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sábado, 2 de febrero de 2019

MARTIÑÁN, EL GUARDIA CIVIL ALGECIREÑO QUE NUNCA PODRÁ RETIRARSE

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" pág. 10 y "DIARIO DE CÁDIZ" pág. 24, el 1º de febrero de 2019.

El original contiene dos fotografías en blanco y negro.

Fue asesinado por la banda terrorista ETA el 1º de febrero de 1980.


Actualmente los guardias civiles pasan a la situación militar de retiro al cumplir la edad de 65 años. La mayoría suele gozar de salud suficiente, a pesar de la dureza de los largos años de servicio, para disfrutar de una merecida jubilación junto a sus familias.
En algunos casos lo hacen antes, al perder la aptitud psicofísica necesaria como consecuencia de su actividad profesional, de una lesión sufrida ajena al servicio o de una enfermedad.
Otros, los menos afortunadamente, nunca se podrán retirar porque han muerto en acto de servicio o han fallecido por causas ajenas al mismo.
Entre estos últimos están los que un día salieron de servicio y no regresaron porque una mano criminal sesgó sus vidas. Las suyas y las de sus seres queridos con los que jamás disfrutarán su retiro.
Este es el caso de Martiñán, tal y como era conocido por sus amigos de Algeciras, la ciudad que le vio nacer un 7 de agosto de 1955, en una humilde casita de la hoy denominada calle Camarón de la Isla, sita en la barriada de La Juliana.
Se llamaba José Manuel Gómez Martiñán, era un guardia civil destinado en el Puesto de Lequeitio, de la Comandancia de Vizcaya. Tenía 24 años de edad cuando fue asesinado por la banda terrorista ETA junto a otros cinco compañeros: José Martínez Pérez-Castillo, Antonio Martín Gamero, Alfredo Díez Marcos, José Gómez Trillo y Victorino Villamor González. Todos fueron ascendidos honoríficamente a cabo en 2005.
Hace justo 39 años, el 1º de febrero de 1980, que también era viernes como hoy, aquellos seis guardias civiles se encontraban prestando servicio de escolta a un transporte de armamento. Cuando circulaban por la carretera que une Ispaster y Ea, fueron masacrados sin darles tiempo a reaccionar. 
Casi siete meses antes se había casado en Tarifa, la parroquia de San Mateo, con una joven llamada Manoli. Le esperaba en su pabellón de la casa-cuartel de Lequeitio pero nunca regresó. 
Entonces no existían las comunicaciones de hoy día y la noticia llegó confusa a Algeciras. Sus padres, José e Inés, vivían en una sencilla vivienda de la calle Andalucía, sita en la barriada de La Piñera. 
Él había nacido en Jimena de la Frontera y tras vivir en San Martín del Tesorillo y Ceuta, recaló en Algeciras, ciudad natal de la que sería su mujer y donde trabajaría los primeros años como empleado en una zapatería de la calle Río y posteriormente en otra de la calle Tarifa.
Su otro hijo, Mario, de 18 años de edad, se encontraba con él cuando recibieron la fatídica llamada telefónica de una vecina. Estaban en la zapatería que, tras muchos años de sacrificio, regentaba en la calle Las Huertas, junto a la librería de Antonio, “el de las novelas”. 
Les dijeron que había pasado algo grave a José Manuel pero sin más detalles, por lo que cerraron la tienda y marcharon a la comisaría ubicada en la avenida Fuerzas Armadas. Allí, un hijo de la hermana del padre, llamado José Luis, que era policía nacional, realizó varias llamadas y conocieron la terrible verdad. 
En un vehículo camuflado de la Guardia Civil emprendieron esa misma mañana, junto a la madre, el viaje hasta el aeropuerto de Málaga donde un avión los llevó a Madrid. Allí, otro coche de la Benemérita les trasladó hasta el acuartelamiento de La Salve, en Bilbao. También les acompañó un hermano de la joven viuda, que era suboficial de la Armada. Fue un largo viaje de silencio y dolor.
Al llegar, los acomodaron como pudieron en uno de los pabellones para que pudieran pasar la noche. Apenas pudieron descansar ya que estuvieron velando en una sala, junto al resto de los familiares de los demás guardias civiles asesinados, los seis ataúdes. 
Mario no puede olvidar, casi cuatro décadas después, los desgarradores gritos de dolor y los sollozos de impotencia de aquellas familias, que como la suya, habían quedado destrozadas. Hay escenas que permanecerán siempre en su memoria, como las de un familiar de uno de los asesinados queriendo abrir la caja para despedirse …
A la mañana siguiente se celebró, con gran tensión y dolor, en la Comandancia que mandaba el teniente coronel Antonio Sánchez Hernández, el funeral de cuerpo presente, presidido por el teniente general Antonio Ibáñez Freire, ministro del Interior.
Seguidamente fueron trasladados a sus provincias de origen. El cuerpo de Martiñán, junto a su familia, fue llevado en avión militar hasta Jerez de la Frontera, y desde allí en una comitiva de la Guardia Civil hasta Tarifa.
Se ofició el funeral en la misma iglesia donde se había casado. Hubo muchísima tensión e incontenible dolor. Asistieron, además de la familia, numerosas autoridades civiles y militares así como centenares de amigos y vecinos de la localidad. El coronel Francisco Gómez Espinosa, jefe del Tercio de Cádiz, y el teniente coronel Pedro Moreno Muñoz, jefe de la Comandancia de Algeciras, encabezaron la nutrida representación de la Benemérita.
En la mente de todos cuantos conocieron desde niño a Martiñán, estaba el recuerdo de aquel joven de carácter extrovertido y alegre, muy popular entre los suyos, que antes de irse voluntario al servicio militar ayudaba a traer dinero a su casa repartiendo los encargos de la floristería “Las Mimosas” o ayudando a vender juguetes en un puesto de la plaza de Abastos en Algeciras.
También lo recordaban como estudiante en la agrupación escolar “Alfonso XI” y en el “General Castaños”, como futbolista del equipo algecireño de La Palma o sus tiempos de artillero y cabo 1º en la batería tarifeña de Punta Paloma, donde se hizo querer por todos.
Enterrado durante los cinco primeros años en el cementerio de Tarifa sus restos fueron trasladados al de Algeciras, cuyo ayuntamiento donó el nicho, no faltándole nunca las flores de su madre, hasta su fallecimiento en 2002, ni las de su padre hasta 2008, continuando su hermano.
Mario recogió el pasado 11 de octubre, en el acto institucional de la patrona de la Guardia Civil, organizado por la Comandancia de Algeciras, la gran cruz de la real orden de reconocimiento civil a las víctimas del terrorismo, concedida a su hermano en consejo de ministros de último 18 de mayo. Allí recibió el atronador y caluroso aplauso de los centenares de asistentes, que tras casi cuatro décadas, volvían a rendirle emocionado homenaje. 
Hoy Algeciras lo sigue recordando y su nombre figura en una calle de la ciudad; en el monumento a las víctimas del terrorismo, junto al del policía Diego del Río Martín; yen el monolito a los caídos de la Comandancia.
Martiñán, al igual que otros 242 guardias civiles asesinados, víctimas del terrorismo en las últimas cinco décadas, nunca podrá retirarse.

Nota. Este artículo es la 2ª parte del siguiente artículo publicado en la prensa el 2 de noviembre de 2017.


LA GUARDIA CIVIL NO OLVIDA A SUS MUERTOS.





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