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martes, 20 de julio de 2021

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (LXXVI). EL REPLIEGUE DEL PUESTO DE BUCEITE (4).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 19 de julio de 2021pág. 14.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

 

 

Visto el sargento Antonio Casablanca Romero, comandante del puesto de Buceite, que no conseguía convencer a su superior jerárquico, el brigada Salvador Carrasco Zurita, comandante del puesto de Jimena y jefe accidental de la Línea de Jimena, procedió a replegarse sin él sobre San Roque con el resto de guardias civiles.

 

Casablanca en las vicisitudes correspondientes a 1936, anotadas en su hoja de servicios al año siguiente, hizo constar expresamente que: “a las 3 de la madrugada del 31 de julio salió por la puerta trasera, se organizó la retirada con grandes precauciones, puesto que tuvo la necesidad de abrirse paso fusil en mano ante un destacamento de milicianos que vigilaban dicha puerta y a campo traviesa llegó a la Plaza de San Roque a las 18 horas, sin novedad, quedando en San Roque prestando los servicios propios del Cuerpo”.

 

En 1962, con ocasión de la reiterada instancia elevada al jefe del Estado, aportó mucha más información sobre su marcha de la casa-cuartel de Jimena en la noche del 30 al 31 de julio: “a las 24 horas, el que suscribe, al mando de un Cabo y 13 guardias, llevándose consigo la totalidad del armamento, municiones, criptógrafos y carpetas Reservadas, así como la esposa y dos hijos menores de 12 años y también la esposa y sus dos hijos de la misma edad de un Guardia del grupo, salieron al campo por la puerta trasera del cuartel, con las armas preparadas”.

 

Cuando cita al grupo de guardias civiles se refería tanto a los de su puesto como a  los del puesto de Jimena, cuyo detalle será relatado en el capítulo correspondiente a las vicisitudes de dicha unidad. Tan sólo permaneció en el acuartelamiento el brigada Carrasco que poco podía aventurar entonces el pronto y trágico final que el destino le guardaba.

 

Al marcharse no dejaron arma ni munición alguna que pudiera caer en manos de los milicianos. Y por supuesto se llevaron consigo los criptógrafos y las carpetas de ambos puestos que contenían la documentación clasificada como “reservada”. Concretamente se denominaban oficialmente “carpetas de órdenes de carácter reservado”, en las cuales se guardaban el registro de sospechosos y sus antecedentes, el cuaderno copiador de las comunicaciones que se expedían con carácter reservado, las que se recibían de igual clasificación así como el criptógrafo.

 

Éste, desaparecido hace muchos años de las unidades territoriales del benemérito Instituto, era una herramienta que se utilizaba para cifrar y descifrar mensajes escritos con una clave secreta. El usado por la Guardia Civil en esa época era del tipo denominado de “cinta” y que en el caso que nos ocupa, se guardaba bajo llave por los comandantes de puesto en la mentada “carpeta reservada”.

 

Su uso estaba inicialmente regulado por unas instrucciones de la Dirección General de la Guardia Civil de fecha 5 de julio de 1921, que fueron siendo modificadas sucesivamente. Al contrario que otro tipo de criptógrafos de la época mucho más sofisticados, no se trataban de máquinas sino algo más sencillo que se conservaba dentro de un sobre lacrado que había que diligenciar cada vez que se abría y volvía a cerrar.

 

El criptógrafo se reputaba como documento secreto. No podían utilizarlo otras personas que las que lo tenían a su cargo y las que con arreglo a ordenanza les sustituyera en el mando. Su uso, además de los prevenidos, estaba limitado a los casos en que la prudencia lo aconsejase, “para evitar el peligro de la divulgación del contenido de un despacho en perjuicio del mejor servicio”. Su extravío o pérdida constituía falta grave y se castigaba conforme al Código de Justicia Militar entonces vigente, con la sanción de arresto militar o suspensión de empleo.

 

Poseían entonces criptógrafo la Inspección General del Cuerpo, los generales jefes inspectores de Zona, los coroneles subinspectores de Tercio, los primeros jefes de Comandancia, los capitanes jefes de Compañía o Escuadrón, los jefes de Línea y los comandante de Puesto. En estos casos se empleaba la correspondiente clave asignada. También lo poseían el ministro de la Gobernación, diversas autoridades dependientes del mismo relacionadas con la seguridad pública y los gobernadores civiles, con los que se utilizaba otra clave diferente. 

 

A modo de curiosidad decir que en el Campo de Gibraltar la Guardia Civil utilizaba otra clave específica para comunicaciones con el gobernador militar, pero en julio de 1936 ya no se usaba desde el cese del general de división Mario Muslera Planes, producido a los cuatro días de proclamarse la Segunda República. La entrada en vigor del decreto de 29 de abril de 1931 derogó otro de fecha 21 de octubre de 1880, que concedía atribuciones gubernativas a dicho cargo. El general Muslera sería fusilado en San Sebastián al inicio de la guerra civil por su desafección al gobierno de la República.

 

Entre la documentación clasificada que llevaba en esas carpetas el sargento Casablanca durante su repliegue hacia San Roque, se encontraba precisamente la “Circular Muy Reservada”, núm. 278, de 16 de diciembre de 1933, dictada por la Inspección General de la Guardia Civil, mencionada en capítulos anteriores. 

 

La concentración de Buceite a Jimena se había hecho en virtud de orden dimanante del nuevo jefe de la Comandancia de Málaga, nombrado tras el fracaso allí de la sublevación militar. Pero el repliegue sobre San Roque desde Jimena era por iniciativa propia, siguiendo en lo posible lo dispuesto en la mentada circular, si bien la misma había sido dictada en un contexto bien diferente.

 

Aplicó especialmente aquella parte de la misma que decía: “Cuestión importante y sagrada para todos, que no debe eludirse; es la de prevenir también la conducta a seguir para proteger las familias del personal del Instituto al salir de los puestos la fuerza, para concentrarse en otros.” 

 

La circular hacía mención de la posibilidad de que las esposas e hijos de los guardias civiles que habitaban en las casas-cuarteles pudieran buscar alojamiento seguro en viviendas de otros familiares o amistades que vivieran dentro o fuera de la localidad. Caso de que no lo desearan o no fuera factible, debían entonces acompañar a los efectivos que se replegaban, asumiendo las incomodidades y riesgos de todo tipo que ello implicaba. 

 

Y así se hizo en este caso. El sargento Casablanca se llevó consigo a su esposa, Concepción Muñoz González y a dos de sus cuatro hijos, concretamente los más pequeños, Francisco y José, de 12 y 10 años de edad respectivamente. Los dos mayores puede que estuvieran fuera. Tan sólo otro guardia más quiso que su mujer y dos niños de similares edades les acompañasen a pie hasta San Roque.

 

El resto, tal y como Casablanca hizo constar en su hoja de servicios quedaron asegurados antes de salir, en Buceite o en Jimena. Debió ser una decisión personal muy dificil de tomar para cada familia, pues tal y como establecia la reiterada circular, no estaban sometidas a la disciplina militar. Nadie sabía realmente que estaba sucediendo en el país ni cómo iba a terminar todo aquello. La orden inicial, incumplida, era unirse a una columna de Málaga para atacar San Roque.

 

(Continuará).

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (LXXV). EL REPLIEGUE DEL PUESTO DE BUCEITE (3).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 12 de julio de 2021pág. 14.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

 


A primera hora del 25 de julio de 1936, el sargento Antonio Casablanca Romero, comandante del puesto de la Guardia Civil en la barriada de San Pablo de Buceite, comenzó a cumplimentar lo ordenado por el nuevo jefe de la Comandancia de Málaga.

 

Tal y como se relató en el capítulo anterior, la orden recibida vía telegráfica disponía la concentración urgente de los efectivos de dicha unidad en Jimena de la Frontera, al objeto de ponerse a disposición del teniente jefe de la sección de Carabineros allí establecido.

 

Según consta en su hoja de servicios, redactada en 1937 con la información facilitada por el propio interesado, “al llegar a dicho punto, tuvo que adoptar precauciones para entrar en la casa-cuartel pues ésta se hallaba rodeada de milicianos”. 

 

Más explícito fue años más tarde cuando relató lo sucedido en la instancia suscrita en 1962, mencionada en un capítulo anterior, pues expuso que estando acuartelados en Buceite, “atentos al receptor” (de radio) para conocer el desarrollo de los acontecimientos, marcharon a Jimena en cumplimiento del citado telegrama, “raro en su redacción”. 

 

Cuando entraron en la población vió “muy contrariado que la Casa-Cuartel se hallaba materialmente rodeada de milicianos y carabineros armados con fusiles y escopetas”. En Jimena había pasado lo mismo que en otras muchas localidades  en las que su población era mayoritariamente afecta al Frente Popular. Al no pronunciarse abiertamente el puesto de la Guardia Civil en contra de la sublevación militar y acuartelarse preventivamente en espera de instrucciones de su cadena de mando, se generó inmediatamente un clima de desconfianza contra sus componentes, pasándose inmediatamente a vigilar ostensiblemente sus movimientos. 

 

La hoja de servicios de Casablanca, siempre más lacónica que su posterior instancia, continuaba relatando que “una vez dentro, se puso al habla con el Comandante del puesto, Brigada Don Salvador Carrasco Zurita, encontrándose de que el objeto de la concentración no era otro que el de organizar una pequeña columna al mando de un Teniente de Carabineros que debía marchar a San Enrique de Guadiaro, para unirse a otra más fuerte salida de Málaga, con el fin de atacar a las fuerzas Nacionales en San Roque y La Línea”.

 

Nuevamente volvió a ser más explícito en la instancia de 1962, pues tras hablar con el brigada Carrasco, “su Jefe de Sección”, se enteró “que el motivo de la concentración no era otro que el de formar una pequeña columna al mando del Teniente de Carabineros apellidado Martín Mora, masón y comunista declarado, debían marchar al puente sobre el Río Guadiaro, en la carretera de Málaga, donde se unirían a otra mayor procedente de la capital malagueña para atacar a la Ciudad de San Roque defendida por escasos núcleos de soldados de Infantería, Regulares y Guardias Civiles”.

 

Hay que hacer un inciso para explicar que si bien no se ha localizado documentación que acreditase su supuesta ideología comunista en esas fechas, sí lo reseña ampliamente el catedrático Manuel de Paz Sánchez en su obra “Militares masones de España. Diccionario biográfico del siglo XX”. Citado como Manuel Martínez-Mora Núñez, se inició a finales de 1931 en la logia “Fenix nº 66” de Jimena, afiliándose en marzo de 1934 a la logia “Renovación nº 72” de La Línea de la Concepción. Según el autor su actividad masónica debió ser importante, pues en abril siguiente, fue designado “Venerable Maestro honorario por la logia Germinal nº 96”, de San Roque.

 

Continuando el relato de Casablanca en su hoja de servicios consta que como todo ello “lo consideraba como una traición al movimiento Salvador de España, el comprendido en este documento con las fuerzas de ambos puestos, excepto el Brigada que no quiso unirse a dicha fuerza, dispuso la evacuación del Cuartel, no sin antes asegurar las mujeres y niños”.

 

Una vez más Casablanca se explayó en su instancia de 1962: “el exponente con su empleo de Sargento, hubo de proponer a su jefe Brigada Carrasco, que con las fuerzas que él disponía, 1 Cabo y 7 Guardias más las que estaban bajo mis órdenes, eran suficientes para lanzarse a la calle, sorprender a los milicianos, declarar el estado de guerra y tomar la población”.

 

Dicha propuesta fue rechazada por su superior jerárquico alegando “eso no es posible, son más numerosos que los nuestros y además cuentan con el apoyo del gobierno y del populacho”. Entonces el sargento Casablanca, “en vista de esta negativa y conocido el carácter pusilánime e irresoluto del Brigada, le hice una nueva proposición que consistía en romper el cerco de milicianos y marchar a la Zona Nacional, a lo que igualmente se negó, pretextando que él era incapaz de hacer traición al gobierno legítimo”.

 

Seguidamente Casablanca realizó una sorprendente afirmación que no figuraba en su hoja de servicios: “el firmante en un arranque de elevado patriotismo, depuso del mando a su Jefe, tomando el mando de la fuerza de ambos Puestos y poco a poco fue pulsando la opinión de sus subordinados, aunando criterios y conviniendo al fin marchar a la Ciudad de San Roque, distante unos 40 kilómetros, lo que se efectuó no sin grandes dificultades y riesgos, en la noche del 30 de Julio, invitando por última vez al Brigada para que nos acompañara, negándose una vez más”. 

 

Realmente es imposible conocer la verdad de lo sucedido pues sólo hay constancia de la versión de Casablanca ya que como se verá en su momento, Carrasco tuvo un trágico y violento final. Conociendo el estricto sentido de la disciplina que en aquella época imperaba en el benemérito Instituto resulta extraño que un sargento comandante de puesto depusiera del mando a su superior jerárquico, brigada jefe accidental de la línea. Es cierto que la tensa situación que se estaba viviendo a finales de julio de 1936, con una incipiente guerra civil, pudo provocar que se quebrasen unos principios tan vitales en la Guardia Civil como eran la disciplina y la obediencia debida. 

 

También es verdad que en la hoja de servicios de Carrasco constan numerosas bajas médicas por lo que su estado de salud debía ser bastante precario. De hecho, se encontraba enfermo en su pabellón cuando se inició la sublevación y no se reincorporó al mando de la unidad hasta transcurridos algunos días. Y por último, el año anterior había sido sancionado disciplinariamente por falta de celo profesional y trasladado con carácter forzoso de San Roque a Jimena. Todo ello pudo influir en su estado de ánimo y evitó que a pesar de su superior responsabilidad de mando se impusiera a Casablanca, dejándole finalmente hacer. No obstante, lo cierto es que se mantuvo firme, a pesar de las presiones recibidas, y cumplió lo que dijo de ser “incapaz de hacer traición al gobierno legítimo”.

 

Conforme a la Ley de Orden Público, de 28 de julio de 1933, se podían declarar tres estados excepcionales por el gobierno de la República: de Prevención, de Alarma y de Guerra. En éste último se suspendían todas las garantías constitucionales y asumía el mando la autoridad militar, pero en julio de 1936 no fue decretado por el gobierno legítimo. 

 

(Continuará).

 

 

 

jueves, 8 de julio de 2021

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (LXXIV). EL REPLIEGUE DEL PUESTO DE BUCEITE (2).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 5 de julio de 2021pág. 12.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.


 

Durante los primeros días que siguieron a la sublevación militar no ocurrió incidente violento alguno en la barriada de San Pablo de Buceite, sólo calma tensa y expectante. La única fuerza militar que había en la población era el puesto de la Guardia Civil, mandado por el sargento Antonio Casablanca Romero. 

 

A diferencia de lo que ocurría en los otros dos núcleos urbanos del municipio (Jimena de la Frontera y San Martín del Tesorillo) no había en Buceite puesto de Carabineros, razón por la cual el vecindario, mayoritariamente afecto al Frente Popular, estaba pendiente de cuál sería la reacción de la Benemérita local. 

 

Casablanca no se sumó inicialmente a la rebelión, aunque posteriormente asegurase que lo había hecho desde el primer momento, ni declaró el estado de guerra. Tampoco adoptó postura alguna contraria al alzamiento. Se limitó, con prudencia e inteligencia, a acuartelarse con sus guardias civiles y familias en espera de recibir instrucciones de sus superiores o al menos tener noticia contrastada de lo que realmente venía sucediendo más allá de la barriada para poder tomar una decisión. 

 

Según consta en su hoja de servicios, “el 19 de Julio y con motivo del Glorioso Movimiento Nacional se adhirió a él desde el primer momento, por cuyo motivo se planteó la huelga inopinadamente, general y revolucionaria, apareciendo aquella noche la barriada y extramuros vigilados por el comité, todos armados de escopetas y tercerolas, por lo que reunió la fuerza del puesto para aprestarse a la defensa de la casa-cuartel en el caso probable de que fuera atacado”.

 

Pero ni hubo agresiones de ningún tipo ni se produjeron entonces daños entre las personas desafectas al gobierno del Frente Popular ni contra sus propiedades. No se produjeron detenciones preventivas en los primeros días y sólo se procedió a la requisa de armas de fuego, principalmente largas, que era lo que había.

 

Aunque existe una pequeña diferencia de fecha entre lo que figura en el historial militar de Casablanca y su instancia de 1962 mencionada en el capítulo anterior, lo que sucedió fue lo siguiente: el 24 de julio recibió un telegrama remitido por el brigada Francisco Torrubia Mateos que había sido nombrado jefe accidental de la Comandancia de la Guardia Civil de Málaga, tras la detención y destitución del teniente coronel Aquilino Porras Rodríguez y resto de jefes y oficiales residentes en la cabecera de la misma.

 

En dicho telegrama le daban la orden de trasladarse con la fuerza de su puesto hasta el limítrofe de Jimena de la Frontera para ponerse a las órdenes del teniente de Carabineros Manuel Martínez Mora. Éste era el jefe de la 3ª Sección, con residencia en dicha población, encuadrada en la 3ª Compañía de Puente Mayorga (San Roque), perteneciente a la Comandancia de Algeciras.

 

La razón de ello era que el mando militar más caracterizado en Jimena lo ostentaba dicho oficial aunque perteneciera a otro Instituto del Ejército. Se trataba del comandante de la plaza, y además, lo más importante, era de acreditada lealtad al gobierno de la República. 

 

Tras el fracaso de la sublevación militar en la provincia de Málaga el propósito inicial fue fortalecer la presencia de las fuerzas gubernamentales y milicias del Frente Popular en aquellas localidades gaditanas limítrofes que permanecían leales. Y desde ellas proyectar ataques contra las poblaciones más próximas que estaban en poder de los sublevados con el objeto de conquistarlas. San Roque era por lo tanto el objetivo principal más cercano. Por tal motivo los puestos de la Guardia Civil y de Carabineros que estaban en la zona gubernamental de la provincia de Cádiz pasaron a depender de las Comandancias de sus respectivos Cuerpos en Málaga.

 

Respecto a la Guardia Civil desplegada en los tres puestos ubicados en el municipio de Jimena de la Frontera hay que significar que como estaba vacante el mando titular de su línea, tras haber sido destinado el 18 de junio de 1936, el teniente Alfredo Fernández Fernández a la línea de Rota, se había hecho cargo interino de su jefatura el brigada Salvador Carrasco Zurita. No obstante, al producirse justo un mes más tarde la sublevación militar, resultó que se encontraba de baja médica por enfermedad desde el 3 de julio, por lo que tampoco impartió orden alguna a los dos puestos subordinados de Buceite y Tesorillo. El día 22, presionado por la situación, se daría de alta para el servicio. 

 

Por lo tanto, el más caracterizado de la Benemérita del municipio pasó a ser el cabo Casablanca, ascendido pocos días después a sargento. Pero ni tenía posibilidad de enlazar con el jefe de la línea limítrofe de San Roque, teniente Odón Oscar Ojanguren Alonso, ni con el capitán Miguel Romero Macías, jefe de la Compañía de Algeciras. Por supuesto, impensable hacerlo con su jefe de Comandancia en Cádiz, teniente coronel Vicente González García. 

 

Respecto al brigada Carrasco hay que significar que era natural de San Roque y estaba casado con una vecina de dicha localidad aunque natural de La Línea de la Concepción. En el empleo de sargento, entre julio de 1933 y enero siguiente, había estado destinado como comandante de puesto en la pedanía sanroqueña de Campamento de Benalife, procedente del puesto de Cádiz. Ascendido a sargento 1º fue destinado como comandante del puesto de San Roque, donde se incorporó el 19 de enero de 1934.

 

Pero tras cumplir una sanción disciplinaria fue destinado el 5 de junio del año siguiente a Jimena de la Frontera, haciéndose cargo del puesto de la residencia veinte días después. La razón del arresto impuesto inicialmente por el capitán Romero, aumentado posteriormente por el coronel Fulgencio Gómez Carrión, jefe del 16º Tercio (Málaga), había sido su falta de celo profesional tras el intento frustrado de incendiar, a mediados de febrero de 1935, la vivienda del párroco de Palmones, protagonizado por personas desconocidas. 

 

La vigilancia de dicha aldea, si bien pertenecía al municipio de Los Barrios, estaba encomendada al puesto de la Guardia Civil de San Roque. Dos días después del suceso se presentó el capitán Romero en el lugar de los hechos y al tener conocimiento de que todavía el sargento 1º Carrasco no se había personado para comenzar a instruir diligencias tendentes a la detención de los autores, procedió a adoptar medidas disciplinarias.

 

Una vez cumplida la sanción impuesta en su pabellón de la casa-cuartel de San Roque, al haber sido con perjuicio del servicio y haber tenido trascendencia, su entonces jefe de Comandancia, el teniente coronel Sebastián Hazañas González, estimó conveniente que no constituía buena imagen para el Cuerpo que continuase prestando servicio en la misma demarcación. Por tal motivo ordenó su traslado forzoso a Jimena de la Frontera. 

 

A este respecto hay que significar que dado que uno de los pilares del benemérito Instituto era la ejemplaridad de sus componentes en el cumplimiento del servicio, era habitual que quienes cometiesen una infracción disciplinaria que tuviera trascendencia, una vez cumplida la correspondiente sanción fueran destinados con carácter forzoso a otra unidad. Realmente se trataba de una segunda sanción que sufría no sólo el afectado sino toda su familia.

 

(Continuará).

 

 

 

jueves, 1 de julio de 2021

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (LXXIII). EL REPLIEGUE DEL PUESTO DE BUCEITE (1).



Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 28 de junio de 2021pág. 12.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.


 

El 18 de julio de 1936 el comandante del puesto de la Guardia Civil ubicado en San Pablo de Buceite, barriada de Jimena de la Frontera, era el sargento Antonio Casablanca Romero, recién ascendido. Con la fuerza de su puesto terminaría replegándose, tras no pocas vicisitudes, sobre San Roque, poniéndose a las órdenes del teniente Odón Oscar Ojanguren Alonso.

 

Casablanca había nacido hacía 37 años en la localidad onubense de San Bartolomé de la Torre y era hijo de un sargento del Cuerpo. Llevaba 16 años casado con Concepción Muñoz González y tenía cuatro hijos llamados Dolores, Antonia, Francisco y José, de 15, 14, 12 y 10 años de edad respectivamente. En el puesto de Algeciras estaba destinado también como cabo un hermano mayor llamado José.

 

Antonio, como cabo del Cuerpo llevaba destinado desde 1928 en el Campo de Gibraltar, primero en Tarifa y luego en Facinas, donde siendo comandante de puesto le sorprendió la proclamación de la Segunda República. Permaneció a su mando hasta marzo de 1934 que pasó a ejercerlo en el de Buceite.

 

En dicha barriada pronto se hizo acreedor de un gran aprecio y respeto entre las autoridades municipales y ciudadanos de la localidad. De hecho, la comisión gestora del ayuntamiento de Jimena, en la etapa del Frente Popular, había acordado por unanimidad en la sesión celebrada el 3 de junio de 1936, que se elevase un escrito al ministro de la Gobernación, Juan Moles Ormella. Como estaba próximo el ascenso de Casablanca al empleo de sargento, se solicitó que pudiera proseguir con el mando del mentado puesto, “como premio a su meritísima labor en bien de la República, del orden público y del vecindario en general”.

 

Doce días más tarde el alcalde Cristóbal Vera Saraiba cumplimentó el acuerdo municipal si bien el inspector general de la Guardia Civil, general de brigada de Caballería Sebastián Pozas Perea, contestaría negativamente el día 30 de dicho mes por conducto del gobernador civil de la provincia de Cádiz, el comandante de Artillería Mariano Zapico Menéndez-Valdés.

 

La razón expuesta para ello era que el benemérito Instituto tenía una plantilla de sargentos fijada para cada comandancia, por lo cual cuando ascendiera el cabo Casablanca sería destinado a una unidad en la que hubiese vacante de su clase. No obstante, se daban “las gracias por los elogios que dicho ayuntamiento hace del excelente comportamiento de la clase de referencia”. Por lo tanto, ascendido a sargento el 11 de julio siguiente, el inicio de la guerra civil le sorprendería al frente del puesto de Buceite pero pendiente de un nuevo destino.

 

Al producirse la sublevación militar buena parte de los puestos de la Guardia Civil en la provincia de Cádiz tardaron varios días en saber lo que realmente estaba sucediendo. Al no recibir orden alguna dimanante de la jefatura de la comandancia, impartida por conducto de sus mandos territoriales, ya que se encontraban incomunicados, la reacción preventiva más habitual fue la de acuartelarse en defensiva a la espera de conocer la situación y recibir instrucciones de la superioridad.

 

Y eso es lo que hizo el sargento Casablanca. Si bien en su hoja de servicios se detallan las vicisitudes acaecidas a partir de dicha fecha, resulta más interesante aún el relato que realizó, transcurridos ya cinco lustros, con ocasión de una instancia que elevó el 4 de diciembre de 1962 al entonces jefe del Estado, Francisco Franco Bahamonde. La razón de la petición realmente nada tenía que ver con la guerra civil pero quiso dejar testimonio de ello junto a otras vicisitudes profesionales. Su verdadero objetivo era de tipo asistencial ya que se encontraba aquejado de una grave dolencia y su situación económica era precaria. 

 

Eran tiempos donde la Guardia Civil no estaba acogida al régimen de la Seguridad Social ni tenía acceso a sus prestaciones sanitarias. Salvo aquellos casos que pudieran ser atendidos por la sanidad militar, eran los propios afectados quienes debían asumir los costes económicos derivados de la enfermedad que se padeciese. Las farmacias militares sufragaban sólo el 20% del coste de la medicación, teniendo que abonar el enfermo el 80% restante, y la estancia en hospitales militares no era posible en procesos de enfermedades complejas de larga duración. En aquel entonces quedaban todavía muchos años para la creación del Instituto Social de las Fuerzas Armadas (ISFAS). Toda esta cuestión, relativa a la precarierad asistencial sanitaria que padeció durante muchos años el colectivo militar y sus familias sería impensable en la actualidad, si bien daría por cierto para escribir y mucho en otra clase de artículos. 

 

Volviendo a la instancia del entonces capitán Casablanca, ya retirado por haber cumplido en 1957 la edad reglamentaria, solicitaba que “se habilite una fórmula para que los beneficios del Seguro de Enfermedad se hagan extensivos a los Militares activos o retirados, y de no ser ello posible por no gravar los presupuestos del Estado, sea la Asociación Mútua del Cuerpo, puesto que tiene el carácter de benéfica, la encargada de subvenir a estas apremiantes y humanas necesidades de sus socios, con lo cual se daría una gran satisfacción a los necesitados que no disponen de otros ingresos, teniendo que soportar mermas en sus haberes pasivos, consistentes en el 50%”.

 

Hay que significar que Casablanca fue comandante de puesto en San Roque entre junio de 1937 y agosto de 1940, salvo el periodo que formó parte de una compañía expedicionaria de la Guardia Civil en el frente de Aragón. Su último destino en servicio activo fue como ayudante de la 237ª Comandancia de Cádiz. 

 

La extensa instancia la iniciaba relatando las vicisitudes acaecidas en los primeros días de la guerra civil hasta completar su repliegue sobre San Roque al finalizar la tarde del 31 de julio de 1936.

 

Conforme a su exposición el inicio de la sublevación militar le sorprendió en la barriada de Buceite, “zona roja, y al verse incomunicado, trató de ponerse en contacto con sus superiores, lo que no pudo conseguir, ya que todas las comunicaciones se hallaban controladas por el flamante titulado Comité republicano, en vista de ello, ordenó a la fuerza de su puesto constituida por 6 individuos que se preparase para la defensa quedando desde ese momento acuartelados por temerse un asalto al destacamento por milicianos rojos que en gran número invadieron la barriada armados y luciendo sendos brazaletes rojos”.

 

Entre los componentes del puesto de Buceite se tiene constancia documental de que al menos formaban parte del mismo, además del sargento Casablanca, los guardias civiles Francisco Gil Herrera, José Murillo Arroyo, José Nieto Jiménez y Juan Rocha Coronil. La casa-cuartel estaba ubicada en los números 10 y 12 de la calle Jimena en la mentada barriada.

 

Se mantuvo acuartelado, familias incluidas, hasta que el 25 de julio (en su hoja de servicios consta que fue el día 24) recibió un telegrama dimanante del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Málaga, ordenándole que se replegase sobre Jimena de la Frontera y se pusiera a las órdenes del teniente jefe de la sección de Carabineros cuya residencia estaba fijada en dicha población.

 

(Continuará).

 

 

 

viernes, 25 de junio de 2021

LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (LXXII). LA GRAN DUDA: ¿REPLEGARSE SOBRE SAN ROQUE? (1936).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 21 de junio de 2021pág. 13.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

 

 

Finalizaba el capítulo anterior refiriendo la “Circular Muy Reservada”, núm. 278, de 16 de diciembre de 1933, dictada por la Inspección General de la Guardia Civil, para explicar una de las razones por la cual los puestos ubicados dentro del mismo municipio, en Jimena de la Frontera, San Pablo de Buceite y San Martín del Tesorillo, terminaron replegándose con sus familias sobre San Roque.

 

Hay que significar que dicho asunto, al desconocerse la existencia de esa normativa por historiadores e investigadores especializados en la guerra civil en el Campo de Gibraltar, ha dado lugar a que hayan hecho interpretaciones erróneas sobre la actitud y comportamiento de algunas de las pequeñas unidades del benemérito Instituto que quedaron aisladas.

 

De hecho, el desconocimiento afectó incluso a los propios mandos militares que encabezaron la sublevación de julio de 1936. Ello llegó a motivar, al replegarse la fuerza del puesto de alguna población gaditana en concreto y dejarla en manos de los “desafectos al Glorioso Movimiento Nacional”, la posterior detención, ingreso en prisión y procesamiento de su comandante por la jurisdicción militar. 

 

Tal fue el caso del sargento José Cortés Camacho, comandante de puesto de Olvera. Dicha localidad era también la residencia de la cabecera de la línea de Olvera, de la cual dependían el mentado puesto de la residencia así como los de Alcalá del Valle, Torre Alháquime y Setenil de las Bodegas. Su jefe era el teniente Marcial Sánchez-Barcáiztegui Gil de Sola, ausente al no haberse incorporado todavía a su nuevo destino y que ya fue citado en un capítulo anterior al ser el primer oficial de la Guardia Civil que llegó, procedente de Ceuta, con tropas de regulares indígenas a la casa-cuartel de San Roque.

 

Resultó que no habiendo oficial al frente, el sargento Cortés tomó la decisión, por propia iniciativa, de replegarse el 27 de julio de 1936 con sus guardias y familias sobre el puesto limítrofe de Algodonales, “al tener conocimiento de que los marxistas en gran número y bien pertrechados se aproximaban”. Valoró que sus capacidades de defensa eran nulas, dado tanto la reducida plantilla de personal de su unidad como las características y emplazamiento del acuartelamiento de Olvera.

 

Posteriormente, al considerarse que había podido incurrir en el delito de abandono de destino, pues como consecuencia de dicha decisión acontecieron en dicha localidad hechos muy graves, incluido el saqueo de la casa-cuartel desalojada, fue detenido e ingresado el 18 de octubre siguiente en la prisión militar de la capital gaditana, ubicada en el Castillo de Santa Catalina. Allí permanecería como procesado en la causa núm. 346/1936 que se le instruyó por el juzgado militar eventual de Cádiz, hasta que terminó siendo puesto en libertad el 26 de enero de 1937, tras ser sobreseida sin responsabilidad.

 

Repuesto Cortés como comandante del puesto de Olvera y ascendido posteriormente a brigada, uno de los argumentos utilizados para dicho sobreseimiento fue precisamente que dicho sargento, “tuvo en cuenta las instrucciones que en copia se unen y en las que se preveen situaciones como aquella por la que atravesaba”.

 

El auto de sobreseimiento provisional, elevado posteriormente a definitivo, se refería a la mentada Circular Muy Reservada”, núm. 278, en la que, entre otras cuestiones, se exponía que: “es preciso procurar por todos los medios que no se produzcan bajas en nuestra fuerza como consecuencia de las luchas desiguales que forzosamente se han producido y habrían de producirse manteniéndose los pequeños destacamentos en plan defensivo dentro de las Casas-Cuarteles al ser atacados a fondo por las grandes masas de perturbadores, en espera de auxilio, que al tratarse de un movimiento general y por infinidad de circunstancias pudieran tardar en llegar. Por ello, se impone la solución forzosa, de la concentración de los Puestos, de menor dotación o con peores vías de comunicación sobre aquellos otros de mayor contingente y con mayores medios de defensa.” 

 

Al igual que el contenido de dicha circular contribuyó a que el comandante de puesto de Olvera tomase la decisión de replegarse sobre el de Algodonales, donde había un oficial jefe de línea, algo similar ocurrió con la fuerza de los tres puestos ubicados en el término municipal de Jimena de la Frontera para realizarlo sobre el de San Roque. No hay que olvidar que al frente de la línea de Jimena no había tampoco destinado oficial alguno y que el más cercano era precisamente el de la línea de San Roque, teniente Odón Oscar Ojanguren Alonso, en cuya residencia había además guarnición del Ejército.

 

El 18 de julio de 1936 el comandante de puesto de Jimena era el brigada Salvador Carrasco Zurita, el de Buceite era el cabo Antonio Casablanca Romero y el de Tesorillo era el cabo José León Pineda. Los tres tuvieron que tomar una decisión sin poder consultar a su superior ni recibir órdenes del mismo, actuando por propia iniciativa, ya que no tuvieron oportunidad de enlazar telefónica ni telegráficamente con San Roque ni con Algeciras, residencia del jefe de su compañía, capitán Miguel Romero Macías. Tal y como se verá más adelante la conclusión a la que llegaron no fue la misma para todos y en uno de los casos no tardaría en producirse un trágico e inesperado desenlace. 

 

Antes de proseguir en el ámbito general del Campo de Gibraltar y la vinculación específica de todo ello con San Roque hay que significar que los responsables de la conspiración en la provincia de Cádiz, al igual que en la mayor parte del país, no contaron en su fase de planeamiento con la Guardia Civil. Por una parte, existía una falta de confianza en sus cuadros de mando, dado su tradicional espíritu de lealtad al gobierno legalmente constituido, y por otra, los conspiradores tenían el convencimiento de que una vez iniciada la sublevación militar, las fuerzas del benemérito Instituto se sumarían al mismo, al igual que lo harían el resto de las guarniciones. Dicho propósito no se cumplió a nivel nacional y provocó una trágica contienda civil que duraría casi tres años y una muy dura represión sobre los vencidos.

 

Sin embargo, el planteamiento inicial dejaba en muy delicada situación, prácticamente a su suerte, a varias docenas de pequeños puestos desplegados por toda la provincia. Éstos no contaban con el respaldo y protección de guarnición militar alguna y realmente se trataban de un puñado de guardias civiles que vivían junto a sus familias en casas-cuarteles no aptas para la defensa. Todo ello sin olvidar además que la mayoría de los habitantes de las localidades en las que estaban enclavados eran manifiestamente afectos al gobierno de la República y por lo tanto contrarios a una sublevación militar.

 

Por lo tanto, y teniendo en cuenta que dichos puestos quedaron sin posibilidad siquiera de enlace telefónico o telegráfico con sus superiores para pedir o recibir instrucciones, fueron sus comandantes (suboficiales o cabos) los que tuvieron que tomar finalmente una decisión. Tal y como se verá en el próximo capítulo, las decisiones de los tres jefes de puesto existentes en el municipio limítrofe de Jimena fueron diferentes, al igual que lo fueron sus consecuencias.

 

(Continuará).

 

 

 

sábado, 19 de junio de 2021

EFEMÉRIDES: 19 DE JUNIO DE 1880. COLOCACIÓN POR S.M. EL REY ALFONSO XII DE LA PRIMERA PIEDRA DEL ACTUAL COLEGIO DE HUÉRFANOS DE LA GUARDIA CIVIL.


Efemérides redactada por Jesús Núñez, e ilustrada con 4 fotografías en blanco y negro, para la Sección de Magacín de la Web de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares



19 DE JUNIO DE 1880


 

El 19 de junio de 1880 se procedió por S.M. el Rey Alfonso XII a la colocación de la primera piedra para el “Asilo de huérfanas del Instituto de la Guardia Civil”. El simbólico acto, del que se hizo eco la prensa de época, tuvo lugar en la finca “El Juncarejo”, sita en el municipio madrileño de Valdemoro.

 

El terreno había sido donado a la Benemérita por Diego Fernández Vallejo, marqués de Vallejo, escriturándose el 1º de noviembre de 1878, previa autorización para su aceptación por Real Orden de 29 de octubre último. La realización de las obras había sido autorizada por una Real Orden del Ministerio de la Guerra de 2 de enero de 1879. 

 

Tan sólo diez días después, el director general de la Guardia Civil, teniente general Fernando Cotoner Chacón, marqués de La Cenia, emitía una circular en la que tras agradecer la generosidad de los marqueses de Vallejo, reconocía la necesidad de abrir en el Cuerpo, “un ancho campo de instrucción y porvenir a los huérfanos e hijos de aquél, a quienes no es suficiente la Compañía de Guardias Jóvenes, toda vez que existen 309 aspirantes varones sin poder ocupar plaza, viéndose además todas las hembras privadas de análogo recurso”. Para ello expuso seguidamente el ejemplo a imitar del Arma de Infantería, “que por la asociación general de sus individuos sostiene en Toledo dos asilos de huérfanos de ambos sexos”.

 

El día de la ceremonia, la comitiva real llegó en tren a la estación de Valdemoro, siendo recibida por el general Cotoner. Una compañía del 14º Tercio del benemérito Instituto rindió los honores de ordenanza.

 

Acompañaban a Alfonso XII, su esposa la Reina María Cristina y sus hijas, las Infantas María de la Paz y Eulalia, así como un séquito compuesto, entre otros, por el ministro de la Guerra, teniente general José Ignacio de Echavarría del Castillo, marqués de Fuente Fiel; el teniente general Francisco de Ceballos Vargas, marqués de Torrelavega; el teniente general Rafael Echagüe Bermingham, conde del Serrallo; el obispo de Areópolis, Ciriaco María Sancha Hervás; y los consejeros de Estado Emilio Cánovas del Castillo, Pedro Antonio de Alarcón Ariza y Andrés Salavert Arteaga.

 

Entre otras autoridades y personalidades presentes se encontraban el senador José Pérez-Osorio Silva, marqués de Alcañices; el coronel de Caballería Pedro Agustín Girón y Aragón, III duque de Ahumada; el mentado marqués de Vallejo; el gobernador militar de Madrid, mariscal de campo Zacarías González Goyeneche; el alcalde de Valdemoro Facundo Fernández Catalina; el brigadier secretario de la Dirección General de la Guardia Civil José Arderius García; los coroneles del Cuerpo Carlos Denis Trueba, Francisco García Osorno y Manuel Giraldo López, así como el teniente coronel Vicente García Aguado.

 

Tras trasladarse a la iglesia parroquial donde se celebró una misa, todos los presentes se desplazaron a la finca “El Juncarejo”, en cuya parte más alta estaba prevista la construcción del edificio bajo la dirección del arquitecto Bruno Fernández de los Ronderos.

 

Allí rindió honores el Batallón de Guardias Jóvenes con bandera, banda y música, todo ello bajo el mando del comandante Romualdo Galindo Ingarriza, como jefe de la “Comandancia de Valdemoro”. 

 

En el interior de esa primera piedra simbólica se depositó un ejemplar de la “Gaceta de Madrid” del día, una copia de la escritura y veinte monedas de curso legal.

 

Esa misma fecha el director general dictó una orden general en la que además de agradecer la presencia del Rey y su Familia, destacó que “cesa el exclusivismo que existía a favor de los hijos del Cuerpo, y todos, sin distinción de sexo, serán atendidos por igual”. 

 

Terminadas las obras en 1885 el colegio comenzó su andadura bajo el cuidado de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, con una capacidad inicial para cien alumnas en régimen de internado.

 

En la actualidad, dicho centro, bajo el nombre de “Marqués de Vallejo”, es el colegio de huérfanos de la Guardia Civil, donde cursan sus estudios escolares niños y jóvenes de ambos sexos que tienen aquella condición, así como quienes sin tenerla guardan vinculación con el benemérito Instituto.