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domingo, 29 de marzo de 2015

EL MUSEO HERÁLDICO Y DE ARMAS DEL EJÉRCITO DE GUATEMALA (y II).

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en el nº 343 correspondiente al mes de Enero de 2011, de la Revista "ARMAS", págs. 84-90.

El original está ilustrado por veinte fotografías en color.


Los fondos del exterior del Museo.

Cuando el visitante accede al recinto cultural castrense, lo primero que se encuentra es un cartel que le da la bienvenida y le recuerda que se encuentra en “un sitio educativo, de divulgación y exposición histórica”, junto a la típica serie de normas de comportamiento que podemos encontrar al entrar en el museo de cualquier país, salvo la última de ellas, que llama la poderosamente la atención de cualquier visitante, al menos europeo, y que reza: “si porta arma, favor deposítela en el ingreso, le será devuelta al salir”. No en vano Guatemala es el país con más armas, legales e ilegales, en manos de civiles de todo Centroamérica y de buena parte del mundo.

Seguidamente, una vez traspasada la entrada, y tras unos cañones de avancarga de la etapa colonial española, se encuentran dos zonas plenamente diferenciadas en el interior y el exterior del Fuerte San José de Buena Vista. Como describir todos sus fondos sería más propio de una monografía que de un artículo divulgativo, nos centraremos sólo en lo que pudiera atraer más la curiosidad de los lectores de “ARMAS”.

Comenzando por la zona exterior, hay tres áreas temáticas distintas, una dedicada al periodo colonial, otra a la exposición de armamento pesado de infantería y material de artillería, y por último, la dedicada a los vehículos y blindados del Ejército y aparatos de la Fuerza Aérea.

En la primera, llaman la atención dos piezas: una estatua de grandes dimensiones, esculpida en piedra, que representa a un guerrero maya, posiblemente similar al que tuvieron que enfrentarse y vencer los primeros conquistadores españoles, hace ya más de quinientos años; y una espléndida maqueta del Castillo de San Felipe de Lara que todavía existe hoy día, construido durante la etapa colonial española, en la cuenca del Río Dulce, como medida defensiva de paso hacia el Lago Izabal, donde se encontraban las aduanas y bodegas de almacenamiento de mercancías que ingresaban y salían hacia España, además del ingreso a las provincias de La Verapaz, Chiquimula y Acasaguastlan.

Dicha fortaleza, según el panel informativo que lo ilustra, comenzó a levantarse en 1595 con la denominada “Torre de Sande”. Posteriormente, en el año 1604, el capitán Pedro de Bustamante, como consecuencia de sufrir una serie de ataques piratas, ordenó reconstruir y fortalecer dicha edificación, pasándose a denominar “Torre de Bustamante”, que también sería destruida tras ser objeto de nuevos ataques.

En 1651 el ministro togado de la audiencia de la provincia de Guatemala, Antonio Lara y Mogrovejo, ordenó reconstruir dicha fortaleza y potenciar su fortificación defensiva, que fue bautizada oficialmente de “San Felipe y Lara”, en honor al Rey Felipe IV y a su propia persona.

Casi tres lustros más tarde, en 1665, se le asignaron también funciones de presidio, continuando los ataques contra la misma que obligaron a su constante reconstrucción y refuerzos de dotación de personal y armamento. 

Dos décadas después, concretamente en el año 1688, se nombró al ingeniero militar Andrés Ortiz de Urbina para supervisar los trabajos de ampliación defensiva mediante murallas, pues se había considerado en junta de capitanes que era la única defensa en la ruta hacia el interior del territorio que era jurisdicción de la capitanía general española de Guatemala.

En 1697 el castillo, fruto de los trabajos realizados, ya contaba con tres baluartes o torreones que eran llamados “Nuestra Señora de Regla”, “Nuestra Señora de Concepción” y “San Felipe”, construyéndose posteriormente el de “San José” así como las baterías de “San Carlos”, “San Felipe” y “Santiago”, que fueron diseñadas por el ingeniero militar José Sierra.

La segunda área temática, distribuida entre las terrazas de las azoteas y parte de los jardines del museo, cuenta con numerosas piezas pesadas utilizadas por la artillería e infantería del Ejército guatemalteco. Entre ellas se encuentran cañones de campaña montaña y antiaéreos, morteros y ametralladoras de diversas procedencias y tipos.

Finalmente, el tercer espacio, ubicado en los jardines, está dedicado a la exposición del material móvil y aparatos de la Fuerza Aérea, todos de procedencia norteamericana. Entre los primeros merece especial mención un carro blindado ligero M3A1, mientras que entre los segundos se encuentran un avión Cessna A-37B y un no menos veterano helicóptero Bell HU.

Los fondos del interior del museo.

Cuando se accede al interior de la fortaleza, traspasando por una pequeña puerta sus gruesos muros, dos interesantes piezas dan la bienvenida al visitante y que bien seguro a todo aficionado al armamento pesado, le gustaría, si pudiera y tuviera espacio, tener en su colección.

A la derecha se encuentra una ametralladora norteamericana de “tiro rápido” Gatling, fabricada en 1874 y construida en bronce y hierro forjado, que está dotada de diez cañones hexagonales, calibre .45 que funcionaba accionando manualmente una manivela que hacía girar los cañones alrededor de un eje central. Cada cañón disparaba una vez por cada giro, lo que permitía el mínimo tiempo de enfriamiento necesario para evitar problemas de sobrecalentamiento.

Como curiosidad, decir que esta potente y “mortífera” arma de fuego, diseñada por el estadounidense Richard J. Gatling, tardó en ser adoptada por el ejército norteamericano de la época al considerarse que podía causar “una excesiva mortandad en el combate”, está considerada como la primera ametralladora pesada que tuvo éxito, combinando fiabilidad, una alta cadencia de fuego y facilidad de recarga.

Y a la izquierda, se expone un curioso “cañón-revolver” o “cañón rotatorio” de 37 mm., bautizado así por sus cinco cañones giratorios que recuerdan el tambor de los revólveres y que fue inventado por Benjamín B. Hotchkiss en 1872.

La pieza que se expone fue fabricada en Francia por Hotchkiss en el año 1880 y tenía necesidad de ser servida por cinco hombres, habiendo sido empleada en la denominada “Campaña Unionista” de 1885.

A partir de este momento se suceden diversos espacios y salas temáticas propias de un museo de historia militar y en las que se muestra cual ha sido el devenir del Ejército guatemalteco desde sus orígenes hasta la actualidad, significándose, como ocurre tantas veces, que con frecuencia constituye la columna vertebral de la historia del propio país.

La formación de un estado guatemalteco libre e independiente, fue un proceso complejo y difícil, lleno de numerosas vicisitudes bélicas en su haber, debidas principalmente, no al proceso de obtención de la independencia de la metrópoli española, sino más como consecuencia de los constantes intereses, protagonismos y rivalidades internas y regionales que dieron al traste con la posibilidad de poder forjar desde el principio, una única, gran, fuerte y próspera república centroamericana que englobara tanto a lo que hoy conocemos por Guatemala como por el resto de países de su entorno.

Buen testimonio de ello es la reproducción del decreto de fundación de la República de Guatemala, fechado el 21 de marzo de 1847 que se expone en el museo, mediante el que se elevaba el Estado de Guatemala al “rango de República Libre, Soberana e Independiente”. 

Con su firma, Guatemala quedaba separada definitivamente de la patria federada centroamericana, pudiendo iniciar acciones como Estado soberano y entablar relaciones con las potencias europeas. Una década antes se había comenzado la lucha armada contra el régimen de Francisco Morazán, presidente de la República Federal de Centro América, entidad política que incluía a la propia Guatemala, Comayagua (hoy Honduras), El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

Otra vitrina de gran interés es la que custodia las siete banderas que el país ha tenido desde que formaba parte de la nación centroamericana, mostrándose así la transformación de la enseña nacional y el escudo de armas de Guatemala.

Por otra parte, entre los fondos relativos a las figuras y personajes históricos del país que se exponen, destacan la biografía e historial militar del capitán general José Rafael Carrera Turcios (1814-1865), que fue el primer jefe de Estado y presidente de la República de Guatemala, el sable de combate del mariscal de campo José Víctor Ramón Valentín de las Animas Zavala y Córdova (1815-1886), la banda presidencial del general de división Miguel García Granados (1809-1878), de origen español y concretamente natural de Sevilla, y que está flanqueada por dos carabinas Remington, o un busto del general de división Justo Rufino Barrios (1835-1885), custodiado por las banderas empleadas por los heroicos batallones “Jalapa” y “Canales”.

Sin embargo hay un busto muy especial y que corresponde a uno de los principales héroes del ejército guatemalteco, el joven héroe de la patria Adolfo Venancio Hall Ramírez (1866-1885). 

Era un sargento primero (similar a nuestros sargentos galonistas) de la compañía de caballeros cadetes de la Escuela Politécnica (equivalente a nuestra Academia General Militar), que tras distinguirse por su iniciativa y valor en la “Campaña Unionista” de 1885, contra el ejército salvadoreño, fue ascendido directamente, por el general Rufino Barrios, al grado de coronel, con 19 años de edad, en la víspera de la batalla de Chalchuapa, en la cual, encontraría, el 2 de abril, la muerte el frente del Batallón Jalapa tras ser alcanzado por una carga de artillería.

En lo referente al armamento portátil, si bien los fondos son escasos, frente al pesado, tanto de armas blancas como de fuego, destacan algunas vitrinas como la correspondiente al denominado “periodo Republicano”, que expone un fusil-revólver norteamericano Colt, fabricado en 1857 y un trío de cuchillos y bayonetas utilizadas en acciones de combate entre 1847 y  1871.

La exposición de este tipo de armas se reduce prácticamente a una veintena de armas empleadas principalmente en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX, tratándose principalmente de carabinas, fusiles y mosquetones así como revólveres, algunas bayonetas y una pequeña colección de espadas de gala, diario y combate.

La “Gatling” no es la única ametralladora pesada del museo. Con el mismo calibre y también mediante manivela, pero sólo dotada de cuatro cañones hexagonales, se puede contemplar una codiciada y rara pieza de colección, la ametralladora Lowell, patentada por Witt C. Farrington y fabricada igualmente en EE.UU. pero por United States Cartridge Company en 1882 en Massachusetts.

Otras vitrinas exponen colecciones completas de divisas, insignias, distintivos de grado, especialidad y destino de las unidades de las Fuerzas Armadas de Guatemala, tanto en tela como metálicos así como todas sus condecoraciones y medallas.

Los uniformes ocupan un destacado lugar en varias de las salas del museo, estando distribuidos en diferentes vitrinas, donde se pueden contemplar los utilizados desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, por los componentes del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea. Dicha colección queda completada por unos expositores donde se muestran una completa variedad de prendas reglamentarias en las fuerzas armadas guatemaltecas para la cabeza, entre las que predominan las boinas y las gorras.

También hay diversas vitrinas donde se expone toda clase de material pertrechos y equipamiento utilizado por intendencia, ingenieros, transmisiones, música militar, etc. así como las dedicadas a la Marina y la Fuerza Aérea, y muy especialmente a los “kaibiles”, que son las fuerzas especiales de élite guatemaltecas.

Por último, no puede dejar de mencionarse el espacio dedicado a la meritoria e importante participación de las fuerzas armadas guatemaltecas en las misiones y operaciones de paz bajo la bandera de Naciones Unidas y que les ha llevado a estar presente en diversos continentes, donde se han ganado un merecido prestigio por su labor y profesionalidad.

Este Museo no es tan grande, ni en dimensiones ni en número de piezas que se exponen, como otros tratados anteriormente en estas páginas, pero desde luego si que lo es en el valor histórico y moral de su contenido, con un hondo interés para los españoles, puies no en vano Guatemala es hija de España.

Agradecimientos. Al general de división Abraham Valenzuela González, ministro de Defensa Nacional; a los generales de brigada Juan José Ruiz Morales y Aníbal Flores España, jefe y subjefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional; a los coroneles Héctor Rolando del Cid y Ana Lucrecia Juarez de Villagrán (directora del Museo), así como al teniente coronel Prado y la capitán Sierra (conservadora y cicerone del Museo).

sábado, 29 de noviembre de 2014

EL TENIENTE ARTAL, EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A INCENDIAR CASAS VIEJAS. UNA MISTERIOSA DESAPARICIÓN AL INICIO DE LA GUERRA CIVIL.

Artículos escritos por Tano Ramos (primera parte) y Jesús Núñez (segunda parte), y publicados en "DIARIO DE CÁDIZ" el 9 de enero de 2011, págs. 24 y 25.

Los originales están ilustrados con cuatro fotografías en blanco y negro.   

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Por Tano Ramos

Desobedeció a su amigo Rojas y no admitió silenciar el crimen.

"Fuerza aquí: guardias civiles, 25; de Asalto, 12. No se necesita más fuerza. El pueblo tranquilo, salvo la casa indicada, en la que no se sabe cuántos puede haber, siguiendo cercada".


Fernández Artal envió un telefonema con ese mensaje a Cádiz, al gobernador civil, la noche del 11 de enero de 1933. Tenía controlada la situación en Casas Viejas. Por la mañana, los anarquistas habían asaltado el cuartel de la Guardia Civil y habían herido mortalmente a dos guardias (murieron después) pero la llegada al pueblo de un grupo de agentes (que mataron a un vecino) y luego la de Artal con más hombres había dispersado a los revoltosos.


Artal comenzó por la tarde a buscar a los atacantes del cuartel y dio con uno, con Manuel Quijada. Con una gran paliza, consiguió que señalase a otros y el hombre lo condujo entonces hasta la choza de los Seisdedos. Cuando llegaron, Quijada, que iba esposado y maltrecho, se escapó y entró en la choza. Se fueron tras él dos guardias de asalto, entraron en la casa y desde dentro, Perico Seisdedos disparó y mató a un agente. El cadáver quedó dentro de la choza. El segundo guardia reculó, se parapetó en la corraleta y se quedó allí, entre dos fuegos. Artal creyó que éste estaba muerto y al otro lo dio por desaparecido. Así comenzó el asedio a la choza de Seisdedos.

Artal pidió a los de dentro de la choza que se entregasen pero le respondieron con disparos: habían acordado no rendirse. Entonces anocheció y el teniente envió ese telefonema en el que pedía granadas pero no refuerzos y más tarde decidió esperar a que amaneciese para continuar con el ataque. Antes supo que el agente que daba por muerto estaba vivo.

El pueblo estaba pues tranquilo, la situación controlada, la revuelta dominada. Artal se hallaba en la fonda del pueblo, descansando.

Fue entonces cuando llegó a Casas Viejas el capitán Rojas. Traigo órdenes de cargarme a todo el que coja, le dijo Rojas a su amigo Artal cuando éste lo puso al tanto de la situación. Mira, Manolo, eso no se puede hacer y no se hace, replicó el teniente. Ahí empezó la bronca. A ti te toca obedecer, zanjó Rojas, que tomó el mando, desautorizó a Artal y ordenó atacar la choza.

Los guardias ametrallaron la choza pero no conseguían tomarla. A los de dentro los ayudaban varios vecinos que, ocultos en las chumberas, disparaban contra los guardias. Rojas decidió entonces incendiar la casa. Envolvieron piedras con algodones impregnados de gasolina, les pegaron fuego y los arrojaron sobre el tejado de paja. La choza empezó a arder. Entonces salieron una joven y un niño: María Silva, La Libertaria, y Manuel García, de 13 años. Echaron a correr y escaparon. No disparéis, que es un niño, dijeron algunos guardias al ver a Manuel; corra, corra, le dijo al niño Fidel Madras, el guardia que aún permanecía guarecido junto a la choza. Al poco salieron otras dos personas: Manuela Lago, de 17 años, y Francisco García, de 18. Pero esta vez sonó la ametralladora y ambos cayeron al suelo muertos.

A cargo de esa ametralladora estaba el teniente Artal. Cuando se dio cuenta de que había matado a una mujer y a un joven, se puso a gritar y a reprocharle a Rojas que no le hubiese avisado de que no eran hombres armados quienes abandonaban la choza. Rojas le recordó de nuevo quién tenía allí el mando y Artal se tragó su ira.

La choza ardió. Antes de comenzar el fuego ya habían muerto dentro el anciano Seisdedos y su hijo Perico. El incendio acabó con la vida de otras cuatro personas: Paco Cruz (también hijo de Seisdedos), Manuela Franco, Manuel Quijada y Jerónimo Silva.

Serían las tres de la madrugada. El pueblo enmudeció de nuevo. Se quedó como cuando horas antes llegó Artal. La mayor parte de los vecinos que aún no habían huido al monte lo hicieron entonces. Sólo unos pocos se quedaron en sus casas, con las mujeres, los ancianos y los niños. Los guardias pasaron por la fonda y comieron y bebieron. A la salida del sol, Rojas ordenó registrar casas y detener a cuanto hombre fuese hallado en ellas. Una patrulla vio a uno asomado tras una puerta. Era el anciano Barberán. Los guardias se cuidaban ahora de entrar en una casa. Le gritaron que saliese. Dejadme, que yo no soy de ideas, contestó. Una bala atravesó la puerta y le partió el corazón.

Así fueron detenidos catorce vecinos de Casas Viejas y, al poco, doce de ellos cayeron asesinados en la corraleta de la choza de Seisdedos, junto a los escombros humeantes. Dos se salvaron porque los dejó escapar el guardia civil Juan Gutiérrez cuando cayó en la cuenta de lo que iba a ocurrirles. Artal contó luego que ni la Guardia Civil ni nadie señalaba las casas registradas, que las patrullas entraban en todas las que encontraban al paso. Si había hombres, los detenían. A quien se cogió, se le fusiló, precisó el teniente. También le dijo Artal al juez que si hubiese sospechado que los detenidos iban a ser fusilados, no hubiese detenido a nadie aunque perdiese la carrera por ello.

Los fusilamientos le parecieron poco escarmiento al capitán Rojas. Le entregó un mechero a Artal y le ordenó que pegase fuego a las casas y chozas de la parte alta del pueblo. Artal se negó. Acabamos de registrarlas y allí sólo quedan mujeres y niños, objetó. Rojas insistió en que las quemase. Entonces Artal pidió ayuda al delegado del gobernador, que andaba por allí, y entre los dos evitaron la catástrofe. Convencieron a Rojas y éste acabó por revocar la orden.

Artal y Rojas se fueron aquella mañana de Casas Viejas. La noche anterior, cuando Artal decidió esperar al día siguiente para atacar la choza de Seisdedos, los Sucesos sumaban cuatro muertos (tres guardias y un vecino del pueblo). Horas después, tras tomar el mando Rojas, había 21 fallecidos más.

Artal pasó más de un mes sumido en un caos, según él mismo relató, agobiado por los remordimientos. El 3 de marzo acabó por revelar los fusilamientos en una declaración formal en la Dirección General de Seguridad. Hasta entonces silenció oficialmente lo que había hecho su amigo Rojas, tal como éste le pidió, y sólo se lo fue contando a algunos compañeros de la Guardia de Asalto que se sacudían ese crimen molesto en cuanto se quedaban a solas con la obligación de denunciarlo.

A Artal y a Rojas los unía una buena amistad. Pero cuando Rojas se enteró de que su amigo había contado la verdad, reaccionó diciendo que en Casas Viejas se había comportado como un cobarde, que tuvo que reprenderlo allí varias veces. Artal reaccionó a su vez proporcionándole al juez instructor más detalles sobre lo sucedido. Hasta le habló de la frialdad con la que Rojas disparó su pistola contra los detenidos esposados y ordenó a sus hombres que hiciesen fuego.

Luego todo cambió. Un año después, en el primer juicio a Rojas, Artal no respaldó la insostenible versión de su amigo, pero tergiversó hechos en su ayuda y pintó un cuadro de peligros que buscaba justificar una respuesta violenta. Por ejemplo, contó que cuando él llegó con sus hombres a Casas Viejas, se detuvo a la entrada del pueblo, hizo un disparo al aire y le contestaron con fuego cerrado. Era mentira. Un año antes había relatado que al llegar con 12 guardias de asalto y 6 guardias civiles se topó con un pueblo en silencio. Un silencio tan grande, dijo, que nada que no fuese ver la carretera cortada daba idea de lo que sucedía. Disparó al aire, sí, y le respondieron con disparos; pero también al aire; y con un silbato: eran los guardias civiles que llegaron antes que él. No hubo, pues, fuego cerrado enemigo sino una entrada sin combate en una población enmudecida.

En el juicio, en la Audiencia de Cádiz, Artal contó que ante la resistencia que después encontró en la choza de Seisdedos, pidió al gobernador civil que le enviase refuerzos. Era mentira. Envió un mensaje a Cádiz. Pero decía que no necesitaba más hombres.

Dispuesto a auxiliar a su amigo, Artal no mencionó en el juicio el episodio de la orden de pegar fuego al pueblo y llegó a negar algo que él y hasta el propio Rojas habían desvelado: que tras matar a diez de los detenidos, el capitán agarró a otros dos, los empujó a la corraleta repleta de hombres cosidos a balazos, y disparó de nuevo.

El caso es que Artal descargó su conciencia en 1933. Pero un año después y en 1935, en los juicios a Rojas, le echó un cable a su amigo en la Audiencia de Cádiz.

Rojas quedó libre en marzo de 1936 y al poco comenzó la guerra, que puso a los dos amigos en zonas distintas. Los periódicos madrileños contaron en agosto que el "tristemente célebre" capitán Rojas estaba con los rebeldes en Granada. Artal andaba precisamente por el peligroso Madrid de las delaciones, las detenciones arbitrarias y los paseos. Desapareció. Hiciese lo que hiciese en el pueblo gaditano, también él era célebre. Era Artal el de Casas Viejas.


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Por Jesús Núñez

El Ejército republicano dejó anotado que Artal se pasó al enemigo cuando se hallaba en el frente de Toledo pero ningún bando dio noticia oficial alguna de su paradero.

Cuando el 11 de enero de 1933 el joven teniente de infantería Gregorio Fernández Artal, destinado entonces en el Cuerpo de Seguridad (antecedente histórico de la Policía Armada y de la Policía Nacional), se dirigía al frente de sus hombres hacia Casas Viejas, cuya casa-cuartel de la Guardia Civil había sido atacada por revolucionarios que habían proclamado el comunismo libertario, poco podía sospechar de los terribles sucesos en los que se vería envuelto ni el triste y misterioso final que el destino le tenía reservado.

Esclarecer que fue de él era una tarea muy difícil que por el momento no ha tenido éxito. Aunque se conservan sus expedientes en el Archivo General Militar de Segovia y en el Archivo General del Ministerio del Interior en Madrid, faltan muchos documentos.

Nacido el 12 de marzo de 1906 en la casa-cuartel de la Guardia Civil de la pequeña localidad turolense de Pancrudo, era uno de los cinco hijos de su comandante de puesto, el sargento Gregorio Fernández Sabio y de Prudencia Artal Palacios.

Con ocho años de edad, dirigió una instancia al director general de la Benemérita solicitando el ingreso en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro. A los dieciséis lo volvió a solicitar y fue aceptado, teniendo aprobado ya el ingreso en la Academia de Infantería de Toledo, pero los escasos recursos económicos familiares no le permitieron entonces sufragar los costes del acceso directo.

Finalmente, el 8 de septiembre de 1925 pudo ingresar como cadete en dicho centro, donde permaneció tres años hasta que obtuvo su despacho de alférez, siendo destinado al Regimiento de Infantería Gerona nº 22, donde le sorprendería, ya como teniente, la proclamación de la Segunda República. Tras breves destinos en el Regimiento de Infantería nº 42 y en el Batallón de Cazadores de Africa nº 6, pidió en julio de 1932 su ingreso en la Guardia Civil.

Dada la numerosa lista de espera que había entonces de oficiales del Ejército que querían pasar a la Benemérita, también solicitó el Cuerpo de Seguridad, donde ingresó al mes siguiente y fue destinado a las secciones de vanguardia y asalto, dada su estatura de 1'75 metros, muy elevada para la época. No obstante, no desistió de su sueño de ser oficial de la Guardia Civil y pudo por fin examinarse y aprobar, quedando inscrito el 27 de diciembre de 1934 en la escala de aspirantes.

Sin embargo, no tuvo vacante en su turno de lista, que mejoró al reconocérsele el concepto de "valor acreditado", hasta el 3 de julio de 1936, dos semanas antes de estallar la Guerra Civil. Poco antes, tras casi cuatro años destinado en Madrid en el Cuerpo de Seguridad, había pasado al Batallón de Cazadores Las Navas nº 2, de guarnición en Larache, si bien no llegó a incorporarse.

Tras fracasar la sublevación militar en Madrid, fue comisionado el 28 de julio al 4º Tercio capitalino y diez días después ascendido a capitán pero el 11 de septiembre quedó disponible forzoso hasta que la comisión depuradora del comité central de la Guardia Nacional Republicana (nueva denominación de la Guardia Civil a partir del 30 de agosto) decidió seis días más tarde su continuación en el Cuerpo.

A partir de aquí todo es confuso. El 2 de octubre, el auditor de guerra de la 1ª División Orgánica comunicó "que se encuentra peleando en el frente de la Sierra con las fuerzas leales" y debía comparecer ante el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 5 de Madrid, al objeto de notificársele el auto de procesamiento y recibirle declaración en el sumario 319-36 por el delito de insulto a la autoridad, incoado contra él y otras personas y posiblemente relacionado con los graves incidentes acontecidos tras el entierro del diputado José Calvo Sotelo, asesinado el 13 de julio.

Sin embargo, nunca compareció. El 23 de octubre se informó al ministerio de la Guerra que dicho oficial, "que se encontraba en el frente de Toledo al mando de una compañía de esta Guardia Nacional Republicana, ha desertado al enemigo". Consecuente con ello, el 17 de diciembre se decretó su baja definitiva en el servicio activo "sin perjuicio de lo que en su día resulte de la información que al efecto se instruye", en cumplimiento del decreto de 26 de julio de 1936, "sobre cesantía de todos los empleados que hubieran tenido participación en el movimiento subversivo o fueran notoriamente enemigos del régimen republicano". Se ignora cual debió ser la conclusión final de dicho informe ya que no se localizó.

El misterio es que nunca llegó a alcanzar las líneas enemigas que mandaba entonces el general Varela, quien acababa de liberar el Alcázar toledano, ni su nombre figura en los numerosos listados de pasados y prisioneros que obran en su archivo gaditano ni en ningún otro.

¿Realmente intentó pasarse y alguien del bando republicano lo mató para evitarlo o alguien del otro bando lo confundió con un enemigo? Es raro que posteriormente no fuera identificado su cadáver por alguno de los dos bandos. También pudo ser reconocido entre las entonces convulsas filas republicanas por su vinculación con los sucesos de Casas Viejas o el sumario citado y alguien decidiera vengarse sin dejar rastro. El caso es que nunca más se supo de él.

Finalizada la guerra y dada su condición de "desaparecido", no podía ser inscrito su fallecimiento en el registro civil, por lo que el 3 de octubre de 1942, su madre solicitó al director general de la Guardia Civil un certificado sobre su situación, "no teniendo noticia oficial ni concreta sobre el paradero de su citado hijo Gregorio desde el mes de septiembre del año 1936, en que, según referencias particulares, se pasó a la Zona Nacional por encontrarse a la iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional en Madrid".

Consecuente con ello, se certificó el 24 de octubre que su situación continuaba siendo la de "desaparecido". El 4 de febrero de 1943, el director general de la Guardia Civil ordenó la instrucción de una información "en averiguación de las causas que motivaron el fallecimiento del teniente". Su ascenso a capitán nunca fue reconocido por los vencedores.

El 5 de mayo siguiente fue remitido el informe, que tampoco se ha localizado. Debió limitarse a declarar su muerte para que la madre pudiera percibir la pequeña pensión que entonces se concedía.

Pero ni después de "desaparecido" y "fallecido" se libró de ser depurado, ya que al inicio de la sublevación militar, permaneció leal al Gobierno republicano. Así, el 23 de noviembre de 1943, el Juzgado número 3 del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo solicitó al inspector general de la Policía Armada y de Tráfico información sobre su situación militar y paradero.

Y apenas dos semanas después, el general subsecretario del ministerio del Ejército remitió un escrito "reservado" al director general de la Guardia Civil solicitando su situación actual, ya que se le estaba instruyendo expediente "como incurso en la Ley de 1 de marzo de 1940", promulgada para la represión del comunismo y la masonería.

Casi ocho décadas después de los sucesos de Casas Viejas su muerte sigue sin esclarecer y sus restos, como los de otros muchos españoles de entonces, deben yacer en alguna tumba o fosa sin nombre.