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viernes, 20 de febrero de 2015

EL ARMAMENTO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1939-1945) EN EL MUSEO DE BRUSELAS.



Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 319 correspondiente al mes de enero de 2009, de la Revista "ARMAS", págs. 82-89.
El original está ilustrado por veintiocho fotografías en color.

Expuestos en el número anterior de ARMAS, los fondos que se conservan de nuestra Guerra Civil (1936-1939), nuevamente es el “Forum europeo de los Conflictos contemporáneos” del Museo Real del Ejército y de Historia Militar de Bélgica, el protagonista de estas páginas, si bien esta vez, dedicado al gran espacio referido a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Al igual que cuando en ARMAS nº 317 se trató el contenido de la sala de dicho museo referente a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la historia –en casi todos sus aspectos- vuelve a repetirse. 

El territorio belga fue otra vez invadido y ocupado rápidamente por las tropas alemanas, pasando a constituir, sobre todo en el periodo de su reconquista por los Aliados, escenario de alguna de las batallas más importantes que se libraron en el teatro de operaciones europeo.

Por tal motivo es lógico, tanto el interés de los belgas por dicho periodo de su historia reciente como la gran cantidad y variedad de armamento, uniformes y pertrechos de esa época que se exponen en su museo. 

Muy buena parte de todo ello se trata del mismo que fue utilizado por ambos bandos contendientes y que fue recuperado, de una u otra forma, para conocimiento y disfrute del público en general así como de los aficionados a la historia y al armamento militar en particular.

Bélgica y la II Guerra Mundial.

El conflicto dio comienzo el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia por parte de Alemania. Al tener aquella nación firmado meses antes un pacto de mutua defensa con Francia e Inglaterra, vista la política expansionista germana, se dio un ultimátum de dos días para retirarse. 

Transcurrido dicho plazo, sin que se cumpliera, Inglaterra, Australia, y Nueva Zelanda declararon formalmente la guerra a Alemania, haciendo seguidamente lo mismo Francia, Canadá y Sudáfrica.

De poco sirvió ello, ya que el 8 de septiembre las tropas alemanas alcanzaban Varsovia y el día 17 de ese mes, Polonia era atacada por sorpresa por la Unión Soviética como consecuencia de una cláusula secreta del “Pacto de no agresión” o también conocido como “Pacto Ribbentrop-Molotov” (ministros de asuntos exteriores germano y ruso respectivamente) que había firmado con Alemania el día 23 del mes anterior.

Atacadas por dos frentes, el 6 de octubre las últimas unidades polacas se rendían. Tras la conquista de este país y la llegada del invierno de 1939–1940, apenas se produjeron enfrentamientos en la zona occidental del teatro de operaciones europeo, dando lugar a un periodo que sería conocido como la “guerra de broma” (“drôle de guerre” o “ Sitzkrieg”), tal y como fue bautizada por la prensa de la época.

En cambio en la zona oriental, los rusos atacaron Finlandia el 30 de noviembre, que si bien no llegó a ser conquistada dada la fuerte resistencia ofrecida, si se vio obligada a firmar un tratado de paz y ceder diversas a la Unión Soviética diversas zonas fronterizas estratégicas.

A su vez Alemania, con la llegada de la primavera de 1940, comenzó nuevamente a movilizar sus ejércitos, iniciando a partir del 9 de abril la invasión de Dinamarca y Noruega. La primera fue conquistada enseguida y la segunda, a pesar de la ayuda británica, terminó también por ser derrotada y ocupada.

Mientras tanto Bélgica, al igual que otros países europeos, se había declarado neutral desde el comienzo de la invasión de Polonia, intentando permanecer al margen del conflicto que acababa de producirse.

De hecho, a pesar de haber sufrido la invasión alemana y sus terribles secuelas durante la Primera Guerra Mundial, así como haber recibido en compensación algunos puestos estratégicos y un mandato sobre parte de las antiguas colonias germanas en Africa, que podrían haber hecho que se inclinara a favor de los Aliados, no mostró beligerancia ni hostilidad alguna frente a su antiguo enemigo, llegando a existir incluso, corrientes de simpatía.

Pero la realidad era que el conflicto no había hecho más que empezar. Poco después, Alemania terminó por lanzar su ofensiva en el frente occidental, concretamente el 10 de mayo de 1940, comenzando la invasión de Bélgica, Luxemburgo, Holanda y Francia. La “blitzkrieg” o “guerra relámpago” materializada por las tropas germanas alcanzó su máxima expresión en las semanas siguientes.

Holanda fue prácticamente arrollada y Bélgica, poco más de dos semanas después, concretamente el 27 de mayo, solicitaba el armisticio, por decisión unilateral del rey Leopoldo III, que no contó con la opinión del gobierno presidido por Paul-Henri Spaak. 

El ejército belga, que inicialmente y a pesar de su manifiesta inferioridad en recursos humanos y materiales frente al poderoso adversario, se había resistido al avance alemán, terminó por rendirse a estos. Mientras tanto el monarca, comandante en jefe del ejército, quedaba recluido en su palacio de Laeken. 

Bélgica fue rápidamente y ya sin resistencia alguna, ocupada por el ejército germano. Atrás quedaban hechos de armas que han pasado a formar parte de los libros de historia como la del fuerte belga de Eben Emael, que tenía fama de inexpugnable y que estaba ubicado cerca de la ciudad holandesa de Maastrich. 

Sus restos pueden visitarse hoy día así como un interesante museo de armas, uniformes y pertrechos de la época. En su interior murieron buena parte de los defensores como consecuencia del intrépido y sorpresivo ataque de paracaidistas alemanes que aterrizaron sobre él, abordo de aviones planeadores y la estudiada utilización de potentes “cargas huecas” explosivas contra los recios muros y cúpulas de hormigón de la fortaleza, no sirviendo para nada los numerosos cañones y ametralladoras con que estaba dotada. Y todo aquello ocurrió apenas 24 horas iniciada la invasión.

Finalmente, restos del ejército belga que no quisieron entregar las armas, junto a tropas expedicionarias británicas que habían sido enviadas en apoyo de sus aliados, así como unidades del ejército francés, derrotadas, perseguidas y acorraladas por las fuerzas acorazadas alemanas en las playas francesas de Dunquerke, terminarían por ser evacuadas a Inglaterra “in extremis”, en un número aproximado de 340.000 efectivos. 

Hoy día todavía no están claras las razones por las cuales Hitler ordenó detener a pocos kilómetros el avance de su ejército sobre dicho punto y permitir la evacuación de tan importante número de soldados que terminarían volviendo a ser empleados contra él.

Entretanto, aunque una parte de la población belga comulgaba con la actitud de su rey, la mayor parte se encontraba en desacuerdo, formándose un gobierno en el exilio, primero en Francia, y tras ser invadida ésta por Alemania y capitular el 22 de junio, tuvo que huir a Inglaterra, desde donde pidió la abdicación del monarca tachado de traidor.

Ajeno a ello, en el mes de noviembre, Leopoldo III se reunió con Hitler consiguiendo algunas mejoras para la población y la liberación de unos 50.000 soldados belgas que se encontraban prisioneros, lo cual lejos de ser considerado un intercesión humanitaria del monarca en favor de sus tropas cautivas fue considerado por los opositores a la presencia alemana como un inequívoco signo más de colaboracionismo con el invasor.

Los belgas terminaron por dividirse. Mientras la mayoría no tenía más remedio que soportar la ocupación germana, adquirieron protagonismo dos sectores bien diferentes y enfrentados. 

Uno, manifiestamente favorable a los alemanes, estuvo representado por la mayoría de los militantes y simpatizantes del Partido Rexista, de ideología profundamente anticomunista, liderado por Leon Degrell (tras la guerra huiría a España donde permaneció hasta su muerte en Málaga en 1994), mientras que el otro sector estaría encarnado por la “Resistencia”, que aglutinaría a ciudadanos belgas de diversas ideologías, si bien los comunistas tendrían un peso específico, a los que unía su espíritu de liberación nacional y de lucha contra el invasor extranjero.

Durante la contienda, Bélgica sufrió numerosos ataques aéreos de los Aliados que causaron numerosas víctimas entre la población civil. 

En otoño de 1944 comenzó la reconquista del territorio belga, si bien dicho país sería escenario todavía de numerosos combates, siendo una de las más importantes batallas del escenario occidental europeo, la de Las Ardenas, librada en el mes de diciembre. Vestigio de aquello es hoy día el interesante museo ubicado en la localidad belga de La Gleize y que ya fue objeto de un artículo en ARMAS nº 313.

Antes de la total liberación del país, con el repliegue de las tropas germanas, Leopoldo III, que había sido forzadamente evacuado, primero a Alemania y después a Austria, terminando por pasar a Suiza, nunca más volvería a ser aceptado por la mayoría de los belgas, que no perdonarían su colaboracionismo con el invasor germano, terminando por verse obligado –tras un periodo de exilio- a abdicar en 1951 en beneficio de su hijo Balduino.

Más de cinco años después de su comienzo, concretamente el 2 de mayo de 1945, finalizaba, tras la rendición de Alemania, el conflicto mundial en el teatro de operaciones europeo (algunas unidades germanas lo harían algunos días más tarde), prolongándose todavía la guerra en el teatro asiático hasta el 2 de septiembre siguiente, fecha en la que finalmente se rindió Japón (algunas unidades niponas se rendirían días después).

Atrás quedaba la contienda más brutal que hasta el momento ha conocido la Humanidad, con más de setenta países participantes, de una u otra manera, así como más de cincuenta millones de muertos.

El Museo de Bruselas.

La gran cantidad de armamento, uniformes, vehículos, pertrechos y efectos relativos a la Segunda Guerra Mundial que se exponen en el recinto museístico de Bruselas es imposible de ser reseñado, siquiera fotográficamente en estas páginas, si bien sirven de pequeña muestra las imágenes que las ilustran.

Todos esos fondos se hayan expuestos en la llamada sala “Halle Bordiau”, denominada así en honor de su arquitecto, el belga Gédéon Bordiau, y cuya altura interior llega a alcanzar los 35 metros, llamando la atención las construcciones arqueadas y los rosetones de las ventanas.

En su interior se pueden distinguir perfectamente diversos espacios o zonas, diferenciándose los dedicados a la propia experiencia y vicisitudes belgas, de los del resto de países contendientes. 

Así entre los primeros se encuentran varias salas, con sus correspondientes vitrinas, recreaciones y dioramas, referentes a la ocupación alemana de Bélgica, la vida cotidiana de su población con sus restricciones y carencias, la actuación del movimiento de “resistencia” contra el invasor, la colaboración de los rexistas de Degrell y la tragedia de la deportación de los judios belgas y los campos de concentración a los que fueron enviados.

Otra parte muy importante está dedicada al ejército alemán y al resto de países contendientes, incluido por supuesto el propio belga. Destaca la gran variedad de armamento portátil (alguno muy poco conocido), uniformes, pertrechos y efectos que que exponen en cada vitrina, perfectamente clasificada por países, y que como es habitual en todo el museo, se halla perfectamente identificado y explicado, tanto en francés como en neederlandés, las dos principales lenguas oficiales de Bélgica.

También es de destacar la colección de piezas de artillería de campaña y antiaérea, morteros y otras armas de apoyo, así como ametralladoras pesadas y vehículos militares que el visitante puede contemplar, llegando a formar parte, con frecuencia, de recreaciones y diaromas, de tamaño real y gran veracidad, que escenifican momentos de la vida en campaña y de los combates que entonces se libraban.

Por último, mencionar también la gran cantidad de planos, carteles, pasquines, periódicos, revistas, documentos, efectos, utensilios, etc., correspondientes a aquella época, que también se conservan allí y que sirven para ambientar y satisfacer el conocimiento o la curiosidad de cuantos visitan esa zona del museo.

En definitiva, los numerosos fondos de la Segunda Guerra Mundial que se exponen en el Museo de Bruselas, pueden enmarcarse en el grupo de las colecciones más interesantes y mejor conservadas que existen en la Europa continental y que desde luego bien merecen su visita por los aficionados y estudiosos de la historia de dicho conflicto.


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