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martes, 3 de febrero de 2015

LA BATALLA DE TERUEL.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "CENTELLES IN EDIT ¡OH!” (Catálogo de la exposición celebrada por el Ministerio de Cultura en el Centro Rey Juan Carlos I de España en Nueva York (octubre-diciembre 2011), págs. 87-100.

El original está ilustrado por once fotografías en blanco y negro de Agustí Centelles Ossó (Valencia, 22 de mayo de 1909 - Barcelona, 1 de septiembre de 1985).


1.- INTRODUCCION.


Entre el 15 de diciembre de 1937 y el 22 de febrero de 1938, se libró en la ciudad de Teruel y sus inmediaciones, la batalla más dura que se disputó bajo las más adversas condiciones climatológicas de toda la Guerra Civil. Alrededor de 100.000 bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos, así lo atestiguan.

Tanto la prensa española de ambos bandos como la prensa internacional, a través de corresponsales y fotógrafos, siguieron su curso jornada a jornada como nunca antes lo habían hecho. Aquella fue la crónica de una batalla despiadada y congelada por un frío extremo para el que nadie estaba preparado.

El propio general Vicente Rojo Lluch, entonces jefe del Estado Mayor Central de la República, escribiría desde el exilio -al finalizar la contienda- en su obra “Alerta los Pueblos” (Ed. Aniceto López, Buenos Aires, 1939): “Setenta días de lucha, doblemente terribles por la tenacidad que se desplegó en ambos bandos durante los principales periodos y por la crudísima inclemencia del tiempo”.

A principios del mes de diciembre de 1937, Teruel era una pequeña capital de provincia, que apenas contaba con unos 15.000 habitantes, y que se encontraba en un saliente de la zona aragonesa que estaba en poder de los sublevados desde el inicio del alzamiento militar de julio de 1936.

A pesar de estar rodeada en tres de sus frentes por las líneas republicanas, casi no había registrado actividad alguna en las últimas semanas y la guarnición destinada a su defensa era escasa. El general Mariano Muñoz Castellanos, jefe de la 52 División y del sector de Teruel, había solicitado reiteradamente el envío de refuerzos dada la escasa entidad y potencia de fuego con que contaba para defender la ciudad en caso de que se produjera un ataque republicano. Sin embargo sus peticiones no fueron atendidas por existir otros escenarios y objetivos de mayor actividad y prioridad.

Tal situación le hizo atractiva y factible al estado mayor republicano. Este, necesitaba, no sólo aliviar el frente de Madrid, que llevaba defendiendo tenazmente desde principios de noviembre de 1936, sino también evitar que el enemigo pudiera lanzar una gran ofensiva que había comenzado a preparar sobre la misma a través de Guadalajara, tras el derrumbe republicano del frente del Norte como consecuencia de la caída de Gijón y Avilés.

Dicho propósito formaba parte de un plan estratégico mucho más ambicioso por parte del general Rojo, mediante el cual quería actuar también, simultánea y ofensivamente, en el frente de Extremadura, si bien, finalmente sólo se autorizó por el gobierno ejecutar la parte relativa a Teruel.

El plan del ejército republicano respecto a dicha ciudad, era, tras desplazar a la zona, con el mayor secreto posible, importantes unidades de maniobra, aislarla del resto de la zona rebelde, lanzar un ataque convergente sobre la misma que permitiera en el menor plazo posible su ocupación militar, y mantenerla a toda costa frente a las previsibles contraofensivas del enemigo.

El general Rojo era plenamente consciente de lo importante y necesario que era alcanzar el éxito en Teruel. No sólo por el beneficio que ello podía entrañar en el teatro de operaciones y en la moral de su propio bando con la consiguiente repercusión propagandística, sino también porque acreditaría la capacidad del nuevo modelo de ejército republicano. Este, había sido creado con su asesoramiento técnico, tras la llegada del socialista Indalecio Prieto al ministerio de Defensa Nacional.

El mando republicano contó para todo ello, según detalla Carlos Engel en su obra “Estrategia y táctica en la Guerra de España” (Almena, Madrid, 2008) con el XVIII Cuerpo de Ejército (34 División con las Brigadas Mixtas 3 y 68 así como la 64 División con las Brigadas Mixtas 16, 81 y 83), el XX Cuerpo de Ejército (40 División con las Brigadas Mixtas 82, 84 y 87 así como la 63 División con las Brigadas Mixtas 218, 219 y 220), el XXII Cuerpo de Ejército (11 División con las Brigadas Mixtas 1, 9 y 100 así como la 25 División), y una Reserva compuesta por la 35 División (con las Brigadas Internacionales XI y XV así como la Brigada Mixta 32), la 39 División, la 47 División (con las Brigadas Mixtas 49 y 69), y la 70 División (con las Brigadas Mixtas 92 y 95). Además intervinieron la 41 División (con las Brigadas Mixtas 57, 58 y 97) y la 42 División (con las Brigadas Mixtas 59, 61 y 151).

Las fuerzas republicanas citadas sumaban en total unos 77.000 hombres frente a unos 11.300 de las I, III y IV Brigadas de la 52 División que defendían la ciudad de Teruel y su área de responsabilidad. La diferencia era evidente y mayor aún en cuanto a capacidad de maniobra y potencia de fuego se refiere.

2.- LAS FASES DE LA BATALLA.

2.1.- La ofensiva republicana sobre Teruel.

Al amanecer del 15 de diciembre las unidades republicanas mandadas por el general Juan Hernandez Saravia, jefe del Ejercito de Levante, iniciaron la ofensiva bajo un intenso frio y una copiosa nevada. El vital factor sorpresa se había conseguido.

Enrique Líster Forján con su 11 Division rompió el frente, infiltrándose entre el río Alfambra y las estribaciones de El Muletón, penetrando hasta alcanzar y conquistar Concud sin encontrar mucha resistencia, así como cortando la carretera que unía Teruel con Zaragoza. Por su parte la 25 División, tras un ligera preparación artillera, ocupó la pequeña localidad de San Blas y alcanzó las alturas de Los Morrones. En cambio la Brigada Mixta 117 que avanzó sobre la zona del cementerio y Vértice Santa Bárbara no pudo cumplir sus objetivos dada la fuerte resistencia encontrada.

A su vez las Divisiones 34 y 64 atacaron en dirección a Cerro Perdigón y Primer Vallejo, teniendo como objetivo principal ocupar La Muela de Teruel y Vértice Pedriza, si bien dada la fuerte resistencia encontrada sólo pudieron ocupar el Cerro Perdigón.

Al día siguiente prosiguieron su ofensiva y ocuparon el Primer Vallejo y las pequeñas localidades de Campillo y La Guea. El 17 alcanzaron La Hoz y Vértice Pedriza, enlazando en el cerro de San Blas con la 25 División. Mientras tanto, otras fuerzas fueron ocupando El Castellar, Castralvo y La Ermita asi como La Muela de Villastar, Vértice Galiana y Villaespesa.

El 18, después de fuertes combates, la 34 División consiguió conquistar la posición de La Muela, desde cuyas alturas se dominaba la ciudad de Teruel, lo cual provocó que los diferentes reductos defensivos se fueran replegando sobre la capital, incluida la estratégica posición del puerto de Escandón, que fue ocupado sin apenas resistencia por la 40 División. El dia 20, con el cerco a Teruel ya completado, las tropas republicanas comenzaron a estrecharlo, continuando la infiltración hacia la ciudad así como para prepararse a hacer frente a la contraofensiva que previsiblemente lanzarían los sublevados en auxilio de los sitiados.

2.2.- El asedio a Teruel.

En la ciudad sitiada, tras el repliegue de las posiciones más próximas, quedaron encerrados, sin contar la población civil, poco mas de 4.000 hombres bajo el mando del coronel Domingo Rey D’Harcourt, a quien el 23 de diciembre le fue conferida por el propio general Franco la responsabilidad de resistir a toda costa: “Desde ahora queda V. nombrado Comandante de la plaza con toda autoridad. La conducta heroica de Villareal, Oviedo, Belchite, servirá de ejemplo para esa gloriosa guarnición. Tened confianza en España, como España confía en vosotros”.

Ya para entonces, el general Franco se había visto obligado, y por lo tanto decidido, a no continuar sus planes de ataque sobre Madrid y acudir en auxilio de Teruel, enviando allí las grandes unidades de maniobra que tenía previsto emplear en aquella operación. Con ello, el general Rojo había ganado ya su primera batalla.

El mando designado por Franco para ello fue el general Fidel Dávila Arrondo, jefe del Ejército del Norte, siendo enviados al frente de Teruel, tres Cuerpos de Ejército: el de Galicia, el de Castilla y el Marroquí, a cuyo frente se encontraban veteranos y experimentados generales. El primero estaba liderado por Antonio Aranda Mata, defensor de Oviedo que resistió 90 días a las fuerzas republicanas; el segundo por el bilaulearado general José Enrique Varela Iglesias, que había liberado el Alcázar de Toledo tras 68 días de asedio; y el tercero, por Juan Yagüe Blanco, que había conquistado la capital de Badajoz.

Todas estas grandes unidades, más otras de menor entidad, y con el trascendental apoyo de la artillería y la aviación, incluida la Legión Cóndor, que en total suponían más de 100.000 hombres, tuvieron que desplazarse desde sus asentamientos para encaminarse hacía Teruel, con el propósito de liberarla del cerco al que estaba siendo sometido por las fuerzas republicanas.

Mientras tanto el coronel Rey había dispuesto que se abandonaran todas las posiciones defensivas exteriores y resistir los ataques de los republicanos desde el interior de la capital, fortificándose en los edificios más robustos y que reunieran las mejores condiciones de defensa. Todo ello en espera de poder recibir los auxilios que les enviaran en su ayuda.

Sin embargo dicha estrategia defensiva sería muy criticada en su propio bando. Un contundente ejemplo de ello fue el testimonio del general Rafael García-Valiño Marcén, jefe de la 1ª División de Navarra 1ª, que dejó plasmado en su obra “Guerra de Liberación Española (1938-1939)”, (Ed. del autor, Madrid, 1949), al tratar sobre la Batalla de Teruel, en la que participó activamente. En su opinión, sin perjuicio de reconocer que en conjunto constituyó una resistencia heroica de su guarnición, fue un error el repliegue de las posiciones exteriores, no guarnecer el perímetro defensivo en su totalidad y limitarse, en cambio, a hacerse fuerte en varios edificios de solida construcción, pero inadecuados para la defensa eficaz de la ciudad con las fuerzas disponibles, que juzgaba suficientes.

Las fuerzas republicanas aprovecharon la ausencia de dicho perímetro defensivo para infiltrarse en Teruel por diferentes vías de penetración y comenzar el ataque y asedio a cada uno de los edificios donde se habían hecho fuertes la guarnición.

    Y así comenzó a librarse una nueva fase de la batalla, pero en dos escenarios diferentes, uno en el interior de la ciudad en el que unas unidades republicanas atacaban, intentando ocupar por la fuerza Teruel, combatiendo en sus calles, y el otro en su exterior, donde otras de sus unidades se defendían de los ataques de las fuerzas del general Dávila que el 29 de diciembre iniciaron una potente contraofensiva sobre las líneas republicanas con el propósito de romper el cerco y liberar a los defensores.

El 31 de diciembre las tropas del general Varela llegaron hasta los arrabales de Teruel, existiendo la convicción entre las filas del bando sublevado que al día siguiente liberarían por completo la ciudad, apareciendo incluso, al igual que había pasado con la propaganda republicana, dicha noticia en los titulares de la prensa propia y en los partes oficiales como un hecho consumado. De hecho, incluso Franco felicitó esa fecha a Varela, tal y como quedó reflejado en su “Diario de Operaciones (1936-1939)” (Ed. Almena, Madrid, 2004): “Recibe mi felicitación por tu brillante victoria que has logrado con tu Cuerpo de Ejército al liberar Teruel. Felicita en mi nombre a los Mandos y Tropa a quienes deseo, así como a ti, que sigáis cosechando triunfos”.

Sin embargo la realidad fue bien diferente. A la fuerte resistencia de las posiciones republicanas que cercaban la ciudad, se unió un tremendo temporal de nieve y frío que hizo descender las temperaturas hasta 18 ºC bajo cero, imposibilitando prácticamente todo movimiento, la visibilidad, y por supuesto el empleo de la aviación.

Por su parte, entre algunas unidades republicanas que se encontraban ya en el interior de Teruel, cundió la desmoralización y abandonaron sus posiciones, sin que el enemigo se percatara de ello, siendo obligadas a regresar antes de que se apercibiera.

En los días siguientes se fueron haciendo cada vez más duros los combates que se libraban en el interior de la ciudad, produciéndose cuantiosas bajas entre las filas de ambos bandos y en la indefensa población civil. Los defensores se batían hasta la extenuación con la esperanza de ser liberados por unas fuerzas que sabían muy próximas mientras que los atacantes empeñaban todos sus medios y arrojo en aplastar hasta el último foco enemigo de la ciudad.

Edificios emblemáticos como la Comandancia Militar, el Seminario, el Convento de Santa Clara, el Banco de España, la Iglesia de Santiago, el Ateneo o la Diputación, se convirtieron en reductos defensivos que durante muchos días junto a sus noches parecieron dramáticamente inexpugnables, primero fueron quedando aislados y después fueron cayendo uno a uno tras dejar un largo reguero de muertos y heridos en ambos bandos.

De esta forma y hasta el 8 de enero de 1938, transcurrieron la veintena de días más dura y de mayor sufrimiento que padeció una ciudad durante la Guerra Civil, tanto por las inhumanas condiciones climatológicas de frio y nieve, como lo despiadado de los combates que se libraron, calle por calle y casa por casa, quedando todo reducido a escombros. Fue una lucha sin cuartel y sin descanso que tanto defensores como atacantes nunca habían conocido hasta entonces y de la que la población civil, que no pudo ser evacuada, fue rehén y víctima.

2.3.- La conquista de Teruel.

Finalmente, sobre las tres de la tarde del 8 de enero, el parte de operaciones republicano anunciaba, esta vez de verdad, la ocupación total de Teruel: “Suprimido el ultimo foco de rebeldía, la ciudad queda por entero en poder de la Republica”. En cambio, el parte franquista justificaría su derrota responsabilizando de ello al coronel Rey D’Harcourt: “… fue debido a la flaqueza e impericia del citado jefe del sector que anoche pactó la entrega de su puesto con los rojos”.

Acaba de comenzar la difusión, por el aparato de propaganda franquista, de la “leyenda negra” sobre el coronel que no supo ni quiso sacrificar su vida ni salvar Teruel, pero que en cambio si entregó al enemigo una plaza heroica. Aquella maldición duraría muchos años y de nada serviría conocerse con el paso del tiempo que Rey D’Harcourt había sido asesinado durante su cautiverio, poco antes de finalizar la guerra, junto a otras autoridades civiles, eclesiásticas y militares de aquella desdichada capital.

Ni siquiera la resolución absolutoria de un tribunal militar de la posguerra fue suficiente. Aquel injusto estigma que lo sepultó junto a quienes le acompañaron, perduró durante décadas, siendo siempre denunciado, incluso décadas después, por sus descendientes, como por ejemplo hicieron los hermanos Milagros y Fernando Llorens Casani, hijos de uno de los oficiales defensores de la ciudad, en su obra “Heroes o traidores. Teruel, la verdad se abre camino” (Ed. de los autores, Jaen, 2005).

Se trataba de la primera –y a la postre la única- capital de provincia conquistada por el ejercito republicano en toda la contienda, pero que el gobierno republicano supo explotar propagandisticamente como una gran victoria, tanto en su propia zona como en el extranjero, abriendo la ciudad destruida a todos los corresponsales y fotógrafos de guerra que habían estado cubriendo la batalla.

Tras la rendición, los republicanos evacuaron a la población civil que todavía permanecía y sobrevivía en la ciudad, pasando a ocupar su XXII Cuerpo de Ejército la responsabilidad de su defensa. A partir de ese momento los hombres del general Hernández Saravia se convirtirían en los sitiados y los del general Dávila en los sitiadores.

2.4.- La contraofensiva y reconquista de Teruel.

El mismo 8 de enero de 1938 estaba prevista una nueva contraofensiva que la adversa  climatología de esa jornada impidió llevar a cabo. Retomada el día 17, tras una potente preparación aérea y artillera, las Divisiones 5, 13 y 150 del general Aranda iniciaron la contraofensiva con el asalto al Alto de Celadas, sorprendiendo a la 67 División del XIII Cuerpo de Ejército republicano, en cuyo refuerzo acudió la 35 División, si bien apenas pudieron retrasar brevemente la ruptura del frente. El dia 19 la División 5, gracias al apoyo artillero, ocupó El Muletón, consolidando sus posiciones.

Los republicanos reaccionaron rápidamente, maniobrando con las 27, 42 y 39 Divisiones del XIII Cuerpo de Ejército, las 46 y 66 Divisiones del XX Cuerpo de Ejército, y los V, XVIII y XIX Cuerpos de Ejército. Su primera acción de importancia fue intentar el dia 25 cortar las comunicaciones por carretera y ferrocarril con Zaragoza por su retaguardia mediante un ataque a Singra si bien a pesar de los duros combates librados no lo consiguieron.

Tras diez días de combates de desgaste entre ambos contendientes, el Cuerpo de Ejército Marroquí, precedido de preparación aérea y artillera, inició un ataque el 5 de febrero y su 4ª División ocupó los vértices Torrecilla y Monteruelo, mientras la 1ª Division conquistó las poblaciones de Pancrudo y Alpenes, la 82 División la localidad de Corbatón, y la 5ª División desbordó el frente en profundidad.

Fue el principio del fin de unas operaciones que continuadas en los días siguientes y con el trascendental apoyo de la artillería, terminaron por envolver y cercar completamente Teruel, aun a pesar de los intentos republicanos por evitarlo, fracasando en sus contraataques.

El 17 de febrero el Cuerpo de Ejército Marroquí cruzó el rio Alfambra y avanzó hacia el sur por su margen derecha, aislando a la ciudad desde el norte. Al día siguiente el Cuerpo de Ejército de Galicia del general Aranda completó la maniobra envolvente, atacando por el flanco sur. El 21 Teruel quedó completamente cercada a pesar de los contraataques republicanos.

Al día siguiente, 22 de febrero, con el trascendental apoyo de la aviación y artillería, y tras ocupar La Muela por unidades del Cuerpo de Ejército de Castilla, sus fuerzas entraban con escasa resistencia en la ciudad, que había sido evacuada en su mayor parte de tropas republicanas. Teruel había sido reconquistado pero a un coste humano y material, para ambos bandos, muy elevado.

3-. CONCLUSIONES.

El número de bajas (muertos, heridos y desaparecidos) que sufrieron ambos bandos fue tremenda y dramáticamente cuantioso. Si bien las cifras varían según el autor consultado, suelen girar alredor de las 100.000, entre las cuales no se contabilizan las víctimas civiles que por una u otra causa, fallecieron como consecuencia de la batalla. Tomando como referencia más fiable los datos asumidos por Valentín Solano Sanmiguel en su obra “Guerra Civil Aragón. Teruel” (Ed. Delsan, Zaragoza, 2006), los sublevados tuvieron unas 43.800 bajas y los republicanos unas 54.000.

Aunque para ambos bandos la Batalla de Teruel supuso en su conjunto, un profundo desgaste en cuanto a hombres –por las elevadas pérdidas humanas- y medios de combate –por el numerosísimo material destruido- tuvo para cada uno de ellos lecturas muy diferentes.

Para el general Vicente Rojo, tal y como dejó recogido en su obra citada, fue un éxito tanto estratégico como táctico. Estratégico, por cuanto las operaciones llevadas a cabo por el ejército republicano, restaron la iniciativa al enemigo obligándole a subordinar sus planes a los de aquél; porque provocaron el alejamiento del peligro que la masa de maniobra enemiga representaba sobre un objetivo capital como Madrid; y porque dieron tiempo -aunque no lo suficiente- para reorganizar el ejército republicano. Y táctico, porque la maniobra planeada por el estado mayor republicano para lograr la rendición de la capital turolense, se desarrolló en sus formas, rigurosamente, tal y como había sido concebida.

No obstante, y si bien terminaba por asumir y reconocer también el fracaso táctico que finalmente se produjo por cuanto el enemigo pudo, una vez asegurada su superioridad, recuperar la ciudad, destacó las trascendentales repercusiones de índole moral que tuvo la acción republicana entre sus tropas, además de la innegable propagandística, al tratarse de la única capital de provincia que pudieron conquistar al enemigo.

En cambio, para el coronel José Manuel Martínez Bande, en su monografía del Servicio Histórico Militar, “La Batalla de Teruel” (Ed. San Martín, Madrid, 1990), tras destacar el importante matiz político que ésta tuvo para ambos bandos y reproducir textualmente el citado análisis del que fuera general jefe del estado mayor central republicano, concluye afirmando que el éxito momentáneo de Teruel resultó a la larga demasiado caro para las fuerzas que lo ocuparon.

Sin profundizar en mayores valoraciones, se apoya para ello en la opinión de dos destacados socialistas de la época. Por una parte, la del ensayista, periodista y diplomático Antonio Ramos Oliveira, quien fuera agregado de prensa en la embajada de España en Londres durante la Guerra Civil, y que lo dejó escrito desde el exilio en su obra “Historia de España” (Compañía General de Ediciones, México, 1952), donde afirmó que la conquista de Teruel fue un esfuerzo excesivo para el Ejército de la República así como que sus mejores tropas populares se agotaron y su mejor material se melló o se perdió.

Y por otra parte, la del también ensayista y periodista Julián Zugazagoitia Mendieta, que fue ministro republicano de Gobernación durante la Batalla de Teruel y desempeñó posteriormente la Secretaría General de Defensa Nacional, el cual terminaría siendo fusilado en Madrid en 1942, tras ser detenido en su exilio parisino por la Gestapo alemana y entregado a las autoridades franquistas. En su obra “Historia de la guerra en España” (Ed. La Vanguardia, Buenos Aires, 1940), reeditada posteriormente varias veces bajo el título de “Guerra y vicisitudes de los españoles”, señalaba que el cambio final de manos de Teruel produjo un bache profundo en el ánimo del hombre de la calle, más que por lo que los periódicos encomiaron su conquista, por lo que la pérdida suponía como incapacidad de retener y conservar lo conquistado.

Pero Solano, uno de los historiadores que más en profundidad ha estudiado dicha batalla, concluye que el mando republicano consiguió evitar con ello el ataque previsto sobre Madrid y que sus fuerzas ejecutaron lo planeado de forma perfecta pero que se equivocaron al detenerse en su ofensiva en las proximidades de Teruel, cuando podían haber continuado avanzando hacia la retaguardia del enemigo dada la escasa resistencia encontrada.

Tal y como reconoció en su obra citada el propio general Garcia-Valiño, la ofensiva republicana ejecutada por sorpresa cuando la masa de maniobra de los sublevados se hallaba empeñada en las proximidades de Madrid, habría podido ser verdaderamente peligrosa, “y sólo Dios sabe las consecuencias que hubiera podido acarrear”.

Pero también el mando sublevado cometió errores. El primero, y más grave, en opinión de Valentin Solano, el haber realizado un ataque frontal contra posiciones fuertemente fortificadas, que le produjo numerosas bajas y no le permitió liberar Teruel hasta que optó por ejecutar maniobras envolventes.

En cambio para Carlos Engel, los errores comenzaron antes, empezando por calibrar mal las posibilidades de resistencia de una ciudad sitiada, considerando que los ejemplos del Alcazar de Toledo, Oviedo y Huesca debían repetirse siempre. Asi mismo, anadiendo el perjuicio que supuso para sus maniobras las muy adversas condiciones climatologicas, la lentitud en la movilización de las reservas, sobre todo considerando que, preparadas para  la ofensiva sobre Madrid, no estaban demasiado alejadas del teatro de operaciones.

Sin embargo, la verdadera consecuencia o resultado más importante de la Batalla de Teruel será el cambio estratégico respecto a la importancia y prioridad que tenía para los sublevados el conquistar Madrid. Con sus principales unidades de maniobra en el valle del Ebro, el teatro de operaciones de Aragón dejaría de tener un carácter secundario y el objetivo principal ya no será Madrid, que quedara para el final de la guerra, sino llegar al mar Mediterráneo a través de dicho valle. Dicho cambio también modificará la estrategia republicana, y de hecho, seis meses más tarde, el 25 de julio siguiente, su ejército lanzará nuevamente por sorpresa una nueva ofensiva que dará lugar a la Batalla del Ebro …


lunes, 2 de febrero de 2015

CORONEL FRANCISCO LANZA GUTIÉRREZ (1921-2010). DOCTOR INGENIERO EN ARMAMENTO Y AUTOR DEL “TRATADO DE CARTUCHERIA”. (2ª PARTE).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 352 correspondiente al mes de octubre de 2011, de la Revista "ARMAS", págs. 88-94.
Los originales están ilustrados por diecinueve fotografías en color y tres en blanco y negro.

Tal y como se comentaba en nuestro artículo anterior, la biografía científica y militar del coronel Lanza, acreditada en su brillante hoja de servicios, es realmente excepcional, ocupando por derecho propio su correspondiente página en la historia del armamento español de la seguna mitad del siglo XX.

Tras obtener su despacho de capitán del Cuerpo de Ingenieros de Armamento y Construcción del Ejército, se incorporó el 1 de mayo de 1952 a su primer destino que fue la Fábrica Nacional de “La Marañosa”, perteneciente a la Empresa Nacional Santa Bárbara de Industrias Militares S.A., ubicada en San Martín de la Vega (Madrid).

Durante los dos años siguientes, desempeñó entre otros cometidos, los de profesor principal de química y análisis inorgánico, física y química, así como de prácticas de laboratorio, del taller y 2º jefe del laboratorio químico central experimental. También fue responsable de la sección técnica de estudios, proyectos y experiencias, además de agregado al taller de precisión y centro electrónico de Artillería.

Paralelamente a ello, continuó perfeccionando sus estudios académicos y el 4 de mayo de 1954, le fue concedido el grado de doctor en ciencias químicas por la Universidad de Santiago de Compostela.

Ya para entonces España había comenzado a salir con paso firme y de la mano de EE.UU., del aislamiento internacional al que había sido sometida tras la Segunda Guerra Mundial.

La “Guerra Fría” había enemistado entre si a los antiguos “Aliados” y la posición estratégica de España en el sur de Europa así como su régimen político anticomunista, motivaron que EE.UU. buscara en ella un nuevo aliado para instalar bases militares conjuntas que impidieran la expansión de la amenaza soviética.

El 26 de septiembre de 1953, fruto del mutuo interés, se firmaron los “Convenios hispano-norteamericanos”, que supusieron para España recibir una importante contraprestación económica y militar.

Entre ésta última estaba la capacitación técnica en territorio norteamericano. Uno de los seleccionados fue el capitán Lanza quien recibió la orden de aprender inglés a la mayor brevedad posible. El consejo de ministros celebrado el 16 de junio de 1954 autorizó su viaje y tres meses después inició un curso superior de electrónica en la Universidad de Stanford (California).

Tras un año de intensos estudios obtuvo el 30 de septiembre de 1955 el título de “Master of Science” en electrónica, siendo poco después designado por la Dirección General de Industria y Material del Ministerio del Ejército, como titular de la comisión para “el desarrollo de los programas de asistencia técnica norteamericana que corresponde al año fiscal 1955-56”.

Durante 1956 realizó un curso sobre control estadístico de la calidad de ingeniería de dirección en el Arsenal de Rock Island (Illinois), expidiéndosele el 26 de noviembre por el Departamento de Ejército de EE.UU. la correspondiente certificación.

El 30 de enero de 1957 regresó a España y un mes y medio después la Dirección General de Industria y Material del Ministerio del Ejército, le nombró miembro de la “Comisión para redactar informe en relación con la defensa contra las armas atómicas”.

Asimísmo, con fecha 20 de marzo, fue designado para constituir “la comisión para pedir datos sobre la oferta del radar 3MK-7”, un moderno radar antiaéreo de la época, construido por la empresa British Thomson-Houston.

El 12 de agosto, continuando en “La Marañosa”, fue nombrado profesor del taller de precisión y centro electrotécnico de Artillería así como del curso de perfeccionamiento de mecánicos-electricistas de la rama de armamento.

En ese periodo superó los exámenes del tribunal de idiomas del Ejército, obteniendo el grado de “posee” el idioma inglés y fue designado asesor de la inspección del contrato “OSE-SHORE” con la empresa “S.A. Placencia de las Armas”, en todo lo referente a la parte eléctrica.

Ascendido al empleo de comandante con antigüedad del 16 de julio de 1958 fue destinado a la Fábrica Nacional de Palencia, donde se hizo cargo de la dirección de los grupos 1º y 2º de cartuchería. Dos meses después se le nombró profesor de electrotecnia industrial del 4º curso y de prácticas de taller de todos los cursos de la Escuela de Formación Profesional Obrera de dicha fábrica.

El 6 de octubre, entre tanta actividad militar y científica, tuvo tiempo para contraer matrimonio canónico con la joven Mª Asunción Mollá Maestre, perteneciente a una distinguida familia militar. De dicha unión nacieron cuatro hijos: Francisco, Paloma, Jesús y Mª Cristina. Ellos seguirían la carrera de las armas, ostentando actualmente los empleos de coronel y teniente coronel de Infantería, mientras que ellas se licenciaron en ciencias químicas y derecho, respectivamente.

Además de sus responsabilidades en la fábrica y su escuela obrera, Lanza participó en los años siguientes en numerosas comisiones, dentro y fuera de España, donde sus cualificados conocimientos técnicos fueron de gran utilidad.

Entre ellas están la ponencia sobre unificación de la cartuchería de 7’62 mm. (1961); visitas en Portugal a la Fábrica Nacional de Municiones de Moscavide y la de Armas y Material de Guerra de Braço de Prata (1961); en Alemania a las fábricas de Fritz Werner en Geisenheim, su filial Eisenhütte Nassau y la de la I.W.K. (Industrie Werke Karlsruhe) en Karlsruhe (1962); en Francia a las de Manurhin en Mulhouse, Vichy y Le Mans (1962); y en EE.UU. a varias fábricas de cartuchería para seleccionar maquinaria (1965).

El 19 de julio de 1965 ascendió a teniente coronel, pasando a desempeñar posteriormente el cargo de jefe de producción de la Fábrica de Palencia. Progresando en su formación científica, el 25 de junio de 1969 se le concedió el grado de doctor ingeniero de armamento.

Simultaneando sus responsabilidades en la fábrica continuó desempeñando importantes comisiones de servicio, como por ejemplo, en Francia y Suiza, para conocer las instalaciones de la casa Oerlikon en Mulhouse y Zurich, respectivamente (1969); y en el polígono de experiencias “Costilla” de Cádiz para intervenir en las pruebas con estopines especiales para disparos de 70/16 fabricados en Palencia (1969).

También por esas fechas fue nombrado subdirector de la Fábrica de Palencia y su “Catálogo Lanza” fue declarado de utilidad para el Ejército, siendo expresamente felicitado ya que dicha obra era “única en su género en la bibliografía militar española”.

Haciéndose cargo con carácter accidental de la dirección de la fábrica en varias ocasiones, prosiguió desempeñando comisiones, viajando a Portugal para visitar en Moscavide la Fábrica Nacional de Munições e Armamento (1971); a Madrid para asistir a la reunión de responsables del Ministerio del Ejército, Empresa Santa Bárbara y CETME (Centro de Estudios Técnicos de Materiales Especiales), sobre el proyecto de puesta a punto del conjunto arma-munición de calibre 5’56x45 mm. (1972); y a Suiza para recepcionar los elementos necesarios para la carga de 10.000 disparos de 20 mm. Oerlikon 5TG, tipo SUL (1973).

Cuatro años después, el consejo de administración de la Empresa Nacional “Santa Bárbara”, en su reunión del 27 de abril de 1977, acordó nombrarle director de la Fábrica de Armas de Toledo, ascendiendo al empleo de coronel el 7 de marzo del año siguiente.

Publicada su magna obra “Tratado de Cartuchería” fue declarada de utilidad para el Ejército de Tierra, la Armada y Ejército del Aire.

Continuó realizando diversas comisiones para visitar, en Noruega las fábricas de municiones de Raufoss y de material de guerra de Ronsberg (1979); y en Portugal las de Moscavide y Braço de Plata (1980).

Ese año fue el responsable de organizar los actos conmemorativos del bicentenario de la fundación de la Fábrica de Armas de Toledo (1780-1980) y al siguiente, el ministro de Defensa le concedió el “Premio Elorza 1980” por la labor científica y técnica llevada a cabo en el cuatrienio 1976-1980. Dicho galardón se concede cada cuatro años, previa votación personal y secreta, de todos los generales, jefes y oficiales ingenieros de armamento en cualquier situación.

En junio se hizo cargo de la dirección del proyecto de fabricación en Toledo del tubo lanzador del misil HOT (Haut subsonique Optiquement Téléguidé) y visitó la casa alemana Messerschmitt-Bölkow-Blohm.

En 1982 realizó el XXI Curso de Logística (aptitud para el generalato) en la Escuela de Mandos Superiores de la Escuela Superior del Ejército, obteniendo la calificación “muy bueno”, y fue nombrado director de la División de Armas Ligeras de la Empresa Nacional Santa Bárbara, cesando en la dirección de la Fábrica de Toledo.

En 1983 se le nombró jefe de Ingeniería de la Dirección Técnica y de Explotación, presidiendo en Palencia, Granada e Inglaterra, reuniones con representantes de la casa Oerlikon sobre munición de 35 mm. También estuvo visitando fábricas en Alemania y Bélgica, finalizando el año en la Fábrica de Granada para recepcionar la planta de pólvora esferoidal que el CETME había montado.

Finalmente, al cumplir la edad reglamentaria, pasó el 21 de marzo de 1984 a la situación de reserva activa, aprovechando para publicar por esa época en la revista oficial “Ejército”, una serie de interesantísimos artículos sobre las armas ligeras y su balística de efectos.

El 31 de julio de 1987 y nuevamente por razones de edad, pasó a la situación de retirado, aunque no por ello abandonó su interés por la cartuchería, trabajando durante años en su proyecto de actualización del “Tratado” de 1978.

De hecho, su hija Paloma, que siguió sus pasos por la vía científica (trabaja en “General Dinamics Santa Bárbara Sistemas” y fue jefa del proyecto de construcción-puesta en marcha de la planta turca de pólvoras de Kirikkale y actualmente trabaja en el programa de industrialización-venta del misil SPIKE a nuestro Ejército), le estuvo ayudando durante años con sus nuevas notas y apuntes.

Desgraciadamente el coronel Lanza falleció el 26 de mayo de 2010 sin poder terminar su nueva obra.

Nota. Se agradece la inestimable colaboración de la familia Lanza y muy especialmente de Mª Asunción Mollá Maestre y su hijo el coronel Francisco Lanza Mollá.