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martes, 30 de diciembre de 2025

LA GUARDIA CIVIL EN ALGECIRAS (XVII). LA GUARDIA CIVIL, LOS COMISARIOS Y LOS CELADORES (III).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 29 de septiembre de 2025, pág. 12.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

 


 

La prohibición que se establecía en el primer “Reglamento de Servicio de la Guardia Civil”, de que ningún miembro del Cuerpo podría entrar en ninguna casa particular sin previo permiso del dueño, y que caso de que hubiera que allanarla para la detención de un delincuente o la averiguación de un delito, “y el dueño se opusiera a ello”, el jefe de la fuerza actuante debía “dar parte al Comisario, tomando las disposiciones necesarias para ejercer entre tanto una vigilancia eficaz”, tal y como se concluía en el artículo de la semana pasada, no comprendía “las fondas, cafés, tabernas, posadas, mesones y demás casas donde se admite al público”.

 

En dicho reglamento se establecía expresamente que en tales casos podría hacerlo y ordenarlo cualquier jefe de la Guardia Civil, “ya en virtud de requerimiento de la autoridad competente, ya de su propio impulso, cuando tenga noticia de algún delito, desorden o infracción cometida en el interior de dichos establecimientos, o lo exija la detención de algún delincuente”.

 

Continuaba el citado reglamento exponiendo que, además de la obligación que tiene la Benemérita, “de atender a la conservación del orden y a la protección de las personas y las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones”, debía auxiliar a las autoridades judiciales, “para asegurar la buena administración de justicia”.

 

También se establecía que era obligación de todo jefe de la partida de la Guardia Civil, “dar a los Jueces de primera instancia de los partidos, oportuna cuenta de todos los delitos que lleguen a su noticia, remitirles las sumarias que instruyan, y poner a su disposición los delincuentes”. Igualmente, los componentes de la Benemérita, debían asistir, “a los Jueces en la forma ya expresada cuando tengan estos que proceder a la detención de alguna persona”.

 

Asímismo, se disponía expresamente que la Guardia Civil, “prestará el servicio necesario para asegurar el orden y la libertad en la celebración de los juicios de los tribunales cuando no baste para ello la fuerza de los agentes de Protección y Seguridad”.

 

Dado que la procedencia de los componentes del “Ramo de Protección y Seguridad” era muy variada, profesiones anteriores incluidas que en ocasiones no tenían nada que ver con la seguridad pública, pero que habían sido escogidos o seleccionados para ello, se decidió, con muy buen criterio y propósito, que buena parte de sus integrantes procedieran de la Benemérita. Así, concretamente, en el propio reglamento de servicio de la Guardia Civil se dispuso que después de un año de establecido el benemérito Instituto, se destinaría a la tercera parte de las “Comisarías de Protección y Seguridad”, los que “se hubieran distinguido en este servicio por su inteligencia y constante celo”.

 

Hay que pensar que el servicio del Cuerpo de la Guardia Civil, al estar previsto que se prestase por todo el territorio español, tanto en el interior de las poblaciones de todo tipo como fuera de las mismas, podía ser sin duda alguna la mejor base para nutrir el mentado “Ramo de Protección y Seguridad”. 

 

Respecto a ello hay que resaltar que éste, no constituía por sí mismo, cuerpo alguno de la Administración del Estado, careciendo además, entre otras cosas, de escalafonamiento propio, siendo sus componentes de muy variado origen, razón por la cual se consideró con buen criterio que la procedencia distinguida de la Benemérita, único Cuerpo de Seguridad del Estado entonces establecido, constituía la mejor credencial.

 

No en vano, aquel primer “Reglamento de Servicio de la Guardia Civil”, aprobado por la reina Isabel II, por real decreto de 9 de octubre de 1844, y suscrito por el ministro de la Gobernación de la Península (había otro ministro de la Gobernación de Ultramar), finalizaba su último artículo con el siguiente texto:

 

“Todo individuo de Guardia civil está obligado a conducirse con la mayor prudencia y comedimiento, cualquiera que sea el caso en que se halle; y S.M. está dispuesta a castigar muy severamente al que no guarde a toda clase de personas los miramientos y consideraciones que deben exigirse de individuos pertenecientes a una institución creada únicamente para asegurar el imperio de las leyes, la quietud y el orden interior de los pueblos, y las personas y bienes de los hombres pacíficos y honrados”.

 

Centrados ya en el Campo de Gibraltar de entonces, en general, y en el término municipal de Algeciras en particular, resultan de gran interés diversas noticias publicadas en el periódico gaditano “El Comercio”, que serían recogidas posteriormente por la “Gaceta de Madrid”, y que se irán exponiendo sucesivamente.

 

Una de ellas, que constituye un buen ejemplo de lo que sucedía, así como de lo anteriormente descrito, fue reproducido el 2 de septiembre de 1845, en la mentada “Gaceta de Madrid”, y publicado más extensamente el 28 de agosto anterior en el mentado periódico gaditano. Según relataba inicialmente la noticia, por los “agentes de protección y seguridad pública del campo de Gibraltar, auxiliados de fuerza del ejército y de la guardia civil, se ha verificado una batida en los términos de Algeciras, San Roque y los Barrios”. La crónica detallaba seguidamente que, como resultado de dicho dispositivo, se había capturado a dos ladrones en la “Almoraima baja”, armados con dos escopetas y una pistola. 

 

El servicio había sido dirigido personalmente por el jefe de la 4ª Sección de la Guardia Civil en la provincia de Cádiz, que era el alférez de Caballería de la Benemérita Juan Morillas Casas. Inicialmente se había fugado un tercer criminal que había huido a la colonia británica de Gibraltar, “pero echado de la misma por el gobernador inglés, fue cogido en la línea, y conducido a San Roque”, la noche del 23 de agosto de 1845.

 

Mientras tanto, “de resultas de las revelaciones hechas por los dos malhechores cogidos en la Almoraima, se han encontrado en una casa de Algeciras 1500 millares de pistones, que a razón de 8 reales millar importan 12.000 reales de vellón, y una corta cantidad de espejos pequeños”. Tal y como finalizaba la reseña, “este suceso ha sido, como es consiguiente, muy aplaudido en los pueblos del campo, cuyos habitantes se verán libres en lo sucesivo de las fechorías que aquellos criminales cometían en sus respectivos términos”.

 

(Continuará).


domingo, 14 de diciembre de 2025

LA GUARDIA CIVIL EN ALGECIRAS (XVI). LA GUARDIA CIVIL, LOS COMISARIOS Y LOS CELADORES (II).

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 22 de septiembre de 2025, pág. 12.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.


 

 

Antes de citar hechos concretos acaecidos en el antiguo Campo de Gibraltar en general, y en Algeciras en particular, es necesario proseguir exponiendo las figuras de los “comisarios de protección y seguridad pública” así como de sus “celadores”, recogidas en el primer “Reglamento para el Servicio de la Guardia Civil”, aprobado por real decreto de 9 de octubre de 1844, pero que dejaron de constar en el segundo reglamento aprobado por real decreto de 2 de agosto de 1852, ya que habían sido suprimidas anteriormente.

 

Es un grave error, concretamente desde el punto de vista historiográfico, ignorar, manipular u ocultar pasajes y textos legales concretos de la historia. Por supuesto que, debidamente fundamentada en los conceptos que se estimen oportunos, éstos deben someterse al juicio de la contradicción para su correspondiente debate o explicación, si así se considera procedente. La historia puede interpretarse en diferentes corrientes o sentidos, pero lo que no se debe hacer nunca es mutilarla para reconducirla forzadamente hacia un interés concreto o indeterminado.

 

Así qué, prosiguiendo con el mentado primer reglamento de servicio del único cuerpo de seguridad pública de ámbito nacional existente entonces, es decir, la Benemérita, es preciso seguir referenciando lo entonces descrito sobre los dos empleos citados de miembros del “Ramo de Protección y Seguridad”.

 

En la parte de dicho reglamento dedicada a las autoridades judiciales se hacía constar que, si el “Regente o Fiscal” necesitase el “auxilio de la Guardia civil”, para cualquier servicio que correspondiese a dicha autoridad judicial, y ejecutar por dicho Cuerpo, debía dirigirse para ello la “comunicación oportuna” al jefe político de la provincia correspondiente. Éste no podría “negar este auxilio fuera de los casos en que no lo permitan obligaciones preferentes”.

 

Pero caso de que el “Juez de primera instancia o Promotor Fiscal”, fueran los que necesitasen igual auxilio en su partido respectivo, debían entonces dirigirse “en los mismos términos al Comisario del distrito a que corresponda el juzgado”. Sólo en el caso de tenerse que atender por la Guardia Civil un servicio más preferente, “podrá el Comisario dejar de poner esta fuerza a disposición del Juez o Promotor Fiscal”.

 

Sin embargo, caso de que se tratase de un “servicio de tan urgente naturaleza que no admita dilación de ninguna especie”, podría requerirse directamente de los jefes de la Guardia Civil, tanto por “el Regente o Fiscal de una Audiencia como el Juez o Promotor Fiscal de un partido”. En esas ocasiones extraordinarias la autoridad judicial debía comunicar también, “al propio tiempo”, la medida adoptada al jefe político de la provincia.

 

También se hacía constar en dicho reglamento que el jefe de toda partida de la Guardia Civil, “o cualquier individuo de esta fuerza que obre separadamente, se hallaba facultado para, “exigir la presentación del pasaporte a los viajeros y transeúntes, deteniendo a los que no lleven dicho documento para presentarlos al respectivo Comisario o Celador de Protección y Seguridad, siempre que la detención se verifique dentro o a las inmediaciones del pueblo donde resida alguno de aquellos”.

 

Caso de que dicha “falta” se apercibiese en los caminos, “sólo deben detener a los viajeros que infundieren sospechas para presentarlos al Comisario o Celador inmediato, limitándose respecto a los demás, a dar partes a la autoridad civil, y prescribir al interesado la obligación de proveerse del correspondiente documento en el pueblo más cercano en la dirección del viajero”.

 

Igualmente, las partidas de la Guardia Civil podían exigir “la presentación de la licencia de uso de armas o la de caza o pesca, dando parte de cualquier falta al Comisario del distrito y al Celador del pueblo donde resida el interesado”.

 

Respecto al servicio en el interior de poblaciones de gran cantidad de habitantes, entonces muy alejado del número que tienen hoy día las grandes ciudades, se hacía constar en dicho reglamento, que el jefe político de provincia dispondría el que debiera prestar la Guardia Civil. Concretamente procuraría “que asistan partidas de esta fuerza a las reuniones públicas, sin otro objeto que el de atender a la conservación del orden y a la protección de las personas”. No en vano se trataba entonces de la única fuerza de seguridad desplegada por todo el Estado.

 

En dicho primer reglamento de la Benemérita, muy interesante desde el punto de vista historiográfico y lamentablemente poco recordado, se trata también de las misiones que tenían los “agentes de Protección y Seguridad pública”, posteriormente desaparecidos como tales. Concretamente se hacía constar que constituían “la fuerza especialmente destinada a velar de continuo en las calles por la conservación del buen orden interior, protegiendo a los vecinos pacíficos, evitando o reprimiendo las pendencias o escándalos, averiguando la perpetración de cualquier delito, y persiguiendo y deteniendo a los delincuentes o infractores para ponerlos a disposición del Celador del barrio, que deberá entregarlos inmediatamente al Comisario del distrito respectivo”. Finalizaba dicho artículo haciendo constar que, “la Guardia civil cooperará en caso necesario con los agentes de Protección y Seguridad pública en el desempeño de esta clase de servicios”.

 

Continuaba el reglamento de la Benemérita estableciendo que, caso de no fuera posible esperar la orden del jefe político de la provincia, que poco después se denominaría como el gobernador civil, “los Comisarios podrán requerir también el auxilio de la Guardia civil para esta clase de servicios cuando no juzguen bastante la fuerza de los agentes de Protección y Seguridad”.

 

Muy significativamente se dispone a continuación que cualquier miembro de la Guardia Civil, “puede hacer directamente, sin previa orden o requerimiento de la autoridad, cualquier servicio de esta especie cuando los hechos ocurran a su visita, o cuando por su inmediación sea llamado por un vecino necesitado para un caso urgente”. Finalizaba el correspondiente artículo, disponiendo que el mando responsable de la fuerza de la Benemérita, “dará parte al Comisario del distrito, bajo cuya dirección continuará prestando el servicio en aquel acto”.

 

También se establecía que ningún miembro de la Guardia Civil podría entrar en ninguna casa particular sin previo permiso del dueño. Caso de que hubiera que allanarla para la detención de un delincuente o la averiguación de un delito, “y el dueño se opusiera a ello”, el jefe de la fuerza actuante debía “dar parte al Comisario, tomando las disposiciones necesarias para ejercer entre tanto una vigilancia eficaz”.

 

(Continuará). 

 

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

LA HARKA VARELA (1924-1926). Y segunda parte.

  

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en  "SERGA",  núm. 20, noviembre-diciembre de 2002, págs. 17-24.


El original está ilustrado con 10 fotografías en blanco y negro.


Varela tuvo desde el principio muy clara la idea de inculcar el espíritu combativo como factor fundamental para elevar la moral de una unidad que había sufrido la pérdida de su carismático jefe y cuantiosas bajas.

Gracias al detallado diario de operaciones de la Harka, llevado personalmente por el propio bilaureado, es posible seguir puntualmente todas y cada una de las acciones realizadas.

 

La primera de ellas fue la noche siguiente a su toma de mando. En la noche del 8 de octubre el comandante Varela salió con parte de sus hombres del campamento para montar un servicio de emboscada ya que solía ser habitual que los rifeños rebeldes realizaran acciones nocturnas de hostigamiento a las posiciones españolas. La acción fue un éxito y lograron sorprender a una partida enemiga en los alrededores de Azib de Midar, causándoles dos muertos y capturar su armamento, huyendo el resto. Por otra parte el campamento de la Harka fue hostigado por fuego de fusil que también fue contundentemente contestado.

 

Vista la experiencia del primer combate Varela ordenó realizar diversos trabajos de fortificación alrededor del campamento, ya que éste se encontraba muy próximo a la línea de contacto enemiga y las acciones de los rebeldes eran más habituales que lo que era de desear.

 

El 16 de octubre ordenó al teniente Cistué marchar a Dar Azugay para recoger la Mía de Caballería y trasladarla al campamento central de la Harka situado ya entre las posiciones de Tauriat-Tausat y Azib de Midar, quedando allí concentradas todas las fuerzas, en donde fueron revistadas por primera vez por el general Sanjurjo en su calidad de comandante general de Melilla, quedando muy satisfecho del estado en que las encontró.

 

Durante las semanas siguientes las acciones de la Harka se sucedieron una tras otra, tratándose fundamentalmente de emboscadas e incursiones en el campo enemigo, que causaron constantes bajas al enemigo y obtuvieron en numerosas ocasiones cuantioso botín de artículos de contrabando (azúcar, telas, velas, etc.) que los propios rebeldes pretendían pasar. Una vez procedida la venta de lo aprehendido, Varela repartía su importe entre sus guerreros.

 

Pronto empezaron a recibirse las primeras felicitaciones escritas. La primera fue el 24 de octubre de 1924 dimanante del coronel de Caballería Angel Dolla Lahoz, jefe de la circunscripción: “Felicito al Comandante Varela por los notables servicios que viene prestando la Harka a sus órdenes, con lo que se evidencia la utilidad de dicha fuerza, como era de esperar mandándola tan acreditado Jefe”.

 

El 2 de noviembre se dio por finalizada la reorganización de la Harka que quedó dividida en dos Tabores de Infantería con tres Mías cada uno a razón de 100 hombres así como una de Caballería con el mismo número, quedando el resto encuadrado en la plana mayor.

 

El propio Varela realizó la selección final de los indígenas que debían componer la Harka, licenciando los de dudosa conducta y reclutando los que a su juicio merecían más solvencia y prestigio. En palabras del bilaureado: “La gente desde luego, tengo ir seleccionándola pues hay mucho malo, pero sin embargo tengo jefes buenos de importancia que pienso hacerlos oficiales”.

 

Apenas cuatro días después se llevó a cabo la primera acción de conjunto de la Harka dirigida por Varela, participando simultáneamente cuatro mías de Infantería mandadas por el capitán Simón Lapatza y la de Caballería encabezada por el teniente Joaquín Esponera. La operación se inició a las 22 horas del día 6 de octubre realizándose el movimiento de las fuerzas al amparo de la oscuridad de la noche hasta la zona de Carra-Midar y avisándose previamente de la maniobra a las posiciones de Tama-Susin, Ain Kert así como a la Aviación.

 

El silencioso avance continuó durante las primeras horas de la madrugada del día 7 hasta que las Mías ocuparon ventajosas posiciones en las proximidades de las alturas del Busfetdauen en donde quedaron adecuadamente apostadas en espera de la llegada del enemigo que tenía por costumbre llevar a pastar su ganado al llano.

 

Sobre las 10 de la mañana apareció una avanzadilla rebelde reconociendo el terreno seguida de una veintena de indígenas armados y su numeroso rebaño. La sorpresa fue total y el enemigo se vio rápidamente desbordado por la superioridad del fuego harqueño, sufriendo numerosas bajas mientras que las fuerzas de Varela sólo tuvieron un muerto y un herido.

 

Finalizada la acción se regresó al campamento con cinco enemigos muertos y su armamento así como con trescientas cabezas de ganado lanar que fueron distribuidas como botín entre el personal de la Harka. Varela en su parte de aquel día terminaba expresando que “esta Harka ha demostrado en su primer encuentro de conjunto, valor y disciplina, siendo digno de hacer constar no haya desertado todavía ni aún en las noches que como la pasada tanto la aprovechaba este personal para huir con armamento, ni un solo caso”.

 

El detallado diario de operaciones de la Harka va relatando todas y cada una de las acciones que va protagonizando durante los siguientes meses, con un común denominador: ataques y emboscadas por sorpresas, numerosas bajas enemigas y captura de cuantioso armamento y botín, todo ello a costa de escasas perdidas propias y sin deserciones.

 

Destacan, entre otras, las acontecidas en la madrugada del 8 de enero de 1925 en el camino de Ulad Dris, en donde falleció el cabecilla rebelde Mizzian Ali U-Amar, jefe de la cabila de Beni-Tuzin; y la de la madrugada del 19 de dicho mes en las alturas de Dar Mizian y Amar Fareh. 

 

Respecto a ésta última el teniente coronel de Infantería Miguel Abriat Cantó escribió lo siguiente: “Sobradamente conocidas por todo el Ejército son las excepcionales condiciones que adornan al Comandante Varela y que en esta operación no hace más que continuar su brillante historial, desde el momento en que la concibe y planes hasta que, conseguidos los objetivos, vuelve con su gente al estado de descanso”.

 

Las acciones continuaron sucediéndose una tras otra, destacando la de la madrugada del 3 de febrero de 1925 por la incursión al Yebel Udia en Beni Ulichek, felicitada por el propio general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, presidente del Gobierno, alto comisario y jefe del Ejército de Marruecos, quien diría: “Comportamiento Harka, excelente, y táctica de acometividad seguida es la única que, teniendo en jaque al enemigo, lo desmoraliza, garantizando así la seguridad de nuestras líneas y favoreciendo la ardua misión que en Marruecos nos está encomendada”.

 

El general Sanjurjo tampoco se quedó atrás en elogios por dicha acción: “El comportamiento de este Jefe y de toda su Harka fue admirable, tanto en el ataque, en que derrocharon valor, inteligencia y disciplina, como en la retirada en la que hizo alardes de pericia y dotes de mando”.

 

Las visitas a la Harka

 

Con el paso del tiempo, el éxito de las acciones de la Harka Varela, como enseguida empezó a ser conocida, y la aureola de su comandante comenzaron a ocupar numerosos titulares de la prensa nacional. Junto a las habituales revistas al campamento de los mandos militares de la zona, destacando las del general Sanjurjo que siempre que podía se acercaba para estar con su amigo y subordinado, se prodigaban las de los periodistas y algunas celebridades de la época.

 

Una de ellas y de la que queda oportuna constancia gráfica y documental aconteció el 17 de noviembre de 1924, protagonizada por los diestros “Algabeño”, “Cañero” y Sánchez Mejías, habiendo de recordar en este punto la gran afición de Varela por la fiesta nacional.

 

Uno de los periodistas que acompañaba aquella visita taurina publicó una extensa crónica en el “Liberal de Sevilla” que empezaba así: “Estamos en Midar. Frente a la posición que con su Harka defiende el simpatiquísimo Comandante Varela, por quien tememos todos, aunque cree él que está seguro, se encuentra en la posición de Tauriat-Tausat, la más avanzada de este sector, desde donde se ven las guardias moras metidas en sus trincheras, una de cuyas guardias (veintinueve moros enormes) cayó íntegra en poder de la Harka de Varela, que mató a veintiocho y se trajo un morito para recuerdo”.

 

Además del general Sanjurjo se acercaban a visitar a Varela y la Harka los demás jefes de los campamentos militares españoles como el de Tafersit y otros cercanos. Todos querían conocer in situ aquella unidad que el joven comandante bilaureado había reorganizado tan brillantemente en menos de cuatro meses obteniendo numerosos éxitos que tanta moral habían dado a las fuerzas propias.

 

En palabras de algunos cronistas la Harka Varela, en tan corto espacio de tiempo, llegó a marcar época en la historia de nuestra acción marroquí y especialmente en la lucha contra el cabecilla rifeño, al que traía en jaque en aquel sector sin dejarle un momento de tranquilidad. En la España de aquel tiempo la prensa la convirtió en casi leyenda y en el Protectorado, la cosa no quedaba atrás, siendo frase habitual de los indígenas de la zona la frase “Varela estar santón”.

 

Su prestigio volvió a hacerse patente una vez más durante un viaje realizado en compañía del general Sanjurjo a la Península entre finales de febrero y principios de marzo de 1925, llegando a ser recibido por el propio Rey Alfonso XIII, en el madrileño palacio de la plaza de Oriente. 


La prensa de aquellos días sirve de notario de cuantos homenajes recibió allá por donde pasara. Varela fue entrevistado constantemente por los periodistas sobre la Harka, no perdiendo aquél ocasión para alabar a sus guerreros. “Con los moros empecé y con ellos sigo. Son buena gente, abnegados, valientes y decididos”. Para entonces el bilaureado militar contaba ya con cerca de un millar de guerreros y el apoyo de tan sólo un pequeño grupo de oficiales españoles.

 

El cañón del Monte Ifermin

 

Entre las acciones más heroicas protagonizadas en el primer semestre de 1925 por la Harka sobresalió el asalto, en la madrugada del 24 de marzo, al monte Ifermín encabezado personalmente por Varela al frente de sus hombres, con la misión de destruir un cañón rebelde que hostigaba a las fuerzas españolas estacionadas en Tafersit y otros campamentos cercanos.

 

Aunque tanto la aviación como la artillería española del 15'5 y del 10'5 lo habían descubierto y atacado en repetidas, no habían sido capaces de silenciarlo, cambiando de asentamiento cada dos por tres. Enterado Varela de ello, y previa la oportuna autorización decidió preparar un golpe de mano y acabar con aquella pesadilla. El objetivo se cumplió y el cañón fue destruido.

 

El extenso y detallado parte de los hechos elevado por Varela al comandante general de Melilla, no tiene desperdicio tal y como lo demuestran los siguientes párrafos seleccionados:

 

Para adquirir noticias sobre el enemigo envié a la zona rebelde al indígena Hach Ben Haddu, cuya familia reside en la misma; éste regresó manifestando que en los poblados de Beni Medien y Beni Arrut existía un núcleo de 150 hombres distribuidos en guardias y barrancos próximos a la posición de Tizzi-Azza. Añadió el confidente que la protección del cañón había sido reducida a 50 hombres y que su emplazamiento estaba rodeado de numerosas trincheras”.

 

... Previa autorización de V.E. salí de este Campamento a las 9 de la noche (del 23) con toda la Harka dividida en siete Mías y éstas a su vez fraccionadas en cuatro núcleos cuya composición y orden era el siguiente: 2ª, 4ª y 5ª Mías mandadas por el Capitán Lapatza y con el Teniente Tejero, constituían la fuerza de ataque al emplazamiento del cañón e inutilizarlo. La 6ª y parte de la 7ª, a las órdenes del Teniente Esponera, cubrirían el flanco derecho ocupando contrafuertes y cabezas de barrancos que desde Bumedien y Bugassi dan acceso a la vertiente occidental. El Teniente Rodríguez Rivero con la 1ª y el resto de la 7ª cubriría el flanco izquierdo impidiendo el acceso a la divisoria de aguas por la parte oriental, evitando al propio tiempo la subida del enemigo procedente de las guardias de Beni Medien y Beni Arrut y del que pudiera llegar de la hoyada de Tafersit. El Teniente García Pumariño marcharía a retaguardia del grupo de centro ocuparía los distintos escalones que en su retirada había de seguir el grupo de ataque y vigilaría la retaguardia con un núcleo de reserva ...”.

 

... Seguía el Jefe que suscribe al grupo de ataque acompañado de su escolta y ya muy próximos al emplazamiento del cañón las fuerzas del Capitán de Lapatza fueron descubiertas por el enemigo, en cuyo momento fui herido en el vientre sin gravedad. Las tropas de dicho Capitán se lanzaron con extraordinaria bizarría conducidas bravamente por éste y Teniente Tejero arrojando bombas de mano y haciendo rápido fuego. La lucha fue obstinada, pero corta, logrando apoderarse de la pieza, que ante la imposibilidad de ser traída, condición con la que se había contado de antemano, se procedió a introducirle en el ánima seis paquetes de trilita, operación realizada personalmente por Lapatza y Tejero, consiguiéndose inutilizarlo y siendo despeñado sobre la hoyada de Tafersit desde una altura de unos 700 metros ...”.

 

Buena prueba de la humildad de Varela y su falta de afán de protagonismo, al que sin embargo tenía todo el derecho, lo demuestra el siguiente párrafo del citado parte: “... Luchamos con gran cantidad de enemigos que estaban próximos a las alambradas de la posición y después de duro encuentro con éste logramos desalojarlo del frente y desviándolo a la derecha en dirección a Asgul, facilitando que por nuestro flanco izquierdo pudiera retirarse el Capitán Lapatza que venía herido en el pecho acompañado del Teniente Tejero y un grupo de harqueños ...”.

 

Gracias al parte-propuesta de ascenso de Varela a teniente coronel por méritos de guerra formulado por el general Sanjurjo sabemos lo que el bilaureado comandante no quiso detallar sobre su bizarro comportamiento: “... Logrado por completo el objetivo, dispone el Jefe la retirada, que se efectúa con mucha dificultad por la lluvia y la nieve, logrando llegar a la posición de Tizzi Almá; pero notada la falta del capitán Lapatza, el citado Jefe ordena y dirige por sí mismo, no obstante encontrarse herido en el vientre, una enérgica reacción ofensiva hasta lograr recoger a dicho Capitán que se hallaba también herido grave en el pecho ...”.

 

La Harka tuvo en aquella acción un total de 13 muertos y 21 heridos, siendo Varela uno de ellos que con ésta recibía su cuarta herida de campaña en Marruecos. Los rifeños rebeldes dejaron a su vez en el terreno 27 muertos y 30 heridos, pero lo que más lamentaron fue la humillación que sufrieron por la pérdida de aquel cañón que alardeaban de ser indestructible.

 

Pronto se recibieron incontables felicitaciones del Protectorado y de toda España, destacando la de los generales Berenguer, Saro y Barrera así como las de los coroneles Millán Astray, Franco y Goded. El propio Rey Alfonso XIII envió también la suya: “El Rey a Comandante Varela.- Te envío muy cariñosa felicitación que hago extensiva a los que bajo tus órdenes coadyuvaron a brillante y arriesgada hazaña, enviando también Capitán Lapatza mi afectuoso saludo. - Alfonso”.

 

El 5 de abril de ese mismo año, en el campamento de Tafersit y ante la Harka formada, el comandante Varela y el capitán Lapatza, como recompensa por tal hecho de armas, fueron condecorados personalmente con la Medalla Militar individual por el Presidente del Gobierno, el teniente general Miguel Primo de Rivera Orbaneja.

 

El desembarco de Alhucemas

 

Durante los meses siguientes las acciones de la Harka continuaron sucediéndose con igual éxito quedando minuciosamente detalladas en el referido diario de operaciones. Mención especial merece la llevada a cabo en la madrugada del 28 de abril de 1925, que atacaron simultáneamente las cuatro guardias del macizo de Afriu, frente a las posiciones de Isasen Lassen y Taurist Tausat. La Harka tuvo 8 muertos y 11 heridos, entre estos últimos el capitán Cardeñosa, mientras que los rebeldes sufrieron 21 muertos y 35 heridos, encontrándose entre los fallecidos el caid Honson, delegado de Abd-el Krim en aquel sector.

 

En el mes de junio las tropas indígenas no regulares sufrieron una reorganización de forma que las denominadas Harkas Auxiliares, de las que la Harka Varela formaba parte, pasaron a constituir una sola en cada región del Protectorado, pasando entonces ésta a denominarse Harka de Melilla, quedando sus oficiales y suboficiales en la situación militar de “al servicio del Protectorado”, en igual forma que lo estaban los destinados en Intervenciones y Mehal-las.

 

Dentro del periodo de tiempo que precedió al desembarco de Alhucemas destaca por el elevado número de bajas que tuvo la Harka, a costa de salir victoriosa una vez más, la operación del 1 de agosto, en que prestaron decisivo apoyo a un convoy que pretendía entrar en la sitiada posición de Taurist Amarán. La Harka de Varela tuvo aquel día 15 muertos y 48 heridos, encontrándose entre estos últimos los tenientes García Pumariño y Rodríguez Rivero así como el caid mía Ben Nazar Mizian.

 

A finales de agosto se empezaron a realizar los preparativos para el desembarco, recibiéndose la visita en el campamento de la Harka del general de brigada Emilio Fernández Pérez, quien quedó sumamente satisfecho del magnífico estado de la fuerza inspeccionada.

 

A primera hora de la mañana del 1 de septiembre la Harka al completo marchó a Bufarcus donde embarcó en una treintena de camiones que la trasladó hasta el cuartel melillense de San Fernando. Por la tarde desfiló ante el general Sanjurjo, delante del edificio de la comandancia general, y recorrió diversas calles de la plaza entre el numeroso público que se agolpó para vitorearla.

 

Tras avituallarse del 2 al 4 de septiembre, con los materiales y víveres necesarios para la expedición y ser revistada nuevamente por el general Fernández Pérez, el día 5 la Harka volvió a desfilar por delante de la comandancia general, bajando desde allí por las vías principales hasta el muelle de Villanueva entre la curiosidad y admiración de los melillenses. 

 

Al llegar al puerto embarcó ordenadamente en el vapor “Alhambra” de la Compañía Transmediterránea que se hizo a la mar sobre las 8 horas de aquella tarde quedando fondeado frente a  Melilla, donde pasó la noche.

 

El 8 de septiembre la columna de Ceuta inició por fin en la playa de la Cebadilla el histórico y prolongado desembarco en la bahía de Alhucemas, primera operación aeronaval de la historia, mientras que la de Melilla tuvo que esperar hasta el día 10 para hacerlo en la playa de los Frailes, dado el mal estado de la mar.

 

A las 14 horas de aquel día, persistiendo aún la mala mar, se acercó a la costa el vapor “Alhambra” para proceder al desembarco de la Harka. Varela y sus primeras fuerzas lo hicieron a bordo de las barcazas “K-12" y “K-21" llegando a la orilla sin accidentes ni incidencias, pasando seguidamente a ensanchar el frente por su izquierda y entrando en contacto con la Mehal-la nº 2, frente a los constantes contraataques artilleros y de fusilería de los rebeldes.

 

En la noche del 11 de septiembre una casamata de Morro Nuevo que estaba ocupada por una sección de la citada Mehal-la, cayó en manos de los rifeños tras quedar muertos y heridos todos sus defensores. El coronel de Estado Mayor Manuel Goded Llopis, mandó que fuera recuperada por Varela y su Harka. Lanzados al ataque y entablado encarnizado combate cuerpo a cuerpo consiguieron recuperarla causando al enemigo 95 muertos y 55 heridos. 

 

Los rebeldes al ver perdida dicha posición realizaron un contraataque contra las líneas de la Mehal-la que mandaba el teniente coronel de Infantería Miguel Abriat Cantó, logrando hacer una brecha que fue taponada por la Mía mandada por el teniente Tejero, causando numerosas bajas al enemigo. A partir de aquel día dicho lugar fue conocido por “Collado de la Harka Varela”.

 

Al amanecer el 12 de septiembre la situación quedó estabilizada en esa zona, escribiendo el coronel Goded que aquella noche había sido la más amarga de su vida militar, dado el número de bajas propias. Sin embargo la Harka, que fue propuesta para la Medalla Militar colectiva, sólo tuvo que lamentar 3 muertos y 18 heridos, habiendo consumido 45.521 cartuchos de fusil máuser de 7 mm. y 300 granadas de mano.

 

Durante los días siguientes las posiciones de la Harka fueron constantemente hostilizadas por fuego artillero y de fusilería que obligaron a empeñarse en los necesarios trabajos de fortificación hasta que el 22 de septiembre se ordenó por el mando una maniobra ofensiva para ocupar Monte Malmusi y Morro Viejo y poder así acabar desde posiciones tan dominantes con la artillería enemiga. 

 

Iniciada la operación combinada a las cuatro de la madruga por diferentes fuerzas, entre las que se encontraban la Harka con Varela al frente así como la Harka de Muñoz Grandes, la maniobra se tornó terriblemente sangrienta produciéndose numerosos muertos por ambas partes, entre los que se contaron los de los capitanes Cardeñosa y Rodríguez Bescansa así como el del caid mía Si Ben Naser Al-lal Mohand. 

 

Sus cadáveres fueron evacuados a Melilla en el vapor “Villareal”. El del caid fue entregado a su familia en el mismo muelle siendo seguidamente sepultado en el cementerio moro de Azib de Midar, perteneciente a la cabila de Beni Tuzin, mientras que los de los dos capitanes fueron enterrados en el cementerio cristiano de la plaza, siéndoles impuestas ante dos compañías de Ingenieros que les rindieron honores, por el coronel de Infantería José García Aldabee y Mancebo, comandante general accidental de Melilla, la medalla militar individual concedida a título póstumo.

 

Reanudada la empresa ofensiva el 23 de septiembre la columna de Ceuta inició el ataque de Malmusi Alto mientras que la de Melilla continuó la de Malmusi Bajo y Morro Viejo. La Harka Varela, formando parte del ala derecha de la vanguardia del coronel Goded, volvió a batirse una vez más con gran valor recibiendo numerosas felicitaciones por su bizarro comportamiento, siendo reconocida como “fuerza de asalto de admirable y conveniente empleo” y denominándose a la posición de Malmusi como “Cardeñosa”.

 

A las 11'30 horas de aquella mañana los mandos de ambas columnas comunicaban al general Sanjurjo haber conseguido todos los objetivos, con lo cual quedaba considerablemente ensanchado todo el frente y en condiciones de ser utilizadas las calas septentrionales de la península de Morro Nuevo en la bahía de Alhucemas. 

 

Pocos días después la Harka perdía otro oficial, el joven teniente Arnoldo Eyaralar Almazán, procedente de la Legión, que moriría en Melilla a donde fue evacuado en el vapor "Villarreal" como consecuencia de las heridas recibidas en el ataque a Malmusi Bajo. 

 

A partir del 30 de septiembre el alto mando dispuso llevar a cabo una nueva operación de ensanchamiento del frente, señalando como objetivos la ocupación del Monte de las Palomas, el de Taramara, y Buyibar Bajo. A la Harka Varela le fue encomendado el avance por el valle de Teganin hacia las laderas orientales del Monte de las Palomas realizando un brillante y heroico ataque a una posición artillera intermedia defendida por 300 rebeldes y dotada de una pieza Schneider del 7'5, la loma nº 7, que el propio Goded dejo relatado en su obra “Marruecos. Las etapas de la pacificación”, editada en 1932.

 

Muestra de la violencia de aquel ataque fue que la Harka consumió en él 48.500 cartuchos y 810 granadas de mano, sufriendo 17 muertos, entre ellos el caid Hach Ahmed Bu-Sfia hijo del entonces caid de la cabila de Quebdana, así como 63 heridos, entre los que estaba el caid mía Hammadi Ben Abdel-lah, de Beni Tuzin. La posición rebelde estaba plagada de decenas de cadáveres enemigos, sorprendiendo el hecho de encontrar a los servidores del cañón atados con cadenas a la pieza.

 

Nueva y sucesivamente el comandante Varela, que portaba un gorro azul y una faja encarnada ceñida a la cintura, junto a su Harka continuó distinguiéndose en todas y cada una de las acciones en la que toma parte. Así se sucedieron la toma el 1 de octubre del poblado de Adrar Seddum “que se realiza con tal arrojo y decisión que los rebeldes no tienen tiempo de huir y dejan en su poder prisioneros, una ametralladora de posición, un fusil ametrallador y multitud de municiones y efectos de guerra”; y al día siguiente la de La Rocosa, con tal rapidez y audacia “que el enemigo, sin tiempo para rehacerse, huye a la desbandada abandonando un cañón del que se apoderan los harqueños, que continúan su persecución llegando a razziar el poblado de Axdir en el que se apoderan de armamento, municiones y abundante material y enseres”.

 

La ocupación del Monte Cónico y regreso a Melilla

 

Con la toma de la Rocosa se dio por terminada oficialmente la primera etapa de operaciones. Desde el 2 de octubre hasta finales del mes de diciembre de ese año, Varela instaló el cuartel general de su Harka en Axdir, alojándose al igual que el coronel Goded en la que fuera la casa del célebre jefe rebelde “Pajarito”. El campamento harqueño quedó instalado en los llanos de Axdir.

 

El servicio avanzado en el frente de Axdir no tuvo mayores novedades de interés hasta que el 13 de octubre, el general Leopoldo de Saro Marín, nuevo jefe del sector, dispuso con objeto de  mejorar el enlace de las posiciones españolas de la Rocosa y el macizo montañoso del Amekrán, la toma del Monte Xichafen o Monte Cónico.

 

Para ello se organizó una columna con la Harka de Melilla y la Idala de Solimán el Jatabi, primo hermano de Abd-el Krim y su más acérrimo enemigo, todo ello bajo el mando de Varela. La operación resultó un éxito que se saldó sólo con 18 heridos propios y numerosas bajas enemigas.

 

La constante acción de propaganda españolista de Solimán el Jatabi, que escribía numerosas proclamas en árabe que eran lanzadas en territorio enemigo desde el aire, al objeto de lograr el mayor número de deserciones posibles, terminó por enfurecer de tal forma al cabecilla rebelde que ordenó su captura en una acción nocturna protagonizada en la noche del 23 de octubre.

 

Dado que el campamento de su Idala estaba próximo al de la Harka, cuando sonaron los primeros disparos y explosiones de las granadas de mano, Varela con sus guerreros acudió inmediatamente en su auxilio. Rechazado con éxito el ataque a costa de tener los harqueños 2 muertos y 10 heridos, se encontró entre los cadáveres enemigos el cuerpo de un caid tabor de las mehal-las de Abd-el Krim en cuya “escara” o bolsa se encontró un documento firmado por el propio cabecilla ordenando a toda costa la captura de su primo.

 

Todavía aconteció alguna acción más aunque sin relieve especial, desenvolviéndose la Harka en el servicio propio de un frente estabilizado con cierta tranquilidad. El 3 de diciembre, cumpliendo lo dispuesto por el general Alberto Castro Girona, nuevo comandante general de Melilla, la Harka Varela fue relevada en sus posiciones por la Mehal-la de Tafersit nº 5. Había llegado la hora del merecido descanso.


Los guerreros del bilaureado comandante marcharon al Empalmadero en cuya cala y por medio de las barcazas “K” embarcaron junto a la Mehal-la nº 2 en el buque de transporte “España nº 5", zarpando de la bahía de Alhucemas a las diez de la noche en dirección a Melilla. Al llegar a su puerto sobre las diez de la mañana del día siguiente, la población entera con el general Castro y demás autoridades al frente les tributó un caluroso recibimiento, desfilando las bizarras tropas indígenas por la avenida Alfonso XIII (hoy de Juan Carlos I) entre vítores y aclamaciones.

 

La Harka Varela fue acampada en la meseta de Cabrerizas Altas donde se les cambió el armamento por otro nuevo, facilitándoseles también nuevas ropas. Trasladados a la mañana siguiente en camiones hasta Azib de Midar se les recogió armamento y municiones, concediéndoseles un permiso de ocho días para que lo disfrutaran junto a sus familias que habían permanecido asentadas en las inmediaciones. A partir del 17 de diciembre la Harka se dedicó a montar servicios de seguridad y protección de aduares próximos finando el año sin mayor novedad.

 

Ascenso por méritos de campaña y epílogo

 

La propuesta formulada por el coronel Goded para la concesión de la medalla militar colectiva para la Harka, a pesar de reconocer públicamente el general Sanjurjo, alto comisario y jefe del Ejército en Marruecos desde el 2 de diciembre, de que había contraído méritos más que suficientes para ello, sin embargo no prosperó al tratarse de una unidad irregular, concediéndose no obstante numerosas recompensas individuales a los que más se habían distinguido en el curso de las operaciones de Alhucemas.

 

El general Fernández Pérez en el parte final de aquel primer ciclo de operaciones no regateó elogios para Varela y su Harka: “Este culto y brillante Jefe, honra del Arma de Infantería, a quien le fueron concedidas por su valor dos Cruces Laureadas de San Fernando, ha sabido organizar una Harka instruida y disciplinada en forma tal, que puede muy bien competir, en todos los servicios de campaña, con las unidades de fuerzas regulares”.

 

Tras un periodo de dos meses de tranquila vida de retaguardia se produjo el justo y esperado ascenso. Así por real orden de 27 de febrero de 1926 Varela fue ascendido al empleo de teniente coronel “por méritos de guerra contraídos en el periodo comprendido entre el 1 de agosto de 1924 y el 1 de octubre de 1925 con la antigüedad de esta última fecha”. 

 

Otra real orden de esa misma fecha le confirió el mando del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta nº 3, que le había ofrecido el general Sanjurjo, cesando por lo tanto en el de su querida Harka de la que se despidió con la lectura de una emotiva orden del día el 4 de marzo de 1926 en el campamento de Midar. Sus diez oficiales de origen europeo le regalaron el bastón de mando con la empuñadura de oro y el emblema de la Harka que él mismo había diseñado casi dos años antes.

 

La entrega del mando de la Harka fue realizada en el campamento de Azib de Midar, con las formalidades reglamentarias y formada todas las mías, al comandante de Infantería Pablo Martínez Zaldívar, recién nombrado nuevo jefe de la misma.

 

El 6 de abril el teniente coronel Varela, de 35 años de edad, se hizo cargo del mando de su nueva unidad y poco después marchó a la zona de operaciones para ponerse al frente de tres de sus tabores de infantería y uno de caballería que se hallaban destacados en el campamento de Tixdit.

 

Veinte años después, el 13 de septiembre de 1946, siendo Varela teniente general y alto comisario de España en Marruecos, efectuó un recorrido político militar por las tierras del Rif, recibiendo el homenaje en Azib de Midar de los supervivientes de su antigua Harka. Correctamente formados y con su caid mía Chojo y banderín al frente el ya veterano bilaureado escuchó un emotivo “Sin novedad la Harka; forman sesenta y seis”.

 

Rafael Fernández de Castro y Pedrera, cronista oficial de Melilla y testigo presencial de aquel sencillo pero emotivo acto escribió: “Varela, que sobre su proverbial excelente memoria, es admirable fisonomista, iba recordando uno a uno a sus viejos soldados, llamándolos por sus nombres, motes o apodos, según hiciera en los tiempos de la guerra del Rif, y al estrechar ya la mano rugosa de sus queridos harqueños, tenía para ellos la más amorosa y comprensiva de sus sonrisas, igual que solía hacer en el rigor de los combates, animándoles con su ejemplo, con el gesto y la mirada, en lo más recio de la pelea”.



LA HARKA VARELA (1924-1926). Primera parte.

 

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en  "SERGA",  núm. 17, mayo-junio de 2002, págs. 2-17.


El original está ilustrado con 15 fotografías en blanco y negro.



Uno de los aspectos más desconocidos de la vida del bizarreado General Varela es aquella parte de su vida pasada en Marruecos al frente de una harka. El carisma de su comandante hizo que fuera conocida como la "Harka Varela".



El bilaureado capitán general José Enrique Varela Iglesias, desde que obtuvo el empleo de segundo teniente en 1915 hasta su fallecimiento en 1951, además de dirigir la Alta Comisaría de España en Marruecos y el Ministerio del Ejército, ejerció el mando de numerosas unidades. Sin embargo, posiblemente la unidad que más llevo en su corazón fue la más singular, romántica, atípica y según sus propias palabras “la más bonita", que por méritos propios adoptó su apellido: la Harka Varela.

 

La historia de tan combativa unidad bien merecería todo un libro que recogiera sus heroicas vicisitudes. La prensa de la época publicó sobre ella decenas de titulares y numerosos artículos sobre sus gestas y el hombre que tan gallardamente la dirigió: el entonces comandante Varela, quien sobre su pecho ostentaba dos Cruces Laureadas de San Fernando ganadas revólver en mano frente al enemigo.

 

Ahora y gracias a la generosidad de sus descendientes se ha podido acceder a los inéditos archivos privados del bilaureado general, esmeradamente organizados a lo largo de varios años en dos centenares de voluminosas carpetas por el archivero Francisco Macarro Gómez bajo la ilusión y dirección de quien fuera su viuda, Casilda de Ampuero y Gandarias, Marquesa de Varela de San Fernando.

 

Merced al contenido de tres de esas carpetas ("Comandante Harka Varela" - "Harka Alhucemas" - "Informaciones y Partes de la Harka"), es posible conocer en profundidad a tan singular unidad, no sólo ya por los valiosos e interesantes documentos originales, entre los que se incluyen el diario de operaciones y numerosos escritos oficiales, que en total superan el millar, sino también por la inédita colección fotográfica particular que ilustra éste artículo. 

 

Concepto y origen de la Harka

 

El vocablo árabe “harka”, en plural “harket”, venía a significar tanto agrupación militar como contingente guerrero, que se constituía temporalmente en determinadas regiones del imperio marroquí, cuando se veían amenazadas por algún peligro o para acudir a las campañas.

 

En las tribus “naibs”, que estaban exentas de nutrir el ejército regular cherifiano, la “Harka” era el contingente de hombres y caballos que aquellas facilitaban para auxiliar a las Mehal-las del sultán, durante las operaciones de guerra. Al finalizar la campaña se disolvían inmediatamente y volvían a reintegrarse a sus tribus.


Es por ello que en la segunda mitad de 1924, dadas las restricciones del gobierno para el envío y empleo de tropas peninsulares en la zona de operaciones, el general de división José Sanjurjo Sacanell, comandante general de Melilla, decidió muy acertadamente utilizando el Mazhjen Jalifiano, contar entre sus fuerzas con otras nativas que pudieran enfrentarse a las de la cabila de Beni Urriagel y sus limítrofes, lideradas por el rebelde Abd-el Krim, autoproclamado “Señor del Rif” y “Sultán del Rif”.

 

Su hombre escogido fue el prestigioso emir Abdelmalek Ben Abdelkader Ben Mehidin, irreconciliable enemigo del cabecilla rifeño y cuya fama le venía por ser hijo del príncipe Abdelkader, quien había combatido valerosamente en 1844 a los franceses en la célebre batalla argelina de Jaly.


Como consecuencia de ello el emir había sido expulsado por los franceses de su territorio, siendo acogido en Melilla, donde el general Sanjurjo le autorizó a constituir una harka en Beni Tuzin cuyo adjunto fue uno de sus hijos llamado Hassan. La ya denominada “Harka de Abdelmalek”, cuyo embrión fue su propia cabila de Gueanaia, fue creciendo hasta llegar a alcanzar la cifra de 1.433 aguerridos hombres que fueron encuadrados en varios “rebaas” o grupos formados por elementos afines en vecindad o lazos familiares al respectivo caid, lo cual garantizaba un elemento mayor de cohesión entre ellos y una mayor seguridad de no verse traicionados en las arriesgadas operaciones que llevaban a cabo.

 

El general Sanjurjo les proporcionó un núcleo de caballería indígena experimentada en combatir en zona montañosa procedente de la Garbía, en la región de Larache, que desembarcó en el puerto de Melilla el 11 de julio de 1924 junto al teniente de Caballería Juan Hernández Menor.

 

Al mismo tiempo se nombró como jefe administrativo de la Harka al laureado comandante de Infantería José Valdés Martel, dejando al emir y a su hijo el mando militar de la misma al objeto de que pudieran dirigir el combate a su peculiar estilo indígena. No obstante para perfeccionar las cuestiones tácticas de los harkeños e inculcarles la tan necesaria disciplina militar se destinaron en calidad de instructores a los capitanes de Infantería Agustín Muñoz Grandes y Miguel Rodríguez Bescansa así como el de Artillería Luis Martí Alonso, quienes también se encargaban de controlar el armamento, municiones y ganado entregado por el Ejército español.

 

Varela, observador aéreo

 

Mientras tanto por aquel entonces el bilaureado comandante Varela se encontraba destinado en el aeródromo de Tahuima, aconteciendo en aquel periodo un significativo hecho, concretamente el 7 de agosto de 1924, que marcó su vinculación con la que próximamente sería su Harka.


Pocos meses antes, el 3 de diciembre de 1923, se había convocado un curso de observadores de aeroplano y Varela, llevado como siempre por su espíritu de aventura y riesgo, se presentó en el aeródromo madrileño de Cuatro Vientos superando los exámenes correspondientes y las pruebas de vuelo.

 

El 4 de febrero del año siguiente cesó en su destino de Regulares y el 1 de abril fue destinado a la Escuela de Tiro y Bombardeo Aéreo de Los Alcázares, desde donde tras finalizar sus prácticas tanto allí como en el aeródromo sevillano de Tablada, marchó el 16 de mayo para Melilla al objeto de incorporarse al aeródromo de Tahuima como observador en la escuadrilla Breguet de bombardeo.

 

Entre tanto la real orden de 12 de marzo de 1924, le ascendió “por méritos y servicios de campaña en nuestra Zona de Protectorado en Marruecos” al empleo de comandante, con la antigüedad de 31 de julio de 1922.

 

El 19 de mayo recibió su bautismo de fuego en el aire durante las operaciones de bombardeo que se realizaron sobre Axdir. Desde entonces y hasta el 6 de octubre participó en numerosas acciones aéreas de bombardeo y apoyo a las fuerzas terrestres españolas que poco a poco iban recobrando el terreno conquistado por  Abd-el Krim tras el “Desastre” de Annual acontecido en el verano de 1921.

 

Pero volviendo al 7 de agosto, los aparatos destacados en el aeródromo de Tahuima, despegaron aquella mañana muy temprano con la misión de acompañar a una columna terrestre que tenía la misión de avanzar sobre Midar y proteger después la retirada a Ben Tieb. 

 

Apenas media hora después estaban sobrevolando el techo de Azib de Midar y Varela podía desde el aire comprobar como las operaciones marchaban satisfactoriamente. Los aviones habían empezado a bombardear los riscos que dominaban el poblado y desde donde acechaban los rebeldes. El ataque aéreo les hacía retroceder y las fuerzas terrestres iniciaban su persecución.


El comandante Varela desde su privilegiada situación estaba siendo testigo de ello cuando observó a través de sus gemelos como la harka amiga en su explotación del éxito durante el avance sobre el poblado de Beni Buyari llegaba a confundirse con el enemigo rifeño. Descendido su aparato hasta una altura de unos cincuenta metros, reconoció enseguida por su gran barba blanca y el rosario que portaba en sus manos, a su líder el emir Abdelmalek, que cabalgaba al frente de sus hombres.

 

Sin embargo cuando la persecución se encontraba en su apogeo el jefe de la Harka cayó mortalmente herido de un disparo enemigo en Tauriat Tiasagut. Ello frenó e hizo vacilar a sus guerreros que empezaron a amagar un desordenado retroceso. Los rifeños rebeldes que se habían apercibido de lo acontecido pasaron al contraataque y se lanzaron sobre los que hasta entonces habían sido sus perseguidores, causándoles numerosas bajas.

 

            Varela, consciente de la tragedia que se avecinaba, voló hacia Drius, en donde el general Sanjurjo había instalado su puesto de mando y le informó personalmente de lo que estaba sucediendo. La reacción no se hizo esperar. Se ordenó la inmediata salida de una columna en apoyo de la harka amiga y que los aviones repostasen combustible, bombas y munición para sus ametralladoras.

 

La llegada de los aparatos no pudo ser más proverbial. Los harkeños estaban sitiados por los rebeldes y contabilizaban ya cerca de 500 bajas. Las bombas lanzadas con singular puntería empezaron a hacer su efecto y el cerco rifeño fue obligado a levantarse y comenzar a replegarse. El avión de Varela fue el que más bajo descendió durante los bombardeos intentando con ello elevar la moral de los indígenas amigos.

 

Una vez lanzadas todas las bombas el avión de Varela regresó a Drius, volviendo a informar de la marcha de los acontecimientos al general Sanjurjo. Este le ordenó que municionara y continuara el bombardeo de los rebeldes que se estaban concentrando en Sidi Messud, debiendo hacerse cargo provisionalmente a continuación del mando de dicha harka.

 

Varela, designado jefe de la Harka

 

La muerte de su emir para los indígenas había supuesto un golpe moral muy fuerte y Sanjurjo, perfecto conocedor de la idiosincrasia indígena, sabía que el mejor remedio para evitar su abandono era enviarles al jefe con mayor prestigio de sus fuerzas: el bilaureado comandante Varela.

 

La escuadrilla tras cumplir su nueva misión de bombardeó regresó a Tahuima y Varela esa misma noche se incorporó al campamento harkeño, teniendo que dormir en la única tienda de campaña que había montada, convertida en cámara mortuoria en donde precisamente reposaban los restos del emir.

 

Las autoridades españolas rindieron altos honores al cadáver del valeroso Abdelmalek, muerto de bala enemiga a media mañana del musulmán 6 de moharran de 1343, equivalente al 7 de agosto de 1924. Su cuerpo fue conducido en un torpedero de la Armada hasta Ceuta y desde allí hasta la Zauia de Sidi Mohamed Harrak, próxima a Tetuán, en donde fue enterrado por sus familiares.

 

Durante la semana siguiente Varela se encargó de reorganizar provisionalmente, en la medida de lo posible, la maltrecha Harka. La admiración y respeto que levantó entre aquellos aguerridos hombres que habían perdido a su jefe en combate, fueron fundamentales para que no decidieran abandonar su lucha al lado de los españoles. El general Sanjurjo había acertado plenamente al enviarles al mejor de sus hombres.

 

El 15 de agosto la Harka recibió la orden de levantar su campamento ambulante y trasladarse a Drius al objeto de descansar y poder ser reorganizada más en profundidad. Varela entonces fue reclamado para incorporarse urgentemente a Tahuima ya que al día siguiente era necesario para participar en las operaciones de apoyo aéreo a una columna que operaba entre Arfa y Tifarauin, con el objetivo de levantar el cerco que los rifeños habían puesto a la primera posición.


Entonces el laureado comandante Valdés se hizo cargo provisionalmente del mando militar de la Harka que recibió orden de trasladarse hasta la zona de Tetuán al objeto de continuar allí su reorganización e instruir a la nueva recluta. Sin embargo por segunda vez en corto tiempo la desgracia se volvió a cernir sobre dicha unidad sufriendo numerosas perdidas cuando acudían en socorro de la posición de Buharrás, contándose entre los muertos el propio comandante Valdés y el capitán Martí cuando combatían al frente de sus harqueños.

 

Unos días antes, a finales del mes de septiembre el general Sanjurjo, decidido a dotar a aquella unidad un jefe de gran prestigio y eficacia, ofreció a Varela el mando de la Harka, que aceptó lleno de entusiasmo. Tal y como afirmó un compañero de aquella época, el ya después coronel de Infantería Gumersindo Manso Fernández Serrano, “el cometido de observador de aeroplano, no podía satisfacer las naturales ansias de mando de un joven comandante de Infantería dos veces laureado”. 

 

Así el 30 de septiembre de 1924 el general Sanjurjo elevó al alto comisario y general en jefe del Ejército de Marruecos, Luis Aizpuru Mondéjar, la siguiente propuesta:

 

Independientemente de dar a V.E. detalles organización Tabor y Mía Mehal-la nº 6 a base askaris actual Harka Abdelmalek, y como según mis noticias, (proporcionadas especialmente por Comandante Valdés) Capitán Rodríguez Bescansa no tiene, por su juventud y falta de experiencia, aptitudes bastantes para quedar de jefe primero de dicha Harka, y como de conversaciones que he tenido con el Comandante Varela, de Aviación, este Jefe no tendría inconveniente el ponerse al frente de expresada Harka mientras se lleve a cabo dicha organización, y como estimo que la presencia de este Jefe es muy conveniente por su práctica y conocimiento de fuerzas moras y política, ruego a V.E. me autorice a ello y en caso de aprobarlo interese su baja en Aviación y alta en Servicio Protectorado”.

 

La respuesta del general Aizpuru no se hizo esperar y el 4 de octubre remitió un telegrama con el siguiente texto: “En vista de razones expuestas por V.E. en telegrama 30 mes último que considero muy acertadas, le autorizo para que Comandante José Varela se ponga al frente de la Harka de Abdelmalek”.

 

A su vez el general Sanjurjo el mismo día 4 de octubre se lo trasladó al bilaureado comandante añadiéndole que “esperando de V.S. se sirva ponerse inmediatamente al frente de las expresadas fuerzas y proceda desde luego a organizar con las mismas un Tabor de Infantería y una Mía de Caballería, en cuya labor será auxiliado por el Capitán de la Intervención de Tafersit Don Francisco Alonso, por el del mismo empleo Don José Rodríguez Bescansa y Teniente de la Harka Juan Hernández Menor, significándole que se ha interesado de aquella autoridad el destino a dichas unidades de los Oficiales que han de integrar el cuadro de las mismas y que en esta fecha doy conocimiento de lo que se dispone al Jefe de las Fuerzas Aéreas de este Territorio”.

 

Al día siguiente Varela se despidió de su destino en Aviación y en la tarde del 6 de octubre se trasladó en avión hasta el campamento de Azib de Midar, presentándose ante los que iban a ser sus hombres durante los dos próximos años, siendo recibido con gran júbilo y satisfacción.

 

Reorganización de la Harka

 

El 7 de octubre el bilaureado comandante Varela, de 33 años de edad, procedió a la toma de mando oficial de la Harka y puesto inmediatamente a reorganizarla lo primero que hizo fue cambiar el asentamiento de las tiendas de campaña hasta un lugar más resguardado de los fuegos enemigos. 

 

La plantilla de la Harka se fijó inicialmente en 850 hombres organizados en seis “mías” (compañías) de infantería, y una de caballería (escuadrón) con 120 caballos, además de una plana mayor. Al frente de cada una de ellas puso a un “caid” (capitán) que a su vez contaba con tres “mokaddemin” (sargentos) y seis “maunín” (cabos). Al mando de la plana mayor, compuesta por los 10 hombres restantes estaba el “caid rajá” o “caid tabor”(comandante).

 

Dado el elevado número de bajas en combate que había tenido la Harka en las fechas anteriores, se procedió a captar, y nunca mejor dicho, a un heterogéneo grupo de nativos que comprendía desde antiguos jefes de cabila hasta fakires pasando por desertores de las filas rebeldes de Abd-el Krim, santones, curanderos, encantadores de serpientes, etc., a los que la propaganda hábilmente realizada en aduares y zocos les había ofrecido una buena "muna" o paga, buen trato y una participación en los botines de guerra. Todos ellos fueron mezclados en las diferentes mías, sin distinción de cabila de procedencia. 

 

En función del empleo militar asignado se establecieron los haberes correspondientes. Así el sueldo anual del caid rajá se fijó en 6.200 pesetas; el de los caides en 4.400 pesetas; el de los mokaddemin en 2.007'50 pesetas; el de los mauním en 1.460 pesetas; y para los harqueños un total de 1.369 o 1.278 pesetas, según fueran de primera o de segunda clase. Todo ello independientemente de sus correspondientes raciones de pan.

 

Los primeros caides que nombró Varela fueron Sid Mizian Ben Chaib, de Metalza; Ben Naser Al-lal Mehand, de Midar; Si Hamadi Ben Abdel-lah, de Beni Tuzin; Si Ben Naser Ben Mizzian, de Beni Tuzin; Si el Hach Hammú Bu-Sfía, de Quebdana; Si Haddad Ben Chelal, de Ulad Chaib; y Si Ben Aisa Si Hammú el Kelay. 

 

Todos ellos eran gente dura y audaz, de probada lealtad a España y con gran prestigio entre los indígenas de la región oriental del Protectorado. De hecho tres de ellos morirían en acciones de guerra en Alhucemas, al frente sus mías, mientras que otros dos fallecerían como consecuencia de enfermedades contraídas durante la campaña. 

 

No obstante Varela necesitaba oficiales españoles de su absoluta confianza y curtidos en el mando de tropa indígena, reclamando para ello a algunos de los que había conocido durante su permanencia en Regulares, si bien hay que significar que el nativo de la Harka era bien diferente del de aquellas tropas. El harkeño se negaba a vestir cualquier prenda uniformada, tenía sus propias costumbres y exteriormente no se diferenciaba en nada de los rebeldes rifeños. De hecho tal y como escribía el propio Varela en una carta de fecha 1 de octubre “van como los moros enemigos; bien es verdad que lo han sido hasta hace unos meses.

 

Los primeros oficiales españoles en incorporarse a la Harka de Varela fueron el capitán de Infantería Simón Lapatza de Valenzuela que acababa de ascender por méritos de guerra, el capitán laureado en 1921 de Sanidad Antonio Vázquez de Bernabéu, el teniente de Infantería Joaquín Esponera Valero de Bernabé y el teniente de Ingenieros José Cistué de Castro. 

 

Posteriormente, el 1 de marzo de 1925 y a petición expresa del propio Varela, se incorporaron el capitán Benito Cardeñosa Carrozas y los tenientes Manuel Rodríguez Rivero, Rafael Tejero Saurina y Julián García Pumariño Menéndez, todos ellos de Infantería.

 

El distintivo de la Harka

 

El bilaureado comandante Varela no se preocupó sólo desde el primer momento de reorganizar la maltrecha Harka y de instruirla militarmente desde su campamento de Midar para convertirla en una eficaz unidad guerrillera, sino también de elevar su moral de combate hasta el punto de hacerla creer invencible. 

 

Para esto último nada mejor que adoptar el mejor talismán, que les protegiera de los demonios y demás genios del mal, algo muy importante a tener en cuenta dado el carácter supersticioso de aquellos indígenas y que su nuevo jefe conocía muy bien desde sus anteriores destinos en Regulares.

 

Entre los amuletos y talismanes más utilizados por entonces estaba la “Mano de Fátima”, que las madres colgaban del cuello de sus hijos al nacer para librarles de enfermedades, maldiciones, males de ojo, traiciones, peligros, etc., estando considerado entre los indígenas como un símbolo de buena suerte y siendo bastante habitual encontrarla incluso pintada en sus puertas y habitaciones.

 

Por ello Varela decidió incorporarla al guión de la Harka como símbolo de la “baraca” o buena suerte, añadiendo dos hachas cruzadas y en su base la Media Luna, estando todo ello bajo la corona real  española. El nuevo distintivo fue rápido y satisfactoriamente aceptado entre todos los harkeños, siendo para ellos signo de la buena suerte, la audacia, la intrepidez y el éxito.

 

La Sección de Chacales

 

A pesar de encontrarse paralizadas las operaciones ofensivas de las fuerzas españolas en la región oriental del Rif, Varela quiso desde el primer momento imprimir un carácter guerrillero a su Harka en la que los golpes de mano, las emboscadas, las sorpresas y las razzias, fueran sus tarjetas de visita. 

 

Sometidos aquellos aguerridos hombres a un constante adiestramiento nocturno y a una dura instrucción militar, se encontraron pronto con un problema difícil de resolver en principio. Se trataba de la alerta dada por los perros que tenían los rifeños rebeldes en sus campamentos y cuyos ladridos les prevenían de la llegada, por silenciosa que fuera, de intrusos.

 

Para vencer dicho obstáculo se terminó por utilizar una vieja pero eficaz artimaña indígena. Esta consistía en matar, antes de iniciar los ataques nocturnos, a unos cuantos chacales de los que abundaban por aquellos tiempos en la zona y que solían merodear en manadas por las noches los campamentos y poblados en busca de comida o alguna presa fácil. 


A continuación un grupo de harkeños se desnudaba por completo y untaba su cuerpo con el sebo de los animales mientras que otro se cubría con sus pieles, todo ello con el objeto de que al estar impregnados por el olor de los chacales, los perros no desconfiaran de su presencia al acercarse sigilosamente. Una vez próximos a su objetivo, se lanzaba una granada de mano a modo de señal convenida para iniciar ya por todos el sorpresivo ataque que siempre era liderado por el propio Varela que solía vestir una chilaba montañosa.

 

Estos hombres, que actuaban realmente a modo de descubierta y avanzaban siempre en primer lugar como si fueran patrullas de exploración e infiltración, recibieron bien pronto en la Harka Varela el sobrenombre de “Sección de Chacales”. Gracias a su actuación se propiciaron numerosos y eficaces éxitos que no sólo lograban causar bajas al enemigo o un botín de ganado y enseres sino también sembrar el miedo y la constante intranquilidad al enemigo, siendo dicho factor psicológico lo que realmente más le interesaba al comandante Varela.

 

Botines y raptos

 

Es posible que llame la atención del lector que fuerzas indígenas bajo dirección militar española volvieran al amanecer de sus ataques nocturnos cargados de sillas, mantas, teteras, bandejas, ganado y cualquier otra cosa que les apeteciera tomar como botín al enemigo. Además regresaban a su campamento cantando y gritando como si aquello fuera más una de sus romerías que la vuelta ordenada y disciplinada de una operación militar. 

 

Pero también es cierto que aquello formaba parte de la propia idiosincrasia de los harqueños y uno de los múltiples atractivos que tenía aquel tipo de guerrear para aquellos hombres. Los indígenas que formaban parte de tan peculiar unidad, nada regular por cierto, mantenían una vinculación muy especial con la causa española que en ningún momento era de sumisión, motivo por el cual el mando militar de la misma por un europeo implicaba gozar de su absoluto respeto y admiración, lo cual sólo era posible si quien lo ostentaba era un hombre valeroso y dotado de un elevado espíritu del sentido de la justicia.

 

Evidentemente el bilaureado comandante Varela cumplía más que sobradamente dicho perfil y encarnaba como un molde aquel complicado papel. Aunque particularmente algunas de las costumbres  de sus hombres no fueron compartidas por él ni eran de su agrado, también era plenamente consciente que no se encontraba al mando de su antigua compañía de Regulares, plenamente integrada en el Ejército español y por lo tanto sometida a su régimen disciplinario e interior vigente en la época.

 

La Harka era una heterogénea y aguerrida unidad mercenaria indígena que además de sus propios intereses de índole principalmente económica, compartía con los españoles una profunda animadversión contra Abd-el Krim y sus hombres. Por ello cortar de raíz aquellas acciones y castigar a sus responsables hubiese sido absolutamente contraproducente.

 

No obstante si hubo una antigua práctica habitual de aquellos indígenas a la que Varela manifestó su rotunda disconformidad y que finalmente consiguió desterrar de una forma muy singular. Se trataba del rapto de mujeres para negociar posteriormente el pago de su rescate, costumbre por otra parte tan normal como las anteriores entre sus enemigos rifeños.

 

La ocasión del bilaureado militar se presentó en febrero de 1925 cuando tras una razzia a un poblado de la cabila de Metalza, sus hombres habían capturado un grupo de prisioneros entre los que se encontraba una joven y agraciada indígena llamada Sahara, la cual fue conducida ante su presencia a modo de regalo.  

 

Varela que por un lado no quería ofender a sus guerreros por el valioso presente entregado evidentemente no podía ni quería tomar posesión de la misma. Por ello tras agradecerles sinceramente tan peculiar ofrenda hacia su persona ordenó que fuese preparada una tienda para ella sola, se le diera bien de comer y se pusiera una guardia alrededor de la misma al objeto de impedir la entrada a los curiosos. A continuación envió a un jinete a Melilla para que adquiriera un lujoso conjunto de ropa femenina compuesto por un caftan, una chilaba, un jaique y unas babuchas.

 

Regresado el emisario al día siguiente con dichas prendas, le fueron entregadas a la cautiva para que se vistiera con ellas siendo traslada seguidamente a la casa de una familia indígena de la confianza del comandante Varela. Pocos días después mandó que fuera traída a su presencia, creyendo entonces todo el mundo que había llegado el momento de tomarla y hacerla suya.


Sin embargo la realidad fue muy distinta y el golpe de efecto planeado por Varela alcanzó el objetivo deseado. Al serle llevada ante él, la joven se arrojó a sus pies comenzando a besárselos obteniendo por pública respuesta que a partir de ese momento era libre para volver a su poblado y que  contara a los miembros de su cabila como trataba España a sus prisioneros. 

 

Tras tan generosa actitud del bilaureado comandante aquella mujer fue montada a caballo y escoltada por un grupo de harqueños de la absoluta confianza de Varela fue llevada hasta las inmediaciones de su poblado, portando entre sus ropas una carta personal dirigida a los jefes de la cabila de Metalza.

            

Dicha carta, de la que se conserva una copia traducida al castellano en el gaditano “Archivo del General Varela” decía textualmente lo siguiente:

 

            “El Comandante Varela a los jefes enemigos de Metalza: Burrahail Musa Kaluri, Chaib Tuzani Buhiani, Ahmed Acodak Buker, Buthatala Ahmed Abdal-lah Buhiani y Mohamed Si Al-lal.

 

 - Midar, 12 de febrero de 1925.

 

 - Dios sobre todo.- Dios es uno.- La paz de Dios.- 

 

Yo, el jefe de la Harka de Midar, Comandante Varela, os saludo a todos y os digo que la mujer Sahara, que he cogido cuando el otro día fui con mi Harka por vuestro terreno y la hice prisionera, además de vuestro ganado y hombres que cogí, he puesto en libertad a ella y la hago conducir para que vuelva a casa de sus padres, para que veáis vosotros como se porta el Gobierno con la gente, aún cuando sean enemigos.

 

Además os digo que cuantas cosas justas pidáis al Gobierno se os concederán. Esta mujer vuestra, mientras la he tenido prisionera, ha estado en la casa de un hombre bueno, bien tratada y no se le ha hecho nada malo; pero ya veis vuestra fuerza cuando hemos paseado por vuestro propio terreno.

 

El Gobierno tiene deseos de que seáis buenos musulmanes y no quiere ningún mal para vuestra gente. Pensad bien sobre esto que es la verdad, y además, yo, el Jefe de la Harka, no tengo más que una palabra y os castigaré con dureza a todos, invitándoos antes a venir por aquí si queréis avisarme, que no os pasará nada a nadie; hablaréis conmigo y si queréis volver al campo enemigo os dejaré libertad; pero yo pienso que estáis mejor al lado del Gobierno, como cuando fuisteis antes amigos de España.

 

Yo os daré terreno para sembrar y casa para vivir. El Gobierno sólo hace favor a los que son sus amigos; el Gobierno es grande y llegará el día en que por la fuerza os cogerá prisioneros.


Y os saluda a todos. Y la paz. Firmado, Comandante Varela”.

 

Dicha acción surtió un doble efecto. Por un lado la joven Sahara se convirtió con sus relatos sobre las vicisitudes vividas durante su cautiverio en la mejor propagandista del bilaureado comandante, al que bautizó con el sobre nombre de “N’serani mezian y aafrit” (el cristiano bueno y valiente), que no sólo la había respetado y colmado de atenciones, sino que había obligado a sus aguerridos hombres a que hiciesen lo mismo. 

 

Dado que inicialmente no fue creída en la cabila que su honra no hubiese sido profanada, dada además su belleza, fue reconocida por varias comadres del poblado que tras examinarla confirmaron su virginidad, lo cual tras darse a conocer entre aquellas gentes, aumentó el respeto que ya tenían hacia la figura de Varela.

 

Por otro lado el valeroso jefe de la Harka con dicha actitud no sólo desaprobó sin ofender, acciones de aquella naturaleza, sino que empezó a hacer reflexionar a sus hombres sobre la inconveniencia de raptar a mujeres y niños, inculcándoles en cambio la idea de que debían ser tratados generosamente como muestra de su gallardo comportamiento.

 

Complot para asesinar a Varela

 

Dado que el prestigio del bilaureado comandante iba creciendo en progresión aritmética tanto entre sus harkeños que sentían verdadera devoción por quien les lideraba como entre sus enemigos que reconocían su respeto y una extraña mezcla de admiración y temor, el propio Abd-el Krim llegó a considerarlo como un peligroso enemigo personal con el que tenía que acabar.

 

Los poblados rebeldes más próximos al campamento harqueño de Midar eran los más sensibles al “efecto Varela” y el cabecilla rifeño era consciente de que cada vez más su autoridad en esa zona se veía cuestionada ante las constantes razzias dirigidas personalmente por aquel europeo que parecía ser inmune a la muerte. Por ello y con el objeto de levantar la moral de los suyos y demostrarles que todos los infieles, incluido Varela, eran mortales, decidió organizar un complot para acabar con su vida durante una de las habituales incursiones de la Harka.

 

El plan de Abd-el Krim consistía en infiltrar a algunos de sus hombres en la Harka de Varela y darle muerte durante una de las razzias de tal forma que pareciese que había sido el enemigo quien había acabado con su vida durante el combate. Evidentemente la muerte del bilaureado comandante hubiera tenido un innegable efecto psicológico tanto entre sus harqueños como entre sus enemigos.

 

Consecuente con ello el cabecilla rifeño seleccionó media docena de voluntarios para tan arriesgada misión quienes se presentaron en el campamento de Midar para solicitar el “aman”  o perdón, renegando de la causa rebelde y solicitando alistarse en la Harka, algo por otra parte nada extraño ya que una parte de sus integrantes habían tenido un origen similar. De hecho así sucedió y fueron admitidos para engrosar sus filas.

 

Sin embargo con lo que no contaba Abd-el Krim era que Varela junto al gran prestigio y admiración que levantaba entre propios y extraños, tenía una eficaz red de confidentes que se desvivían por tenerle informado de cuanto acontecía en el territorio. El valeroso militar lejos de amilanarse por dicha noticia y aún a pesar de serle facilitada incluso la identidad de quienes se habían infiltrado en su Harka para asesinarle, siguió desarrollando sus actividades con absoluta normalidad.

 

Por contra y sin tomar medida alguna contra los traidores procedió a su vez a disponer que algunos de sus más fieles guerreros se ganaran la confianza de los infiltrados. De esta forma llegó a tener conocimiento de la noche en que los juramentados se decidirían a cumplir su misión. Varela pudo entonces o incluso antes si hubiera querido, haber ordenado su detención, pero sabía como perfecto conocedor de la idiosincrasia nativa, que con dicha acción sólo conjuraba el peligro del momento ya que pronto acudirían otros que no serían tan confiados como los primeros. Varela tenía que hacerlo a su manera.

 

¡Y así fue!. La noche elegida para asesinarlo, sin prevenir a sus oficiales del peligro que le acechaba, ordenó la incursión de su “sección de chacales” en un poblado enemigo buscando seguidamente un lugar resguardado junto a unas rocas para descansar tal y como era su costumbre, antes de iniciarse el ataque.

 

Una vez elegido su temporal refugio seleccionó personalmente, como también solía habitualmente hacerlo, a los encargados de velar esas dos cortas horas de sueño que solían preceder aquellas acciones nocturnas así como de despertarle para el momento del ataque una vez recibida la señal de sus “chacales”.

 

Entre la decena de escogidos para velar su descanso estaban precisamente los seis juramentados, a los que en el momento de designarlos miró uno a uno fijamente a sus ojos, dándoles a entender claramente que sabía cuales eran sus criminales intenciones, pero que no les tenía miedo alguno. Una vez hecho eso les dio la espalda y procedió a tumbarse tranquilamente en el suelo liado en su chilaba adoptando una cómoda postura para dormirse.

 

Los esbirros de Abd-el Krim, ante semejante prueba de valor y serenidad escalofriante, se miraron sobrecogidos los unos a los otros sin cruzar palabra. Ninguno de ellos durante las dos horas que precedieron a la señal de los “chacales” ni durante el posterior ataque hizo ademán alguno siquiera de apuntar su fusil contra el bilaureado militar. 

 

Varela aquella noche no sólo no fue asesinado sino que se ganó e incorporó definitivamente a su Harka a aquellos seis hombres. A raíz de lo sucedido el cabecilla rebelde llegó a ofrecer por el jefe de la Harka hasta veinte mil duros de la época, toda una fortuna, pero fue inútil no teniendo nunca que pagarlos.