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viernes, 20 de febrero de 2015

LA PRODUCCION ARMERA BELGA (1815-1914): UN SIGLO DE HISTORIA.



Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 321 correspondiente al mes de marzo de 2009, de la Revista "ARMAS", págs. 76-82.
El original está ilustrado por veintinueve fotografías en color y tres en blanco y negro.

En la denominada “Sala Técnica” del Museo Real del Ejército y de Historia Militar de Bruselas, se expone, entre otro material, todo el armamento portátil reglamentario belga del siglo XIX y principios del XX.

Cuando uno cree que ya ha disfrutado de casi todo el contenido de este impresionante espacio museístico dedicado a la historia militar y el armamento, que trasciende mucho más allá de las fronteras de Bélgica, le aguarda todavía una muy grata sorpresa. Se trata de la última sala, justo antes de acceder a la magnífica y extensa tienda de recuerdos y regalos,

Una vez traspasada la reproducción en mural de lo que fuera la fachada de la “Manufactura de Armas del Estado” -cuyos orígenes se remontan a 1838 en Lieja- el visitante se halla ante una sala de grandes dimensiones. En ella se expone una privilegiada y completísima colección original belga compuesta por más de un millar de armas -blancas y de fuego- de la que se ofrece una selección fotográfica en estas páginas.

Dicho esto, hay que precisar que hablar en “ARMAS” de Bélgica, es hablar de tradición armera, una tradición, que al contrario que la española -la cual contaba con muchísima más historia- ha sabido mantenerla, adaptarla a los tiempos actuales y lo que es más difícil, afianzar su futuro, algo que lamentablemente no se ha sabido o no se ha querido hacer en España.

Y para entender los orígenes y razones de esa envidiable tradición armera, debe comenzarse recordando que buena parte de lo que hoy conforma el territorio del estado belga –de estratégica ubicación continental entre dos potencias enfrentadas- ha sido durante siglos, uno de los principales campos de batalla de Europa, y no sólo en las dos guerras mundiales del siglo XX, tal y como ha quedado acreditado en anteriores artículos, sino también en las libradas durante el XVIII y XIX e incluso anteriores.

Otro factor determinante fue la existencia allí de materias primas como el carbón y el hierro así como una buena red viaria que facilitara el comercio, la accesibilidad a fuentes de energía y la disponibilidad de mano de obra cualificada.

Todo ello facilitó a partir del siglo XIV, el surgimiento de la actividad industrial armera en ciudades como Bruselas, Tournai y Malines, entre otras. Sin embargo, su verdadero esplendor comenzaría en Lieja con el siglo XVII y sus armas empezarían a ser utilizadas por ejércitos de Francia, Prusia, Holanda, Austria, Baviera e incluso de España.

A éste último efecto no hay que olvidar que la mayor parte de lo que hoy es Bélgica, estuvo integrado durante la segunda mitad del siglo XVI y todo el XVII en el Imperio español y que por lo tanto, sus planes de fabricación, según afirma J.E. Casariego en su “Tratado histórico de las Armas” (Editorial Labor, 1982), fueron a veces de acuerdo con los de nuestra fábrica de armas de Placencia (Guipúzcoa), la más antigua de las fábricas del Estado español dedicadas a las armas portátiles de fuego y blancas.

Otra circunstancia muy singular a tener en cuenta es que el Principado-obispado de Lieja, que era un estado eclesiástico que existió entre el siglo X y XVIII y perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico, siempre declaraba su neutralidad frente a los conflictos bélicos de la época, gracias a lo cual, podía exportar su producción armera a los diferentes países contendientes. Asimismo Lieja se convirtió en uno de los puntos más importantes de reparación de las armas que sufrían el lógico desgaste y deterioro de su uso en guerra.

El periodo francés.

La Revolución francesa de 1789 y la posterior invasión de Bélgica durante las llamadas “Guerras Revolucionarias”, conllevarían la ocupación y control militar del centro de producción armera de Lieja. Las armas salidas de sus fábricas y talleres servirían en buena parte para abastecer la maquinaria bélica del ejército francés, que prácticamente vivió en un constante estado de guerra entre 1794 y 1814.

Un punto de inflexión se produjo en 1795 con la creación en Lieja, de la mano de Jean Gosuin, un antiguo fabricante y comerciante de clavos que simpatizaba con la Revolución francesa, de la “Manufactura de Armas de guerra”, siéndole concedido el monopolio de su fabricación durante los seis años siguientes.

A partir de 1801 dicho monopolio fue continuado por la familia de célebres armeros franceses apellidada Boutet. No obstante, dado el periodo de constante actividad bélica, se hizo necesario también que la fabricación de armas siguiera subcontratada con los pequeños talleres armeros de la zona, si bien sometidos al correspondiente control de un inspector de artillería.

Tras años después, en 1804, el gobierno imperial francés instaló también una fábrica de platinas, y seis años más tarde, en 1810, la creación de un banco oficial de pruebas, uniformó la calidad de las armas hechas en Lieja.

La producción fabril en ese periodo fue tal que se fabricaron una media anual de 24.000 fusiles del “modelo 1777 modificado año IX”, denominado así por tratarse de una versión del fusil reglamentario francés “modelo 1777” que fue modificada y adoptada en el noveno año de la Revolución francesa. Las necesidades bélicas napoleónicas fueron elevando la media anual de producción belga citada hasta alcanzar en 1813 la cifra de 44.000 unidades.

Con este modelo modificado, Francia prácticamente culminó tres siglos de evolución en la historia de su armamento de fuego. Utilizado por su infantería, protagonizó prácticamente todos los conflictos armados en los que participaron hasta 1815, incluida por lo tanto nuestra Guerra de la Independencia (1808-1814).

La caída de Napoleón en 1814 conllevó el descenso de la producción armera y la desaparición de la que fue conocida como la “Manufactura imperial”, calculándose no obstante que se fabricaron en la zona armera de Lieja durante el periodo 1821-1829 un total de 222.090 fusiles de guerra y se probaron 1.206.727 cañones.

La soberanía belga.

La Revolución de 1830 dio lugar a la creación del estado nacional de Bélgica. Una de las principales prioridades del gobierno provisional para mantener su independencia y soberanía fue organizar y armar a su novel ejército, compuesto en agosto de 1831 por unos 30.000 soldados de infantería y unos 2.000 de caballería, a los que se dotó como pudo de fusiles, mosquetones y pistolas.

Inicialmente se contó con el armamento recuperado y con el que se contrató en los numerosos talleres locales. Pero la gran diversidad de modelos, los retrasos e incumplimientos reiterados de los proveedores y la ausencia de un único banco de pruebas para todas las armas que asegurara y homogeneizara el nivel de calidad y seguridad necesario, terminaron por motivar que en 1838 se creara la “Manufactura de Armas del Estado”.

La nueva fábrica estatal sería capaz de producir entre 10.000 y 20.000 fusiles anuales, cantidad más que suficiente para las necesidades del nuevo ejército belga, motivo por el cual parte de su producción se dirigió a la exportación a otros países. También se dedicó a probar y ensayar nuevos tipos de armas y otros modelos utilizados en ejércitos de diversos países.

La “Manufactura de Armas del Estado” continuó con su producción a favor del ejército belga hasta que en 1940 fue ocupada por las fuerzas alemanas que invadieron el país. Tras la liberación de 1944 por los Aliados, se fusionó con la “Fundición Real de Cañones”, pasando a constituir el actual “Arsenal de Armamento Militar” ubicado en Rocourt.

No obstante hay que hacer constar que en 1889 se creó en Bélgica la “Fábrica Nacional de Armas de Guerra”, sita Herstal, junto a Lieja, convirtiéndose con el transcurso del tiempo en un serio competidor la “Manufactura”. El primer ejemplo de ello fue la fabricación del fusil máuser modelo 1889 para dotación de su ejército y de la guardia cívica. Hoy día sus siglas “FN” son internacionalmente conocidas y constituyen garantía de un acreditado prestigio en mundo del armamento.

Los fondos de la “Sala Técnica”.

Una selecta y bien conservada representación de todas las armas de fuego belgas fabricadas a lo largo del siglo XIX y principios del XX, pueden contemplarse en esta sala del Museo de Bruselas, constituyendo un magnífico y didáctico ejemplo de los progresos técnicos realizados durante ese largo periodo.

Cuando el visitante accede a dicha sala no sólo va a contemplar más de un millar de armas de fuego –cortas y largas- y blancas, perfectamente expuestas en vitrinas y panoplias artísticamente elaboradas que están acompañadas de pequeños carteles donde se informa de sus características técnicas.

Se persigue también que quien visita la sala, salga plenamente informado de la historia de la industria armera belga y sus más variados productos. Y ello se consigue gracias no sólo a esa exposición de las armas y sus características ya citadas, sino a los numerosos paneles informativos que detallan los diferentes sistemas de armas que se estudiaron y ensayaron, su proceso de producción e incluso la historia de sus fábricas y demás avatares.

Así, pueden contemplarse, por ejemplo y a título de curiosidad entre otras cosas, el mapa de los centros de producción y de comercio armero (armaduras, armas blancas, artillería así como de pólvora y otros ingredientes) durante los siglos XV-XVIII, el mapa de distribución geográfica y porcentual de los “obreros ocupados en los talleres de fabricantes de armas, de traficantes de armas y de armeros a domicilio” en 1899, grabados y fotografías de las antiguas fábricas de armas, las diferentes marcas (del gobierno belga, del inspector, de pruebas, de control y de inutilización) usadas entre 1880 y 1890 por la “Manufactura de Armas del Estado”, planos de la maquinaria utilizada en la fabricación de armas, etc.

Respecto al proceso de fabricación se hallan expuestas sobre sus paredes una variada colección de panoplias donde se puede comprobar paso a paso el cambio que va experimentando cada una de las piezas desde el principio hasta el final, destacando la del armamento mauser modelo 1889 y su munición (de guerra, de ejercicio, de seguridad y de fogueo).

En relación a las armas de fuego, el recorrido comienza con las que los belgas denominan de “pletina de silex” y que en España llamamos de “llave de chispa”, porque al producirse ésta, como consecuencia de la fricción del silex o piedra, se provocaba la ignición de la pólvora.

El arma más característica de este periodo es precisamente el ya citado modelo 1777 modificado, que por cierto estuvo también de dotación hasta 1840 aproximadamente en otros ejércitos europeos. Sería relegado al irrumpir las armas de “percusión”, como dicen los belgas, o de “pistón”, como también las llamamos los españoles. Y con el tiempo llegaron los sistemas de retrocarga y de repetición, de los que las vitrinas de la sala contienen numerosos ejemplares.

Aunque se valoraron sistemas ideados por armeros belgas como por ejemplo, Stevens y Comblain, se siguieron estudiando otros modelos basados en diferentes sistemas, diseñados en su mayor parte en otros países. Así los belgas fueron estudiando y probando los Dreyse, Chassepot, Wetsley-Richards, Peabody, Martini-Henry y Remington entre otros.

Por cierto, éste último recibió la medalla de plata en la Exposición Universal de Paris de 1867. Los belgas no lo adoptaron finalmente pero los hermanos Nagant lo fabricaron en Lieja y se lo vendieron a partir de 1868 a la Guardia Pontifical durante las guerras de unificación de Italia.

Más tarde continuarán probando los sistemas Lee, Mosin-Nagant, Krag, Schmidt-Rubin y Mannlincher, frente al novedoso Lebel francés, si bien finalmente el sistema que terminó por adoptarse con todas las consecuencias fue el Mauser germano y que también terminó triunfando en la mayoría de los países europeos aunque en calibres diferentes. Bélgica fue el primero –fuera de Alemania- en adoptarlo en 1889, siendo seguido por Turquía en 1890, por Argentina en 1891, por España en 1893, por Brasil en 1894, Chile en 1895, Suecia en 1896, Serbia en 1899, y así un largo etc.

Las ametralladoras también tienen su espacio en esta sala. Como es bien sabido, dieron sus primeros pasos en la segunda mitad del siglo XIX. En 1861 el norteamericano Gatling ideó un modelo de cañones giratorios municionados con un sistema de extracción mecánica, capaz de alcanzar una velocidad de 500 disparos por minuto y un alcance de 500 m. En 1881 su compatriota Hiram Maxim pensó en aprovechar la fuerza de retroceso para recuperar una parte de los gases producidos por la explosión de la carga y emplearlo para expulsar la vaina e introducir un nuevo cartucho, invento que daría lugar al nacimiento de la ametralladora de tiro ininterrumpido, antepasada de todas las armas que conocemos con este nombre.

Pues Bélgica también tiene su pequeña página de historia. Ya en 1867, un obrero armero de Bruselas apellidado Montigny, construyó junto a un compañero llamado Christophe, un lanzador de salvas equipado de 37 tubos de acero que se cargaban por la culata. Los cartuchos iban colocados en láminas o planchas que facilitaban su carga directa en la máquina. Al disponerse de 8 láminas de 37 cartuchos, se alcanzaba la velocidad de 296 disparos por minuto y un alcance máximo de 1.500 m.

Esta máquina, con algunas mejoras introducidas, dio un buen resultado práctico y comenzó a fabricarse y exportarse a países como Francia, Sajonia, Austria o Prusia. Su bautismo de fuego sería la Guerra Franco-Prusiana de 1870 y a pesar de ser poco numerosas y no explotarse adecuadamente hicieron estragos devastadores sobre las líneas prusianas.

Muchas más páginas podrían seguir escribiéndose sobre las armas expuestas en dicha sala y especialmente sobre las cortas de fuego y las blancas, pero que razones de espacio lo impiden, si bien sirva de botón de muestra las fotografías que ilustran este artículo

Aunque el mejor consejo que se puede dar al lector es que algún día visite personalmente el Museo para disfrutar de su contenido, se recomienda, para quien quiera saber más sobre las armas belgas y su historia, el libro “Cinq siécles d’armurerie liégeoise” cuyo autor, Claude Gaier, es doctor en historia y director del magnífico museo de Lieja, otro espacio que también merece la pena conocer.

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