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lunes, 20 de octubre de 2014

FUSILADO ... Y ABSUELTO CUATRO AÑOS DESPUÉS. LA TRAGEDIA DEL CAPITÁN DE CORBETA VIRGILIO PÉREZ PÉREZ.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CADIZ" el 18 de julio de 2005, p.12. 
El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

Los efectos de la Guerra Civil entre los cuadros de mando de la Armada -o en la Marina de Guerra como se decía antes- fueron devastadores, y muy especialmente entre los pertenecientes al Cuerpo General, pues muchos de ellos perecieron asesinados en sus buques o dependencias a manos de sus subordinados.

En unos casos se habían unido espontáneamente a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, organizada por destacados miembros del Ejército en cuya conspiración habían contado muy poco con sus compañeros de la Armada, mientras que en otros fueron detenidos o muertos antes de que tuvieran oportunidad siquiera de posicionarse.

La cruel y sangrienta manera de cómo se llevó a cabo la "contrasublevación" en los buques e instalaciones navales, no sólo hizo palidecer -cuando trascendió la brutalidad de los detalles - a las autoridades del gobierno legítimo de la República sino que abrieron una profunda brecha en su prestigio internacional, provocando un gran rechazo entre los oficiales de las marinas británica y francesa, lo cual puede explicar algunas de las actitudes y conductas que posteriormente se dieron en barcos de ambos países respecto a los que ondeaban la bandera tricolor.

Cuando lo propio hubiera sido en todo caso, detener a aquellos mandos que se hubieran unido a la sublevación o fueran sospechosos de intentarlo y ponerlos a disposición de los tribunales, se alentó irresponsablemente la acción revolucionaria de tomarse sangrientamente la justicia por su mano, lo cual fue objeto de condena y rechazo internacional, perjudicando la imagen exterior de la República.

Sin embargo entre las filas de la Armada en la zona sublevada acontecieron también hechos deleznables y sin justificación alguna, que en el caso de nuestra provincia -donde se padeció una represión brutal- tuvieron la localidad de San Fernando por escenario, pues se procedió a fusilar sin formación de juicio alguno a aquellos marinos que no se unieron a la sublevación o sobre los que había cuestiones y rencores pendientes.

Este es el caso del capitán de corbeta Virgilio Pérez Pérez, jefe de la estación radio de la base naval de Cádiz, que gozaba de gran prestigio profesional en la Marina, habiendo sido condecorado en varias ocasiones por su valor y virtudes castrenses.

Su tragedia comenzó cuando en la madrugada del 19 de julio recibió en la estación naval el siguiente radio: "Por Decreto de hoy, quedan sin destino los generales que hayan declarado el estado de guerra contra la República, por lo que quedan automáticamente destituidos los almirantes Gámez y Ruiz de Atauri, a los que no deberán acatar obediencia ninguna persona de esa. Quedan nombrados interinamente jefe de la base el capitán de fragata D. Tomás de Azcárate y de segundo jefe, el capitán de corbeta, D. Virgilio Pérez, a los cuales deberán acatar y obedecer con arreglo a las leyes de la República".

Evidentemente la confusión en Madrid era todavía tremenda respecto a lo que realmente acontecía en Cádiz y ese mensaje fue la sentencia de muerte para ambos. Azcárate, nombrado días antes asesor naval del gobernador civil, se encontraba en ese momento en el interior de su sede oficial, sitiado por las fuerzas sublevadas del Ejército y no se enteraría del contenido hasta varios días después de estar detenido en el castillo de Santa Catalina y poco antes de ser fusilado, el 16 de agosto, en los fosos de Puerta de Tierra sin conocimiento del juez militar que lo había procesado por el paradójico delito de rebelión militar contra la República.

Mientras tanto Virgilio Pérez, que ni podía ni tenía intención de cumplir dicho radio, "se presentó en actitud disciplinada" en San Fernando a su almirante, José María Gámez Fossi, para entregarle copia del mismo y ponerse a sus órdenes.

Sin embargo no fue autorizado a regresar a sus dependencias sino que fue arrestado y permaneció unos días en las de la capitanía general, pasando posteriormente a las de la escuela naval y finalmente ingresó como detenido en el penal naval de La Carraca, de donde sólo salió -siendo ya jefe de la base de Cádiz el almirante Manuel Ruiz de Atauri- para ser asesinado en la madrugada del 28 de agosto junto a otros marinos, entre los que se encontraban el capitán de corbeta Francisco Biondi Onrubia, el comandante Manuel Sancha Morales y el capitán Enrique Paz Pinacho, ambos de Infantería de Marina, así como el comandante de Intendencia Antonio García Moles.

Nunca se aclararon las confusas circunstancias que rodearon todo aquello ni quien dio la orden. Cualquier investigación al respecto obtiene como respuesta que la documentación se destruyó en el incendio que sufrió el 2 de agosto de 1976 el archivo naval de San Fernando.

La tragedia familiar de la sinrazón y el odio que desató la Guerra Civil en el caso de Virgilio Pérez no quedó sólo en dejar viuda a Mª Dolores González de la Torre Charlo y huérfanos a sus seis hijos de corta edad, Mª Carmen, Margarita, Virgilio, Horacio, Pedro y Federico, éste último póstumo.

El capitán de corbeta Horacio Pérez, se encontraba entonces destinado en Madrid y se ocultó cuando comenzaron allí las detenciones de militares sospechosos pero al enterarse del asesinato de su hermano Virgilio, se presentó en el ministerio de Marina, donde llegó a ser jefe de estado mayor de la Flota republicana y posteriormente jefe de la Defensa Móvil Marítima y delegado de convoyes en Valencia. Al finalizar la Guerra Civil fue juzgado por los vencedores y fusilado, dejando viuda y dos huérfanos. Nunca le perdonaron sus importantes servicios a la causa republicana, entre los que destacó el haber llevado el destructor José Luis Díez, tras la deserción de los oficiales, desde Inglaterra a Francia y España.

Su sobrina Mª Carmen García Pérez, también de San Fernando y que a sus casi 95 años goza hoy día de una memoria espléndida, quedó viuda con cuatro huérfanos de corta edad al ser asesinado en Mahón el 3 de agosto su marido, el teniente de navío Narciso Núñez de Olañeta –comandante del submarino B-1 –junto a un centenar de oficiales del Ejército y la Armada que estaban presos por su adhesión a la sublevación. La matanza realizada por suboficiales y tropa de artillería se ejecutó por sorpresa cuando aquellos se encontraban paseando en el patio de la prisión, horrorizando tanto a las autoridades locales del Frente Popular que denunciaron lo sucedido.

Cuando al difunto Virgilio Pérez se le incoó tras la contienda el habitual procedimiento de responsabilidades políticas instaurado por el régimen franquista contra sus enemigos, su viuda compareció para defender a quien ya no podía hacerlo y que en todo momento había sido ejemplo de buen militar, católico, esposo y padre de familia.

Tal y como recoge la sentencia dictada en Sevilla el 29 de agosto de 1940 por el tribunal formado por Telmo Carrión Blázquez, Francisco Díaz Plá y Ricardo Monsalvez Ruiz -localizada gracias a las historiadoras Alicia Domínguez y Magdalena González- si bien a Virgilio "se le atribuyen los hechos de haber profesado ideas izquierdistas, ser partidario del régimen republicano y mandar el barco que en 1932 condujo a Villa Cisneros a los complicados en los sucesos del 10 de agosto de dicho año, a quienes se dice trató con dureza", no constaba, entre otras hechos a su favor que "actuase contra la causa nacional".

Finalmente se falló que "debemos absolver y absolvemos al inculpado don Virgilio Pérez Pérez". La sentencia llegaba cuatro años tarde, siendo el de mayor graduación del más de un centenar de miembros de la Armada que fueron fusilados en San Fernando a causa de la Guerra Civil.


domingo, 19 de octubre de 2014

INFORME SECRETO. EL ARMAMENTO DEL EJÉRCITO ESPAÑOL ANTE LA 2ª GUERRA MUNDIAL (VII). EL REARME DEL PROTECTORADO, BALEARES Y CANARIAS.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 277 correspondiente al mes de julio de 2005, de la Revista "ARMAS", págs. 64-70. 
Los originales están ilustrados por seis fotografías en color, diez en blanco y negro y un dibujo en color.
 
Al estallar la Segunda Guerra Mundial se produjo la paradoja de que algunas de las zonas españolas que durante la Guerra Civil 1936-1939 no habían sido escenario de operaciones militares ni batallas, constituyendo parte de la retaguardia denominada nacional o facciosa, corrían el riesgo de convertirse en objetivos prioritarios para algunas de las potencias participantes en el conflicto.

Tal era el caso del Protectorado de España en Marruecos y el archipiélago canario, encuadrándose en el mismo grupo con nivel de amenaza similar, el archipiélago balear dada su estratégica posición en el Mediterráneo. En los tres casos coincidía además la misma servidumbre: se encontraban aislados de la Península y caso de que España entrase en guerra no podía garantizarse el correcto suministro logístico –vía marítima o aérea- en materia de armamento y municionamiento, entre otros recursos vitales.

Ello motivó que aquellos territorios se convirtieran en una de las primeras prioridades del Estado Mayor del Ejército con el objeto de dotar a las unidades allí desplegadas, entre otras necesidades, de las armas y pertrechos suficientes para sustentar su defensa frente a una amenaza o agresión extranjera.
El armamento del Marruecos español
Dicha zona incluía a estos efectos tanto nuestro Protectorado como las entonces plazas de soberanía de Ceuta y Melilla. Según un informe inicial suscrito el 15 de abril de 1940 por el general jefe del E.M.E., cuyo destinatario era el ministro Varela y que fue ampliado ocho días después, tenía completa la 1ª serie de armamento de Infantería, incluidos los incrementos de plantilla de las Banderas de La Legión de las Divisiones nº 92, 93 y 101 así como las Mehal-las Jalifianas, gracias al urgente envío de armas procedentes de las Maestranzas de La Coruña y Sevilla, la Fábrica de Oviedo y el Parque de Zaragoza, ordenado el día 6 de dicho mes.
La citada serie comprendía en principio tanto las armas ligeras (54.225 mosquetones y fusiles, 2.127 fusiles ametralladores y 804 ametralladoras) todas unificadas a 7 mm., como los morteros (510 de 50 mm., 156 de 81 mm. y una previsión de 24 de 120 mm., todavía no disponibles), las ametralladoras antiaéreas de 20 mm. (48 piezas) y los cañones antitanques de 37 y 45 mm. (30 piezas en total).
Además de todo ello se disponía en estado de funcionamiento en los parques de aquel territorio otros 14.892 fusiles y mosquetones (7.644 españoles de 7 mm., 6.478 rusos de 7’62 mm. y 770 italianos de 6’5 mm.), 312 fusiles ametralladores (4 españoles de 7 mm., 19 alemanes de 7’92 mm., 280 rusos de 7’62 mm. y 9 franceses de 8 mm.), 281 ametralladoras (184 españolas de 7 mm. y 97 rusas de 7’62 mm.) y 9 morteros (7 de 60 mm. y 2 de 81 mm.), amén de una amalgama de 10.669 fusiles y mosquetones, 178 fusiles ametralladores, 126 ametralladoras y 43 morteros, todos inútiles, de diversos modelos y nacionalidades pero que estaban pendientes de su arreglo y recomposición.
No obstante, dadas sus especiales circunstancias geográficas, por aquellas mismas fechas desde el E.M.E. se estaba estudiando “enviarles otra Serie completamente igual para repuesto en los Parques, bien entendido que no habría dificultad en cuanto a fusiles y ametralladoras, así como a morteros de 50 ó 81, pero si en cuanto a F.A, A.A. de 20 m/m y cañones antitanque se refiere”.
Sin embargo a la hora de la verdad y poder llevarlo a cabo, según una nota de 18 de junio siguiente, no pudo entonces completarse la serie “B”, faltando 5.200 fusiles y mosquetones para Ceuta así como 2.247 fusiles ametralladores para todo el Protectorado y plazas de soberanía, si bien se enviaron para paliar en parte dicho déficit un total de 20.000 anticuados fusiles franceses Lebel de 8 mm. y 12 millones de cartuchos para los mismos, procedentes de la Guerra Civil.
Respecto al armamento pesado la serie “A” estaba completa en los Regimientos de Artillería nº 30, 31, 32, 33, 34, 49 y 50, así como en el Grupo de Artillería Antiaérea independiente. Concretamente los cinco primeros estaban dotados de un Grupo de 65/17, un Grupo de 75/28 y un Grupo de 105/11 cada uno. Los dos últimos regimientos tenían un Grupo de 105/22, un Grupo de 155/13 y un Grupo de 75/27, mientras que el antiaéreo disponía de tres baterías de 75/36.
Para su refuerzo se había dispuesto el envío desde la Península de la serie “B” constituida por 15 baterías de 70/16, 15 baterías de 75/28, 15 baterías de 105/11, 6 baterías de 105/22, 6 baterías de 149/12 y 12 piezas de 155/13, encontrándose ya por aquellas fechas buena parte de ello en el Protectorado.
En resumen, en dicha zona, “con el Armamento portátil y Material de Artillería, se podrían organizar un total de 3 Cuerpos de Ejército de 3 Divisiones”, incluidas las armas en poder de las fuerzas Jalifianas.
Respecto al municionamiento, dadas también las dificultades de abastecimiento logístico desde la Península, en caso de que España entrara en guerra, también se había ordenado para entonces el envío de dos series completas de municiones para toda clase de armas, portátiles y pesadas.
Estas consistían un total de 1.491.120 cartuchos de 9 mm. largo para pistola, 103.446.100 cartuchos de 7 mm. para fusiles, fusiles ametralladores y ametralladoras, 516.300 granadas de mano y 1.004.518 disparos y granadas de diversos calibres para cañones y morteros.
También se prestó singular atención a las necesidades en materia de transmisiones (estaciones de radio, centralitas, teléfonos de campaña y cable) y de automovilismo, ordenándose el embarque a partir del 17 de abril (dos días después de emitirse el primer informe) de un centenar de camiones y una compañía completa de dicha especialidad, además de tres secciones de auto-algibes., gestionándose  “en estos momentos el envío de los auto-ametralladoras cañón que corresponden a los dos Regimientos de Caballería de Cuerpo de Ejército”.
El armamento de Baleares
El E.M.E. dispuso respecto al archipiélago balear que entre las unidades allí desplegadas y los parques de artillería debería disponerse de 5 series de fusiles y 3 series del resto del armamento, por lo que fue necesario enviar urgentemente 2.475 fusiles máuser, 345 fusiles ametralladores modelo O.C., 183 ametralladoras “Hotchkiss”, 34 morteros de 50 m., 34 morteros de 81 mm., 8 ametralladoras antiaéreas y 9 cañones antitanques, procedentes de las Maestranzas de Barcelona, Madrid y Sevilla, la Fábrica de Oviedo y los Parques de Valencia y Zaragoza.
Con ello y según un informe de 23 de abril el total de armamento que quedaba en Baleares era de 25.355 fusiles y mosquetones de 7 mm., 495 fusiles ametralladores de 7 mm., 372 ametralladoras de 7 mm., 111 morteros de 50 mm., 84 morteros de 81 mm., 54 ametralladoras antiaéreas de 20 mm. y 42 cañones antitanques.
En relación al armamento pesado, aunque se encontraba por aquel entonces en estudio el envío de la serie “B”, la serie “A” estaba ya completa en sus dos Regimientos de Artillería. En el nº 6 había un Grupo de 2 baterías de 105/22 y una batería de 155/13 mientras que en el nº 35 había un Grupo de 75/28 con 3 baterías, un Grupo de 105/11 con tres baterías en Ibiza, un Grupo constituido por 2 baterías de 105/22 y uno de 155/13. El Grupo de Artillería Antiaérea independiente tenía 3 baterías de 75/36.
Para la serie “B” se enviarían inicialmente 6 baterías de 75/27 modelo 1906, 4 baterías de 105/22 y 2 baterías de 155/13, para las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, procedentes de las Maestranzas de Barcelona, Burgos y Madrid así como de los Parques de Burgos y Madrid.
Dado que el armamento antiaéreo disponible era insuficiente y había necesidad de reforzarlo urgentemente, “según comunica el Ministerio de Marina ha salido de El Ferrol para Baleares una Batería A.A. de 8’8 Krupp que está en buen estado” Pero no es la única contribución de la Armada al Ejército en aquella zona, pues “en la Escuela de Aprendices de Marina de Soller hay 2 piezas A.A. de 75/46 Legionario que sin perjuicio de seguir prestando sus servicios en la Escuela de momento, quedarían a disposición del Ejército tan pronto fuera necesario. Marina piensa enviar otras dos piezas iguales a la misma Escuela”.
En resumen, en Baleares, “con el número de fusiles con que se cuenta se podrían organizar fuerzas equivalentes a 1 Cuerpo de Ejército, pero el número de Fusiles Ametralladores es tan escaso, que sólo corresponden, aproximadamente, a la dotación de 1 División. Igualmente la Artillería de Campaña de que dispone es la correspondiente a una División”.
Otra cuestión que también hubo que abordar urgentemente en esos días, por razones de vulnerabilidad logística en caso de guerra, fue el municionamiento para toda la variedad de armas allí existentes, ascendiendo a 5 series para municiones hasta pistola inclusive y 2 series para proyectiles de Artillería. Lo cual significaba el envío de 808.840 cartuchos de 9 mm. largo, 22.856.500 cartuchos de 7 mm., 121.000 granadas de mano y 258.650 disparos y granadas de diversos calibres para cañones y morteros.
En material de transmisiones las islas Baleares se encontraban bien dotadas “con la única excepción de los cables telegráficos y telefónicos cuya reparación se gestiona en estos momentos del Ministerio de la Gobernación, …, bien entendido que en caso de guerra este cable sería cortado fácilmente”. En cuanto al repuesto de material de la red militar, “se significa que todo el que dejó la Legión Cóndor está en nuestras manos en el Archipiélago, lo que constituye una reserva tranquilizadora”.
El armamento de Canarias
Además de completarse las plantillas correspondientes a las unidades desplegadas en el África Occidental (Ifni y Sahara) con armamento procedente de las Maestranzas de La Coruña y Sevilla, la Fábrica de Oviedo y el Parque de Zaragoza, el E.M.E. proyectó respecto al archipiélago canario, siete series más de fusiles y cinco series de fusiles ametralladores y ametralladoras, de la misma composición de la primera serie.
Según el citado informe de 23 de abril de 1940, se ordenó el envío urgente de 2.002 fusiles y mosquetones de 7 mm., 292 fusiles ametralladores de 7 mm., 20 ametralladoras de 7 mm., 7 cañones antitanques de 37 mm., 38 morteros de 50 mm. y 1 mortero de 81 mm.. Con ello se logró en Canarias que la Serie “A” alcanzara un total de 9.540 fusiles y mosquetones, 397 fusiles ametralladores, 128 ametralladoras, 17 cañones antitanques, 81 morteros de 50 mm. y 25 morteros de 81 mm. Sin embargo en el referido informe no se reseña el detalle de la munición remitida, ignorándose las causas de ello.
Respecto a las existencias de material de artillería de campaña en el archipiélago canario, éste se reducía a un total de 4 piezas de 105/11, 20 piezas de 105/22, 8 piezas de 155/13 y 16 piezas antiaéreas de 75/36.
La situación en Canarias era realmente precaria, pues durante la Guerra Civil apenas se había cuestionado su defensa ya que estuvo alejada de las zonas de operaciones. Ahora, ante el riesgo de convertirse en objetivo prioritario en la 2ª Guerra Mundial, la realidad era que en aquellas islas “se podrían organizar, escasamente, fuerzas equivalentes a 2 Divisiones, si bien, la dotación de Artillería que le correspondería sería muy reducida”. 
 (Continuará)