sabría posteriormente que se trataba de una chiquilla llamada Teresa Galán Ríos, de 14 años de edad, hija del vecino de San Roque, José Galán Núñez. La pobre, llena de nerviosismo y creyendo que se ahogaba sin remedio, no dejaba de agarrarse, sin solución de continuidad, a su salvador. Sin embargo, lo hacía de tal forma que ponía en peligro la vida de ambos.

Desde arriba, el guardia 2º Juan Sánchez, “visto esta situación tan peligrosa que corría sobre los dos”, no lo pensó más, “y sin mirar el peligro que por él pudiera correr se arrojó al referido pozo”. No sin gran esfuerzo comenzó a sostener a ambos, momento en el cual, alertados por lo que estaba sucediendo llegaron más componentes del puesto que en ese momento se hallaban en la casa-cuartel.

Se trataban del suboficial Sánchez Velasco, auxiliado del cabo Marcos López Orellana, el guardia 1º Lorenzo Rodríguez Vega y los guardias 2º Antonio Ruiz Sánchez y Manuel Sánchez Soto. También acudió con ellos el paisano Felipe Sánchez Gómez, hermano de uno de los que se habían lanzado al pozo.

Localizaron unas cuerdas cuyos extremos lanzaron al interior del pozo. El guardia 2º Juan Sánchez, “que aún no había perdido totalmente sus fuerzas”, pues había transcurrido un buen rato, pudo amarrarlos. La chiquilla apenas ya daba señales de vida, no siendo mucho mejor el estado del guardia 1º Gallardo, que había quedado exahusto intentando que ni aquella ni él, se hundieran.

No sin gran esfuerzo, primero izaron a Teresa, seguidamente a Gallardo y finalmente a Sánchez. La primera fue trasladada a casa de sus padres, próxima al acuartelamiento, mientras que los dos guardias se llevaron a sus respectivos pabellones para ser cuidados por sus familias.

Tanto la chiquilla como el guardia 1º primero consiguieron ser reanimados “por medio del procedimiento de refriegas en los músculos”. Llegado el medico titular de la localidad, todos fueron rápidamente atendidos. Tanto Gallardo como Sánchez fueron dados de baja médica para el servicio por prescripción facultativa, hasta su completo restablecimiento.

Una vez repuesta la chiquilla le preguntaron como era posible que hubiese caido al pozo. Relató entonces que al ir a sacar un cubo de agua y al tiempo de asomarse al agujero, le dio un mareo y cayó al interior del mismo.

El comandante de puesto finalizaba su informe afirmando que “el acto tan expontáneo realizado de poca premeditación y desprecio de su vida”, por ambos guardias, lo consideraba “de suma importancia, siendo objeto de mención honorífica por todos los vecinos que han tenido ocasión de presenciar e interesarse del proceder de la fuerza que ha intervenido con motivo del hecho ocurrido”. 

Del suceso, acaecido en el lugar conocido por el “Huerto del Cura”, se intruyó el correspondiente atestado que fue entregado en el juzgado de instrucción de San Roque. Su titular era Antonio Argüelles Labarga, quien dos décadas después se jubilaría con honores de magistrado del Tribunal Supremo, siendo presidente de la Audiencia Territorial de Valladolid.

La prensa de la época se hizó eco de lo acaecido. “El Noticiero Gaditano”, autodefinido como “Diario de información y de intervención política”, dirigido por Ignacio Chilia Giráldez, publicó una detallada crónica cuatro días después.

(Continuará).

 

martes, 17 de noviembre de 2020

LA HISTORIA DEL CADETE QUE ESCRIBIÓ A MILLÁN-ASTRAY.


Artículo escrito por Jesús Núñez, ilustrado con tres fotografías, para su publicación en la Sección de Historia Militar de la Web de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares. 




· Resumen: En marzo de 1926 un joven alumno de la Academia de Infantería está finalizando sus estudios militares y escribe al coronel jefe de la Legión para solicitarle destino en dicha Unidad. Pertenece a una ilustre familia de gran tradición militar y se ofrece voluntario para ocupar los puestos de mayor riesgo y fatiga en una de las unidades de mayor prestigio del Ejército español que entonces está combatiendo en el Protectorado de España en Marruecos. Dicho coronel, fundador de la Legión, le contesta describiéndole los valores y virtudes que debe tener un oficial para formar parte de esa gloriosa Unidad y le anima a que culmine con éxito su formación castrense. Hasta aquí es la historia conocida. Este artículo relata las vicisitudes del joven oficial tras salir de la Academia. Cuando consigue ser destinado a la Legión ya ha finalizado la Guerra de Marruecos, pasando posteriormente a otras unidades del Ejército y participando en el sofocamiento de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 en Barcelona. Tras ello ingresa en la Guardia Civil, la principal fuerza de orden público durante la Segunda República. Finalmente, al estallar la Guerra Civil es comisionado a diversas unidades del Ejército hasta que logra volver a la Legión, donde en febrero de 1937 encontrará la muerte a consecuencia de las heridas sufridas en combate al frente de su compañía. 

 

· Abstract: In March 1926, a young student at the Infantry Academy was finishing his military studies when he wrote to the colonel in charge of the Legion to request a post with that unit. The student belonged to a very well regarded family with a distinguished military tradition, and he volunteered for any position of great risk and physical demand in one of the most prestigious units of the Spanish Army that was then fighting in the Protectorate of Spain in Morocco. The colonel, founder of the Legion, answered him by describing the values ​​and virtues that an officer must have to be part of the glorious Legion and encouraged him to successfully complete his military training. This is all that is commonly known of this story. This article pick up there and recounts the vicissitudes of the young officer's career after leaving the Academy. By the time he managed to be assigned to the Legion, the Moroccan War had already ended. He later transferred to other Army units and he participated in the military response to suppress the revolutionary actions in Barcelona in October 1934. After that, he joined the Civil Guard, the force charged with maintaining public order during the Second Republic. Finally, when the Civil War broke out, he was assigned to various Army units until he managed to return to the Legion, where in February 1937 he found death as a result of the wounds suffered in combat at the head of his company. 

 


La historia del cadete que escribió a Millán-Astray.

 

Carlos de Silva Rivera, general de brigada honorífico de Infantería y caballero mutilado permanente, refirió en su obra “General Millán Astray (El Legionario)”, publicada en 1956, una carta escrita tres décadas antes por un joven alumno de la Academia de Infantería al fundador del Tercio así como su respuesta. 


El cadete se llamaba Marcial Sánchez-Barcáiztegui Gil de Sola y se había dirigido en marzo de 1926 al entonces coronel José Millán-Astray Terreros, para solicitar su ingreso en el Tercio tan pronto obtuviera su despacho de alférez.


La contestación, fechada en Ceuta el día 18 de dicho mes, si bien no es inédita no debe dejar de ser reproducida, pues su contenido constituye en el Centenario de la fundación de la Legión, el mejor compendio de valores y virtudes que todo oficial, en opinión de su creador, debiera poseer para ingresar y servir en ella. 


“Caballero Alumno:


Acaban de entregarme la carta que me envías solicitando ingreso en la gloriosa Legión, para cuando salgas de oficial, e invocando como título para ello; tu noble apellido, la sangre que corre por tus venas y tus entusiasmos militares; no es pequeño el ofrecimiento; tu apellido es símbolo de españolismo probado por guerreros que lo llevaron e hicieron ilustre; tu sangre es garantía de que cuando llegue el momento hervirá con todo el ardor necesario para derramarla gozoso; tus entusiasmos serán resortes preciosos para sufrir contento las penalidades de la vida de campaña y para encontrar en el tropiezo con las balas la satisfacción que borra los dolores físicos; pero para que vengas a la Legión son aún necesarias más condiciones, y esas condiciones las proporcionarán con la esplendidez ya legendaria en los infantes españoles, ahí, en esa santa casa, donde recibimos las bases fundamentales de nuestro espíritu militar.


Habrás de rendir culto al HONOR, culto que te obligará a que tu conducta en todos los órdenes, militares y civiles, sea pura e inmaculada, depurada en sus conceptos, siempre inclinada al bien, evitando siempre los falsos pasos, las conductas dudosas y las compañías perniciosas.


Culto al VALOR, que te sobrepongas a las flaquezas humanas y al instinto de conservación, para ofrendar con gusto tu vida y mirar a la muerte cara a cara; pero este valor ha de ser sereno, tranquilo, ecuánime, Sin exaltaciones, ni depresiones, sin desprecio al enemigo si fuera poco, sin temerle cuando sea mucho, y sin que este valor sirva para emplearlo en las discusiones con los compañeros ni en las peleas con los paisanos.


Culto a la CORTESIA, para que tus actos se rijan siempre por la exquisitez de los caballeros Españoles; dulce en el trato, afable con todos, respetuoso para con los superiores, galante con las damas, singularmente amante y entusiasta del soldado, al que has de cuidar constantemente, vigilándole, encauzándole y atendiéndole con fraternal cariño cuando se encuentre enfermo o herido, o cuando su espíritu decaiga por tristezas o recuerdos de su vida ciudadana.


Culto AL REY, como Jefe Supremo del Ejército, como encarnación de la institución que rige a España, con reverencia, admiración y adhesión hasta la muerte a Alfonso XIII de Borbón, modelo de soldados y caballeros, cuya alma entusiasta ha probado repetidas veces ante la metralla su valor de soldado, y cuyos entusiasmos y cuyos alientos para sus vasallos le hacen que reúna todas las condiciones que necesita el Rey y el caudillo.


Y, como final, culto a la PATRIA, altar en donde has de ofrendar cuanto seas, cuanto poseas, cuanto puedas valer, y como compendio y suma de los ofrecimientos, entregar en ese santo altar tu vida, con la seguridad también de que si mueres por ella, serás amorosamente recogido por los brazos de Dios, y pasaras a la INMORTALIDAD, como todos aquellos soldados que hacen grande a su Patria con la ofrenda generosa de sus vidas.


Dichos los fundamentos, quedan solo los detalles, que también son convenientes para que tu vida militar se desarrolle dentro de la sana alegría que debe presidir los actos de la vida de los que son felices: 


OPTIMISMO, que te lleve a pensar siempre bien, que disipe las tinieblas de tu espíritu en los momentos de angustia o de duda, que te haga olvidar las fatigas, que evite el que te fijes en la cantidad del alimento cuando este sea escaso, o en la dureza del lecho cuando éste sea sólo la madre tierra, que te haga mirar con serenidad y sin horror las tragedias de la guerra, que en los momentos de abatimiento haga surgir la copla o el chiste oportuno, y que cuando los hombres te miren a los ojos, porque las circunstancias no sean favorables, encuentren en el brillo de los tuyos una esperanza fundada de que tu alma está bien templada, y siempre piensas en la victoria; exagerada corrección en el MANEJO DE LOS CAUDALES que te confíen como administrador de tus soldados; interés exagerado por la ALIMENTACION DE TU TROPA; igual interés por su HIGIENE; y como compendio, el cuidado constante de su ESPÍRlTU y de su MORAL, para mantenerlos a ellos también siempre contentos, gozosos y afanosos de ser empleados en las ocasiones de peligro, para emular las hazañas de los antiguos infantes, para dar esplendor a la INFANTERÍA de ahora y para ceñir nuevos laureles a la bandera de su Cuerpo.


Si a todo eso estás dispuesto, si haces así profesión y fe de cumplirlo, si a ello unes el juramento sagrado de ser fiel y leal a tus compañeros, entendiendo por espíritu de compañerismo el de ayuda, el de sostén, el de amparo, el de buen consejo, el de favor, el de disimulo de sus faltas, el de encauzar a los descarriados, el de ayudarles con tus medios económicos, el de inyectarles tu elevada moral cuando la suya decaiga, y sin que nunca traduzcas el espíritu de compañerismo en la reunión de varios para castigar a uno que delinquió -aún siendo obligación que impone la salvaguardia del honor militar, y que todos debemos estar dispuestos a cumplirla, pero ocultando serenamente las lágrimas de nuestros ojos y los dolores de nuestro corazón-, porque esa manifestación jamás será de compañerismo, sino de sacrificio para mantener incólume el esplendor del honor militar.


Piensa en lo que escribo, cultiva tu espíritu leyendo las obras del arte militar y estudiando con fe y ahínco los reglamentos que has de manejar para conducir tus soldados a la victoria, cuida de tu cuerpo para que esté fuerte y vigoroso, y no dejes de pensar en que el cumplimiento exacto de tus deberes religiosos es también necesario para mantener la conciencia tranquila y el alma libre de pecado".


No es difícil imaginar la impactante y profunda impresión que debió causar su lectura al joven alumno. La carta no sólo detallaba, en palabras del fundador de la Legión, uno por uno todos los valores y las virtudes que debía poseer y ejercitar el oficial que quisiera ingresar en sus filas, sino que también con espíritu pedagógico le animaba a culminar con éxito su formación castrense. 


No hay que olvidar que Millán-Astray era diplomado de la Escuela Superior de Guerra y como en todo lo que redactaba, no dejaba nada al azar y siempre perseguía un fin. Decía exactamente lo que quería decir y sabía como expresarlo.


Ese “Caballero Alumno” pertenecía a una muy ilustre familia de larga y gran tradición militar, principalmente vinculada a la Marina de Guerra. Nacido el 4 de septiembre de 1903 en la localidad coruñesa de Ferrol fue uno de los siete hijos del matrimonio formado por Marcial Sánchez-Barcáiztegui Gereda y Enriqueta Gil de Sola Bausá. Su padre, natural de Cádiz, se hallaba destinado entonces como primer teniente de Infantería en el Regimiento Isabel la Católica núm. 54, de guarnición en Ferrol.


Deseando con profunda ilusión continuar la tradición familiar se presentó hasta en cuatro ocasiones a las oposiciones de la Escuela Naval Militar, sita entonces en la población gaditana de San Fernando, y de la Academia de Infantería en Toledo. Consiguió finalmente ingresar en esta última en 1923, incorporándose el 28 de septiembre, recién cumplidos los 20 años de edad.


Tras cursar los tres cursos académicos reglamentarios recibió el 8 de julio de 1926 el ansiado despacho de alférez. Cuatro meses antes se había atrevido a escribir a Millán-Astray, mostrando su interés por ser destinado a la Legión. 


Debía ser plenamente consciente de que sus notas académicas no le situarían precisamente en un buen puesto para ser destinado, pues finalmente obtuvo el número 258 de los 287 que componían su promoción, pero estaba dispuesto a suplirlo con su inquebrantable decisión por ingresar en el Tercio.


Los número 1 y 2 de su promoción, Eduardo García Useleti y Alejandro Alonso de Castañeda Navas sí obtuvieron su primer destino en la Legión al salir de la Academia, mientras que Sánchez-Barcáiztegui fue destinado al Batallón de Montaña Barcelona núm. 1.


No obstante, hay que precisar que el Tercio lo que realmente precisaba eran oficiales que tuvieran cierta experiencia militar y a ser posible acreditada en las Campañas de Marruecos que se venían desarrollando. 


En la obra “La Legión 1920-1927”, publicada en 2010 por el hoy general de división Miguel Ballenilla García de Gamarra, se explica perfectamente el contexto y la situación del momento. Frente a la escasez de oficiales veteranos voluntarios estaban los jóvenes alféreces que acababan de finalizar sus estudios en la Academia de Infantería. Allí se les había inculcado la honrada ambición y el idealismo de la profesión militar para ocupar los puestos de mayor riesgo y fatiga. Sánchez-Barcáiztegui fue un buen testimonio de ello.


Finalizadas prácticamente las operaciones en el Protectorado de España en Marruecos y casi alcanzada ya la paz, consiguió obtener destino, por real orden de 12 de marzo de 1927, en la Legión, “verificando su incorporación con urgencia”.


Prestaría servicio en sus filas hasta el 9 de junio del año siguiente, causando baja cuando le faltaba un mes justo para el ascenso al empleo de teniente, quedando disponible en Ceuta. Dos semanas más tarde pasó destinado al Batallón de Cazadores África núm. 8 hasta fin de abril de 1929.


Regresó al Batallón de Montaña Barcelona núm. 1 donde le sorprendió la proclamación de la Segunda República. Al inicio de julio de 1931 fue destinado al Regimiento de Infantería núm. 10, de guarnición en Barcelona.


Con la potenciación del Cuerpo de Seguridad y sus Secciones de Asalto fue uno de los numerosos oficiales del Ejército que el 9 de noviembre de 1932 fue destinado al mismo.


Sin embargo, pocos días después presentó su renuncia, reintegrándose nuevamente a su regimiento. Estando de guarnición en Barcelona participó activamente con su unidad para reforzar el orden público en aquel convulso periodo.


Así, por ejemplo, el 12 de diciembre de 1933, con motivo de una huelga de gas y electricidad en la ciudad fue felicitado por el celo, entusiasmo y disciplina demostrados en los servicios prestados en las respectivas fábricas.


Diez meses después, a principios de octubre de 1934. se producirían los gravísimos sucesos revolucionarios acaecidos contra el gobierno de la República en diversas partes del territorio nacional. Declarado el estado de guerra al intentar proclamarse la independencia de Cataluña, salió de su acuartelamiento el día 6 de dicho mes al frente de una sección de fusileros granaderos con la misión de dar protección y seguridad a una compañía de ametralladoras de su regimiento.

 

Según consta en su hoja de servicios tomó parte “en el asalto al Ayuntamiento y Generalidad de Cataluña, sufriendo y contestando al fuego de los rebeldes que causaron a las fuerzas asaltantes tres muertos y trece heridos”. Por su meritorio comportamiento fue citado como “distinguido” en la orden general de la 4ª División Orgánica.


Dado su anhelo de seguir ocupando los puestos de mayor riesgo y fatiga había solicitado con anterioridad su pase a la Guardia Civil, principal garante del orden y la ley, concediéndosele el 25 de octubre. 


Destinado a la Comandancia de Barcelona se incorporó el 10 de noviembre siguiente en Villanueva y Geltrú para realizar los tres meses de prácticas reglamentarias a las órdenes del capitán jefe de la compañía allí establecida.


Superado dicho periodo “con aprovechamiento” fue destinado a mandar la Línea (sección) de Igualada, de la que se hizo cargo el 14 de febrero de 1935. Permaneció al frente de la misma hasta el 9 de junio siguiente que pasó a dirigir la Línea de Villanueva y Geltrú. 


Apenas permaneció poco más de una semana ya que fue destinado a la Comandancia de Marruecos, incorporándose en Tetuán el 4 de julio siguiente. Se le asignó seguidamente el mando de la Línea de Sidi-Ifni donde el 3 de noviembre sufrió una caída del caballo en acto de servicio, rompiéndose una pierna. La insatisfactoria evolución de la lesión le supuso estar ingresado durante cuatro meses en hospitales de Tetuán y Barcelona.


Inicialmente recuperado fue dado de alta médica, regresando a la Comandancia de Marruecos donde se le asignó el 8 de marzo de 1936 el mando titular de la Línea de Id Aissa. Tres días más tarde se le adjudicó nuevamente la de Sidi-Ifni, haciéndose cargo también del mando accidental de aquella y de la de Tiliuin en concepto de agregadas.


El 25 de mayo siguiente fue felicitado por el inspector general de la Guardia Civil, general de brigada de Caballería Sebastián Pozas Perea, por haber donado sangre por dos veces consecutivas para el teniente coronel de Infantería Benigno Martínez Portillo, delegado gubernativo de Ifni. Éste se encontraba gravemente enfermo, no pudiendo finalmente salvarse su vida.


El 2 de junio siguiente volvió a causar baja médica al resentirse de la lesión sufrida en la pierna. Nuevamente fue hospitalizado ingresando en el de Tetuán el 24 de dicho mes.


Dos días antes había sido destinado a la Comandancia de Cádiz, siéndole asignado por el coronel jefe del 16º Tercio (Málaga) el mando de la Línea de Olvera.


El inicio de la sublevación militar y la consiguiente guerra civil que se desencadenó le sorprendió todavía ingresado en el hospital. El mismo 18 de julio solicitó el alta voluntaria uniéndose a las fuerzas del Ejército que se habían alzado contra el gobierno de la República.


Enviado a Sevilla se incorporó el 1º de agosto a la columna de operaciones del capitán de corbeta Ramón de Carranza Gómez de Pablo. Tomaría parte, al frente de un grupo de guardias de Seguridad y Asalto así como de milicias, en diversas acciones acaecidas en las provincias de Córdoba y Sevilla.


El 4 de agosto fue enviado a las órdenes directas del teniente coronel Carlos Asensio Cabanillas, jefe del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas Tetuán núm. 1, que mandaba una de las columnas de operaciones en la provincia de Badajoz. Participó en varias acciones, actuando en una como oficial de enlace con la columna de operaciones del comandante Antonio Castejón Espinosa, jefe de la V Bandera de la Legión.


Tomando parte el 5 de agosto en la ocupación de la población pacense de Los Santos de Maimona fallecería el teniente Pío Verdú Verdú de la 16ª Compañía de la Legión y resultaría herido el de igual empleo Juan García Laforga de Regulares. 


Al día siguiente ocupó la vacante de éste en el 2º Tabor del Grupo de Tetuán y el 7 de agosto resultó herido en ambas piernas por un disparo de escopeta con postas en la toma de Almendralejo. Una vez curado prosiguió en las operaciones volviendo a resultar herido el día 13 de un disparo en el hombro al iniciarse el ataque a la ciudad de Badajoz.


Una vez practicadas las correspondientes curas se reintegró a su unidad continuando en las operaciones que se desarrollaban en la provincia. El 17 de agosto su unidad se integró en la columna Castejón.


El día 21, tras participar en nuevas acciones, se cumplió su deseo de volver a la Legión, incorporándose a la IV Bandera. Cinco días después ocupaba la vacante del teniente Verdú en la 16ª Compañía, haciéndose cargo del mando en ausencia de su capitán.


Dicha compañía tuvo que ser rehecha ya que tras la toma de Badajoz en la que participó el 14 de agosto como punta de vanguardia sólo quedaron en pie su capitán, Rafael González Pérez-Caballero, y 14 de sus hombres, resultando muertos o heridos el resto.


Al frente de la misma Sánchez-Barcáiztegui tomó parte en diversas operaciones que prosiguieron en la provincia de Toledo hasta que el 29 de agosto se reincorporó su titular, pasando seguidamente aquél a la 2ª sección.


Continuó participando en diversas acciones hasta el 10 de septiembre que volvió a hacerse cargo del mando de dicha compañía por ser comisionado su capitán para crear la VII Bandera.

 

El 24 de octubre fue habilitado para el empleo seperior al frente de la mentada 16ª Compañía, prosiguiendo de operaciones durante los meses siguientes en las provincias de Toledo y Madrid, combatiendo en la Ciudad Universitaria.


Cuando se renunció al ataque frontal contra la ciudad de Madrid se fijó la atención en la línea del río Jarama, desplazándose allí el centro de gravedad de las operaciones. Pasaría a ser base de partida de una cruenta batalla que se prolongaría durante casi todo el mes de febrero de 1937 con el propósito de atravesar su cauce para cortar las comunicaciones entre Madrid y Valencia.


El 13 de febrero, estando encuadrada la IV Bandera de la Legión en la brigada del coronel de Infantería Eduardo Sáenz de Buruaga Polanco, la 16ª Compañía combatió en primera línea. Su jefe, el capitán habilitado de la Guardia Civil Sánchez-Barcáiztegui, resultó muerto, siendo una de las 618 bajas que sufrió esa jornada dicha brigada. 


Al cerrar su hoja de servicios, el coronel jefe del 16º Tercio de la Guardia Civil del que dependía la Comandancia de Cádiz, consignaría por última vez sus notas de concepto: “valor acreditado”, seguido de excelentes calificaciones.

  

Finalizada la Guerra Civil la 16ª Compañía, rehecha sucesivas veces, y a la que posteriormente le sería concedida la Cruz Laureada Colectiva de San Fernando, contabilizó a lo largo de toda la contienda 640 bajas: 10 oficiales, 5 suboficiales y 106 legionarios muertos así como 21 oficiales, 13 suboficiales y 485 legionarios heridos. 


Tal vez Millán-Astray nunca llegó a saberlo pero aquel joven alumno que una década antes le había escrito con tanta ilusión y que él había contestado con tanta convicción, era uno de ellos.