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domingo, 22 de febrero de 2015

GADITANOS QUE MURIERON LEJOS DE SU TIERRA: LA HISTORIA DEL CAPITAN DE NAVÍO HORACIO PEREZ.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CADIZ" el 18 de julio de 2009, pág. 14.
El original está ilustrado por una fotografía en blanco y negro.

Fue Jefe del Estado Mayor de la Flota Republicana
y lo fusilaron en Valencia el 17 de abril de 1939.

A pesar de que han transcurrido ya setenta años desde que finalizó nuestra trágica Guerra Civil todavía quedan muchas historias por contar y por descubrir. No se trata de remover la llama de viejos y caducos rencores que hoy día sólo puede arder en corazones mezquinos, sino de dar voz a los que no tuvieron la oportunidad siquiera de ser recordados.

La historia siempre está llena de asignaturas pendientes y una de ellas, cuando se habla de nuestra incívica contienda, es la de los oficiales de la Armada que no se sublevaron contra la República. Fueron una minoría respecto a sus compañeros y sus razones para no unirse a ellos fueron a veces tan diversas como contradictorias, pero el caso es que no lo hicieron.

La oficialidad de la Marina pagó un alto tributo en la Guerra Civil. Algunas de las páginas más vergonzosas de la República, y que más desprestigio internacional le causó, están escritas con la sangre de la brutal represión inicial que derramaron en buques y bases republicanas. Eso fue verdad y constituye una realidad histórica que no se puede cuestionar.

Sin embargo poco se sabe y menos se ha investigado y escrito sobre la terrible represión, y no sólo inicial, que también sufrieron los marinos que no quisieron unirse a sus compañeros sublevados contra la República.

Sus nombres apenas son recogidos en los libros de historia sobre la Guerra Civil. Muchos de ellos no tienen quien les recuerde y su memoria, como la del resto de perdedores, quedó proscrita para las siguientes generaciones.

Tal es el caso de Horacio Pérez Pérez, nacido en San Fernando, con muchos años de destino en la misma e hijo de una conocida familia isleña de la época. La sublevación militar del 18 de julio de 1936 le sorprendió como capitán de corbeta en Madrid donde se encontraba pasando unos días de descanso tras haber realizado un curso en la Escuela de Guerra Naval.

En cambio a su hermano Virgilio, también capitán de corbeta, le sorprendió en San Fernando donde estaba destinado como jefe de la estación de radio de la base naval de Cádiz. Detenido tras iniciarse la rebelión y encarcelado a continuación, fue asesinado finalmente el 28 de agosto siguiente, sin juicio previo alguno, en las proximidades de La Carraca, junto al de igual empleo, Francisco Biondi Onrubia, el comandante de Intendencia Antonio García Moles, el comandante Manuel Sancha Morales y el capitán Enrique Paz Pinacho, estos dos últimos de Infantería de Marina. Sus tristes vicisitudes ya fueron relatadas en DIARIO DE CADIZ de 18 de julio de 2005.

En cambio la historia de Horacio había permanecido sumida en las tinieblas del olvido durante setenta años. Sin embargo, ahora, tras una minuciosa investigación que iniciada en Cádiz finalizó en tierras levantinas, ha podido ser rescatada, gracias a los expedientes que se conservan en los archivos del Registro Civil de Paterna y del Juzgado Togado Militar Territorial nº 13 de Valencia.

El 8 de abril de 1939 Horacio fue juzgado por el Consejo de Guerra Permanente nº 1 de Valencia bajo la paradójica acusación de ser autor de un delito de rebelión militar. La sentencia fue describiendo todas sus culpas que terminaron justificando, tras una farsa de juicio, su condena a muerte.

Observó “una actitud pasiva en relación con el alzamiento”, el 22 de agosto de 1936 se presentó “en el Ministerio de Marina haciendo acatamiento al llamado Gobierno rojo”, prestó seguidamente sus servicios en la Sección de Personal y después como secretario técnico del subsecretario del ministerio hasta que el 19 de septiembre comenzó a asumir responsabilidades de mayor trascendencia.

Primero desempeñó una comisión encargada de reparar y poner en marcha los aparatos de tiro de varios barcos, y después fue “Jefe de Información del Estado Mayor de la Flota roja y Jefe de Estado Mayor de la misma, cuyo cargo desempeñaba al tener lugar el combate del Cabo de Palos en que fue hundido el crucero nacional Baleares”.

Tampoco se le perdonó que cuando tuvo que realizar varias navegaciones en fechas diferentes por aguas extranjeras como comandante circunstancial de los buques de guerra “José Luis Díez” y “Almirante Antequera”, estando en los puertos ingleses y franceses, “no trató de pasar a Zona Nacional, ni de ponerse en contacto con nuestras Autoridades, ni de realizar el menor acto a favor de nuestra causa, siendo de advertir que tanto durante su permanencia en la zona roja como en la escuadra y en territorio extranjero tuvo completa libertad sin estar sometido a medidas extraordinarias de vigilancia ni haber sufrido coacción concreta en ningún caso”.

El hecho de que no le constaran antecedentes políticos ni hubiera pertenecido nunca a un partido político, en nada le ayudó y en cambio si le perjudicó que, mientras “estuvo sirviendo al Gobierno rojo llegó a ser habilitado el empleo de Capitán de Navío y fue además recompensado con la Placa del Valor por haber tomado parte como Jefe de Estado Mayor de la Flota roja en el combate del Cabo de Palos”.

Finalmente el tribunal militar, decidió condenarlo a la pena de muerte, considerando que “también concurre como agravante su destacada perversidad puesta de manifiesto no sólo dada la naturaleza de los destacados servicios prestados a los rojos, sino también por el hecho de haber estado en varias ocasiones distintas en territorio extranjero disfrutando de plena libertad sin haberse puesto a disposición de las Autoridades Nacionales hasta que fue hecho prisionero por las fuerzas nacionales”.

El auditor de guerra del Ejército de Ocupación de Levante aprobó ese mismo día la sentencia que declaró firme a expensas de recibirse el enterado del asesor jurídico del “Cuartel General del Generalísimo”. El 13 de abril se remitió desde Burgos el temido telegrama: “S.E. el Jefe de Estado se da por enterado de la pena impuesta al capitán de corbeta Don Horacio Pérez Pérez”.

Cuatro días después fue conducido desde Valencia hasta Paterna y fusilado al amanecer. Aunque en el registro civil de dicha ciudad se localizó la inscripción de su muerte, la búsqueda de su tumba en el cementerio municipal fue infructuosa no quedando tampoco constancia de ello en los libros de enterramientos que se conservan en el archivo local. Como en otros tantos casos sus restos se debieron perder en alguna fosa común.

Horacio, al igual que otros muchos gaditanos que en 1936 salieron de su tierra, nunca volvió a ella.


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