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miércoles, 26 de noviembre de 2014

LA POLÉMICA DEL GENERAL VARELA.

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "LA VOZ DE CADIZ" el 21 de noviembre de 2008, pág. 24. 
El original está ilustrado con un dibujo en blanco y negro.
   
Este no parece ser el año del bilaureado general Varela. Primero está la cuestión de su estatua ecuestre en San Fernando, y de lo que por cierto, en contra del público parecer de algún columnista habitual, hay que precisar que el insigne militar isleño si montaba a caballo.

Luego ha sido la reciente publicación de las memorias del general Queipo de Llano, correspondientes al periodo de nuestra trágica guerra civil, donde se le acusa poco más que de debilidad y cobardía.

Y por último, ha sido la orden del juez Garzón, disponiendo que la policía se presentara en el registro civil de San Fernando y le llevara el certificado de defunción, al objeto de poder acordar la extinción de sus supuestas responsabilidades penales en el sumario de las fosas de los represaliados republicanos.

Respecto al primero de los temas hay que reconocer que es el que divide más corazones gaditanos, si bien es verdad, que con mayor inclinación a favor de los defensores de su figura histórica, pues parece ser que son más numerosos o al menos se les nota más.

San Fernando –la ciudad que le vio nacer- le debe mucho a quien ya en 1923 fue nombrado por absoluta unanimidad de la corporación municipal, su hijo predilecto. De hecho, casi una década antes de que comenzara la guerra civil, ya se publicaba diariamente en la prensa isleña, la relación -con nombres y apellidos- de quienes voluntariamente realizaban su aportación económica para levantar a Varela un monumento.

El bilaureado militar fue firme protector de todo lo isleño. Y prueba de ello es la documentación que se conserva en el archivo histórico municipal de Cádiz, relativa a sus acciones benefactoras y protectoras, entre otras, de instituciones tan propias como el Centro Obrero, el Círculo de Artes y Oficios, e incluso el Club Deportivo San Fernando.

De esto último, es muy probable que quienes se suben a la estatua ecuestre para celebrar los triunfos futboleros locales, ignoren los múltiples apoyos económicos y logísticos que desinteresadamente le prestó, amén de sus intercesiones ante el presidente de la federación nacional, que por aquel entonces era el general Moscardó, al objeto de evitar que descendiera de categoría deportiva.

Por otra parte, pueden parecer sorprendentes las acusaciones de Queipo de Llano, salvo que se conozca la catadura de dicho personaje. Cuando en el 36 se sublevó en Sevilla, rindió el edificio del gobierno civil a cañonazos, criticando muy duramente en sus memorias que Varela no hiciera lo mismo cuando cercó el de Cádiz. Además deploró que dejara salir, a mitad del asedio, a todos aquellos que quisieran abandonarlo, entre los que por cierto había algunas mujeres y niños.

Queipo y Varela nunca se pudieron ver pero parece ser que a uno le importaba bastante menos que al otro causar víctimas colaterales, incluso aunque éstas se trataran de personas no combatientes. Queipo no era sevillano y Varela si era gaditano. De uno se conoce que llenó el cementerio hispalense de muertos y del otro, se sabe que tuvieron que esperar a que se marchara de Cádiz para que la represión diera suelta a sus bajos instintos y los alrededores de la plaza de toros, los fosos de Puertatierra y el castillo de San Sebastián, se tiñeran de sangre.

Más serio parecía el intento de implicación judicial de Garzón. Los muertos que llenan desde hace siete décadas las fosas anónimas del horror que supuso nuestra guerra civil, merecen un trato y reposo dignos, que entre unos y otros, parece que no se quiere dar.

Varela se sublevó en el 36 contra el gobierno legítimo de la República y como tal puede ser acusado y tildado de golpista, con toda la carga que ello implica, pero flaco favor se hace a la verdad, si se intenta implicar a quien ni autorizó, ni mandó, ni permitió fusilamientos y paseos nocturnos –asesinatos- sin retorno.

El bilaureado militar isleño, con sus luces y sus sombras, fallecido en 1951, es un personaje que sólo a la historia, y desde la perspectiva que da el tiempo, corresponde juzgar. Alfonso XIII le impuso personalmente las laureadas y Varela hizo lo propio con Franco, lo cual no fue óbice para que éste, a pesar de nombrarlo ministro del Ejército, lo terminara cesando, y que el isleño, a su vez, entregara poco después, una carta suscrita por los generales monárquicos que pedían la restauración.

A fecha de hoy, todavía se ignora el futuro de la estatua ecuestre, cuyo escultor, por cierto, es el afamado internacionalmente Aniceto Marinas, autor también del monumento a las Cortes de Cádiz, entre otras muchas obras de reconocido prestigio. Las memorias de Queipo de Llano hablan por si solas y que quien las lea, que juzgue por si mismo. Y respecto a Garzón, acaba de archivar su causa penal. 

Que la justicia y la historia sigan sus caminos ...

  

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