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lunes, 3 de noviembre de 2025

LA SANIDAD DE LA ARMADA EN LA CATÁSTROFE DE CÁDIZ EN 1947 (y 4).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CÁDIZ" el 18 de agosto de 2025, pág. 10.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.




Por cuarto año consecutivo, desde las páginas del “Diario de Cádiz”, y con motivo de cumplirse el LXXVIII aniversario de la trágica “Explosión”, acaecida la noche del 18 de agosto de 1947 en la “Base de Defensas Submarinas”, se vuelve a poner en justo valor el inestimable y desconocido servicio prestado por los miembros del entonces Cuerpo de Sanidad de la Armada, a los vecinos de la ciudad de Cádiz. 


Con este artículo se termina el breve relato, pero inmensa gesta, de la impagable labor realizada en circunstancias tremendamente difíciles, y con escasos medios, que practicaron en nuestra ciudad y en San Fernando, los médicos y sanitarios de nuestra entonces llamada Marina de Guerra. Todo ello sin desdecir el magnifico servicio realizado por sus compañeros del Cuerpo de Sanidad del Ejército de Tierra, cuyo número y despliegue era menor al que tenía en esta zona la Armada, así como la extraordinaria y también meritoria labor que desarrollaron en el ámbito civil, los médicos, sanitarios y su personal auxiliar, masculino y femenino. 


¡Qué buenos libros de memorias vividas, incluidas experiencias vistas y sufridas, hubiéramos podido leer ahora si algunas de aquellas personas, de todos esos sectores de la Sanidad militar y civil, se hubieran animado y atrevido a escribirlos. Lamentablemente los protagonistas se limitaron, en el mejor de los casos, a relatarlo en el ámbito familiar y amistades más íntimas, parte de lo cual, junto a los interesantes pero escuetos informes oficiales, apenas difundidos, es lo que nos ha terminado llegando. También es cierto que entonces se carecía por un lado de libertad de expresión, no sólo en el ámbito militar, y por otra parte, hoy día, casi ochenta años después, siguen persistiendo muchas incógnitas sobre la “Explosión”.


Ya dije en el primer artículo, publicado hace tres años, comenzando a rememorar la benemérita actuación de aquellos hombres, que su meritoria labor daría para varios libros. Mientras tanto, es de justicia seguir recordándolos. Desgraciadamente ya no contamos con testimonios personales de quienes en silencio cumplieron con su deber sanitario, pero al menos tenemos copia de los informes que emitieron los mandos militares de las unidades navales y terrestres en las que se hallaban encuadrados.


Así, en esta ocasión, hay que citar nuevamente al comandante médico Ernesto Fernández Ruiz, destinado en el “Cuartel de Instrucción”, y que ya fue expresamente mencionado en el artículo publicado el año pasado al detallarse los servicios prestados en los informes emitidos por el capitán de corbeta Rafael Prat Fossi, jefe de la “Base y Flotilla de L.A.S.”. 


Concretamente Ernesto Fernández volvió a ser citado en el informe suscrito el 25 de agosto de 1947 por el teniente de navío José María de la Guardia Oya, comandante del guardacostas “Uad-Kert”, que se encontraba fondeado en el muelle del Arsenal de “La Carraca” en San Fernando. En el citado informe se exponía teóricamente la actuación puntual de algunos miembros de la dotación de dicho buque, “que actuó en los trabajos de salvamento realizados con motivo del siniestro de Cádiz”, si bien se terminaba afirmando que, “por encontrarse el buque en la Carraca no hubo más individuos de la dotación que actuaran en estos trabajos”.


El mentado comandante médico no se encontraba destinado en dicho guardacostas pero fue citado expresamente en ese informe por el comandante de ese buque, ya que ambos se encontraban en Cádiz al producirse la explosión. Si bien inicialmente cada uno estaba por separado en sus ocupaciones particulares ajenas al servicio, el oficial del Cuerpo General de la Armada trasladó en coche a dicho comandante de Sanidad Militar hasta la base de “Defensas Submarinas”. Allí llegaron aproximadamente sobre las 22’30 horas, separándose seguidamente para cumplir cada uno sus cometidos profesionales de ayuda en la catástrofe.


En el caso del teniente de navío, detalló todas sus actuaciones en diversos lugares para prestar su ayuda, “dedicándose a sacar víctimas principalmente de la casa cuna”, que estaba próxima. Luego regresó a la entrada de “Defensas Submarinas”, para “poner orden en la evacuación de bajas en vehículos ayudado por un médico civil y un Sanitario 2º”, si bien no los identificó en su informe, por lo que seguramente no los debía conocer.


En el informe suscrito también el citado 25 de agosto por el alférez de navío Francisco Rodríguez Pérez, como jefe del “Taller de Electricidad” del Arsenal de La Carraca, comenzó su exposición diciendo que al escuchar la explosión se encontraba en San Fernando. Inmediatamente se presentó en la “Capitanía General” al segundo jefe de Estado Mayor, capitán de fragata José María Noval Bruzola, así como al capitán de corbeta Hermenegildo Sillero del Hoyo, ayudante de Marina de San Fernando y jefe de los Servicios de Transmisiones y Electricidad de Cádiz. Tal y como consta en el informe que suscribió, “voluntariamente montó en un coche de un Médico y se traslado a Cádiz”. Realizó numerosas actividades de auxilio en la zona de la explosión, pero una vez más nos quedamos sin saber quien era aquel médico que le llevó y se desplazó hasta allí para asistir a las víctimas de la “Explosión”.


La mayor parte de los informes oficiales, de carácter clasificado, que fueron emitidos entonces por los mandos superiores de la Armada sobre tan luctuoso hecho que costó aproximadamente centenar y medio de vidas humanas, así como unos cinco mil heridos de diversa consideración, en su mayor parte civiles, exponen cuestiones diferentes pero complementarias.


La investigación judicial sobre los presuntos responsables y los hechos acaecidos, tuvo una instrucción penal inicial por la jurisdicción ordinaria que pronto quedó subsumida por la jurisdicción militar. No se llegó a depurar responsabilidades, pues no se pudo, o tal vez no se quiso llegar hasta el final. Lamentablemente es muy difícil determinar con rigor y exactitud que es lo que realmente propició aquella tragedia. Se conoce lo que sucedió tras la “Explosión” y consta también como diversos mandos de la Armada habían propuesto, con anterioridad, el traslado de aquellas minas submarinas fuera de la ciudad. De hecho, estaba previsto que así se hiciera por razones de seguridad ya que no se debía almacenar ese material explosivo en una instalación militar enclavada en una ciudad. Sin perjuicio de la verdad, lo cierto es que todo el personal de la Sanidad, civil y militar, se entregó a cumplir con su deber. 

martes, 17 de septiembre de 2024

LA SANIDAD DE LA ARMADA EN LA CATÁSTROFE DE CÁDIZ EN 1947 (3).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CÁDIZ" el 18 de agosto de 2024, pág. 10.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.


 

Con este tercer capítulo se continúa el relato iniciado hace ya dos aniversarios sobre la asistencia prestada por la Sanidad de la Armada, tras la trágica explosión acaecida en la noche del 18 de agosto de 1947 en la Base de Defensas Submarinas en Cádiz.

Como ya se ha venido exponiendo, los servicios sanitarios de nuestra Marina de Guerra, tanto los de las dotaciones de los buques fondeados en la Bahía de Cádiz como los de las instalaciones de tierra, acudieron, al igual que los médicos y sanitarios  civiles y militares de la ciudad, al inmediato auxilio de las víctimas. Hay que recordar que éstas fueron más de centenar y medio de personas fallecidas y unos cinco millares con heridas de diversa consideración. 

Gracias a la documentación inédita que supuso el cumplimiento de la orden general núm. 236, de 25 de agosto de 1947, dictada por el almirante Rafael Estrada Arnáiz, capitán general del Departamento Marítimo de Cádiz, puede continuarse conociendo quienes fueron y que es lo que hicieron tras la trágica y terrible explosión. El capitán de corbeta Pascual Pery Junquera y el teniente coronel de Infantería de Marina Antonio Ristori Navarro encabezaron el largo listado de héroes de aquella trágica y triste jornada.

Prosiguiendo con los informes emitidos entonces desde las diferentes unidades, dependencias y buques de la Armada española, merece especial mención el informe que firmó el 31 de agosto de 1947, el comandante naval de Cádiz, capitán de navío José de Dueñas Ristori, relativo a la actuación de sus subordinados.

En dicho documento expone destacaba “la labor del Primer Oficial de Servicios Marítimos (Teniente de Navío) D. José Coello Vallarino y Capitán de Sanidad D. Antonio Navas González que personados desde los primeros momentos en el lugar del suceso (Fábrica de Torpedos) estuvieron desescombrando heridos para conducirlos a los hospitales, utilizando en los primeros instantes sillas conducidas por Celadores de Puerto y marinería”.

En dicho informe también citaba al comandante médico Julio Cañadas Salcedo, por el cual, “se prestaron múltiples servicios y asistencias repartidas entre el Hospital Militar y esta Comandancia, de donde salió a prestar numerosos servicios, a veces en domicilios, dragaminas “Guadalete”, donde ingresaron heridos, y zona siniestrada, continuando la asistencia de heridos durante todo el día siguiente, en todos los cuales fue auxiliado por el Capitán de Sanidad D. Antonio Navas”.

Afortunadamente de la Comandancia Militar de Marina de Cádiz, al contrario que en otras unidades, y muy especialmente en la población civil gaditana, no hubo que lamentar fallecidos. Todo el personal de dicha Comandancia, “resultó ileso en esta catástrofe con la única excepción del Celador Mayor de Puerto y Pesca D. Francisco Ángel Arias que hallándose en el cumplimiento de su servicio en el muelle pesquero, en el momento de la explosión, recibió una herida en la cabeza de pronóstico reservado de la que ha sido asistido por el Comandante Médico Don Julio Cañadas”.

También resulta de gran interés el minucioso informe remitido dicho 31 de agosto por el capitán de fragata Manuel Lahera de Sobrino, como jefe de la “Flotilla de Lanchas Torpederas” y jefe del “Grupo de Lanchas Rápidas”. Anexó la extensa relación de servicios prestados “la noche del siniestro”, por el personal de la plana mayor de la “Flotilla de Lanchas Rápidas”, de las embarcaciones L.T. 23, L.T. 25, L.T. 26, del buque-nodriza cañonero “Calvo Sotelo” y de la “Base de Lanchas y Flotilla de L.A.S.”.

Sin perjuicio de ello, resaltó expresamente la tragedia familiar acaecida al oficial 1º Manuel Sánchez-Romate Sambruno, de la Reserva Naval Militar: “una vez curado de sus heridas y rescatadas de entre los escombros sus hijas, una fallecida y otra herida, se me presentó para quedar a mis órdenes, ordenándole se trasladara a la Base de Puntales para acompañar a su hija fallecida y una tercera ilesa que allí fueron evacuadas por orden de esta Jefatura”.

Respecto a los informes anexados merece especial atención el emitido por el capitán de corbeta Rafael Prat Fossi, jefe de la “Base y Flotilla de L.A.S.”, sobre la actuación del comandante médico Ernesto Fernández Ruiz. Éste, al ocurrir la explosión, se encontraba en el Club Náutico de Cádiz en unión de su esposa y de unos amigos. Tras dejarla en el domicilio familiar y comprobar que no le había ocurrido nada a sus hijos estuvo llamado infructuosamente por teléfono a la base de “Defensas Submarinas”. En la creencia de que el suceso había acaecido en la estación del ferrocarril se dirigió hacía allí para prestar sus servicios como médico, pero al pasar por la calle Canalejas escuchó que la explosión había acaecido en la barriada de San Severiano, llegando a la base sobre las 22,15 horas.

Tras presentarse al capitán de fragata Lahera marchó hacia los edificios situados en la parte baja, que era donde se alojaba la marinería. A mitad de camino se encontró al capitán de fragata Miguel Ángel García-Agulló Aguado, jefe de la base, “quien le ordenó fuese precisamente al lugar donde se dirigía, pues existían marineros heridos a quienes prestar auxilio”.

Cuando llegaron a los escombros de lo que había sido el alojamiento de la marinería, se encontraron “cinco o seis marineros que estaban materialmente enterrados pero con vida”. Tras ser desenterrados les realizó unas primeras curas con un botiquín que habían enviado del cañonero “Calvo Sotelo”, disponiendo seguidamente su envío al hospital militar. 

Cuando estaba en dichas tareas apareció el almirante Estrada que iba recorriendo los principales lugares de la tragedia. Tras participarle la labor sanitaria que estaba realizando, le comunicaron que habían encontrado bajo los escombros los cuerpos de otros dos marineros. Reconocidos inmediatamente comprobó desgraciadamente que eran ya cadáveres y “dadas las dificultades que existían para extraerlos, ordenó se aplazase hasta la amanecida, como así se hizo”.

Una vez terminado el rescate de los heridos se dirigió a la entrada de la base para prestar atención médica a los heridos que iban trayendo de las casas siniestradas en dicha barriada. En dicha función, a la que se sumó, ya se encontraban allí los comandantes médicos José Benavente Campos, Antonio Ruiz Lara y Manuel Pérez Pujazón que procedían de San Fernando, así como el capitán médico Juan Roquete Igueravide, “que desde los primeros momentos estuvo al frente de un puesto de socorro situado frente al Transval”.

Durante el día siguiente continuó su labor como médico en la citada base, donde “se extrajeron cuatro cadáveres”. El 20 de agosto se continuó en la búsqueda de más cuerpos de los fallecidos, encontrándose dos más, entre ellos el del teniente de navío José Fernández Muñoz, destinado en el Instituto Hidrográfico. 

En dicho informe se detallaba también la actuación del sanitario mayor Manuel Cortejosa Haro, el cual, al ocurrir la explosión se encontraba en su domicilio de San Fernando. Por mediación de un control de la Guardia Civil en La Ardila pudo subirse a un camión que le llevó hasta Cádiz. Tras no pocas vicisitudes se incorporó a su destino y prestó un valioso apoyo a la esposa y dos hijas supervivientes del oficial Sánchez-Romate, llevándolas al domicilio de un hermano de éste.


domingo, 27 de agosto de 2023

LA SANIDAD DE LA ARMADA EN LA CATÁSTROFE DE CÁDIZ EN 1947 (2)


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CÁDIZ" el 18 de agosto de 2023, pág. 11.


El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro. 



Con este segundo capítulo se continúa el relato iniciado el aniversario pasado sobre la asistencia prestada a la población gaditana por la Sanidad de la Armada, tras la trágica explosión acaecida en la noche del 18 de agosto de 1947 en la Base de Defensas Submarinas.

Como ya se expuso entonces, los servicios sanitarios de nuestra Marina de Guerra, tanto los de las dotaciones de los buques fondeados en la Bahía de Cádiz como los de las instalaciones de tierra, acudieron al inmediato auxilio de las víctimas. 

Nuevamente, gracias a la documentación inédita que supuso el cumplimiento de la orden general núm. 236, de 23 de agosto de 1947, dictada por el almirante Rafael Estrada Arnáiz, capitán general del Departamento Marítimo de Cádiz, puede continuarse conociendo quienes fueron y que es lo que hicieron tras la explosión.

Ya se abordó la asistencia prestada por el personal sanitario del cañonero “Cánovas del Castillo” y el crucero “Méndez Núñez”, así como el procedente de San Fernando, desde el Tercio Sur de Infantería de Marina, del Cuartel de Instrucción de Marinería, del Arsenal de “La Carraca” y del Polígono de Tiro de Fusil. También se puso en valor el apoyo sanitario y logístico prestado desde el hospital de Marina de San Carlos y “La Carraca” a los hospitales civiles capitalinos de San Juan de Dios y de Mora así como a los puestos de socorro que se habilitaron en la barriada de San Severiano.

De gran interés siguen resultando los informes inéditos pormenorizados que redactaron los diferentes mandos de la Armada sobre la actuación de todos y cada uno de sus jefes, oficiales y suboficiales.

Mención especial merece el emitido el 25 de agosto de 1947 por quien más se destacó heroicamente al frente de sus hombres en la extinción del fuego que podía provocar una nueva, terrible y devastadora explosión: el capitán de corbeta Pascual Pery Junquera, comandante del cañonero “Calvo Sotelo”. En su minucioso informe se refiere ampliamente al sanitario 1º (asimilado al empleo de brigada) Manuel del Cerro Beriquistáin, perteneciente a la dotación de dicho buque desde noviembre de 1940.

En el momento de la explosión se encontraba en San Fernando, presentándose inmediatamente en capitanía general donde se le ordenó que se pusiera a las órdenes del comandante médico Manuel Pérez Pujazón y del médico civil Joaquín Pece Muñiz, prestigioso facultativo de la Sociedad de Construcción Naval y de la Beneficencia Municipal en San Fernando, que actualmente da nombre a un centro de salud de dicha localidad. El primer cometido que se le encomendó fue desplazarse en un coche, que pusieron a su disposición, hasta el hospital de San Carlos, con el fin de recoger material de curas de urgencia.

Una vez cumplimentado volvió a capitanía, donde desde el estado mayor, cuyo jefe era el capitán de navío José Cervera Tribout y su 2º jefe el capitán de fragata José Noval Bruzola, se le ordenó que se presentase en el ayuntamiento de Cádiz para recibir instrucciones. Allí se le dijo que se pusiera a disposición del capitán médico de la Armada Jaime Guerrero Castro, destinado en “La Carraca”, junto al cual se fue al hospital de Mora, donde se ocupó de la evacuación de heridos y algunas curas de urgencia. 

Seguidamente se trasladó hasta San Fernando en una ambulancia con seis heridos al hospital de San Carlos, en compañía del médico civil Eugenio Pérez Gener, cuyo nombre ostenta actualmente el centro cívico de la barriada de La Ardila en San Fernando. Concluido ello, regresó al hospital de Mora en compañía de unos marineros a los que requirió para que le ayudasen a buscar camiones y hacer una nueva evacuación de heridos, los cuales fueron trasladados al puesto de la Cruz Roja de San Fernando.

Concluida esa misión, el suboficial del Cerro, marchó nuevamente a capitanía, donde se le ordenó que permaneciese allí en espera de nuevas instrucciones. Finalmente, en la mañana del día siguiente, 19 de agosto, se le autorizó a regresar al “Calvo Sotelo”, donde se presentó al capitán de corbeta Pery.

En relación al comandante médico Pérez Pujazón, hay que significar que había ascendido a dicho empleo el 30 de septiembre de 1946, cuando se encontraba destinado en el Centro de Instrucción de Marinería del Departamento de Cádiz. El 31 de octubre siguiente se había dispuesto su destino, con carácter forzoso, a la Asistencia de Personal del de Cartagena, siendo además nombrado interinamente secretario de la Jefatura de Sanidad de este último Departamento Marítimo. Dado que el 3 de febrero de 1948 se dispondría su destino a la Asistencia de Personal del de Cádiz, es de suponer que en la noche de la explosión tendría nombrada una comisión de servicio o se encontraba circunstancialmente por alguna otra causa en nuestra provincia.

Por otra parte, el comandante director de la Escuela de Suboficiales, capitán de navío Faustino Ruiz González, informó el 29 de agosto, al dar cuenta de la actuación de sus subordinados, que el comandante médico José Benavente Campos, por orden del almirante jefe del arsenal de “La Carraca”, Fausto Escrigas Estrada, se trasladó al ayuntamiento de Cádiz en unión de otros facultativos. 

Desde allí se presentó en la barriada de San Severiano, que estaba desvastada, en unión del también comandante médico Antonio Ruiz Lara, del Centro de Instrucción de Marinería, cuyo comandante era el capitán de fragata Adolfo Baturone Colombo. Sobre las cinco horas de la madrugada del día 19, al haber disminuido el contingente de heridos, recibieron la orden de regresar a San Fernando para continuar prestando sus servicios en el hospital de San Carlos.

El capitán de navío Ruiz también relató en su informe las vicisitudes del capitán médico Juan Roquette Igueravide. Éste se presentó al comandante de Marina en Cádiz, capitán de navío José Dueñas Ristori, y en unión del capitán médico del Ejército de Tierra Sebastián Martínez de Pinillos Sobrino, destinado en el Regimiento de Infantería Cádiz núm. 41, y del médico civil Juan García Sánchez, procedió a las curas de urgencia que les fueron llevados al puesto socorro habilitado en la barriada de San Severiano. El jefe de estado mayor del Departamento, capitán de navío Cervera, acompañado del capitán de fragata Manuel José Lahera de Sobrino, que estaban recorriendo la zona devastada por la explosión, le ordenó continuar allí. Al amanecer montó servicio de guardia sanitaria con otros médicos de la Armada en el interior de la Base de Defensas Submarinas.

Prosiguiendo con el informe del comandante director de la Escuela de Suboficiales, también se refirió tanto al teniente de Sanidad Francisco García Peña como al sanitario mayor (asimilado al empleo de alférez) Andrés de Arcos Ruiz que pasaron a prestar sus servicios al hospital de San Carlos.

Igualmente puso en valor a los alumnos de Medicina que estaban realizando su servicio militar obligatorio en la Milicia Naval Universitaria, mencionando expresamente a los apellidados Domenech, Pastor, Cerrada, Subías y Ortega, así como al cabo 1º sanitario Sánchez de la Campa. Todos ellos se trasladaron a prestar su servicio en los puestos de socorro de San Severiano.

¡Cuánto agradecimiento e historia queda pendiente todavía!

viernes, 4 de noviembre de 2022

SEMBLANZA DE LA ASISTENCIA SANITARIA EN LA CATÁSTROFE DE CÁDIZ DE 1947.


Palabras pronunciadas por Jesús Núñez, el 22 de octubre de 2022, con ocasión de la entrega en Cádiz de los Premios Medicina Gaditana, edición 2022, concedidos por el Excmo. Colegio Oficial de Médicos de Cádiz.


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Buenas tardes señoras y señores.

 

Sean mis primeras palabras para agradecer al Ilmo. Sr. Presidente del Excmo. Colegio Oficial de Médicos de Cádiz, Dr. D. Juan Antonio Repetto López, el haberme invitado a este solemne acto.

 

Igualmente, quiero expresar mi público agradecimiento al Ilmo. Sr. D. Juan Manuel García-Cubillana de la Cruz, Coronel del Cuerpo Militar de Sanidad, por ser mi introductor de embajadores ante este Excmo. Colegio y por su afectuosa presentación de mi persona ante todos ustedes.

 

Constituye un honor para mi haber sido invitado para impartirles en esta ceremonia de entrega de los premios Medicina Gaditana 2022, una semblanza –porque por razón de tiempo no llegará a conferencia- sobre la asistencia sanitaria que se prestó con ocasión de la Explosión acaecida en nuestra ciudad el 18 de agosto de 1947.

 

Cuando ocurre una catástrofe lo primero que se hace es rescatar, atender y evacuar a las víctimas hasta los centros sanitarios, pues es lo más importante, sin perjuicio de esclarecer lo sucedido y depurar en su caso las responsabilidades correspondientes.

 

Pero después de ello, lo más importante es la atención sanitaria a esas víctimas que se suele prolongar en el tiempo, cuestión trascendente que se reconoce poco y se olvida pronto.

 

Voy a hablarles durante veinte minutos sobre la asistencia sanitaria, civil y militar, prestada con ocasión de la Catástrofe de Cádiz, acaecida tras la explosión de un almacén de minas en la Base de Defensas Submarinas el 18 de agosto de 1947, sita entonces donde hoy está el Instituto Hidrográfico de la Marina, en la Plaza de San Severiano.

 

Sobre las causas, nunca se aclararon, si fue fruto de la inestabilidad del explosivo que contenían las minas sometidas a las altas temperaturas de una calurosa jornada del mes de agosto, o a una acción de sabotaje, ya que 1947 fue el año de mayor actividad guerrillera contra el Régimen franquista. 

 

Hay teorías para todo ello, pero lo que sí que quedó clara, es la barbaridad y la negligencia que supuso almacenar tan ingente cantidad de explosivo –había más de dos mil minas submarinas- en el interior de un núcleo urbano.

 

El almacenaje de esas minas procedentes de la Segunda Guerra Mundial y el riesgo que ello suponía fue puesto en conocimiento de las autoridades pertinentes por los propios mandos de la Armada en Cádiz. 

 

Parece ser que estaba previsto su traslado a unos almacenes sitos en el Cerro de San Cristóbal, en el limite del término municipal de El Puerto de Santa María con el de Jerez de la Frontera, propiedad del Ejército, mientras se construían unas naves para ello en el denominado “Rancho de la Bola”, enclavado en el municipio jerezano y propiedad de la Armada, pero desgraciadamente la tragedia aconteció antes.

 

El pasado 18 de agosto, con motivo del LXXV aniversario de la Catástrofe (1947-2022), publiqué en DIARIO DE CÁDIZ, la primera parte de un artículo sobre la meritoria actuación de la Sanidad de la Armada en esa triste jornada.

 

En esta ocasión voy a abrir el abanico historiográfico para tratar, con toda justicia, de la Sanidad civil, significando que Sanidad civil y Sanidad militar fueron solo una, y como tal, reconocidas pública y oficialmente, como se verá al final de esta semblanza.

 

La Catástrofe, acaecida sobre las 21’45 horas de aquel aciago 18 de agosto de 1947, cuando ya había anochecido, fue de tal magnitud que la Barriada de San Severiano quedó totalmente devastada, y la onda expansiva arrasó todo el exterior de la ciudad cuyo casco antiguo quedó afortunadamente protegido por las murallas de Puerta de Tierra.

 

Hubo al menos 152 muertos, más de 350 heridos graves y fueron atendidas unas diez mil personas por lesiones leves, de las cuales se calcula que un 80% lo fueron por cortes de cristales y cascotes provocados por la onda expansiva de la explosión.

 

Fueron más de dos mil viviendas afectadas, donde además de quedar arrasadas las existentes en la Barriada de San Severiano, hubo daños materiales en el resto de la ciudad de Cádiz así como en las de San Fernando y El Puerto de Santa María.

 

La Comunidad Sanitaria entera, civil y militar, se movilizó al completo: médicos, farmacéuticos, practicantes y auxiliares, se presentaron inmediatamente en sus puestos de trabajo.

 

En la parte militar de Sanidad se adoptaron inicialmente cuatro medidas principales: se activaron inmediatamente el Hospital Militar de Cádiz, dependiente del Ejército de Tierra, y el Hospital de San Carlos en San Fernando, dependiente de la Armada; se atendieron desde el primer momento heridos civiles en las enfermerías de los acuartelamientos y buques de guerra a donde algunos de ellos fueron inicialmente evacuados junto a heridos militares; se envió desde San Fernando, personal sanitario (médicos) a los hospitales civiles junto a material sanitario y de iluminación pues la ciudad de Cádiz quedó completamente sumida en la oscuridad tras la explosión; y se acondicionaron espacios en naves y edificios de los acuartelamientos de San Fernando, instalando camas y otros elementos auxiliares, para poder alojar y atender a los heridos, caso necesario, que fuesen allí evacuados.

 

Por parte de la Sanidad civil se activaron inmediatamente tres medidas: activaron todos los hospitales y centros sanitarios de Cádiz que no resultaron dañados por la explosión así como los de San Fernando, El Puerto de Santa María, Puerto Real y Jerez de la Frontera; permanecieron abiertas durante la noche todas las farmacias; y se envío a Cádiz todo el personal y material sanitario que fue posible.

 

Por razón de tiempo es imposible extenderme en detallar toda la labor que centenares de médicos, farmacéuticos, practicantes y auxiliares realizaron aquella noche y en los días siguientes.

 

Es por ello que solo voy a referir algunos casos concretos como ejemplo de todo ello. Sirva la adaptación de esa frase habitual que se emplea en la milicia, de que en unos pocos se premian los méritos de muchos, para decir que en los casos que exponga de unos pocos se reflejan los actos meritorios de muchos.

 

En la ciudad de Cádiz el verdadero hospital de referencia fue el inicialmente llamado de San José y realmente conocido por todos como de Mora, en honor de su benefactor, José Moreno de Mora Vitón, actualmente reconvertido en la Facultad de Empresariales de la Universidad de Cádiz. También fue importante receptor de heridos el hospital de San Juan de Dios, ubicado junto al ayuntamiento capitalino. Y por supuesto fue también muy importante el ya citado y hoy día desaparecido Hospital Militar, reconvertido hoy día en sede del Rectorado de la Universidad de Cádiz.

 

En el Hospital de Mora, el decano de la Facultad de Medicina de Cádiz, Tomás Sala Sánchez, que tenía la especialidad de pediatría, estuvo desde el primer momento coordinando la distribución de servicios y la atención sanitaria de los numerosos heridos que comenzaron a llegar después de la Explosión.

 

Por supuesto, hubo también otros centros sanitarios, de menor entidad y capacidad, que prestaron todo el auxilio posible, atendiendo principalmente lesionados de poca consideración. Pero también hubo otros centros sanitarios que no pudieron prestar asistencia alguna al haber quedado destruidos o gravemente dañados por la explosión.

 

Tal fue el caso, por ejemplo, de la Clínica “María Auxiliadora” del doctor Pedro Luis Sicre de la Casa, cirujano y comandante médico honorario de Sanidad de la Armada. Situada en la Barriada de San Severiano, resultó prácticamente destruida. De entre sus escombros se rescató el cuerpo de una persona fallecida y varios heridos. 

 

En esas tareas de rescate se distinguiría sobresalientemente un joven sobrino suyo, Federico de la Puente Sicre, que al año siguiente ingresaría en la Academia General Militar, sería con el paso de los años Inspector del Arma de Ingenieros y llegaría a alcanzar el empleo de general de división del Ejército de Tierra.

 

El domicilio familiar del doctor Sicre quedaría igualmente destruido. De sus once hijos, nueve se encontraban en el momento de la explosión en el cine “Avenida”, sito en la plaza de toros, lo cual seguramente, al igual que a otros muchos gaditanos, les salvaría la vida o evitaría que resultasen heridos. Dos de ellos, entonces adolescentes, Pedro Luis y José Carlos Sicre Buenaga, que también participarían en las tareas de rescate, llegarían con el tiempo a ser igualmente médicos de la Armada. El primero, traumatólogo, alcanzaría el empleo de comandante antes de pasar a la situación de Reserva activa, mientras que el segundo, urólogo, llegaría a ser coronel director del Hospital Naval de la Zona Marítima del Cantábrico, en El Ferrol.

 

En la ciudad de San Fernando, además del Hospital Naval de San Carlos, Zona Marítima del Estrecho, fueron también derivados los heridos de la explosión al hospital de San José y al centro de Cruz Roja. En su mayor parte presentaban lesiones por rotura de cristales e impacto de cascotes, si bien hubo algunos heridos graves al no dar ya más de sí los centros sanitarios de Cádiz.

 

Respecto al Centro de Cruz Roja quiero mencionar la actuación de otro joven, éste de 18 años de edad, llamado Juan García Cubillana, actualmente coronel médico retirado de Sanidad de la Armada que cuenta con 93 años de edad, y padre de mi introductor de embajadores en este acto.

 

En agosto de 1947 acababa de terminar el segundo y último curso de practicante. La explosión de Cádiz se hizo sentir notablemente en San Fernando y al igual que hicieron centenares de profesionales sanitarios, sin necesidad de aviso alguno, en una época que no existían apenas medios de comunicación, se presentó inmediatamente en su puesto de trabajo. En su caso, se trataba del citado centro de Cruz Roja, donde había estado realizando sus prácticas, pensando por lo tanto que allí podría ser más útil.

 

Al llegar le encomendaron participar en el triaje de los heridos que venían siendo evacuados desde Cádiz en turismos y camiones, al objeto de atenderlos en dicho centro o derivarlos a otros de San Fernando. Uno de los niños heridos que ayudó a sacar de uno de los vehículos se llamaba Juan Deudero Quevedo, de 12 años de edad. Su madre, Mercedes, había resultado muerta por la explosión, al igual que su hermanita Carmen, de tan solo 7 años de edad. Con el paso del tiempo dicho niño se convertiría en un prestigioso catedrático de Obstetricia y Ginecología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cádiz.

 

Desgraciadamente también hubo de lamentar fallecidos por la explosión en la Comunidad Sanitaria. Uno de ellos fue el doctor Pedro Rodrigo Sabalette, internista y neuropatólogo, antiguo catedrático de patología de la Facultad de Medicina de Cádiz y en 1947 ya lo era de la de Sevilla. Era hijo del afamado doctor Leonardo Rodríguez Lavín, catedrático de fisiología y antiguo decano de la Facultad de Medicina de Cádiz así como presidente que fue por dos veces del Colegio Oficial de Médicos de Cádiz. Su hijo Pedro se encontraba disfrutando junto a su familia de unos días de vacaciones veraniegas en la casa paterna gaditana. Dos de sus tres hijos, Ana, de 13 años, y Pedro, de 10 años, resultaron también muertos a consecuencia de la explosión. 

 

Hay que poner de relieve que tras la catástrofe acudió personal sanitario desde muchas localidades de la provincia así como de las de Sevilla y Huelva, mereciendo ser destacada la magnífica labor de organización y coordinación llevada a cabo por el entonces Jefe Provincial de Sanidad en Cádiz, Donato Fuejo García. Éste, médico del Cuerpo de Sanidad Nacional, llevaba ya cinco años desempeñando dicha jefatura.

 

En agosto de 1947, el presidente del Colegio Oficial de Médicos de Cádiz era el doctor Ángel Matute Valls. Como no era posible recompensar y reconocer a todos y cada uno de los miembros de la Comunidad Sanitaria que habían participado en la atención de las víctimas de la explosión, el Gobierno decidió conceder por Decreto de 17 de octubre de 1947, dimanante del Ministerio de la Gobernación, la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad, al Colegio Oficial de Médicos de Cádiz como entidad representativa de los médicos, farmacéuticos, practicantes y demás auxiliares sanitarios, civiles y de los Ejércitos, de dicha provincia y de los procedentes de otras, especialmente de Sevilla y Huelva, que acudieron a prestar humanitarios y eficaces servicios a los siniestrados. 

 

La concesión de tan alta recompensa conllevaba el tratamiento de “excelentísimo”, razón por la cual el Colegio Oficial de Médicos de Cádiz pasó con legítimo derecho a ostentarlo desde su concesión.

 

Dicha Orden Civil de Sanidad había sido creada por Decreto de 27 de julio de 1943, como restablecimiento, bajo esta nueva denominación, de la antigua Cruz de Epidemias, cuya concesión fue reglamentada por real orden de 15 de agosto de 1838. Vigente aquella en la actualidad, continúa estando destinada a premiar servicios por méritos relevantes de carácter sanitario así como los prestados con motivo de la asistencia y lucha de acontecimientos epidémicos.

 

Hoy, 75 años después de aquel relevante servicio sanitario, humanitario y benemérito, la Comunidad Sanitaria gaditana en general, y este Excelentísimo Colegio Oficial de Médicos de Cádiz, puede sentirse muy orgulloso de todos aquellos que precediéndoles, hicieron posible tan alto reconocimiento gracias a su abnegado y meritorio servicio, dedicación y sacrificio.

 

Muchas gracias por su atención y su paciencia.