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lunes, 23 de marzo de 2015

EL MUSEO DE LA POLICIA NACIONAL DE COLOMBIA. SALA DE ARMAMENTO “CORONEL FRANCISCO OSPINA CUBILLOS”.


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 347 correspondiente al mes de mayo de 2011, de la Revista "ARMAS", págs. 88-94.

El original está ilustrado por treinta y cuatro fotografías en color.


En el seno del hermoso casco histórico de la que fuera llamada hasta no hace mucho Santa Fé de Bogotá, se encuentra un monumental edificio palaciego que hoy día alberga el Museo Histórico de la Policía Nacional de Colombia.

Fundada mediante decreto gubernamental nº 1.000 de fecha 5 de noviembre de 1891, de la mano del comisario francés Juan María Marcelino Gilibert Laforgue (1839-1923), la policía colombiana cuenta hoy día con una historia más que centenaria de la que se muestra con legítimo orgullo al visitante.

Casi un siglo después, la resolución nº 93 de 16 de enero de 1.987 determina su organización y funcionamiento, encomendándole a su museo la misión de “conservar, incrementar y difundir el patrimonio histórico de la Policía Nacional”, así como de “ser un ente de cultura competitivo, con una imagen positiva de servicio, efectiva en la enseñanza veraz de nuestro pasado histórico y eficaz en la integración y acercamiento con la sociedad”.

Y la verdad es que se cumple lo escrito. Por una parte, está la indiscutible belleza arquitectónica del edificio, tanto exterior como interior, que lo alberga. Declarado monumento nacional mediante decreto nº 2.390 de 26 de septiembre de 1984, se trata de una sólida construcción de tres plantas, iniciada en 1923 e inaugurada tres años después para alojar hasta la década de los 80 la sede principal de la policía colombiana.

Y por otro lado, está la gratuidad de su entrada, las magníficas y detalladas visitas guiadas por los propios agentes –auxiliares bachilleres- asignados al museo, con posibilidad de recibir las explicaciones en español, inglés o francés, así como el más exacto cumplimiento de los protocolos que rigen el arte museográfico.

Aunque puede recorrerse virtualmente navegando a través de Internet en -www.policia.gov.co- no es comparable con poder pasear por sus hermosos salones en los cuales se exponen cronológicamente, utilizando como hilo conductor, los hechos policiales registrados desde sus orígenes hasta nuestros días.

Hay que destacar que la recolección de los fondos que se exponen, se inició –con acertada visión de futuro- en el año 1914 bajo la dirección del doctor Gabriel González López así como que en 1959, la junta directiva del casino general de oficiales, creó el “Museo Fuerzas de Policía”, cuyo primer director, el capitán Gilberto Fernández Castro, emprendió la árdua labor de atesorar uniformes, insignias y armas, tanto nacionales como extranjeras.

También en ese mismo año, mediante resolución gubernamental de 23 de junio, se fundó el “Museo Histórico de la Policía Nacional”, que se inauguró el 8 de mayo de 1960 como parte integrada en el Museo Nacional, en el que se disponía de tres salas dedicadas a su propia historia policial, policías extranjeras y armas, aunque infortunadamente su ciclo en aquel inmueble finalizó el 26 de enero de 1973. 

Habría que esperar hasta 1984 para su reactivación en su ubicación actual gracias a las gestiones del director general de dicha institución policial, el mayor general Víctor AlbertoDelgado Mallarino.

Orgullosos de su historia, pasada y reciente, lo primero que los agentes-guías muestran al visitante, nada más acceder al edificio y antes de realizar el recorrido estrictamente museístico, es la sala denominada “Brigadier General Valdemar Franklin Quintero”, donde se conservan diversas piezas, efectos, aparatos y armas que pertenecieron o están relacionadas con el tristemente célebre narcoterrorista Pablo Escobar Gaviria, líder del Cartel de Medellín. 

Muerto durante una brillante operación policial culminada el 2 de diciembre de 1993, dicho sujeto pasaría a la historia por ser uno de los mayores criminales del mundo, habiendo acabado junto a sus secuaces con miles de vidas inocentes. Dado el interés de su historia y de dicha sala, su contenido será objeto de un próximo artículo.

Las salas del museo.

Iniciada ya la visita propiamente dicha, este sacrotemplo de historia policial colombiana, a cuyo frente se encuentra actualmente el mayor Humberto Aparicio Navia, que es el oficial más veterano y condecorado de la Institución, se presenta organizado para su recorrido en más de una veintena de salas temáticas ordenadas cronológicamente.

Describirlas con el detalle que en justicia merecen los millares de interesantísimas piezas que se exponen en las tres plantas del edificio sería imposible, por lo que sólo vamos a realizar unas breves referencias a las principales con la finaldad de centrarnos en la bautizada como “Coronel Francisco Ospina Cubillos”, en memoria de un insigne oficial de la Policía Nacional de Colombia fallecido hace unos años, y en la que se expone una magnífica colección compuesta por varios centenares de armas blancas y de fuego.

Así, en primer lugar está la sala “Comisario especial Juan María Marcelino Gilibert”, que presidida por un retrato pictórico de su fundador y acompañado por los retratos de quienes le sucedieron al frente de tan prestigiosa institución policial, se exponen documentos, uniformes y efectos relacionados con la época fundacional y posteriores, así como diversas condecoraciones, sables y bastones de mando que les pertenecieron.

Seguidamente está la sala “Mayor General Manuel J. López Gómez”, dedicada a la Dirección General de Carabineros y Seguridad Rural, encuadrada en la Policía Nacional, cuyos miembros velan por el orden y la ley en campos y aldeas, habiendo tomado su nombre de la denominación que adoptaron en 1798 unas milicias italianas que estaban armadas de carabinas y que fueron bautizadas con el nombre de “Carabineros de la Guardia Piamontesa”. 

Junto a uniformes, efectos y armas de épocas anteriores de dicha especialidad, destacan los correspondientes a los modernos Escuadrones Móviles de Carabineros (EMCAR), especializados en combate rural, pues no puede olvidarse que Colombia padece todavía la lacra de la guerrilla terrorista de las FARC.

Otras dos salas de mucho interés son las llamadas “Brigadier Jaime Ramírez Gómez”, dedicada a la Dirección Antinarcóticos, y “Teniente Coronel Javier Aldana”, dedicada a la Dirección Antisecuestro y Antiextorsión, en las que además de los diferentes tipos de uniformes, material y equipo utilizados, entre los que sobresalen los empleados por el Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal (GAULA), se exponen diversos tipos de armas, incluidos lanzagranadas, bien utilizadas por sus integrantes o incautadas a los delincuentes. 

Entre estas últimas destacan un subfusil norteamericano Ingram modelo M-11 A1 de 9 mm., conocida popularmente como “Marieta”; un fusil de asalto italiano Beretta modelo AR-70, de 5’56 mm.; y un fusil de asalto israelí Galil modelo SAR, de 7’62 mm., dotado de mira telescópica.

Otras salas interesantes son las “Mayor Juan Carlos Guerrero” dedicada a la Dirección de Investigación Criminal y “Brigadier General César Augusto Cuellar Velandia”, donde se muestran uniformes, heráldicas, insignias, placas, condecoraciones, etc., tanto de la policía colombiana como de otros países, estando también representada España con uniformes de nuestros cuerpos de la Guardia Civil y Nacional de Policía.

Aparte de las salas están también tres bellos patios interiores que son aprovechados para exponer piezas de mayor tamaño, destacando un cañón utilizado en la guerra colombo-peruana (1932-1933), así como un pintoresco “carro-prisión”, utilizado de 1912 a 1919 aproximadamente. En esa época, Bogotá era una ciudad muy pequeña y solamente existían 12 carros en total, que recorrían las calles como carro patrulla y carruaje de prisión, siendo en este último donde transportaban a los individuos cuando cometían una infracción, conduciéndolos a las plazas públicas y allí eran sometidos al escarnio público.

Sala de armamento “Coronel Francisco Ospina Cubillos”.

Sin duda alguna se trata del espacio que más haría las delicias de los lectores de ARMAS y donde más tiempo pasarían. Desde el punto de vista museístico está concebida para que el visitante contemple cual ha sido la evolución del armamento desde los tiempos del paleolítico y el neolítico hasta nuestros días.

La sala esta dividida en dos zonas. La primera está dedicada a las armas primitivas utilizadas por los pueblos indígenas que habitaron en el territorio colombiano, muchos siglos antes de la colonización española, mientras que la segunda está centrada principalmente en el armamento empleado a lo lago del siglo XX, sin perjuicio de piezas correspondientes a periodos anteriores.

Cerca de un millar de armas blancas (cuchillos, machetes, bayonetas, dagas, espadines, espadas y sables) y de fuego (pistolas, revólveres, carabinas, mosquetones, fusiles, rifles, escopetas, subfusiles, fusiles de asalto, fusiles ametralladores así como ametralladoras ligeras, medias y pesadas) se exponen dentro y fuera de las vitrinas. Respecto a las de fuego, su origen de fabricación y procedencia es muy diverso, correspondiendo a numerosos países de cuatro continentes entre los que se encuentra el nuestro de España.

Así, entre otras, podemos ver, además de algunos modelos de escopeta y fusiles máuser, por ejemplo una pistola JO.LO.AR, denominada así por ser ideada por José López Arnáiz, de 9 mm. corto, si bien lamentablemente le falta su peculiar sistema de palanca; y una pistola MM-31, de 7’63 mm., tipo mauser con su correspondiente funda-culatín de madera.

Hay que destacar un fusil ametrallador, dotado de bípode, cuya tarjeta informativa es errónea –y así se hizo saber al policía que servía de guía- al identificarlo como un CETME español modelo C de 7 mm. “utilizado en la Segunda Guerra Mundial”, el cual carece de cualquier inscripción o marca, salvo su número de fabricación (2776) y el de su cargador (1889). En la redacción de ARMAS estamos seguro de lo que no es, pero no tanto de lo que si puede ser, por lo que publicamos su fotografía para que nuestros lectores puedan darnos su opinión.

Entre las demás correspondientes a otros países hay que citar la colección de diferentes subfusiles –o “subametralladoras” como se dice en Colombia- norteamericanos Thompson, así como un par de ametralladoras Schwarzlose (diseñadas por el inventor alemán Andreas Wilhelm Schwarzlose), modelos 07/12 y 07/24, de 8 mm. y fabricadas por la firma austriaca Steyr.

Nota: Se agradece expresamete la colaboración de los agentes de la Policía Nacional de Colombia Ana Velandia Alarcón y Cristian Moreno, sin cuyas atentas aportaciones y explicaciones no hubiera sido posible el presente artículo.

domingo, 19 de enero de 2014

LA CASA-CUARTEL DE CASAS VIEJAS (CADIZ)



Artículo escrito por  Jesús Núñez y publicado en "LAS 40 FANEGAS",  Revista de la Asociación Pro-Huérfanos de la Guardia Civil, el nº I-2011, de mayo de 2011,  págs. 45-49.
El original está ilustrado con cuatro fotografías en color y cinco en blanco y negro.
                     
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El 1 de enero de 1886 se creó el Puesto de la Guardia Civil de Casas Viejas, una humilde pedanía del municipio gaditano de Medina Sidonia. Nada hacia entonces presagiar que casi cinco décadas después aquella pequeña aldea se convertiría en el escenario de unos trágicos sucesos que terminarían por provocar la caída del gobierno de Manuel Azaña y motivarían cientos de artículos periodísticos, una docena de libros (algunos de reciente edición) e incluso alguna que otra película y varios documentales.
Corrían entonces los tiempos de la Segunda República que intentaba sacar adelante su famosa Ley de Reforma Agraria de 15 de septiembre de 1932, con la que se pretendía sobretodo dotar de tierras a los campesinos sin propiedad.
Sin embargo, su lenta ejecución por falta de fondos para indemnizar a los latifundistas y las constantes proclamas revolucionarias, sobre todo anarquistas, que en nada estaban por contribuir a la paz social de la época, terminaron por provocar que el 8 de enero de 1933 se produjeran una serie de violentos levantamientos en diferentes puntos de la geografía española.
Aunque la insurrección fue rápidamente sofocada, estalló tres días después un conato revolucionario en Casas Viejas. Los campesinos desfilaron por la calle y declararon el comunismo libertario, procediendo seguidamente a intentar asaltar la casa-cuartel de la Guardia Civil.
El acuartelamiento estaba entonces ubicado en un modesto edificio de dos plantas sito en la plaza de la aldea, que aunque desde el 31 de diciembre de 1926 su nombre oficial era el de Benalup de Sidonia, por acuerdo del ayuntamiento de Medina Sidonia, seguía siendo conocida por el anterior de Casas Viejas. El acuartelamiento era de propiedad particular y rentaba un pequeño alquiler que abonaba el ayuntamiento de Medina Sidonia, estando ocupado por la Guardia Civil desde el 1º de abril de 1898 según consta en el contrato que hoy día todavía se conserva.
Su fuerza presente del puesto aquella jornada estaba compuesta por un sargento y tres guardias civiles de 2º clase, perteneciendo a la Línea de Medina Sidonia, encuadrada a su vez en la Compañía de San Fernando de la Comandancia de Cádiz.
El comandante de puesto era el sargento Manuel García Alvarez, un sevillano de Alcalá de Guadaira que contaba con 45 años de edad y que se había hecho cargo del mismo tan sólo un mes antes, procedente de la Comandancia de Málaga.
Los guardias civiles eran Román García Chuecos, un murciano de Lorca que tenía 32 años de edad, de los que los dos últimos los había pasado en Casas Viejas; Pedro Salvo Pérez, un “polilla” gaditano de San Roque que también tenía 32 años de edad y que estaba destinado allí desde hacía un lustro; y Manuel García Rodríguez González, un malagueño de Ronda que contaba entonces con 42 años de edad.
Al amanecer del 11 de enero, la casa-cuartel de la Guardia Civil, tras la negativa del sargento a rendirse, se vio cercada y tiroteada por unos doscientos campesinos armados de escopetas y hoces.
En su interior, los defensores y sus familias vivieron momentos terriblemente dramáticos. Tras un intenso intercambio de disparos, frente a la abrumadora mayoría de los atacantes, el comandante de puesto y el guardia Chuecos cayeron mortalmente heridos mientras que los otros dos guardias lo fueron de carácter leve.
Cuando todo parecía perdido llegaron en su auxilio -sobre la una y media de la tarde- una docena de guardias civiles procedentes de Medina Sidonia al mando del sargento Rafael Anarte Viera, que era el comandante del puesto de Alcalá de los Gazules y lo había sido anteriormente del de Casas Viejas. Al escuchar los primeros disparos y verlos llegar, los revolucionarios huyeron en desbandada.
Poco más tarde llegaron una docena de miembros de la Guardia de Asalto al mando del teniente Gregorio Fernández Artal, así como otros cuatro guardias civiles más al frente del teniente Cayetano García Castrillón, jefe de la Línea de La Línea de la Concepción. Se iniciaron los primeros registros domiciliarios y el cerco a una choza, donde se sospechaba que se habían atrincherado algunos de los rebeldes.
Recibidos nuevos refuerzos de la Guardia de Asalto procedentes de Madrid, mandados por el capitán de Artillería Manuel Rojas Feingespán, se producirían en las siguientes horas unos terribles y sangrientos acontecimientos en los que un guardia de asalto y veintitrés campesinos resultarían muertos. Pero tal como escribiría en 1968 el comandante Ramón Rodríguez-Medel Carmona, al redactar la primera memoria histórica de la Comandancia de Cádiz: “Desde ese mismo momento los hechos que se sucedieron nada o casi nada tienen que ver con la Guardia Civil”.
Conocidos posteriormente los detalles y la magnitud de lo sucedido, estalló un gran escándalo en la prensa de la época, iniciándose el correspondiente proceso judicial por la vía ordinaria contra el capitán Rojas, mientras que los revolucionarios detenidos por atacar la casa-cuartel fueron procesados por la jurisdicción militar.
Y hasta aquí el principio de la historia, mas o menos conocida de los sucesos de Casas Viejas y que por razones de espacio no seguimos profundizando. Sin embargo lo que permanecía todavía inédito hasta ahora para historiadores y publico en general, era lo que posteriormente ocurrió con el puesto de la Guardia Civil y su casa-cuartel.

 El penoso estado de ruina en que quedó dicho acuartelamiento tras el ataque sufrido, durante el cual sus defensores llegaron incluso a romper algunos tabiques interiores para poder refugiarse con sus familiares de habitación en habitación, así como la falta de recursos económicos para poder arreglarla, tanto por parte del ministerio de Gobernación como por el ayuntamiento de Medina Sidonia, obligaría el 23 de junio de 1934, al coronel Fulgencio Carrión Gómez, jefe del 16º Tercio de Málaga, a solicitar por escrito al Inspector General del Cuerpo, la supresión temporal del Puesto y a su urgentísimo desalojo: “no ofreciendo seguridad sus techumbres, puertas ni ventanas, las que se hallan en igual estado desde el mes de Enero de 1.933 en que se intentó el asalto del edificio por los extremistas de dicha Aldea”.

 Por aquel entonces otros cuatro nuevos guardias civiles, junto a sus familias, habían sido destinados allí, ocupando los pabellones –prácticamente inhabitables- de la casa-cuartel, mientras que el nuevo cabo comandante de puesto y otros dos guardias concentrados como refuerzo, vivían en una casa próxima.

 Con el visto bueno previo del gobernador civil de la provincia, el Inspector General, con fecha 3 de agosto de 1934, accedió a ello hasta que se construyera un nuevo acuartelamiento, distribuyéndose la fuerza entre los puestos limítrofes y encomendándose entre tanto su vigilancia al vecino puesto de Medina Sidonia.

 Sin embargo la solución temporal fue prolongándose en el tiempo dada la falta de fondos para construir la nueva casa-cuartel, usándose la antigua casa accesoria donde antaño viviera el cabo y los dos guardias concentrados –que también habían sido retirados de allí- a modo de oficina para las parejas de servicio que venían cada día desde Medina Sidonia.

 Sería el acuciante problema del paro obrero en la localidad -que intentaba ser paliado con ayudas del Patronato Nacional de Socorro- y las constantes presiones ejercidas sobre el ministerio de Trabajo, Justicia y Sanidad, y de éste sobre el de Gobernación, lo que por fin, según escrito de 22 de octubre de 1935, daría luz verde para facilitar el presupuesto necesario para ello. Una semana después se comunicaba que la Junta Nacional contra el Paro aportaba 42.700 pesetas para iniciar las obras. Sirva como referencia que el sueldo mensual de un guardia civil de aquella época no alcanzaba las 300 pesetas.

 Tal y como había concluido el día 10 de ese mismo mes el propio ministro de Trabajo, Justicia y Sanidad, Federico Salmón Amorío, al de Gobernación, Joaquín de Pablo-Blanco Torres, “me permito molestar la atención de V.E. rogándole que ordene la inmediata resolución de estas obras del cuartel de Casas Viejas, donde la miseria del trabajador ha llegado al límite, y cuyo socorro es de los que no admite espera”.

 Inmediatamente el Inspector General del Cuerpo ordenó al arquitecto Enrique García de Ormaechea que se desplazara al lugar para formalizar el correspondiente proyecto de construcción de una casa-cuartel “a base de cuatro pabellones de tropa de tal modo que la edificación sea susceptible de ampliarse más tarde, sin necesidad de desalojar lo ya construido”.

 El 11 de noviembre el ayuntamiento cedía una extensa parcela para construir el nuevo acuartelamiento, que posteriormente sería elevada a escritura pública y que fue elegida con el asesoramiento personal del teniente coronel jefe de la Comandancia de Cádiz, Sebastián Hazañas González, “una loma que reúne todas las condiciones requeridas de defensa”. Una semana después el arquitecto remitía su proyecto que sería ampliado el 23 de enero de 1936, solicitándose apenas dos semanas después el primer libramiento económico para empezar la obras.

 En los meses siguientes continuaron solicitándose nuevos libramientos económicos y redactándose nuevos proyectos complementarios, como consecuencia de la necesidad de construir muros de protección, cuarto de puertas, oficina para el puesto, sala de armas, garaje, cuadras para cuatro caballos, lavaderos para los pabellones, etc., teniendo el último de ellos fecha de 1 de julio de 1936.

 El inicio de la Guerra Civil sorprendería con el edificio en obras que quedaron paralizadas durante la misma y sin que inicialmente hubiera todavía en la localidad un puesto de la Guardia Civil como tal, teniendo que recurrirse a la concentración de una pequeña fuerza para atender las necesidades del servicio en tan delicado periodo.

 Al finalizar la contienda, las obras continuaron paradas y con riesgo de que lo construido se deteriorara con el consiguiente perjuicio de todo tipo, por lo que la Jefatura de Transmisiones y Obras de la Dirección General de la Guardia Civil elevó los días 3 y 21 de octubre de 1940 sendas propuestas priorizadas al ministerio de Gobernación por importe de casi 50.000 pesetas, al objeto de poder reanudar las obras y alojar allí el nuevo puesto de Benalup de Sidonia.

 Sin embargo aquello no fue suficiente y aunque se consiguió ocupar una inacabada y nueva casa-cuartel, con familias incluidas, sus carencias de diverso tipo eran tales que fue necesario casi tres años después, volver a solicitar una nueva inversión de casi 14.000 pesetas.

 Tras los trámites oportunos, finalmente fue aprobado por el consejo de ministros de 18 de junio de 1943, ya “que es indispensable mejorar el acuartelamiento de la Guardia Civil para que, tanto el personal como sus familias, consigan decorosas condiciones en su alojamiento, con ventaja indudable para el servicio”.

 Han transcurrido casi siete décadas desde entonces y si bien dicha casa-cuartel ha venido siendo objeto de diversas obras de mantenimiento y mejora, sigue alojando hoy día entre sus muros al actual puesto de Benalup-Casas Viejas, nueva denominación adoptada por el municipio de Benalup de Sidonia en 1999, el cual se había independizado del de Medina Sidonia ocho años antes.

LAS MEMORIAS DEL TENIENTE PORFIRIO


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en Diario de Cádiz, el 22 de mayo de 2011, pág. 32.
El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

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Vivencias de un guardia civil durante 30 años en la provincia de Cadiz.

El pasado 6 de noviembre falleció en Cádiz, a los 92 años de edad, Porfirio Hidalgo Rodríguez, un teniente retirado de la Guardia Civil, cuya memoria se ha rescatado gracias a un ameno cuaderno autobiográfico de relatos encontrado por su hijo Miguel, donde cuenta sus vivencias más interesantes en la Benemerita gaditana.

Zamorano de nacimiento, llegó a nuestra provincia en junio de 1941 tras ingresar en dicho Cuerpo. Atrás quedaba la dura experiencia de la guerra civil en la que se había visto obligado a participar como soldado en los frentes de Madrid y Extremadura al ser movilizada su quinta.

A partir de entonces y durante los siguientes 70 años, su vida discurriría en la provincia de Cádiz, donde contraería matrimonio en 1943 con la joven de Rota, Regla Sordo Martínez, y donde nacerían sus tres hijos, Mª Luz, Miguel y Gloria.

Su trayectoria profesional le llevó a recorrer durante tres décadas la geografía gaditana. Como guardia civil estuvo destinado en los puestos de El Puerto de Santa Maria (1941) y de Medina Sidonia (1943); como cabo en los de Alcalá de los Gazules (1947), Olvera (1952) y El Bosque (1954); como sargento en el de Villamartin (1959); como brigada en los de Sanlucar de Barrameda (1962) y Arcos de la Frontera (1964); y como teniente en Olvera (1966) y en la Agrupación Temporal Militar para servicios civiles en Cadiz (1969) hasta que en 1971 se retiró por cumplir la edad reglamentaria, viviendo los cuarenta años siguientes en la capital gaditana.

Entre sus interesantes relatos, valgan los siguientes como botones de muestra. El primero aconteció en 1941 cuando Porfirio iba de servicio con el guardia civil Barreira en uno de los barcos que unía diariamente Cádiz con El Puerto de Santa Maria. Estaban próximos a la costa, cuando el casco de la nave, que iba llena de pasajeros, chocó contra el ancla de una dragadora abriendo una enorme vía de agua y comenzó a hundirse, dando bandazos y provocando escenas de pánico. La sirena empezó a sonar y los dos guardias a disparar al aire con sus pistolas para llamar la atención en tierra firme. Afortunadamente el barco encalló y dos pesqueros acudieron a su rescate sin que hubiera victimas, ya que muchos pasajeros no sabían nadar.

El segundo data de 1948, cuando se encontraba en Alcalá de los Gazules y se incorporó el brigada Manuel Barea como comandante del puesto. Eran tiempos en los que la Guardia Civil libraba en los montes una guerra, silenciosa y silenciada, contra la guerrilla antifranquista. Su jefe en la provincia de Cádiz era precisamente un antiguo guardia civil, Bernabé, más conocido como “comandante Abril”, al que DIARIO DE CADIZ, ha dedicado ya más de un articulo. El brigada había estado destinado antes de la guerra como guardia junto a Bernabé. Una noche contó que estando en la serranía de Ronda, una pareja de servicio detuvo a una mujer a la que habían intervenido varios kilos de café de contrabando de Gibraltar. Al ordenar que instruyeran el correspondiente acta, la reconoció como la esposa de su antiguo compañero Bernabé, tras el cual estaban todos los guardias civiles. La llevó a su domicilio en la casa-cuartel donde su esposa la abrazó emocionadamente. Las separaba una guerra civil y las unía la amistad de antaño. Se quedó a cenar y dormir alli mientras el brigada pidió a la pareja que al tratarse de la mujer de un antiguo compañero que estaba pasando mucha necesidad, rompieran el acta instruida y devolvieran el café aprehendido. Aquello pudo haberles costado la expulsión del Cuerpo a los tres y muy posiblemente el encarcelamiento al brigada, pero lo hicieron. Días después un cabrero entregó en el acuartelamiento una nota donde el propio Bernabé daba las gracias.

El tercer relato se desarrolló en 1955 en El Bosque, donde el dueño del único estanco denunció que le habían sustraído 500 pesetas que por aquel entonces era el sueldo mensual de un guardia civil. Como sospechoso fue detenido un joven del pueblo al que ya habían sorprendido llevándose un saco de aceitunas de un olivar y que esa misma mañana había estado en el estanco. Como el detenido insistía en su inocencia, Porfirio siguió investigando, consiguiendo detener finalmente al verdadero culpable, que era un joven de buena reputación de la localidad.

La cuarta historia data de 1959 en Villamartin, donde el propietario de una finca denunció que el esposo de la hija del encargado había encontrado enterrada una vasija dorada. La escondieron en su dormitorio dentro de un cántaro para intentar venderla cuando él regresara de Francia tres meses después ya que tenía que ir a trabajar allí. Cuatro días después de marcharse, la esposa encontró el cántaro roto y la valiosa vasija desaparecida. Realizada la inspección ocular, Porfirio no encontró ninguna huella de ladrones pero al reconstruir los trozos del cántaro, comprobó que era imposible que hubieran podido meter la vasija en su interior. La mujer terminó confesando que todo se lo había inventado porque echaba de menos a su esposo y pensó que así la Guardia Civil se lo traería enseguida para que declarase como testigo.

Y el quinto y último relato de este articulo, que no de las memorias del teniente Porfirio, ocurrió en Arcos de la Frontera en 1963, donde hubo riesgo que se produjera una grave alteración del orden publico. Con motivo de la feria anual, el ayuntamiento había instalado una plaza portátil para una novillada, vendiéndose todas las entradas. Sin embargo, el alcalde poco antes del inicio, confesó que la ganadería contratada no iba a traer los novillos ya que se habían peleado por el precio final. Como solución había decidido mandar un camión a la Finca Posadas para traerse seis novillos y evitar protestas. Pero la realidad es que al llegar a la plaza el camión, sólo había en sus jaulas seis becerros que era lo único que encontraron. Los altercados iban a ser seguros pero una providencial y torrencial lluvia permitió al alcalde suspender la corrida y devolver el dinero de las entradas sin que el público se enterase ni la cosa pasara a mayores.

Y así finalizamos estas memorias que son más amplias pues por no faltar hubo hasta un descarrilamiento del tren Madrid-Cádiz en febrero de 1966, en el que viajaba Porfirio y donde hubo varios muertos y heridos, aunque eso es ya otra historia.