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martes, 17 de febrero de 2015

EL ARMAMENTO DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914-1918) EN EL MUSEO DE BRUSELAS.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 317 correspondiente al mes de noviembre de 2008, de la Revista "ARMAS", págs. 88-95.
El original está ilustrado por treinta y cuatro fotografías en color.

La que fue denominada como la “Gran Guerra” y la “Guerra de las Guerras”
comenzó con una pistola belga FN modelo 1910 de 7’65 mm.

El 28 de junio de 1914 se perpetraba en Sarajevo el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio Austro-húngaro, y su esposa, Sofía Chotek.

El magnicida se trataba de un joven estudiante nacionalista serbio llamado Gavrilo Princip, quien efectuó varios disparos con una pistola belga FN modelo 1910 de 7’65 mm. browning. Sin embargo, muchos creyeron erróneamente que se trataba de un modelo 1900, más conocida en la época, lo cual motivó que desde entonces fuera bautizada, popular y equivocadamente, con el sobrenombre de “mata duques”.

Por cierto, precisamente en ARMAS nº 290, se tuvo la oportunidad de mostrar a los lectores la auténtica pistola protagonista de tan terrible suceso al igual que en los nº 18 y 144 se dedican sendos artículos a ambos modelos de la prestigiosa firma belga.

Como consecuencia de dicho atentado, cometido en la capital de Bosnia, entonces integrada en el Imperio Austrohúngaro, se exigió por parte de su gobierno, poder practicar una minuciosa investigación en el interior del territorio serbio. 

El asesino pertenecía a la organización paneslavista denominada “Mano Negra”, que aspiraba a unos Balcanes dominados por Serbia, motivo por el cual se tenía la sospecha de que estaba relacionada con los servicios secretos de dicho país.

Consecuente con ello, el 23 de julio siguiente, el Imperio Austro-húngaro lanzó a Serbia un ultimátum con la exigencia de responder en un plazo máximo de cuarenta y ocho horas.

De los diez puntos que éste contenía sólo uno no fue aceptado, lo cual se aprovechó por Austria-Hungría para declarar formalmente -el día 28- el inicio de hostilidades contra Serbia. Acababa de comenzar la que sería hasta entonces, la más extensa, terrible y sangrienta guerra de todas las conocidas.

No obstante, hay que decir que el luctuoso hecho acontecido en Sarajevo no fue más que el detonante de una tensa situación que se venía gestando desde mucho tiempo atrás, y que de no haber sucedido, más pronto que tarde otra hubiera sido la excusa para el inicio del conflicto armado.

Por un lado estaba la política expansionista del Imperio Alemán o II Reich, sometido al cerco diplomático de otras potencias europeas, entre las que destacaba Francia, que no podía olvidar la derrota que había sufrido en la Guerra Franco-Prusiana de 1870-71, con la pérdida de Alsacia y Lorena que pasaron a integrar la soberanía territorial germana.

Y por otra parte estaban las consecuencias de la descomposición del antiguo Imperio Otomano, que todavía hoy día -un siglo después- se siguen padeciendo, y que entonces dio lugar al nacimiento de Albania, Bulgaria, Grecia, Montenegro, Rumanía y Serbia como estados independientes. La conflictividad surgida entre algunos de ellos había dado ya lugar entre 1910 y 1913, a dos contiendas bélicas que han pasado a ser conocidas como las Guerras Balcánicas.

A su vez, detrás de todo ello estaban la rivalidad germano-británica por intereses coloniales y comerciales así como el afán expansionista del Imperio Austro-húngaro -incondicional aliado del alemán- hacia los Balcanes, así como el gran interés del Imperio Ruso, ligado cultural e históricamente a los eslavos –“pueblos del sur”- por poder tener salida a las aguas mediterráneas.

Dicha situación, que se estaba viviendo en el escenario europeo, había dado lugar desde hacía tres décadas a una política de alianzas entre las principales potencias de la época, pasando finalmente a constituir por una parte, Francia, Inglaterra y Rusia, la llamada Triple Entente, y por otra, Alemania, Austria-Hungría e Italia, la conocida como Triple Alianza.

El periodo conocido como el de la “Paz Armada”, durante el cual las diferentes potencias europeas dedicaron ingentes cantidades de capital para la adquisición de material bélico y durante el cual se inventaron y perfeccionaron nuevos tipos y sistemas de armas, había llegado a su fin.

El 29 de julio la flota austro-húngara del Danubio bombardeó la capital serbia, Belgrado, que respondió con su artillería. La guerra había comenzado a materializarse. Rusia anunció ese mismo día la movilización parcial de su ejército para acudir en defensa de Serbia.

El 1 de agosto Alemania declaró a su vez la guerra a Rusia y a partir de ahí, el conflicto fue extendiéndose en tiempo y espacio hasta superar el teatro de operaciones europeo e implicar a más de una treintena de países, no finalizando hasta cuatro años después, concretamente el 11 de noviembre de 1918.

El papel de Bélgica.

Ya que este artículo tiene como objeto final la impresionante y magnífica sala que dedica el Museo Real del Ejército y de Historia Militar de Bruselas a la Primera Guerra Mundial –y muy especialmente al armamento utilizado por todos los países contendientes- justo es dedicar al menos unas líneas a nuestra nación anfitriona.

El mismo día que Alemania declaró la guerra a Rusia, el gobierno belga anunció que mantendría su neutralidad armada en cualquier conflicto, postura que quedaba garantizada por Francia e Inglaterra. 

Sin embargo de poco le iba a servir ya que al día siguiente, 2 de agosto, Alemania invadió la también neutral Luxemburgo y lanzó un ultimátum a Bélgica para que permitiera atravesar su territorio a las tropas germanas sin impedimentos de ninguna clase, con la intención de prevenir un posible ataque francés.

Un día más tarde, 3 de agosto, el gobierno belga lo rechazó rotundamente mientras que Francia e Inglaterra le confirmaron su apoyo armado en caso de sufrir el ataque del ejército alemán. 

La respuesta de los germanos no se hizo esperar y ese mismo día declararon la guerra a Francia, haciendo lo mismo también con Bélgica a la mañana siguiente e invadiendo a continuación su territorio, lo cual provocó a su vez la declaración formal de guerra por parte de Inglaterra, ya que era garante de la soberanía belga.

Desde 1839, nueve años después de la creación de Bélgica como estado soberano, estaba en vigor un Tratado mediante el que se garantizaba la neutralidad de dicha nación en caso de un conflicto en el que estuvieran implicados Alemania, Francia e Inglaterra.

Los alemanes activaron el llamado Plan Schlieffen, ideado en 1905 y bautizado así en honor a su promotor, un antiguo jefe del Estado Mayor del II Reich llamado Alfred Graf von Schlieffen. 

Dicho plan, pensado para el caso de que se tuviera que combatir simultáneamente en el frente occidental y oriental, consistía básicamente en que Alemania cedería inicialmente posiciones en el este de Prusia Oriental y se retiraría al Bajo Vístula, todo ello en beneficio del frente oeste para poder dedicar el mayor esfuerzo ofensivo contra Francia, su principal enemigo de la época.

Según lo planeado, Alemania lanzaría el grueso de sus fuerzas a través de Bélgica con la pretensión de evitar las fortificaciones defensivas fronterizas galas –conforme su idea de maniobra- para envolver rápidamente desde el norte, y con el máximo de medios en su ala derecha, las débiles posiciones francesas de esa zona, romperlas a continuación, cercar a las tropas enemigas y destruirlas finalmente. 

Nada más alcanzar dicho objetivo, reconcentraría la mayor parte de sus recursos en el frente oriental y lanzaría una potente ofensiva sobre Rusia cuya movilización militar era más lenta.

El rey Alberto llamó a valones y flamencos para tomar las armas y defender Bélgica, llegándose a movilizar 267.000 hombres, aunque apenas pudieron resistir la poderosa embestida del ejército alemán y su potente artillería, que en poco tiempo atravesó por la fuerza de las armas buena parte de su territorio y atacó a los franceses en su propio suelo.

Sin embargo, el Plan Schlieffen, cuyo autor no llegó a ver su activación ya que había fallecido en 1913, no dio finalmente el fruto esperado, dada la fuerte resistencia ofrecida por las tropas franco-británicas en la sangrienta Batalla del Marne que se libró a principios del mes de septiembre de 1914. Aquello obligó a los alemanes a detener su ofensiva y dio paso a lo que sería conocida como la terrible guerra de las trincheras.

Bélgica fue escenario a lo largo del conflicto, de durísimos combates entre ambos bandos, falleciendo en los mismos centenares de miles de combatientes. 

Mención especial merece la ciudad belga de Ypres y su entorno, que pasó a la historia por ser el primer lugar donde se emplearon gases tóxicos -22 de abril de 1915- y que sufrió una devastación total siendo necesaria su completa reconstrucción al finalizar la guerra. Hoy día posee un interesantísimo museo dedicado a aquella contienda y tiene en sus alrededores un total de 170 cementerios militares.

La Primera Guerra Mundial supuso al ejército belga unas 93.000 bajas (14.000 muertos, 45.000 heridos y 34.000 prisioneros y desaparecidos) además de la vida de más de 30.000 civiles. Si bien se tratan de unas cifras comparativamente muy pequeñas respecto a las de otros países que superaron el millón de muertos, revistieron gran importancia para esa pequeña nación que había pretendido mantenerse neutral.

La importancia del armamento.

Cuando comenzó la contienda todos pensaron que sería corta y que finalizaría para antes de Navidades. Nada más lejos de la realidad. El empleo masivo inicial de la infantería fue demencial y pronto se probó estéril frente al nuevo tipo de armas que con profusión se emplearon en los frentes, constituyendo prácticamente también el fin de las cargas de la caballería.

Desde la Guerra Franco-Prusiana de 1870-71, el armamento había evolucionado mucho y su peso en el combate sería decisivo. Fusiles de repetición, ametralladoras y artillería pesada, serían las grandes estrellas en el combate terrestre, junto al mortero, que vería la luz como consecuencia de la guerra de trincheras. Otros inventos como el gas tóxico y los lanzallamas fueron también novedosos en dicho conflicto.

Todas las armas fueron mejoradas y el empleo de algunas de ellas obligó a modificar, a costa de centenares de miles de vidas, la propia táctica de los ejércitos. Así por ejemplo, en defensiva, la ametralladora acabó con los ataques de la caballería y los masivos de la infantería.

La dilatada guerra de trincheras obligó a las fortificaciones de posiciones y refugios, reforzándolas y protegiéndolas como nunca había sido necesario hasta entonces.

La artillería, a su vez, multiplicó los calibres hasta cifras no conocidas antes, aumentó el alcance de los proyectiles y mejoró las direcciones de tiro, obteniendo con ello una mayor eficacia, pasando a ostentar un protagonismo trascendental en las batallas.

Otros medios novedosos fueron el carro de combate –bautizado inicialmente con el nombre de tanque- y el avión, aunque todavía en esta contienda tendrían una participación y efectividad muy primarias.

La Sala 1914-1918 del Museo.

El Museo Real del Ejército y de Historia Militar de Bruselas conserva y expone una de las mejores y más completas colecciones europeas de armamento portátil y uniformes de todos los países contendientes en la Primera Guerra Mundial que se pueden visitar. 

También es de justicia destacar su gran variedad de armas de apoyo y piezas de artillería y municiones así como la magnífica restauración que presentan algunos de los carros de combate más emblemáticos de la contienda.

Desde luego la primera impresión que se lleva el visitante no puede ser mejor cuando al abandonar la “Sala Histórica”, se adentra en la “Sala 1914-1918”, tras serle franqueada la entrada por un soldado alemán que monta guardia en su garita de campaña. 

A sus ojos se abre un amplio espacio repleto de toda clase de material bélico de la época, perfectamente ordenado, identificado y descrito en los dos principales idiomas oficiales de Bélgica –francés y neerlandés- sobrevolados por un aeroplano militar germano que pende colgado del techo.

El armamento portátil, que comprende tanto armas blancas (espadas, sables y bayonetas) como de fuego (pistolas, revólveres, carabinas, mosquetones y fusiles) así como el de apoyo (ametralladoras medias y pesadas, además de morteros) se expone en vitrinas específicas dedicadas en exclusiva a ello, bien como complemento de los maniquíes que visten la diferente uniformidad de cada país contendiente en su correspondiente expositor o bien en manos de los propios protagonistas en alguna de las recreaciones existentes.

Entre los complementos, pertrechos y demás materiales de uso bélico destacan tanto los primeros tipos de máscara antigás que tuvieron que emplear los combatientes ante el novedoso uso de tan mortífera arma química como los curiosos y pesados protectores corporales y de cabeza –especie de chalecos y cascos de acero- que portaban aquellos que ocupaban determinados puestos en las trincheras de vanguardia.

Y por último, no pueden dejarse de mencionar los cuadros de pintura sobre temática bélica, las banderas y estandartes así como diversos carteles de propaganda militar difundidos por algunos de los países contendientes.

Bien sirva, tan sólo a modo de una muy pequeña representación ante el elevadísimo número de piezas que se exponen, las fotografías que ilustran estas páginas y sus correspondientes comentarios a pie de las mismas.

Balance final.

En la Primera Guerra Mundial participaron un total de 32 países, que a su vez se dividieron en dos bandos muy desiguales: 28 por un lado y 4 por otro. 

Entre los primeros destacaron, por orden alfabético, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Francia, Grecia, Inglaterra, Italia, Japón, Portugal, Rumania, Rusia y Serbia, mientras que en frente tenían a los Imperios Alemán, Austro-húngaro, y Otomano así como a Bulgaria.

Lo más terrible de aquella contienda fue el elevadísimo coste de vidas humanas -realmente impresionante- que llegó a alcanzar una cifra absolutamente desconocida hasta entonces y que los historiadores no terminaron de concretar pero que rondaba los doce millones de muertos.

Pero lo peor de todo fue que la que se conoció como la “Guerra de todas las Guerras” y la “Guerra que pusieran fin a todas las Guerras”, no sirvió para que se aprendiera de las terribles consecuencias que un conflicto de esas características y dimensiones tenía para la Humanidad, pues apenas dos décadas después comenzaría la Segunda Guerra Mundial, que casi quintuplicaría el coste de vidas humanas, amén de los cuantiosísimos daños materiales que se producirían.

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