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domingo, 8 de febrero de 2015

EL BILAUREADO GENERAL JOSÉ ENRIQUE VARELA IGLESIAS (1891-1951).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 22 correspondiente al mes de marzo de 2014, del Boletín "Stabat Mater", págs. 34-35.
El original está ilustrado por una fotografía en blanco y negro.

Cuando recibí la petición de escribir un breve artículo sobre tan ilustre personaje para el Boletín de la Hermandad, tengo que confesar que sentí una gran responsabilidad y lo consideré todo un honor que agradezco muy sinceramente a la Junta.

Responsabilidad por lo que entraña intentar enriquecer el conocimiento de los miembros de la Hermandad sobre el titular de las dos Cruces Laureadas de San Fernando que cada Viernes Santo luce Nuestra Señora de la Soledad.

Y honor por lo que de reconocimiento tiene por parte de la Junta al ser depositario de tan preciadas condecoraciones castrenses en nombre de su hija, Casilda Varela de Ampuero, y de su nieto y actual III Marqués de Varela de San Fernando, José Enrique Varela Urquijo.

Dado el breve espacio disponible en el Boletín y la magnitud de la impresionante biografía de nuestro protagonista, que llegó a ser Ministro del Ejército y ha dado lugar incluso a tesis doctorales y voluminosos libros, me centraré en aquellas vicisitudes que puedan ser de mayor interés para los hermanos de la Soledad.

El bilaureado General Varela, cuya figura ecuestre preside nuestra plaza del Rey, desde 1946 como Hijo Predilecto de San Fernando, título otorgado por el Ayuntamiento el 13 de junio de 1923, nació en nuestra ciudad el 17 de abril de 1891.

Su padre se llamaba Juan Varela Pérez y era sargento de la banda de cornetas del Primer Regimiento de Infantería de Marina y su madre era Carmen Iglesias Pérez, teniendo tres hermanas llamadas Ángeles, Elena y Carmen.

Bautizado en la Iglesia Castrense de San Francisco, celebró su primera comunión en las Carmelitas de la Caridad, cursando la mayor parte de sus estudios en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina.

Desde niño quiso ingresar en la Academia de Infantería, pero la modesta situación económica familiar se lo impidió cuando contaba 14 años de edad. Por ello, primero fue educando de corneta en la banda de su padre y posteriormente soldado, cabo y sargento de dicho Cuerpo, pudiendo por fin ingresar, en 1912, cuando contaba ya 20 años de edad, como cadete en el Alcázar de Toledo.

Tres años más tarde obtuvo el despacho de Segundo Teniente siendo destinado a Melilla, donde pronto pasó a una de las unidades más combativas en primera línea: el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas nº 4 de Larache.

Enseguida recibió su bautismo de fuego y pocos meses después le fue concedida su primera condecoración de campaña. Ascendido en 1917 a Primer Teniente continuó en Regulares, tomando parte en cuantas operaciones se realizaron. 

Dos años después sufrió la primera de sus seis heridas de guerra en Marruecos. Recibió un disparo que le atravesó el brazo izquierdo, negándose a ser evacuado al hospital, al rescatar al frente de su sección el cuerpo de un cabo español y su fusil que estaban siendo llevados por el enemigo.

El teniente Varela continuó persiguiendo en todo momento los puestos de mayor riesgo y fatiga, que bien pronto y de forma inigualable, le hicieron acreedor a las dos Cruces Laureadas de San Fernando, las cuales solían concederse a título póstumo, pues no era habitual sobrevivir a la acción recompensada. De hecho fue el único en lucirlas en la categoría de oficial.

La primera la ganó el 20 de septiembre de 1920 al mando de una sección de veinte hombres atacando la cueva de Ruman (Larache) donde el enemigo se había hecho inexpugnable. Cuando la conquistaron sólo quedaban en pie Varela y cuatro de los suyos.

Poco después acreditaba nuevamente su extraordinario valor y heroísmo con motivo de la defensa de la meseta de Abdama, acontecida el 12 de mayo de 1921. Aquel día, de los 87 hombres que componían su compañía fueron baja 4 oficiales y 50 de tropa, manteniéndose en la posición al mando del resto de la fuerza sin perder un palmo de terreno aún a pesar de los fortísimos ataques lanzados por el enemigo.

Ascendido en 1921 a Capitán por méritos de guerra, el propio Rey Alfonso XIII le impuso las dos Laureadas en Sevilla el 15 de octubre del año siguiente, tras un solemne acto de entrega de una bandera a su Grupo de Regulares. Dicha enseña fue concedida como premio al heroísmo de dicha unidad, que hasta entonces había sufrido 140 bajas de jefes y oficiales así como más de 1.500 de tropa.

Fruto del entusiasmo popular y el ensalzamiento de la prensa, se fueron rindiendo uno tras otro numerosos homenajes al bilaureado oficial que se convirtió en el héroe de España.

Procedía de una familia muy modesta, se le consideraba miembro del pueblo llano y por méritos propios a golpe de valor y bizarría había destacado entre todos. Su generosidad, simpatía y locuacidad gaditana, hacían la delicia de propios y extraños.

Sin embargo todo ello no deslumbró a Varela, cuya sencillez fue siempre una de sus mejores virtudes, llegando incluso a declinar cortésmente el Ducado de Rumán y el Marquesado de Abdama que le ofreció Alfonso XIII tras los actos de Sevilla. 

El Rey, lejos de ofenderse resaltó semejante muestra de modestia y lo nombró, ya sin derecho a réplica, Gentilhombre de Cámara y dispuso además su ingreso en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

Asimismo, por iniciativa popular de los vecinos de San Fernando, se le regaló una lujosa espada-sable, damasquinada en oro y con el escudo de la ciudad grabado en su cazoleta. 

En su hoja y flanqueada entre dos laureadas se grabó con letras de oro: "Los ciudadanos de San Fernando al heroico Capitán Excmo. Sr. D. José Enrique Varela Iglesias". El cuidado estuche de madera noble que lo contenía tenía la siguiente dedicatoria: "Al heroico hijo de San Fernando, Excmo. Sr. D. José Enrique Varela Iglesias, Capitán del Ejército Español".

Aquellos fueron los primeros pasos de una de las más brillantes trayectorias militares españolas del siglo XX. Finalmente, lo que no pudieron las balas, lo logró una cruel enfermedad. 

El 24 de marzo de 1951, cuando todavía no había cumplido los 60 años de edad, siendo Alto Comisario de España en Marruecos, falleció de un largo y silencioso proceso de leucemia en Tánger.

Su cuerpo fue trasladado a Tetuán, residencia de la Alta Comisaría, y seguidamente a Ceuta para desde allí, en un buque de guerra español, hasta Cádiz. 

El día 27 fue enterrado con la única mortaja del hábito de la Orden Terciaria Franciscana, a la que pertenecía -pues siempre fue hombre de profundas y católicas convicciones- en su ciudad natal, siéndole rendidos honores de Capitán General, en medio de un impresionante duelo popular como nunca antes se había conocido en San Fernando.

El mismo 24 se dictó un decreto de la Jefatura del Estado, concediéndole el empleo de Capitán General del Ejército, ya que "Justo es de quien en vida tanto dio y honró a su Patria, ésta le rinda el máximo homenaje elevándole la suprema categoría en el Ejército". 

También se le concedió para si y sus descendientes el título de Marqués de Varela de San Fernando, que actualmente ostenta su nieto José Enrique.

Han transcurrido desde entonces más de 60 años y su figura -al margen de connotaciones demagógicas- sigue siendo una de las más brillantes de la Historia Militar española y de la de su ciudad natal.

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