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sábado, 22 de marzo de 2014

LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en la Sección de Tribuna Pública del "DIARIO DE CADIZ" del 5 de febrero de 2003. pág. 6.

Marco Tulio Cicerón era aquel escritor, orador y político de la antigua Roma que decía aquello de que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. ¡Y qué verdad tenía!.

En los últimos meses, historiadores e investigadores de lo que fue la mayor tragedia española del siglo XX venimos asistiendo, e incluso en algunos casos participando, en la denominada "recuperación de la memoria histórica", para devolver la dignidad a quienes fueron asesinados por no pensar de una determinada manera, localizar sus restos y devolverlos a sus familiares para que por fin les den justa y definitiva sepultura. Hace casi siete décadas pudieron hacerlo los de un bando y ya era hora de que pudieran hacerlo los del otro.

Nuestra Guerra Civil, dicho sea en términos poco académicos, fue una completa salvajada en donde incluso miembros de una misma familia se vieron obligados a matarse los unos a los otros. En esto, siempre he dicho que ninguno de los dos bandos fraticidas pudo sentirse orgulloso de lo que ocurrió en su retaguardia ni el vencedor con su posguerra.

Y siempre que afirmo esto no puedo evitar acordarme de mi abuela paterna, una buena señora que cuando tenía 25 años de edad y estaba a punto de dar a luz a su cuarto hijo, presenció aterrorizada como una noche arrancaron del hogar a su marido, quien apenas pudo despedirse de unos niños que lloraban ante la irrupción y las voces de unos extraños armados.

Noches después su esposo fue asesinado y sus restos, que nunca pudieron ser recuperados, se mezclaron para la eternidad en una fosa común entre los de un centenar de desgraciados más que fueron inmolados bajo la misma luna de aquel verano de 1936. 

A mi abuela, al igual que a las demás nuevas jóvenes viudas, no se le permitió acercarse al lugar donde fueron sepultados hasta pasadas varias semanas, ni por supuesto, vestir de luto o depositar flor alguna durante el resto de la guerra.

También, aunque eso todavía no lo sabía, uno de sus cuñados había sido asesinado al otro lado de la orilla tras ser sacado de un barco-prisión, mientras otros dos eran encarcelados en siniestros y vetustos penales.

Pero su tragedia familiar no terminó ahí, pues los del otro bando -ni el odio ni la sinrazón distinguieron banderas- también habían asesinado un amanecer de aquel trágico verano a uno de sus tíos, dejando viuda en cinta y cinco pequeños huérfanos. 

La sangre de la familia siguió derramándose durante la guerra y con la llegada tres años después de la victoria de los unos sobre los otros, tampoco dejó de manar, pues otro de los hermanos de su madre fue uno de esos miles de fusilados en aquella despiadada represión que padeció el bando de los perdedores, dejando nueva viuda y dos huérfanos más.

Esta historia, que por desgracia no es exclusiva de mi abuela, es también la historia de otros muchos españoles y bastantes gaditanos, que enviudaron a golpe de descarga u orfanaron a cerrojazo de fusil. 

Casi siete décadas después aquella tragedia hoy sólo es historia de libro o al menos debería serlo, a pesar de que los rescoldos del silencio, el dolor, el miedo o el resentimiento, no se han apagado en todos los corazones.

Ahora parece ser que por fin ha llegado el momento, sin rencor y eso es muy importante, de que los que fueron sacados una noche de su casa y nunca volvieron a ser vistos por los suyos ni recuperados siquiera sus restos, puedan tener un reposo digno y definitivo en donde sean honrados por sus familiares. Una triste asignatura que incomprensiblemente todavía está pendiente.

Pero como en todo proyecto noble, existe la tentación del oportunismo, el riesgo del error, la tragedia de la negligencia e incluso la infamia de la falacia, por lo que los únicos remedios son la serenidad, el rigor, la verdad y el control.

Todos, y en especial las familias de las víctimas, tienen derecho a conocer lo acontecido y evitar que una vez más la historia sea prostituida. 

Por ello toda luz que se aportemos historiadores e investigadores siempre debe ser bien recibida, pero flaco favor hacen a la causa quienes con sus errores, intereses espúreos o mero oportunismo, pueden terminar siendo tachados cuanto menos de filibusteros de la palabra o mercaderes del dolor ajeno.

En la ciudad de Cádiz hubo pocos muertos de la guerra y muchos de la represión, lo cual no es ningún secreto pero hace tres meses los cimientos se conmocionaron cuando se difundió unilateralmente una cifra que multiplicaba por seis la que hasta ahora se había rigurosamente contrastado, incluso en una tesis doctoral todavía inédita, dándose fechas, nombres y datos de las primeras y últimas víctimas de una larga y desconocida nómina de 3.217 personas.

Sin embargo pronto se verificó documentalmente que ni fechas, ni nombres, ni datos eran ciertos. El honor a la verdad y el respeto a los muertos y sus familias exige que tales errores sean subsanados lo antes posible y que la terrible e inédita lista, si es que existe y es veraz, vea cuanto antes la luz, a fin de evitar zozobras propias y ajenas, pues desgraciadamente todavía hay muchas personas en Cádiz que siguen preguntándose que fue de sus padres o abuelos.

Por otra parte, determinadas instituciones públicas han empezado en algunas comunidades autónomas a plantearse subvencionar económicamente la respetable, costosa y necesaria tarea de recuperar esa parcela de la memoria histórica, habiendo comenzado paralelamente a surgir concencias alertando sobre la posibilidad de la aparición en el país de la picaresca, de los demagogos recalcitrantes, los oportunistas del pico y la pala así como de los exhumadores domingueros que se ofrecen como expertos desenterradores de fin de semana.

Esperemos que por el bien de la justicia y la verdad no se malogre esta oportunidad ni se desperdicie en fines inconfesables, para que definitivamente contribuya a que aquella guerra civil sea sólo historia, una trágica historia que nunca más debe volver a repetirse ni salir de los libros.

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