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viernes, 16 de enero de 2026

COMANDANTE DE ARTILLERÍA RAFAEL FERNÁNDEZ-HERMOSA MELCHOR: ASESOR TÉCNICO DE ARMAMENTO DE LA GUARDIA CIVIL (1935-1936). (y 2ª parte).

 

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en la Revista "ARMAS INTERNACIONAL", nº 67, correspondiente al mes de Abril de 2018, págs. 68-74.


El original está ilustrado por 19 fotografías en color y 13 fotografías en blanco y negro.


 



Retomamos por tanto en estas líneas la interesante, peculiar y hasta lamentable historia que marcó significadamente la vida del comandante Fernández-Hermosa.


La Guerra Civil.

Todo aquel ilusionado proyecto por dotar de un armamento moderno y eficaz a la Guardia Civil quedó truncado como tantas otras cosas, entre ellas su brillante carrera militar, como consecuencia de la Guerra Civil. Al igual que le ocurrió a otros muchos españoles, terminó siendo repudiado por ambos bandos. 

Sus vicisitudes fueron recogidas en boletines oficiales de la zona gubernamental y en la sentencia condenatoria dictada el 20 de julio de 1938, en la causa 363/1938 del Juzgado Eventual Militar núm. 6 de Valladolid.

El inicio de la sublevación militar le sorprendió el 18 de julio de 1936 en su destino de la Inspección General, ubicada entonces en la sede del ministerio de la Gobernación, a cuyos sótanos fueron trasladados por guardias de asalto del Cuerpo de Seguridad (antecedente histórico de la actual Policía Nacional), los oficiales del Regimiento de Artillería Ligera nº 1 detenidos en Getafe.

Según se hace constar en la sentencia, se preocupó de visitarlos y que se les proporcionara agua y comida así como que convenció al general de Caballería Sebastián Pozas Perea, inspector general de la Guardia Civil en esa fecha, para que los detenidos fueran custodiados por miembros de la Benemérita para mayor garantía de sus vidas mientras permanecieran en ese edificio.

Tras reconvertirse la Guardia Civil en Guardia Nacional Republicana por decreto de 30 de agosto siguiente, cesó poco después en su puesto de asesor técnico de armamento, siendo destinado en diciembre a Menorca. Ésta se encontraba casi sin oficiales ya que la mayoría, alrededor de un centenar, habían sido asesinados cuando estaban detenidos en la fortaleza de La Mola.

Sin embargo, no llegó a incorporarse ya que al pasar por Valencia se quedó adscrito a la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra, desde donde estuvo colaborando con los sublevados. Ayudó a perseguidos y facilitó información sobre la existencia de depósitos de municiones en Villarejo de Salvanés (Madrid), gracias a lo cual pudieron ser destruidos. También pasó información sobre una fabrica de dinamita en Alumbres, de Cartagena (Murcia).

El 2 de febrero de 1937 fue ascendido a teniente coronel continuando en el mismo puesto y a finales de octubre marchó a Barcelona, junto el resto del ministerio, al trasladarse el gobierno de la República. Destinado el 14 de diciembre siguiente al parque de Artillería del Ejército de Andalucía, fingió que se incorporaba en Linares pero desertó y cruzó la frontera con Francia. 

El 1º de enero de 1938 volvió a cruzarla pero por Irún (Guipúzcoa) y se presentó a las autoridades de la llamada zona nacional. Tras ser detenido y trasladado a Valladolid fue juzgado el 8 de abril siguiente en consejo de guerra y condenado inicialmente a la pena de 6 meses y 1 día como autor de un delito de auxilio a la rebelión. 

Sin embargo, revisada la sentencia por instancia superior, al considerar que había tardado mucho tiempo en pasarse de zona y prestado mientras tanto servicio al enemigo, fue revocada y se le condenó a la pena de 12 años y 1 día de reclusión con las accesorias de pérdida de empleo e inhabilitación absoluta durante la condena.

Mientras tanto en la otra zona, el juez especial de Espionaje y Alta Traición de Cataluña nº 2, lo había puesto en requisitoria, siendo finalmente dado de baja del Ejército Popular de la República, por abandono del servicio.

En enero de 1939 el jefe del Estado nacional acordó conmutarle la condena que ya estaba cumpliendo por la de 3 años y 1 día de prisión correccional y accesorias correspondientes. Aunque no consta en la documentación consultada es muy probable que tras la finalización de la contienda se le volviera a aplicar alguna nueva medida de gracia que redujera la condena.

 

El triste epílogo.

Una vez en libertad su situación personal y laboral debió ser muy dura y más si había estado encarcelado por pertenecer al bando de los vencidos, aún a pesar de que la sentencia le reconociera “sus buenos antecedentes” y “su probada ideología derechista.” 

Tenía ya casi 50 años de edad, viudo sin hijos y con su único cuñado muerto en 1937 en Madrid como consecuencia de los sufrimientos padecidos durante el tiempo que había permanecido detenido en una checa del Frente Popular. 

Su hermana falleció en 1946 quedándole sólo sus tres sobrinos, que habían servido como oficiales en el bando nacional: José Luis, que falleció siendo teniente coronel de Artillería en Barcelona en 1960, Rafael que fue ingeniero técnico agrícola, y Carlos, arquitecto, con el que conviviría los últimos años de su vida. 

Si bien la pena accesoria de pérdida de empleo le había supuesto la expulsión del Ejército, la entrada de vigor del decreto de 26 de mayo de 1945, le permitió en julio del año siguiente conseguir conmutarla por la de suspensión de empleo. Gracias a ello pudo reintegrarse al Ejército pero pasando inmediatamente a la situación de retirado como comandante.

Dada su titulación de ingeniero industrial pudo trabajar en la factoría gaditana de San Fernando de la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares S.A., donde permaneció hasta su jubilación.

Seguramente uno de los momentos más emotivos que vivió en esa época debió ser el 2 de noviembre de 1959 cuando participó en la Academia de Artillería, junto a sus antiguos compañeros de promoción, para celebrar las bodas de oro de su ingreso como cadetes. Entre ellos el general Jorge Vigón Suero-Díaz, ministro de Obras Públicas.

En el ayuntamiento le hicieron segoviano honorario, renovó juramento a la bandera y se rindió homenaje a los caídos de la promoción en dos de los más significados: los capitanes Federico y Miguel de La Paz Orduña, muertos en julio de 1921. El primero en defensa de la posición de Igueriben y le concedieron la cruz laureada de San Fernando, mientras que el segundo lo fue cuando acudía con un convoy en su auxilio.

Durante la Transición democrática se promovió el reconocimiento de nuevos derechos a los militares condenados por su pertenencia al bando vencido. De haber continuado en el servicio activo se hubiera retirado el 19 de octubre de 1955 como coronel, por lo que la aplicación del real decreto-ley 6/78 de 6 de marzo, tuvo el efecto de fijarle un nuevo haber pasivo como tal.

Al jubilarse regresó a vivir en Madrid donde falleció el 26 de diciembre de 1981, con 90 años de edad. Tres años después se promulgaba la Ley 37/1984 que le hubiera reconocido el empleo de coronel a todos los efectos y no sólo económicos. Bien seguro que hubiera sido lo que más hubiese deseado en su vida. 

 

Nota. Se agradece la inestimable colaboración del coronel de Infantería Luis García San Miguel Arniches, sobrino-nieto del comandante Rafael Fernández-Hermosa Melchor; de José Cobreros Aranguren, nieto del general de brigada de la Guardia Civil José Aranguren Roldán; del coronel de Artillería José Ignacio Vázquez Montón y del capitán de Artillería Juan Álvarez Albarrán, del Archivo General Militar de Segovia, en las fechas de consulta de la hoja de servicios de nuestro protagonista; del teniente coronel Javier Alonso Herranz, actual jefe de estudios de la Academia de Artillería de Segovia; así como de los investigadores Carlos Engel Cellier y Javier Sánchez Regaña.

 

sábado, 9 de junio de 2018

GENERAL DE BRIGADA DE LA GUARDIA CIVIL RAFAEL SERRANO VALLS (1920-2018).

Obituario escrito por Jesús Núñez, publicado en "DIARIO DE CÁDIZ", "DIARIO DE JEREZ" y "EUROPA SUR", el 10 de abril de 2018, pág. 26, 24 y 20, respectivamente.

            El original tiene una fotografía en blanco y negro.


  • Fallecido a los 98 años de edad y militar por tradición familiar, le tocó dirigir las fuerzas de la Guardia Civil en la provincia de Cádiz durante los años de la Transición a la democracia.

    Ayer lunes 9 de abril falleció en su domicilio de la capital gaditana quien fuera general de brigada de la Guardia Civil, Rafael Serrano Valls, de 98 años de edad. Viudo de Blanca del Río Carballido, fallecida en agosto de 2016, tenía cuatro hijos (Rafael, Alberto que alcanzó el empleo de coronel en el benemérito Instituto, José María y Jaime) además de una pequeña legión (nunca mejor dicho) de nietos y bisnietos.
    Su padre fue Alberto Serrano Montaner, ascendido a título póstumo a teniente general en 1959 al encontrarse en posesión de la medalla militar individual. Antiguo oficial, en diferentes empleos, de las Fuerzas Regulares Indígenas y de la Legión, llegó a ser subinspector de esta última entre 1952 y 1955.
    Escribir del general Rafael Serrano Valls es escribir de una parte, no sólo de la historia de la Benemérita gaditana, sino de la propia provincia, tanto por los años que estuvo destinado en la misma como por las responsabilidades que ostentó y el periodo que le tocó vivir. También es escribir de algún capítulo de la reciente historia de España.
    Nacido en la localidad granadina de Durcal el 15 de diciembre de 1920, le sorprendió el inicio de la guerra civil con tan sólo 15 años de edad. Se alistó como soldado de infantería de 2ª clase en las Fuerzas Regulares Indígenas de Tetuán nº 1, donde se encontraba destinado su padre. Dos años más tarde fue nombrado alférez provisional de infantería, prosiguiendo la carrera de las armas al finalizar la contienda.
    En abril de 1941 ascendió a teniente provisional pasando en comisión de servicio a las incipientes Fuerzas de Policía Armada y de Tráfico, herederas del antiguo Cuerpo de Seguridad y Asalto, que su padre estaba organizando. Tres años más tarde, tras pasar por la academia de transformación de Zaragoza, obtuvo dicho empleo con carácter profesional, siendo destinado al Tercio "Gran Capitán" de la Legión en Melilla.
    No permaneció mucho tiempo allí, pues en marzo de 1945 se le concedió su pase al Cuerpo de la Guardia Civil donde obtuvo numerosos destinos en diferentes provincias de la geografía nacional y alcanzó sucesivamente los empleos de capitán, comandante y teniente coronel. Fue precisamente en este último ascenso donde se incorporó en abril de 1961 como jefe de la entonces 237ª Comandancia de Cádiz, cuya jefatura estaba ubicada en el hoy desaparecido acuartelamiento capitalino de la calle San Severiano nº 10.
    En mayo de 1966 ascendió al empleo de coronel y fue destinado a mandar el Tercio de La Coruña pero apenas unos meses después se le confirió el mando del recién creado 26º Tercio de la Guardia Civil de Cádiz, cuya jefatura pasó a ubicarse en el mentado acuartelamiento de San Severiano.
    Dicha Unidad estaba compuesta por la 261ª Comandancia de Cádiz y la 262ª Comandancia de Algeciras, es decir toda la fuerza de la Benemérita desplegada en la provincia de Cádiz quedaba bajo el mando de un único coronel de la que dependían las dos comandancias citadas, mandadas por sus respectivos tenientes coroneles.
    Siete años más tarde, en diciembre de 1974, se produjo una reorganización periférica de la Guardia Civil, pasando a denominarse el 26º Tercio como el 24º y sus dos Comandancias como la 241ª de Cádiz y 242ª de Algeciras. 
    Aquello no afectó en la provincia de Cádiz más que al cambio de numeración. El coronel Serrano siguió a su mando hasta que a finales de julio de 1979 fue promovido al empleo de general de brigada. Es decir, durante más de doce años, entre 1967 y 1979, estuvo al frente de la Guardia Civil de toda la provincia, siendo su máximo responsable por lo tanto durante la Transición democrática.
    Los tiempos habían cambiado y la incipiente democracia española se enfrentaba a uno de sus peores enemigos: el terrorismo de la banda criminal ETA. Y el general Serrano pasó precisamente a liderar sobre el terreno la lucha contra aquellos asesinos. Fue nombrado jefe de la 5ª Zona de la Guardia Civil con cabecera en Logroño, de la que dependían, entre otras, las Comandancias de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya. Aquella fue una época muy dura y que fue bautizada como los "años de plomo".
    En enero de 1981 fue nombrado general jefe de la 1ª Zona de la Guardia Civil de Madrid, donde al mes siguiente acontecieron los ya conocidos sucesos del 23F en el Congreso de los Diputados, cuando se produjo el intento de golpe de estado. 
    El director general del Cuerpo, el entonces general de división José Luis Aramburu Topete, le encomendó la responsabilidad y el mando de dirigir las fuerzas de la Guardia Civil que rodearon el Congreso y establecer los cinturones de seguridad en la carrera de San Jerónimo. Una vez fracasada la acción golpista fue el responsable de las fuerzas que procedieron al desarme y detención de los guardias civiles asaltantes.
    A finales de agosto del año siguiente pasó a la situación de disponible forzoso por cumplir la edad reglamentaria. En mayo de 1984 pasó a la situación de reserva activa y desde dos años después a la de segunda reserva, pasando a retiro por edad a partir de diciembre de 1998.
    Hasta aquí su historial militar y profesional como guardia civil. Como he comentado muchas veces a su hijo Jaime, antiguo oficial de Sanidad Militar de la Armada, hoy día con importantísimas responsabilidades en la sanidad civil de la Comarca de Jerez de la Frontera, es una lástima que su padre no dejara escritas sus memorias sobre todas las vicisitudes que durante tantas décadas le toco vivir.
    Aquellos que tuvimos la fortuna y el privilegio de conocerle y escuchar algunas de sus numerosas y animadas anécdotas podemos asegurar que con su fallecimiento se ha ido una parte de la historia de esta provincia y de más sitios.
    Para hablar de su historia personal, humana y familiar haría falta mucho más espacio, pero ello corresponde escribirlo a su familia, siempre generosa, abierta y formada en unos valores que su padre, abuelo y bisabuelo supo inculcarles y transmitirles.
    Con la despedida de nuestro general se cierra un periodo de nuestra historia. Descanse en paz con el cariño y el respeto de todos cuanto le conocimos.